CAPÍTULO 13
—¿Te sentiste muy presionada al grabar este disco?
—¿Cómo?
—¿Te sentiste muy presionada para conseguir otro gran éxito?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No, no lo sé.
—He oído que grabaste una canción con DFA que no ha sido incluida en el nuevo CD. ¿Puedes decirnos porqué?
—¿Qué es DFA?
—Son dos productores de Nueva York, James Murphy y Jim Goldsworthy. Se llaman a sí mismos DFA. ¿Te suenan de algo?
—Sí, puede que hicieran algo.
Mi entrevista con Britney Spears no iba a ninguna parte. La observé moviendo las manos con impaciencia, sentada a mi lado, en el sofá del hotel. La entrevista no le importaba una mierda. No era más que un período de tiempo marcado en su agenda y ella se limitaba a tolerarlo; aunque no demasiado bien.
Llevaba el pelo recogido debajo de un gorro Kangol, y sus muslos estiraban las costuras de sus vaqueros desgastados. Era una de las mujeres más deseadas del mundo. Pero, vista en persona, parecía una chica cursi de pueblo. Y, aunque tenía una cara realmente preciosa, que alguien había retocado a la perfección con un ligero toque de maquillaje, había algo varonil en su aspecto. Para ser un icono sexual, Britney Spears no resultaba nada intimidante. Además, supuse que se sentiría sola. Algo se movió en mi cerebro.
Sólo había una manera de salvar aquella entrevista: tenía que sargear con ella. Daba igual el país en el que estuviera, la edad, la clase social o la raza de la mujer; mis técnicas nunca me habían fallado. Además, no tenía nada que perder. Desde luego, la entrevista no podía ir a peor. Quién sabía; hasta era posible que consiguiera algo digno de ser publicado.
Doblé la hoja con las preguntas que había preparado y me la guardé en el bolsillo. Debía abordarla como abordaría a una chica con síndrome de déficit de atención en una discoteca.
Lo primero era captar su interés.
—Te voy a decir algo sobre ti que la mayoría de la gente probablemente no sepa —empecé diciendo—. Algunas personas dicen que eres tímida y un poco creída cuando no estás en el escenario. Pero yo sé que no es así. ¿A que tengo razón?
—Claro —asintió ella.
—¿Quieres saber por qué lo sé?
—Sí.
Estaba creando una escalera de afirmaciones, una técnica que consiste en hacer sucesivas preguntas cuyas respuestas siempre son afirmativas.
—Lo sé porque he estado fijándome en cómo mueves los ojos cuando hablas, y cada vez que te pones a pensar miras hacia abajo y hacia la izquierda. Eso significa que eres una persona con quinestesia; o sea, una persona que no le da la espalda a sus sentimientos.
—¡Es alucinante! —exclamó ella—. Todo lo que has dicho es verdad.
Por supuesto que lo era. Yo mismo había creado esa técnica de demostración de valía. Al pensar, las personas mueven los ojos en una de siete direcciones posibles, y cada posición está relacionada con una parte del cerebro.
Mientras le enseñaba a Britney Spears a distinguir los diferentes tipos de movimientos oculares, ella descruzó las piernas y se inclinó un poco hacia mí. No quería perderse ni una sola de mis palabras.
El juego había empezado.
—No sabía nada de eso —dijo ella—. ¿Dónde lo has aprendido? Me hubiera gustado decirle que lo había aprendido en «una sociedad secreta de maestros de la seducción». Pero, en vez de eso, respondí:
—Es algo que he aprendido observando a la gente. Pero hay más. De hecho, observando el movimiento de los ojos puedes saber cuándo alguien te está mintiendo.
—Entonces, ¿podrías adivinarlo si yo te mintiera?
Su manera de mirarme había cambiado por completo. Yo ya no era un periodista. Ahora era alguien que podía enseñarle algo, alguien con valía.
—Claro —dije—. Lo sabría por tu manera de mover los ojos, por tu manera de mirarme, por tu manera de hablar, incluso por tu lenguaje corporal. Hay muchas maneras de saber si alguien te está mintiendo.
—Tengo que tomar clases de psicología —declaró ella con una convicción que resultaba entrañable—. Me interesan mucho las personas.
Funcionaba. Britney Spears empezaba a abrirse. Siguió hablando y hablando.
—Imagínate —siguió diciendo—, al conocer a alguien o al salir con un chico me bastaría con mirarlo a los ojos para saber si me está mintiendo. ¡Sería increíble! Había llegado el momento de sacar la artillería pesada.
