CAPÍTULO 7
El seminario alcanzó su punto álgido con la aparición de Steve P. y Rasputín. Desde que me había incorporado a la Comunidad, había oído decir muchas cosas sobre ellos. Se decía que eran los verdaderos maestros; líderes de mujeres, no de hombres.
Lo primero que hicieron al subir al estrado fue hipnotizar a todos los asistentes. Hablaban los dos al mismo tiempo, contando historias diferentes; una iba dirigida a ocupar la mente consciente y la otra buscaba adentrarse en el subconsciente. Cuando nos despertaron, no teníamos ni idea de lo que podían haber instalado en nuestras cabezas. Todo lo que sabíamos era que nos encontrábamos frente a dos de los oradores con más seguridad en sí mismos que habíamos visto nunca; desde luego, a aquellos dos hombres les sobraba el entusiasmo y el carisma de los que carecía DeAngelo.
Ataviado con un chaleco de cuero y un sombrero al estilo de Indiana Jones, Steve P. parecía una mezcla entre un ángel del infierno y el chamán de una tribu india. Rasputín, que era portero de noche de un club de striptease y tenía unas patillas como chuletas de cordero, recordaba a Lobezno, de la Patrulla X, tras una dosis extra de esteroides. Ambos se habían conocido en una librería, al intentar coger el mismo libro de PNL. Ahora, trabajando en equipo, estaban entre los hipnotizadores más poderosos del mundo. Su consejo para seducir a las mujeres consistía sencillamente en convertirse en un experto en cómo conseguir que ellas se sintieran bien.
Siguiendo sus propios consejos, Steve P. había encontrado la manera de hacer que las mujeres se sintieran tan bien que ahora pagaban por acostarse con él. Por una cifra que podía oscilar entre varios cientos y mil dólares, Steve P. enseñaba a las mujeres a conseguir un orgasmo con tan sólo una orden verbal; les enseñaba tres niveles distintos de garganta profunda que él mismo había concebido; y, lo más increíble de todo, decía poder aumentar hipnóticamente el pecho de una mujer hasta en dos tallas.
Por su parte, Rasputín hablaba de la eficacia de lo que él llamaba ingeniería sexual hipnótica. El sexo, sostenía, debía verse como un privilegio para la mujer, no como un favor al hombre.
—Si una mujer me la quiere chupar —dijo—, yo le digo: «Sólo tienes cinco segundos». —Rasputín tenía un tórax como el capó de un viejo Volkswagen—. Al acabar le digo: «¿Verdad que ha estado bien? La próxima vez te dejaré cinco segundos más».
—¿Y no te asusta que ella se dé cuenta de que estás intentando manipularla? —Preguntó un ejecutivo sentado en la primera fila que parecía una réplica en miniatura de Clark Kent.
—El miedo no existe —contestó Rasputín—. Las emociones no son más que energía que queda atrapada en nuestro cuerpo como consecuencia de un pensamiento.
Mini-Clark Kent se quedó mirándolo con expresión estúpida.
—¿Sabes cómo puedes deshacerte de ese tipo de emociones? —Rasputín miró a su interlocutor como un karateka que está a punto de partir algo en dos—. No te duches ni te afeites en un mes, hasta que huelas como una alcantarilla. Después, paséate durante dos semanas con un vestido, una máscara de portero de hockey sobre hielo y un consolador atado a la máscara. Eso es lo que hice yo, y te aseguro que ya nunca me asustará la posibilidad de ser humillado públicamente.
—Tienes que vivir a gusto con tu propia realidad —intervino Steve P.—. Una vez, una chica me dijo que estaba un poco rellenito y yo le dije: «Pues si eso es lo que piensas, te vas a quedar sin acariciar mi tripa de Buda y sin montar sobre mi tallo de jade». —Permaneció unos instantes en silencio—. Pero se lo dije con suavidad —añadió.
Al acabar el seminario, DeAngelo me presentó a los dos. Mi cabeza llegaba a la altura del pecho de Rasputín.
—Me gustaría aprender más sobre lo que hacéis —dije.
—Estás nervioso —me dijo Rasputín.
—Bueno, la verdad es que intimidáis un poco.
—Déjame que te libere de tu ansiedad —se ofreció Steve—. Dime tu número de teléfono al revés.
—Cinco… Cuatro… Nueve… Seis… —empecé a decir—. Mientras lo hacía, Steve chasqueó los dedos.
—Está bien. —Steve puso su mano abierta sobre mi ombligo—. Ahora respira hondo y expulsa el aire con fuerza —me ordenó.
Yo lo obedecí y Steve fue levantando los dedos al tiempo que imitaba el sonido del vapor cuando sale a presión a través de un pequeño agujero.
—¡Vete! —ordenó—. Ahora observa cómo ese sentimiento se aleja como un anillo de humo en un día de viento. Ya no existe; ha desaparecido. Ahora visita tu cuerpo e intenta encontrar el sitio que ocupaba. Notarás que ahora hay una vibración distinta. Abre los ojos. Intenta recuperar el sentimiento. ¿Ves? No puedes hacerlo.
Yo no sabía si había funcionado o no. Lo único que sabía es que estaba temblando.
Steve dio un paso atrás y me observó con atención, como si estuviera leyendo un diario.
—Un tipo que se llamaba Phoenix me ofreció una vez dos mil dólares por poder seguirme durante tres días —dijo—. Yo le dije que no, porque lo que quería ese tipo era convertir a las mujeres en sus esclavas. A ti, en cambio, parece que las mujeres te importan. Pareces más interesado en aprender cosas nuevas que en meter tu bate de carne en un agujero.
De repente, oímos un extraño ruido a nuestras espaldas. Dos hermanas y su madre habían cometido el error de atravesar el vestíbulo de un hotel lleno de maestros de la seducción, y los buitres habían descendido sobre sus presas. Orion, el superempollón, le estaba leyendo la palma de la mano a una de las chicas mientras Rick H. le decía a la madre que era el agente de Orion y Grimble acechaba sin piedad a la otra chica. A su alrededor, una multitud de candidatos a MDLS se amontonaban para ver trabajar a los maestros.
—Escucha —se apresuró a decir Steve P.—. Ésta es mi tarjeta. Llámame si quieres ver lo que hacemos en el círculo interior.
—Lo haré.
—Pero recuerda que estamos hablando de técnicas secretas —me advirtió—.
No puedes compartir con nadie ninguna de las técnicas que te enseñemos. Son técnicas muy poderosas que, en las manos equivocadas, podrían hacerle mucho daño a una chica.
—Entiendo —contesté yo.
Steve P. plegó un trozo de papel blanco con la mano hasta darle la forma de una rosa, se acercó a la chica con la que estaba sargeando Grimble y le dijo que oliera la flor. Treinta segundos después, ella cayó desmayada en sus brazos.
¡Desde luego que quería ver lo que hacían en el círculo interior!