CAPÍTULO 4
A la mañana siguiente, Courtney salió de su habitación inusualmente temprano. Llevaba puesto un camisón de Agent Provocateur.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? —me preguntó frotándose los ojos—. Debe de haber sido una pesadilla —dijo unos instantes después—. Al despertarme no sabía dónde estaba. —Courtney miró a su alrededor. Primero a mí, después a Katya, dormida en el sofá, y al hermano de Katya y a Herbal, que roncaban en la piscina de cojines—. Aquí nadie intenta hacerme daño —suspiró con alivio.
Volvió a su habitación y cerró la puerta. Al cabo de unos minutos, llamaron a la puerta de la mansión.
—¿Dónde está Courtney? —preguntó un chófer.
—Está dormida —dije yo.
—Tiene que presentarse ante el juez dentro de una hora.
El chófer llamó a la puerta de la habitación de Courtney y entró sin esperar a que ella respondiera. Un minuto después, Courtney salía de la habitación con un montón de vestidos.
—No sé qué ponerme —dijo Courtney mientras entraba y salía de varios vestidos y se miraba una y otra vez en el espejo del cuarto de baño. Al final, salió de la mansión con un vestido de noche, negro y sin tirantes, de Katya, las gafas de sol baratas de Herbal y el libro de Robert Greene Las 48 leyes del poder bajo el brazo.
—Llevo un traje absurdo porque es un juicio absurdo —les diría después a los periodistas en los juzgados.
Mientras Courtney estaba fuera, nosotros aprovechamos para inspeccionar los daños. Había quemaduras de cigarrillo en la colcha de Herbal y el trozo de pared que había detrás de la puerta estaba destrozado por los continuos portazos. Además, había manchas de un líquido sin definir en el suelo y varias velas sin apagar.
En la cocina, la nevera estaba abierta, igual que lo estaban la mayoría de los armarios. Sobre la encimera había dos tarros abiertos de crema de cacahuetes y uno de mermelada; las tapas estaban en el suelo. Había crema de cacahuetes en la encimera, en las puertas de los armarios y dentro de la nevera. En vez dé quitar el alambre de la bolsa de pan, Courtney había arrancado el plástico de un extremo, como si fuera un animal. Le importaba una mierda. Tenía hambre, así que comía. Ésa era otra cua lidad que reconocían los MDLS: la capacidad de convertirse en un troglodita.
Al volver de los juzgados, Courtney se sentó con el consejo de sabios de Proyecto Hollywood y, entre todos, planeamos su aparición de esa misma noche en el programa de televisión «The Tonight Show with Jay Leno». Mystery y Herbal le enseñaron conceptos como la demostración de valía y los marcos de la PNL. Courtney necesitaba un nuevo marco. Ahora mismo, el mundo la veía como a una mujer desquiciada. Pero, tras convivir dos semanas con ella, nosotros sabíamos que sólo estaba pasando por una mala racha. Sí, Courtney era una mujer excéntrica, pero no estaba loca. Además, era increíblemente lista. Entendía e interiorizaba inmediatamente todos los conceptos que le enseñábamos.
—Así que tengo que mostrarme como si fuese una dama en apuros —repitió antes de irse.
Aquella noche, Courtney brilló con luz propia en «The Tonight Show». Al contrario que durante su tan comentada aparición en el programa de David Letterman, Courtney estaba tranquila y mostró buenos modales frente a la cámara; y las canciones que interpretó con su grupo, las Chelsea, fueron un recordatorio de que Courtney Love no era tan sólo una famosa; era una estrella del rock.
Herbal, Mystery, Katya, Kara —una chica a la que había conocido en un bar hacía un par de días— y yo fuimos en el coche de Katya a los estudios de televisión. Al acabar el programa, subimos al camerino de Courtney, donde ella estaba hablando con las chicas del grupo. La guitarrista me impactó desde el primer instante. Era una chica espectacular, alta, con el pelo teñido de rubio y la actitud desenfadada de un músico de rock. ¿Por qué no encontraba nunca chicas así en las discotecas?
