CAPÍTULO 12
La verdad es que no me apetecía volver a casa de Caroline. Siempre he vivido en una ciudad. Odio los barrios residenciales de las afueras. Al igual que le ocurre a Andy Dick, mi mayor temor es aburrirme, o resultar aburrido. Los fines de semana no se inventaron para quedarse en casa viendo películas de vídeo. Pero Caroline no podía quedarse en la ciudad. No quería estar lejos de su hijo. No quería comportarse como la típica madre soltera.
Al día siguiente, mientras Caroline jugaba con Carter, yo comprobé mi correo electrónico. Mystery y yo habíamos colgado un parte de sargeo sobre Carly y Caroline hacía un par de días, y yo tenía la bandeja de entrada llena de mensajes de chicos de Carolina del Norte, de Polonia, de Brasil, de Croacia, de Nueva Zelanda y no sé de cuántos sitios más. Querían que los ayudara, igual que Mystery me había ayudado a mí en su momento.
También tenía dos correos de Mystery. En el primero decía que se había peleado con su hermana después del incidente del pasillo: «Me ha dado varios puñetazos. Para pararla he tenido que sujetarla del cuello y tirarla al suelo. No estaba enfadado, pero tenía que defenderme. Resulta extraño, ¿verdad? Después me he venido a mi casa».
El segundo correo decía: «No aguanto más. Tengo hambre, me duele la cabeza, me pica todo y llevo todo el día cascándomela con pomo de Kazaa. Tengo que conseguir pastillas para dormir. Como pase otra noche sin dormir, me voy a volver loco. Me gustaría desaparecer. Me gustaría acabar con todo de una vez. Esto de vivir ya no me divierte».
Mystery se estaba volviendo loco. Y yo estaba encerrado en una casa del extrarradio de Toronto, viendo una película de Britney Spears con tres adolescentes, una de las cuales se suponía que era mi novia. A la mañana siguiente, Caroline me llevó a casa de Mystery. —¿Puedes quedarte? —le pregunté.
—Debería volver con Carter —dijo ella—. Últimamente no le estoy prestando suficiente atención. Además, no quiero que mi madre tenga que encargarse tanto tiempo de él.
—A tu madre la hace feliz que salgas y lo pases bien. Estás siendo demasiado exigente contigo misma.
Finalmente, Caroline accedió a quedarse una hora.
Subimos al apartamento de Mystery y abrimos la puerta. Mystery estaba sentado en la cama, viendo Inteligencia artificial, de Spielberg, en su ordenador portátil. Llevaba la misma camiseta gris y los mismos pantalones vaqueros que la última vez que lo habíamos visto y tenía los brazos arañados de la pelea con su hermana.
Se volvió hacia mí y habló con un tono de voz frío y falto de emoción.
—He estado pensando —dijo—. Los robots de la película tienen intereses motivados. Fijan objetivos y después trabajan para cumplirlos. El robot niño busca la protección de su madre. El robot sexual persigue mujeres con las que aparearse desde el momento que sale de su jaula, pues ése es su objetivo.
—No entiendo qué quieres decir —le dije al tiempo que me apoyaba en el escritorio que había pegado a la cama. La habitación apenas era más grande que un vestidor, y las paredes estaban completamente vacías.
—¿Cuál es mi objetivo? —dijo con el mismo tono de voz inanimado—. ¿Y cuál es el tuyo? Yo soy un robot niño, un robot sexual y un robot mago al mismo tiempo.
En el suelo, delante de la cama, había un plato a medio comer de espaguetis crudos. Había trocitos de espagueti por toda la habitación, junto a los restos de un teléfono inalámbrico que había destrozado contra el suelo.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—Hablaba con mi madre y mi hermana y no había manera de conseguir que se callaran.
Cuando Mystery, o cualquier otro MDLS, estaba así de bajo, sólo había una solución posible: salir a sargear y buscar nuevos objetivos.
—Podríamos ir a un club de striptease —sugerí.
Los clubes de striptease eran la debilidad de Mystery. Había creado una lista de técnicas especiales para ellos: entre otras, hacerse amigo del disc-jockey; no pagar nunca ni una copa ni un baile; no abordar directamente, no tocar y no piropear a ninguna de las chicas; no salirse del guión, y cambiar de tema cuando la stripper empieza a contarte la misma historia que les cuenta a todos los demás.
—No me apetece salir —dijo Mystery.
Paró la película y se puso a escribir un correo electrónico.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Le estoy mandando un e-mail a los alumnos de Nueva York. Voy a cancelar el seminario.
Hablaba como un autómata.
—¿Y por qué ibas a hacer eso?
Empezaba a estar harto de Mystery. Había cancelado todo tipo de obligaciones para poder ir a Nueva York y a Bucarest con él. Además, ya había comprado los billetes de avión. Y ahora él quería echarse atrás, y todo por la mezcla de Steven Spielberg y las pastillas.
—No se ha apuntado suficiente gente —dijo él—. Qué se le va a hacer.
—Vas a ganar mil ochocientos dólares, Mystery —protesté yo—. Y estoy seguro de que se apuntarán más alumnos a última hora. Estamos hablando de Nueva York, Mystery. Nadie se compromete a nada en Nueva York con más de un par de días de antelación.
—Vivir supone demasiado esfuerzo —suspiró él.
¡Qué melodrama! Mystery era como un agujero negro que chupaba toda la atención que recibía. ¡Yo estaba harto!
—¡Eres un maldito egoísta! —exclamé, incapaz de contenerme por más tiempo—. ¿Y qué sugieres que hagamos con los billetes de avión?
—Ve tú si quieres. Yo voy a cancelar todos los talleres, todos los seminarios, todos los espectáculos… Lo voy a cancelar todo. No quiero convertirme en otro Ross Jeffries.
Le di una coz al vestidor. Tengo una mecha muy larga pero, cuando se consume, estallo.
Un frasco lleno de pastillas cayó al suelo. Me agaché y lo cogí. En la etiqueta decía Rivotril.
—¿Qué es esto?
—Son unos antidepresivos de mi hermana. No los tomo tanto por la depresión como por sus efectos somníferos.
Frío y cínico.
Le dejé tres pastillas en el frasco y me metí las demás en el bolsillo; tal y como estaba, era capaz de suministrarse una sobredosis.
Mystery entró en Party Poker, una página de juegos de azar de Internet, y empezó a apostar de forma mecánica. El Mystery al que conocía tenía demasiado sentido común como para hacer algo así.
—¿Qué haces? —le increpé. Pero no esperé a que me contestase—. Da igual. Olvídalo.
Salí de la habitación dando un portazo. Caroline me esperaba en la otra habitación.
—Vamonos a tu casa —le dije.
Ella sonrió con una sonrisa débil y comprensiva; no sabía qué decir. Por un instante, la odié. Parecía tan inútil.