LA ERA DE LA MANIPULACIÓN

La era de la información nos iba a hacer más libres e inteligentes. La era de la información nos iba a servir para vivir más conscientes, elevar nuestra cultura, beber de fuentes ilimitadas... La era de la información pasó a la historia; donde de verdad estamos es en los albores de la era de la manipulación.

Más de un millar de periodistas independientes se dieron cita en Nueva York, en 1997, para denunciar un hecho incontestable: el 75% de los medios de comunicación en Estados Unidos han caído bajo el control —directo o indirecto— de las grandes multinacionales, que los utilizan como instrumento al servicio de sus intereses económicos o como escaparate de propaganda comercial.

Las principales cadenas americanas están teledirigidas por grandes compañías como la Disney (ABC), General Electric y Microsoft (NBC), Westinghouse (CBS) o Time Warner (CNN). La industria del entretenimiento se ha lanzado a la conquista del mercado de la información y está manipulando a su antojo la actualidad diaria para venderla como espectáculo.

La información ya no es un derecho sino una mercancía, la más cotizada. Los televidentes, los radioyentes y los lectores de periódicos se han convertido, sin premeditación alguna, en víctimas inocentes de una encarnizada guerra con millonarios intereses económicos de fondo.

En España, la madre de todas las batallas comerciales se libró por cuenta de la televisión digital. Durante más de un año, los lectores tuvieron que padecer las invectivas que se lanzaban en portada y a toda página los grandes diarios, más interesados en promocionar sus respectivos «productos» que en informar de cuestiones sin duda más importantes.

Otro proceso inevitable en las sociedades de consumo, y nuestro país no podía ser menos, es la trivialización de los medios. Arrastrados por el nivel cada vez más mezquino de la televisión, periódicos y revistas se lanzan a la conquista del «corazón» y del bolsillo del consumidor de información.

«Hoy por hoy, la finalidad de los grandes medios es la de crear perfectos consumidores —denuncia Jeff Cohen, ex columnista del USA Today y hoy director de Fair, asociación consagrada a la denuncia de la censura y manipulación en la prensa—. Nos venden continuamente como información toneladas de publicidad encubierta: más que de medios de comunicación convendría hablar de medios de persuasión».

El ejemplo más patente lo tenemos en las publicaciones de moda, vehículos publicitarios de las grandes firmas, que utilizan el gancho de las top model para promocionar no sólo esta o aquella colección, también un estilo de vida consagrado al cultivo de los excesos.

El fantasma de la globalización nos hace aún más vulnerables. Las multinacionales americanas de la información y del entretenimiento están penetrando de manera insospechada en nuestras vidas.

«El planeta entero está siendo colonizado a la velocidad de la luz —advierte David Korten, autor de When the corporations rule the world (Cuando las corporaciones gobiernen el mundo)—. Las multinacionales han roto las fronteras y se reparten el globo terráqueo como si fuera un pastel: pretenden homogeneizarnos a toda costa, alejarnos de nuestro entorno inmediato y transportarnos a un lugar ficticio donde todos visten igual, comen igual, ven las mismas películas, cantan las mismas canciones».

Su dinero les cuesta: unas quince mil pesetas por habitante del planeta al año en gastos de publicidad. El doble que hace una década. Siete veces más que en 1950.

«Nos están sometiendo a un lavado de cerebro muy similar al de los estados autoritarios —sostiene otro crítico social, Bertram Gross, autor de Friendly fascism (El fascismo amable)—. Estamos siendo adoctrinados en el consumismo febril en el fetichismo tecnológico, en el vacío filosófico y vital... Nos están imponiendo una conducta mecánica y escapista».

La publicidad no escatima medio alguno para llamar a las puertas del consumidor. Los veinte mil anuncios al año que solemos ver por término medio en televisión no bastan. La propaganda por correo se acumula en nuestro buzón, los mensajes inoportunos bloquean el e-mail, los espacios públicos se ceden a «gentiles espónsors».

Las películas nos llegan plagadas de mensajes comerciales más o menos encubiertos. Una veintena de compañías especializadas se dedica a vender los «espacios» al mejor postor. La película Solo en casa fue un inmejorable vehículo comercial para los niños, con cuarenta y dos reclamos insertados sin que los mayores nos diéramos cuenta. En Parque Jurásico, la Ford se llevó el gato al agua con una oferta millonaria para que fuera el Explorer, y no otro, el coche que destrozaran los dinosaurios. James Bond se ha convertido descaradamente en un hombre-anuncio, al servicio del vodka Smirnoff, la cerveza Budweiser, los coches BMW, los relojes Omega y los teléfonos móviles Ericsson.

En los periódicos, la clásica división entre publicidad e in formación es cada vez más difusa. Las «páginas especiales» imitan tipográficamente a las páginas normales para incitar al equívoco. Las noticias que nos venden como tales son a menudo artículos escritos por los gabinetes de imagen de las empresas, cada vez más influyentes.

A la sombra de los medios está creciendo una auténtica maquinaria propagandística que actúa como caja de resonancia de los intereses comerciales. En Estados Unidos, el número de publicistas en gabinetes de imagen y servicios de prensa (ciento cincuenta mil) supera ya con creces al de periodistas (ciento veinte mil). Su función no es otra que la de «imponer» subliminalmente los mensajes de las grandes empresas. Todos ellos trabajan en beneficio de lo que se ha dado en llamar «la ingeniería del consenso»...

Ya lo decía Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler: «El secreto estriba en que los receptores estén tan inmersos en nuestras ideas que ni siquiera se den cuenta de que están siendo persuadidos».

La vida simple
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