—¿Podría quedarme otras dos semanas en tu habitación? —le preguntó Courtney a Herbal.
—Claro —contestó él.
A Herbal siempre le parecía todo bien.
—Puede que sea un mes —le dijo Courtney al salir del camerino.
En el aparcamiento, Mystery se subió al asiento del conductor del coche de Katya. No se habían dirigido la palabra en todo el día. Katya se sentó en el asiento del copiloto y puso un dance-mix de Carl Cox. Su gusto musical se centraba en la música house y el techno; Mystery, en cambio, prácticamente no escuchaba nada que no fuera Tool, Pearl Jam o Live. Eso debería haber bastado para hacerlos recapacitar.
El teléfono móvil de Mystery empezó a sonar. Él apagó la música antes de contestar.
Katya volvió a encenderla, aunque no subió mucho el volumen.
Mystery volvió a apagarla, con evidente enfado.
Y así, una y otra vez: encendida, apagada, encendida, apagada; cada vez con más veneno que la anterior. Hasta que Mystery detuvo el coche de un frenazo, mandó a Katya a tomar por culo y se bajó. El coche quedó parado en medio de Ventura Boulevard, bloqueando el tráfico. Mystery se agachó, extendió el brazo derecho y levantó el dedo corazón, exactamente a la altura de la cara de Katya. Ella se pasó al asiento del conductor y condujo hasta la siguiente intersección, donde dio la vuelta con la intención de recoger a Mystery. Al verla parar a su altura, Mystery se volvió, la miró con cara de asco, le hizo un corte de mangas y siguió andando.
Katya se marchó sin él. No estaba enfadada; tan sólo decepcionada por su inmadurez.
Mystery no volvió a la mansión en toda la noche. Lo llamé varias veces al móvil, pero no contestó. Cuando me desperté al día siguiente, seguía sin haber vuelto, y cada vez que marcaba el número de su móvil me saltaba directamente el contestador. Empecé a preocuparme.
Un par de horas después, llamaron a la puerta. Fui a abrir, esperando encontrar a Mystery, pero era el chófer de Courtney.
Uno de los dones de Courtney era su capacidad para convertir a todo el que estuviera cerca de ella en su asistente personal. Un alumno que había ido a la mansión por primera vez había acabado conduciendo hasta Tokyopop para comprarle un libro de manga en el que salía ella; otro había ido a por sábanas limpias al apartamento de Courtney, y un tercero le había mandado varios correos electrónicos a la asesora financiera Suze Orman.
—¡Cara de culo! —le dijo Courtney al hermano de Katya—. ¿Por qué no acompañas al chófer a mi apartamento y me traes mis DVD?
Cuando él se marchó, Courtney le dijo a Katya:
—Es un buen chico. Y además es bastante mono.
—¿Sabías que nunca se ha acostado con una mujer? —le dijo Katya.
Courtney permaneció unos instantes en silencio, como si estuviera analizando la información que acababa de recibir.
—Puede que algún día le haga un favor —comentó finalmente.
Mystery volvió avanzada la noche con una stripper de cada brazo. Por el aspecto de los tres, parecía que llevaran veinte años sin salir de una cueva; desde luego, nuestras bombillas de cien vatios no les hacían ningún favor.
—Hola, tío —me dijo, como si acabara de volver de comprar el pan.
—¿Dónde has estado?
—Conocí a Gina en un club de striptease —me dijo Mystery—. He pasado la noche con ella.
—Hola —me saludó la morena con cara de caballo que se sujetaba al brazo izquierdo de Mystery.
—Podrías haber llamado. Estábamos preocupados.
Mystery paseó a las chicas por la mansión y, tras asegurarse de presentárselas a Katya, salió al patio con ellas.
Pero Katya no le hizo el menor caso. Como cualquier otra noche, se duchó, limpió las manchas de crema de cacahuete de la cocina y, como deberes para su clase de efectos especiales, le dibujó una lobotomía en la cabeza a Herbal.
Aunque la escenita de las strippers no logró poner celosa a Katya, sí consiguió que la reputación de Mystery descendiera más aún entre el resto de los inquilinos de Proyecto Hollywood.