CAPÍTULO 5

A la mañana siguiente, cuando volví de casa de Hillary, me encontré a Dustin esperándome en mi apartamento. El ligón nato había regresado.

Pero ¿qué hacía en mi apartamento?

—Hola —me dijo con un tono de voz tan suave como afeminado. Llevaba una americana de tweed con grandes botones marrones, pantalones negros de poliéster y un pequeño gorro negro.

Hacía más de un año que no hablaba con Dustin; desde luego no había hablado con él desde que formaba parte de la Comunidad. Lo último que sabía de él era que había estado llevando una discoteca en Rusia. Me había mandado fotos de sus novias; una por cada noche de la semana. De hecho, las llamaba Lunes, Martes, Miércoles…

—¿Cómo has entrado?

—Me ha abierto tu casera. Es muy agradable. ¿Sabías que su hijo también escribe?

Dustin tenía el don de conseguir que la gente se sintiera cómoda a su alrededor.

—Me alegro de verte —dijo al tiempo que me daba un fuerte abrazo. Al soltarme vi que tenía los ojos vidriosos, como si realmente se alegrara de verme.

El sentimiento era mutuo. Desde que había entrado a formar parte de la Comunidad, apenas había pasado un día sin que pensara en Dustin. Mientras que Ross Jeffries necesitaba de sus patrones hipnóticos para convencer a las mujeres de que explorasen sus fantasías con él, Dustin conseguía lo mismo sin siquiera abrir la boca. Dustin era un lienzo masculino en blanco sobre el que las mujeres proyectaban sus deseos reprimidos. Antes, nunca había logrado entender cómo lo conseguía, pero, ahora, con mis nuevos conocimientos, si lo observaba en acción y le hacía las preguntas pertinentes, con el tiempo, podría llegar a crear un modelo que recreara su modo de operar. Podría añadir una corriente completamente nueva a la Comunidad.

—No sé si sabes lo que he estado haciendo este último año —le dije—. La cosa es que he estado aprendiendo de los mejores profesionales del ligue. Mi vida ha cambiado por completo. Ahora tengo a todas las mujeres que quiero.

—Lo sé —asintió él—. Me lo ha contado Marko. —Después me miró con sus grandes ojos vidriosos, esos mismos ojos pardos que habían visto el alma de tantas mujeres hermosas—. Yo ya… —empezó a decir—. La verdad es que todo eso ya ha quedado atrás.

Lo miré con incredulidad; hasta que me di cuenta de que el gorro que llevaba en la cabeza era un kipá.

—Vivo en Jerusalén —me dijo—. En una yeshiva. Es una escuela religiosa.

—Estás bromeando, ¿verdad?

—No. Hace ocho meses que no me acuesto con una mujer. Está prohibido.

No podía creer lo que estaba oyendo: el rey de los don juanes se había hecho célibe. No podía ser verdad. ¿Acaso no era ésa la razón por la que se habían inventado las prisiones? Les ofrecían a los hombres comida, ropa, un tejado y aire puro, pero les privaban de las dos cosas que realmente importaban: la libertad y las mujeres.

—Al menos te dejarán masturbarte, ¿no?

—No.

—¿De verdad?

—Bueno… —vaciló él—. A veces tengo sueños eróticos.

—¿Ves, Dustin? Dios está intentando decirte algo.

Dustin se rió y me dio unas palmadas en la espalda. Sus gestos eran pausados y su risa condescendiente, como si los chistes fuesen algo que perteneciera al pasado.

—Ahora me llamo Avisha —me dijo—. Es mi nombre hebreo. Me lo puso uno de los rabinos superiores de la yeshiva.

No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cómo podía haberse convertido Dustin en un candidato a rabino, sobre todo ahora, que tanto podría haber aprendido yo de él?

—No consigo entenderlo. ¿Por qué has renunciado a las mujeres?

—Cuando puedes acostarte con cualquier mujer, llega un momento en el que hacerlo ya no te satisface. En mi caso, llegó un momento que dejé de acostarme con las chicas que llevaba a casa. Lo único que quería era hablar con ellas. Nos pasábamos la noche hablando, creando lazos mucho más profundos que los que se consiguen con el contacto carnal, y, luego, al amanecer, las acompañaba a su casa. Fue entonces cuando empecé a cambiar. Me di cuenta de que mi autoestima dependía únicamente de mi éxito con las mujeres. Las mujeres eran como dioses para mí, sólo que falsos dioses. Así que decidí encontrar al dios verdadero.

