CAPÍTULO 6
Aunque era David DeAngelo quien impartía los seminarios sobre el método del chulo gracioso, el indiscutible peso pesado era un escritor canadiense de cuarenta años conocido como Zan. Mientras otros MDLS, como Mystery, defendían la opción de disfrazar sus intenciones, Zan alardeaba de ser un mujeriego natural. Se consideraba a sí mismo un seductor en la tradición de Casanova, o del Zorro, de quienes disfrutaba disfrazándose en las fiestas. A lo largo de cuatro años, no había perdido un solo consejo en los foros de seducción; tan sólo los había dado.
Grupo MSN: Salón de Mystery
Asunto: Técnica del chulo gracioso con camarera
Autor: Zan
Juego con la ventaja de no sentirme intimidado por ninguna mujer. Mi método es muy sencillo: interpreto cualquier cosa que una mujer haga o me diga como un IDI. Y punto. Me desea. Da igual quién sea ella. Y cuando tú lo crees, ellas no tardan en creerlo también.
Soy un esclavo de mi amor por las mujeres. Y ellas lo notan. El punto débil de las mujeres son las palabras. Afortunadamente, las palabras son uno de mis puntos fuertes.
Si una mujer intenta resistirse a mis avances, yo me comporto como si me hablara en marciano y sigo adelante, como si no entendiera lo que me ha dicho. Nunca me excuso ni pido perdón por ser un mujeriego. ¿Por qué? Porque la reputación es muy importante para una mujer. Lo digo en serio. Yo soy el otro hombre, el hombre por el que se preocupan los que se casan con una mujer.
Y, con eso en mente, quisiera compartir con vosotros mi técnica del chulo gracioso con camarera.
Por lo general, cuando un grupo de hombres se topa con una camarera de una belleza devastadora, se limitan a mirarle el culo cuando ella está de espaldas y hablar de ella cuando no puede oírlos. Pero cuando la camarera se acerca a la mesa para atenderlos, se comportan con exquisita educación y cortesía, como si no se sintieran atraídos por ella.
Yo, al contrario, adopto inmediatamente la actitud de chulo gracioso. Voy a describir cada paso con gran detalle, pues a veces pienso que algunos de vosotros no entendéis cómo ha de comportarse un chulo gracioso.
Cuando veo acercarse a la camarera, empiezo una conversación aparentemente profunda con alguno de mis compañeros de mesa, asegurándome de darle la espalda a la camarera.
Cuando ésta se acerca y nos pregunta qué queremos beber, la ignoro durante unos segundos. Después vuelvo la cabeza hacia ella, como si la viera por primera vez, recorro su cuerpo con la mirada, lo suficientemente despacio como para que ella lo note y me doy la vuelta completamente hasta quedar de frente a ella. Sonrío ampliamente y le guiño un ojo; el juego ha empezado.
Ella: ¿Qué vas a tomar?
Zan (ignorando su pregunta): Hola. No te había visto antes. ¿Cómo te llamas?
Ella: Stephanie. ¿Y tú?
Zan: Yo me llamo Zan. Y tomaré un gin-tonic. (Gran sonrisa.)
He roto el hielo y, al intercambiar nombres, ella me ha concedido el derecho implícito para tratarla con mayor familiaridad. Así que, cuando ella vuelve con las bebidas, vuelvo a sonreír y a guiñarle un ojo.
Zan: ¡Has vuelto! Parece que te caemos bien.
Ella (se ríe. Dice cualquier cosa).
Zan (digo cualquier otra cosa).
Ella (dice cualquier otra cosa).
Zan (cuando ella empieza a alejarse): Qué te apuestas a que no tardas en volver. Lo veo en tus ojos.
Ella (sonriendo): Tienes razón. Sois irresistibles.
He creado una temática de chulo gracioso: ella se acerca a nuestra mesa porque le hemos caído bien. La realidad, por supuesto, es que tiene que acercarse a nuestra mesa; al fin y al cabo, es nuestra camarera. Y, cuando vuelve a acercarse, miro a mis compañeros de mesa y sonrío, como diciendo: «¿Veis? Ya os lo había dicho». Desde el principio, trato a la camarera como si nos conociésemos desde hace tiempo.
Así consigo una familiaridad para la que normalmente hacen falta varios encuentros.
