EL PECADO ORIGINAL
Se nos educa para temer la enfermedad de la misma manera que antes nos infundían el miedo al pecado. El rito de las vacunas cumple así la función purificadora del bautismo: hasta que no nos vacunamos, no estamos limpios de sospecha.
Con la «filosofía del malestar» inyectada en vena vamos creciendo. Pese a estar supuestamente inmunizados, se diría que lo extraño es seguir sano. El pavor a la enfermedad nunca se disipa.
Las vacunas son, quizás, la máxima expresión de la medicina convencional, empeñada en demostrar su casi total infalibilidad y su práctica ausencia de riesgos. Durante décadas se les profesó una devoción religiosa, pero una parte de la clase médica está comenzando a cuestionarlas en los países occidentales (en España, la Liga para la Libertad de Vacunación, con sede en Barcelona).
Los «objetores» de las vacunas insisten en que el sistema inmunológico de un niño no está lo suficientemente maduro como para recibir treinta y cinco «pinchazos» durante los dos primeros años; que los efectos adversos no sólo se manifiestan en las primeras horas sino que pueden aparecer mucho más tarde y ser la causa de futuras dolencias.
Los pediatras siempre informan de los beneficios, pero rara vez nos ponen al corriente de los efectos secundarios. Aunque las posibilidades son remotas, se han dado casos de muertes súbitas, encefalitis, psoriasis, asma y alergias muy probablemente asociadas a los fatídicos «pinchazos». En nuestro país existe incluso una Asociación de Familias Afectadas por la Vacuna que asesora legalmente a los ciudadanos.
(Contabilizar el número de personas que enferman debido a las vacunas es prácticamente una quimera porque las autoridades sanitarias no disponen de medios y la industria farmacéutica, por supuesto, no está dispuesta a tirar piedras contra su propio negocio multimillonario. Además, resulta muy difícil probar la relación causa-efecto, y a ese clavo se agarran.)
Otra de las causas que provocan el rechazo de ciertos padres a las vacunas es la presencia, junto a los gérmenes atenuados, de sustancias químicas potencialmente tóxicas como el hidróxido de aluminio y conservantes derivados del mercurio.
Pero la razón de mayor peso es que los «pinchazos» no garantizan la inmunidad total. Y no sólo eso, sino que el mérito que habitualmente se les adjudica a las vacunas no es más que un mito, que casi todas las enfermedades infecciosas estaban ya en receso cuando se introdujo la vacunación masiva y que hay otros factores seguramente más importantes —como la potabilización de las aguas, el alcantarillado y el tratamiento de las basuras— que han contribuido a su paulatina disminución en los países industrializados.
Los médicos «no convencionales» estiman que vacunar contra el sarampión, la rubéola o las paperas puede resultar incluso contraproducente; las consideran enfermedades menores y hasta cierto punto necesarias para la maduración del sistema inmunológico del niño.
Como alternativa natural a las vacunas, se recomienda prolongar hasta los dos años la lactancia, una práctica que en nuestro país ha caído en picado en la última década (y que ahora reivindica La Liga de la Leche, una asociación de voluntarias con implantación mundial). La alimentación sana, las hierbas e incluso el entorno afectivo contribuyen a reforzar las defensas naturales.
«Los padres nos sentimos a menudo con miedo e indefensos, y todo por la falta de información —denuncia Sara Labrador, madre de una niña de año y medio a la que decidió no vacunar por recomendación de una amiga doctora—. Actuó conmigo como deberían hacerlo todos los pediatras. Me dijo: Infórmate antes de dar el paso adelante y valora los pros y contras." Eso hice: acudí a una charla de la Liga para la Libertad de Vacunación y salí bastante convencida. Después leí un par de libros y decenas de artículos y acabé de decidirme. La niña está sanísima; lo más que ha tenido fue una fiebre.
»Yo no estoy radicalmente en contra de las vacunas; me parece que la solución está en la libertad de decisión —añade Sara—. Pero lo que no entiendo es el conformismo y la ignorancia de la mayoría de los padres. Eso y también la incomprensión: en la guardería me pusieron todo tipo de pegas en cuanto les dije que mi niña no está vacunada. La libertad de vacunación en España no es real; pesa todavía mucho el qué dirán».