Dustin me explicó que buscó el camino en Internet hasta que encontró la Torá y empezó a leerla. Tras un primer viaje a Jerusalén, de vuelta en Moscú, una noche fue a una fiesta en un casino; allí, rodeado de mafiosos, de hombres de negocios corruptos y de mujeres a las que sólo les importaba el dinero, se sintió asqueado. Así que hizo las maletas y dejó atrás a sus siete novias. Llegó a Jerusalén la víspera de la Pascua judía.

—He venido para pedirte perdón por mi comportamiento en el pasado —me dijo.

No tenía ni idea de lo que me estaba hablando. Dustin siempre se había portado como un buen amigo.

—Siempre había idealizado un estilo de vida y un comportamiento corruptos —me explicó—. Vivía de espaldas a la bondad, a la compasión, a la dignidad humana… Usaba a las mujeres. Las degradaba. Las explotaba. Sólo pensaba en mi propio placer. Aborrecía los buenos instintos que había en mí, e intentaba corromper a quienes estaban a mi lado.

Mientras lo escuchaba, no pude evitar pensar que todas esas cosas por las que se estaba disculpando eran precisamente las razones por las que yo me había hecho amigo suyo.

—Yo te ensalcé mi comportamiento como si fuese el más alto ideal al que podía aspirar un hombre —continuó diciendo—. Y por eso, por lo que pueda haber contribuido a borrar la bondad natural de tu alma, te pido perdón de todo corazón.

Lo que decía Dustin podía tener sentido intelectualmente, pero yo siempre he huido de las posiciones extremas, ya sea la adicción a las drogas, el fanatismo religioso o las dietas a base de cero hidratos de carbono. Había algo extraño en Dustin, o en Avisha, como se hacía llamar ahora. Tenía un hueco en su interior que siempre había intentado llenar; primero con las mujeres, y ahora con la religión. Aunque lo escuché con atención, no compartía su punto de vista.

—Estás perdonado —le dije—, aunque la verdad es que no tengo nada que perdonarte.

Él me miró con ternura, pero no dijo nada. No había duda de dónde yacía el secreto de su poder de seducción. Eran esos ojos que brillaban como la superficie de un lago de montaña y la intensidad con la que enfocaba la mirada, haciéndote sentir que, en ese momento, para él no existía nada más que tú.

—Para aumentar mis probabilidades de conocer a mujeres, he cambiado ciertas cosas de mí mismo —seguí diciendo yo—. Y resulta que todas esas cosas son positivas. Lo que quiero decir es que, para atraer a las mujeres, me he convertido en una persona más segura de sí misma. Además, he empezado a hacer ejercicio y ahora como mejor. Cada vez estoy más cerca de mis propias emociones y me interesa la espiritualidad. Me he convertido en una persona más divertida y más positiva.

Él me escuchaba con paciencia.

—Y no sólo tengo más éxito con las mujeres, sino con todas las personas, ya sea con mi casera o con la chica que me llama del banco cuando dejo la cuenta en números rojos. Supongo que lo que intento decir es que en el proceso de aprender a ligar también me estoy convirtiendo en una persona mejor.

Él empezó a mover la boca.

—Siempre…

—¿Sí?

—Siempre podrás contar con mi amistad.

Al parecer, mis argumentos no lo habían convencido.

—¿Te importa que me quede unos días contigo? —me preguntó Dustin.

—Me encantaría —respondí yo—, pero el miércoles me marcho a Australia.

—¿Tienes un despertador que me puedas prestar? —me preguntó él—. Tengo que rezar al alba.

Yo le di un pequeño despertador de viaje. Al hacerlo, él sacó un libro de su bolsa de viaje.

—Toma —me dijo—. Lo he traído para ti.

Era una pequeña edición en tapa dura de un libro del siglo XVI llamado El camino de los justos. Tenía algo escrito en la primera página. Era una cita del Talmud:

Quien destruye una sola vida es tan culpable como quien destruye el mundo entero, y quien salva una sola vida es tan merecedor de alabanzas como quien ha salvado el mundo entero.

Así que Dustin estaba intentando salvarme. Pero ¿por qué? Si yo me lo estaba pasando en grande.

El método
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