CAPÍTULO 9

A pesar de todo, intenté que Tyler me cayera bien; parecía caerle bien a casi todo el mundo.

Los partes que informaban sobre sus viajes por el país, haciendo de alade Mystery, eran espectaculares. Quizá yo lo hubiera puesto nervioso. O puede que hubiera mejorado al tener que actuar delante de tantos alumnos, como me había ocurrido a mí. Así que decidí concederle el beneficio de la duda.

Siempre había habido claras tendencias en la Comunidad. Ross Jeffries y su Seducción Acelerada mandaban en los foros de seducción cuando yo llegué a la Comunidad, hacía ya más de un año. Después le llegó el momento al Método de Mystery y al Chulo-Gracioso de David DeAngelo. Ahora estaban de moda Tyler Durden y Papa.

Lo curioso era que, aunque los métodos cambiaban, las mujeres no lo hacían. La Comunidad seguía siendo algo tan minoritario que eran muy pocas las mujeres que sabían lo que estábamos haciendo. Las tendencias de la Comunidad eran modas que nada tenían que ver con las mujeres; tan sólo respondían al ego masculino.

Y uno de los mayores egos, el de Ross Jeffries, estaba quedando en segundo plano. Aunque la Seducción Acelerada todavía tenía mucho que ofrecer, a ojos de la nueva generación de miembros de la Comunidad resultaba tan arcaica como comprarle flores a una chica o invitarla a un batido. Y eso no le gustaba nada a Jeffries. De hecho, había muchas cosas con las que no estaba contento. Lo supe una noche cuando, al llegar a casa, encontré el siguiente e-mail en mi ordenador:

Hola, Style. Soy Ross. Estoy de un humor de perros. Son las doce y diez. Normalmente, cuando estoy de mal humor llamo a alguien que me caiga mal y le pongo a parir. Pero esta noche no voy a hacer eso. Sólo quiero decirte que estás siendo injusto conmigo y que no te pasaría nada por llevarme a alguna fiesta, aunque me debes mucho más que eso.

Si no lo haces, no voy a echártelo en cara. Me limitaré a cerrarte las puertas de los círculos de Seducción Acelerada. Te juro que lo haré. Así que piensa en cómo te ha cambiado la vida gracias a mi trabajo. Y piensa en lo que me has dado tú a cambio. El nuestro no ha sido un intercambio equilibrado. Creo que me entiendes.

Jeffries tenía razón. Lo había ignorado por completo desde aquella fiesta a la que fuimos juntos en Hollywood. Pero, antes de volver a llevarlo a una fiesta, tendría que borrar de mi cabeza la imagen de Jeffries olfateándole el trasero a Carmen Electra.

De todas formas, al cabo de un par de días lo llamé y lo invité a cenar por los viejos tiempos. Jeffries no estaba tan enfadado como yo había imaginado; sobre todo porque había otra persona que lo irritaba más que yo: Tyler Durden.

—Ese tío me produce escalofríos —me dijo Jeffries—. Hay algo que da miedo en su falta de humanidad. No me sorprendería que uno de estos días dejara colgado a Mystery y empezara a dar talleres por su cuenta. Se siente incómodo cuando está con personas más poderosas que él. Además, ya va diciendo por ahí que es mejor que Mystery.

Aunque atribuí el comentario a la mente paranoica de Jeffries, Tyler Durden no tardó en demostrar que tenía razón.

Y, según Mystery, yo era el culpable de todo.

—Ya no me divierto en los talleres —se quejó Mystery. Me había llamado desde New Jersey, donde estaba con Tyler Durden y con Papa—. Ahora no son más que un trabajo. Los talleres sólo son divertidos cuando tú me acompañas.

Me sentí halagado, aunque los talleres no eran una forma de diversión; realmente eran un trabajo.

—Además, mis prioridades han cambiado —continuó diciendo—. Al principio se trataba de ser el centro de atención. Ahora creo que lo que busco es amor. Quiero tener una relación que me haga sentir cosquillas en el estómago. Busco a una mujer a la que pueda respetar por su arte, como una cantante o una bailarina de striptease.

La inevitable ruptura no tardó en producirse.

Mystery viajó a Inglaterra y a Amsterdam con Tyler y Papa.

Los talleres fueron un éxito sonado y, al acabar, Tyler Durden y Papa se quedaron en Europa para satisfacer la demanda de nuevos talleres. Era verano, y la perspectiva de enseñar a sargear a otros chicos en Europa resultaba mucho más atractiva que la de conseguir un trabajo sirviendo helados o vendiendo ropa en un Baby Gap.

Mystery me llamó en cuanto llegó a Toronto.

—Mi padre tiene cáncer de pulmón —me dijo—. Le queda poco tiempo.

Resulta raro, pero eres la primera persona a la que quería llamar.

—¿Cómo te sientes?

—No estoy triste por él, pero, cuando he llegado a casa, mi madre estaba llorando. Y nunca la había visto llorar. Mi padre siempre ha dicho que quería que rociaran su tumba con whisky. Mi hermano dice que espera que no le moleste que lo filtre antes por su vejiga.

Mystery se rió.

Yo intenté hacerlo también, pero no lo conseguí. La imagen no resultaba graciosa si no odiabas al padre de Mystery.

Mientras tanto, los talleres europeos de Tyler Durden y de Papa estaban siendo un completo éxito. Al principio se habían limitado a enseñar el Método de Mystery. Pero todo eso cambió una noche en Londres, cuando encontraron su propia escuela en Leicester Square, punto de reunión de mochileros, noctámbulos, turistas, artistas callejeros y borrachos en general. Fue ahí donde nació el método del MAGeo.

Los MAG son una espina clavada en el costado de todo MDLS. No hay nada más humillante que ser levantado en volandas por un gigante que apesta a cerveza mientras se burla de tu ropa o de tu aspecto delante de las chicas con las que estás intentando sargear. Es un doloroso recordatorio de que no eres uno de los chicos populares, de que no eres más que un don nadie disfrazado.

Y, aunque Tyler Durden posiblemente fuese el mayor don nadie de todos nosotros, compensaba su falta de gracia y de saber estar con razonamientos analíticos. Tyler era un deconstruccionista social y un estudioso del comportamiento humano. Observaba cómo se relacionaban los seres humanos y diseccionaba el proceso en los componentes físicos, verbales, sociales y psicológicos que lo provocaban. MAGear —o eliminar a un macho competitivo de un set— era una técnica que atraía a su lado más subversivo; robarle la chica a uno de esos chicos populares que lo habían humillado en el instituto era un manjar mucho más apetecible que conquistar a una mujer sentándote a solas con ella en un café.

Así que Tyler analizó el lenguaje corporal que los MAG empleaban para rebajar su importancia en los sets. Observó cómo miraban fijamente a las chicas para indicarles que eras un don nadie y analizó su manera de hacerte perder el equilibrio dándole una fuerte palmada en la espalda. Pronto pasó más tiempo estudiando a los MAG que sargeando con chicas; hasta que inventó un nuevo orden social en el que, parafraseando al músico Boyd Rice, los fuertes viven de los débiles y los inteligentes viven de los fuertes.

Ya no había nada que pudiera parar a los MDLS. Ahora podían robarle la novia delante de sus narices a MAG del tamaño de una nevera. Nos estábamos adentrando en terreno peligroso.

El método
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