—Te voy a enseñar un truco y después seguimos con la entrevista —le dije, introduciendo una limitación temporal para andar sobre seguro—. Será nuestro experimento. Voy a intentar adivinar algo en lo que estés pensando.
Recurrí a una sencilla técnica psicológica que consiste en adivinar las iniciales de un viejo amigo con el que te une un lazo afectivo. Las iniciales eran G. C. Era una técnica nueva, que todavía estaba perfeccionando y, aunque sólo adiviné una de las dos iniciales, con eso bastó.
—¡No puedo creer que lo hayas adivinado! —exclamó ella—. Siempre levanto barreras para protegerme. Seguro que es por eso por lo que no has podido adivinar la otra —me dijo—. Vamos a volver a intentarlo.
—Vale, pero ¿esta vez por qué no lo intentas tú?
—Me da miedo. —Britney se metió los nudillos en la boca y se mordió la piel.
Tenía unos dientes magníficos: una perfecta dentadura con forma de C—. No, no puedo hacerlo.
Ya no era Britney Spears. Ahora era un set de uno, o, según las categorías de víctimas de la seducción de Robert Greene, una líder solitaria.
—Te lo voy a poner un poco más fácil —dije—. Voy a escribir un número. Es un número entre el uno y el diez. Lo que quiero que hagas es dejar la mente en blanco. Tienes que confiar en tu instinto. Para leer el pensamiento no hace falta tener ninguna habilidad especial. Basta con acallar todas tus voces mteriores para poder escuchar tus sentimientos.
Escribí un número en un trozo de papel y se lo entregué boca abajo.
—Ahora, di un número; el primer número que sientas.
—Pero ¿y si me equivoco? —vaciló ella—. Seguro que no lo acierto.
Britney era lo que los MDLS llaman una chica BA, o con baja autoestima.
—Limítate a sentir el número. Y, ahora, dime, ¿cuál es?
—El siete —dijo ella.
—Dale la vuelta al papel.
Ella volvió lentamente el trozo de papel, como si no quisiera verlo, hasta que vio un gran número siete.
Gritó, se levantó de un salto, corrió hasta el espejo de la habitación y se miró, con la boca abierta por la incredulidad.
—No me lo puedo creer —le dijo a su reflejo—. Lo he conseguido.
Era como si necesitara verse en el espejo para asegurarse de que lo que acababa de pasar era real.
—¡Es increíble! —exclamó con voz entrecortada—. ¡Increíble!
Se comportaba como una niña pequeña que acaba de ver a Britney Spears en persona, como si fuera su propio fan.
—Sabía que era el siete —me anunció mientras galopaba de vuelta al sofá.
Por supuesto que lo sabía. Ése era el primer truco de magia que me había enseñado Mystery. Si le pides a alguien que piense un número entre el uno y el diez, en el setenta por ciento de los casos elegirá el siete; sobre todo si no le das tiempo para pensar.
Y, aunque no hubiera sido del todo sincero con ella, le había proporcionado el empujón que su autoestima necesitaba.
—¿Lo ves? —le dije—. Las respuestas están en nuestro interior. El problema es que la sociedad nos envía más información de la que necesitamos. —Y eso es algo que creo realmente.
—Esta entrevista es fantástica —exclamó ella—. ¡Es la mejor entrevista que me han hecho en toda mi vida!
Entonces se volvió hacia mí, me miró fijamente y preguntó:
—¿Podrías apagar la grabadora?
Durante el siguiente cuarto de hora hablamos de espiritualidad, de escribir y de nuestras vidas. Britney Spears no era mas que una niña confusa. Buscaba algo real a lo que agarrarse, algo más duradero que la fama y las lisonjas de quienes movían los hilos de su vida. Yo había demostrado mi valía y ahora nos adentrábamos en la fase de la conexión emocional. Después de todo, puede que Mystery tuviera razón al decir que todas las relaciones humanas repiten las mismas fórmulas.
Pero yo tenía una entrevista que escribir. Volví a poner en marcha la grabadora, le repetí todas las preguntas que le había hecho al principio y le hice las demás por primera vez. En esta ocasión, ella me proporcionó verdaderas respuestas, respuestas dignas de ser publicadas.
Al acabar la hora, apagué la grabadora.
—Todo ocurre por alguna razón —me dijo Britney.
—Estoy convencido de que es así —le respondí yo.
Me apoyó una mano en el hombro al tiempo que sus labios dibujaban una gran sonrisa.
—Me gustaría que volviéramos a vernos —dijo.