CAPÍTULO 9

No era capaz de deshacerme de la distancia que nos separaba. Allí estaba yo, sentado en un café con mi Bo Derek rubia, que se mesaba las trenzas al tiempo que me rozaba un muslo con la rodilla… Pero yo estaba paralizado.

El gran Style, el alade Mystery, cuyo magnetismo era tan grande que hacía que Marko le pareciese un TTF al amor de su vida, no se atrevía a besar a una chica. Yo dominaba a la perfección decenas de frases de entrada y técnicas. Pero eso sólo era el principio del juego, y yo nunca sabía qué hacer a continuación. Debería haber resuelto el problema antes de viajar a Belgrado, pero ya era demasiado tarde para eso. Lo estaba echando todo a perder por miedo a ser rechazado.

Mystery, en cambio, no parecía tener el menor problema con Natalija, aunque ella tuviera trece años menos que él. No tenían nada en común; ni siquiera compartían el mismo idioma. Pero ahí estaban, juntos, en el sofá. Él, recostado sobre el asiento, con las piernas cruzadas, haciendo que ella tuviera que luchar por su atención. Y ella inclinada hacia él, con una mano apoyada sobre su rodilla.

Después de tomar un café, acompañé a mi cita a su casa. Sus padres no estaban, y para subir hubiera bastado con decir: «¿Puedo usar tu baño?». Pero mi boca se negó a pronunciar esas palabras. Aunque la sucesión de innumerables acercamientos con éxito me habían ayudado a mitigar el miedo al rechazo social, convirtiéndome en un prometedor maestro de la seducción a ojos de los demás, en mi interior yo sabía que todavía no era más que un maestro de las aproximaciones. Para poder convertirme en un verdadero MDLS tenía que superar un obstáculo mental de una envergadura mucho mayor: el temor al rechazo sexual.

Durante mi introducción al arte de la seducción, había leído Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Pensé en la perseverancia que había necesitado el dandi aristócrata Rodolphe Boulanger de la Huchette para conseguir el primer beso de madame Bovary, una mujer infelizmente casada. Pero una vez que consiguió robarle ese beso, ya no tuvo que hacer nada más, pues ella se entregó por completo a su pasión.

Una de las tragedias del mundo moderno es que, a pesar de los avances conseguidos durante el último siglo, las mujeres siguen sin tener demasiado poder en la sociedad. Sin embargo, en lo que a las relaciones sexuales se refiere, nadie duda de que son las mujeres quienes deciden. El hombre les cede el control al iniciar la seducción y no lo recupera hasta que la mujer toma una decisión y se entrega a él. Quizá sea por eso por lo que, para frustración de los hombres, las mujeres se muestran tan cautas a la hora de entregarse a ellos, pues cuanto más tardan en hacerlo más tiempo mantienen el control.

Para destacar en cualquier campo siempre hay obstáculos que superar. Es lo que los culturistas llaman el período del dolor. Tan sólo los que se empujan hasta el límite, los que están dispuestos a enfrentarse a ese dolor, al agotamiento, a la humillación, al rechazo, o a algo todavía peor, llegarán a convertirse en campeones. Los demás están condenados a ver el partido desde el banquillo. Para seducir a una mujer, para convencerla de que merece la pena arriesgarse a decir que sí, tendría que armarme de valor y poner en riesgo mi cómoda situación.

Y fue al ver a Mystery seduciendo a Natalija como aprendí la lección.

—Acabo de cortarme el pelo y me pica el cuello —le dijo a Natalija—. Me gustaría darme un baño para quitarme los pelillos sueltos. ¿Por qué no me enjabonas tú?

Como era de esperar, Natalija le dijo que no le parecía buena idea.

—Bueno —repuso él—. Pues entonces, adiós. Voy a darme un baño.

Mientras Natalija lo observaba alejarse, la idea de que posiblemente nunca volvería a verlo debió de pasar por su cabeza. Es lo que Mystery llama falso alejamiento. En realidad no se iba; tan sólo quería que ella lo creyera.

Mystery dio cinco pasos —sin duda, los contó— antes de detenerse y darse la vuelta.

—Llevo una semana viviendo en un apartamento enano. Creo que voy a coger una habitación en ese hotel —dijo señalando hacia el cercano hotel Moskva—. Seguro que tienen buenas bañeras. Tienes dos opciones: o me acompañas o esperas a que te mande un e-mail cuando vuelva a Toronto.

Natalija apenas si vaciló un instante antes de seguirlo.

Y fue entonces cuando me di cuenta de cuál había sido siempre mi equivocación: para conseguir a una mujer tienes que arriesgarte a perderla.

Cuando volví al apartamento, Marko estaba haciendo la maleta.

—Lo he intentado todo con las mujeres —me dijo—. Goca era mi última esperanza.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a encerrar en un monasterio?

—No, me voy a Moldavia.

—¿A Moldavia?

—Sí, las moldavas son las mujeres más guapas de Europa Oriental.

—¿Y dónde está Moldavia?

—Es un país muy pequeño. Antes era parte de Rusia. Todo es baratísimo. Y basta con decir que eres norteamericano para acostarte con todas las chicas que quieras.

Siempre he pensado que si un amigo quiere ir a un país en el que yo nunca he estado, lo mejor que puedo hacer es acompañarlo. La vida es corta y el mundo muy grande.

Ninguno de nosotros conocíamos a nadie que hubiera estado en Moldavia; ni siquiera conocíamos a alguien que fuese capaz de pronunciar el nombre de su capital: Chisinau. Y no se me ocurría mejor razón que ésa para conducir hasta Moldavia. Siempre me ha atraído la idea de llenar una zona coloreada de un mapa con datos, sensaciones y experiencias reales. Y viajar hasta Moldavia con Mystery sin duda sería un valor añadido. Tendríamos una aventura en cada pueblo. Sería el viaje con el que siempre había soñado.

El método
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