Y, ahora, la conversación seguirá más o menos así:
Ella: ¿Te traigo algo más?
Zan (sonrisa, guiño): ¿Sabes que eres irresistible? Sí, te llamaré un día de éstos.
Ella: No tienes mi número de teléfono.
Zan: ¡Es verdad! ¡Qué despiste! Dámelo antes de que se te olvide.
Ella (sonriendo): Creo que no es una buena idea. Tengo novio.
Zan (haciendo como si escribiera algo): No tan rápido. ¿Puedes repetirlo? Era el 555…
Ella (se ríe y arquea las cejas).
Es un intercambio aparentemente absurdo, pues ella nunca me daría su número de teléfono delante de mis amigos. Ninguna chica lo haría. Pero su número no es mi objetivo; todavía no.
Ahora, entre la camarera y yo existe cierta complicidad. Cuando vuelva allí, ella se acordará de mí y yo podré acercarme a ella, rodearla con un brazo y seguir con mi juego. Le diré que me convendría como novia y, como siempre, emplearé un tono jocoso; así ella no podrá saber si estoy intentando ligar con ella o si sólo estoy bromeando.
Ella: No, tú otra vez no.
Zan: ¡Stephanie, cariño! Oye, perdóname por no haber contestado a tu llamada de anoche. Ya sabes, soy un hombre tan ocupado.
Ella (siguiéndome la corriente): Sí, claro, pero tenía tantas ganas de verte.
Todos en la mesa nos reímos, incluida ella. Y todo vuelve a empezar. Más tarde:
Zan: ¿Sabes qué, Stephanie? Eres un desastre como novia. De hecho, ya ni siquiera recuerdo la última vez que nos acostamos. Ya no puedo más. Lo nuestro tiene que acabar. (Señalando a otra camarera.) A partir de ahora, aquélla va a ser mi novia.
Ella (risas).
Zan (jugando con mi teléfono móvil): Acabas de ser rebajada del puesto de llamada número 1 al puesto número 10.
Ella (riendo). No, por favor. Haré cualquier cosa para compensarte.
Y todavía más tarde:
Zan (le indico que se acerque y señalo hacia mi rodilla): Ven, Stephanie, déjame que te cuente un cuento. (Sonrisa y guiño.)
Hace años que uso esa frase. Es un filón.
Algunos estaréis pensando: «Vale. ¿Y ahora qué? ¿Cómo pasas a palabras más serias y románticas?».
Realmente es muy sencillo. Basta con encontrar el momento apropiado para hablar con ella a solas. Sólo hay que acordarse de mirarla con pasión.
Zan (abandonando el tono de chulo gracioso): Stephanie, ¿te gustaría que te llamara algún día?
Ella: Sabes que tengo novio.
Zan: Eso no es lo que te he preguntado. ¿Quieres que te llame?
Ella: Resulta tentador, pero no puedo salir contigo.
Zan: Escápate conmigo, Stephanie. Te llevaré hasta la cima del Parnaso. Nunca habrás vivido nada igual…
De hecho, todo lo que acabáis de leer sucedió durante el jueves y el viernes pasado con una camarera que se llama Stephanie. Es la chica más espectacular que he visto en mucho tiempo. Todavía no hay nada definitivo, pero ella no alberga la menor duda sobre mis intenciones. Para ella, mis amigos son unos chicos simpáticos, pero sabe que, conmigo, cualquier interacción estará llena de pasión. Y sabe que ahora depende de ella aceptar o rechazar mi oferta.
Es posible que la rechace, pero eso no importa. No me olvidará. Y podéis estar seguros de que las otras camareras saben todo lo que le he dicho. Y eso es positivo, pues le he dicho prácticamente las mismas cosas a todas ellas. Y seguiré haciéndolo.
El resultado de todo ello es que, cuando entras, eres el dueño del local. Llamas a una camarera, te señalas la mejilla y dices: «¿Dónde esta mi azúcar, cariño?». Ninguna camarera se siente intimidada, pues las tratas a todas por igual. En este restaurante en concreto, cuatro camareras ya han pasado la noche en mi casa; a tres, menos atractivas, les gustaría hace rlo; y todavía estoy trabajando en las otras tres (incluida Stephanie). Y os aseguro que todas lo saben todo. Pero, como ya os he dicho, eso es bueno.
Zan