EMPRESAS CON CORAZÓN
Me tratan como a un esclavo. Nadie se interesa por mi trabajo. Mis compañeros pasan. El jefe nunca escucha... La rutina habitual de cualquier oficina. La sumisa y resignada actitud con la que comienzan y acaban su jomada millones de trabajadores. ¿Hasta cuándo?
Un poco de paciencia; parece que la cosa está cambiando. Los primeros en advertirlo han sido los especialistas en técnicas de dirección de empresas: la autoridad, la agresividad, la competitividad dentro de las oficinas son valores a la baja; los que ahora se estilan son la creatividad, la intuición, la labor de grupo. En suma, la inteligencia emocional aplicada al trabajo.
El yuppie ambicioso y trepador es una especie en extinción. Las compañías comienzan a interesarse por los «ejecutivos con corazón». El cambio de rumbo lleva algunos años gestándose en las grandes multinacionales americanas y comienza a extenderse al resto de los países industrializados.
La onda expansiva está llegando a nuestras costas; lo atestigua Lola Rodríguez, experta en selección y formación de personal: «Antes primaba sobre todo el currículo y la experiencia; ahora comienzan a tenerse en cuenta factores como la capacidad para manejar el estrés o para automotivarse».
Lola Rodríguez sabe lo que se cuece a diario en nuestras oficinas. Y muchas veces siente auténtica impotencia «porque en España seguimos sin prestarle atención a lo decisiva que resulta nuestra actitud ante el trabajo». La falta de motivación, el desgaste físico y mental, el aislamiento profesional, la incapacidad manifiesta para controlar y aprovechar el tiempo son sólo una parte del problema. La otra parte: los colegas, los subordinados, los jefes.
En el trabajo, el «analfabetismo emocional» es un virus que igual se propaga hacia arriba que hacia abajo. A veces son los jefes, que siguen sacando el látigo como en la época de las galeras. En el otro extremo de la cuerda están los «mandados», incapaces de pulsar una tecla sin una orden expresa.
Durante décadas, las grandes compañías han sacrificado todo en nombre de la autoridad, la racionalidad y la productividad. Las pérdidas —económicas y personales— han sido tan grandes que parece llegado el momento de dar una vuelta a la tuerca.
«Estamos en los albores de una revolución que va a alterar por completo las relaciones laborales y el mundo de los negocios —pronostican Robert Cooper y Ayman Sawaf, autores de Executive EQ (la inteligencia emocional aplicada al liderazgo y la organización)».
«Exteriorizar las emociones en el trabajo se ha percibido siempre como un signo imperdonable de debilidad o vulnerabilidad —escriben Cooper y Sawaf—. Se creía, equivocadamente, que las emociones menoscaban el rendimiento laboral y se exigía a los empleados un comportamiento racional de hombres-máquina. Las empresas se han dado cuenta del coste que ha tenido la política seguida en la última década: caídas de la productividad, crisis de creatividad, bajas por depresión, falta de alicientes».
Según el Departamento de Trabajo de Estados Unidos, el 46 % de los americanos que en 1996 se despidieron de sus empresas lo hicieron porque no se sentían suficientemente apreciados. Cooper y Sawaf sostienen que estamos ante una auténtica fuga de «cerebros emocionales», aunque las compañías están reaccionando. ¿Cómo? Haciendo menos hostiles las oficinas, «humanizando» la formación del personal facilitando apoyo psicológico en el lugar de trabajo, creando salas de expansión o de meditación, regalando a los empleados masajes gratuitos de quince minutos...
Cooper y Sawaf han extendido la noción del EQ (coeficiente emocional) por compañías como Arthur Andersen, Motorola, 3M y Smithkline Beecham. En 3M, por ejemplo, los técnicos pueden dedicar el 15 % de su horario laboral a un «proyecto creativo» de su propia elección, donde dan rienda suelta a la intuición y a otras habilidades normalmente reprimidas por la rutina.
Boeing, Federal Express, Ford y General Motors son otras de las empresas pioneras en este campo... Hablan los autores del caso ejemplar de Alfred Sloan, el patrón de la General Motors, que reunió un buen día a los jefes de departamento para conocer su punto de vista «ante una importantísima decisión». Como todos dieron la callada por respuesta, Sloan decidió aplazar su aprobación «hasta que haya alguna voz en contra». Disentir es de humanos.