CAPÍTULO 5

«De nadie depende elegir por quién se siente atraído»

Esas eran las palabras que David DeAngelo había proyectado sobre la pared. El seminario estaba completamente abarrotado. Debía de haber más de ciento cincuenta personas en la sala. A muchos de ellos ya los conocía.

Los seminarios empezaban a resultar una imagen preocupantemente familiar: una persona con auriculares sobre un escenario aconsejando a un grupo de hombres necesitados sobre la mejor manera de no tener que recurrir al onanismo nocturno. Pero en éste había una diferencia: como había dicho Jeffries, DeAngelo era un tipo apuesto. Una versión delicada de Robert de Niro; un De Niro que nunca se metía en problemas.

Lo que diferenciaba a DeAngelo de los demás gurús era precisamente que no destacaba por nada. No era ni carismático ni interesante. No tenía el fuego inapagable de alguien que anhela convertirse en líder de un culto, ni tampoco parecía valerse de las mujeres para llenar algún oscuro vacío de su alma. Ni siquiera se creía mejor que los demás. No, DeAngelo realmente era muy normal. Lo único que lo hacía peligroso era su increíble capacidad de organización.

Resultaba evidente que llevaba meses preparando el seminario. No sólo estaba todo perfectamente planificado, sino que cada detalle había sido pensado para un consumo masivo. Se trataba de un método para ligar que podía ser presentado a cualquier persona sin que ésta se sintiera agredida ni por su crudeza, ni por su actitud con respecto a las mujeres, ni por lo retorcido de sus técnicas; excepto, claro está, por la recomendación del libro Adiestramiento canino, de Lew Burke, como fuente de sugerencias sobre la mejor manera de tratar a las mujeres.

Al igual que DeAngelo, muchos de los oradores del seminario eran antiguos alumnos de Jeffries; entre ellos, Rick H., Vision y Orion, el clásico perdedor que se había hecho famoso por ser el primer MDLS en vender cintas de video de sí mismo sargeando en la calle. La serie de vídeos «Conexiones mágicas» era vista como la prueba irrefutable de que, con técnicas hipnóticas, hasta un completo perdedor podría acostarse con una chica.

—El diccionario define seducción como «Arrastrar, persuadir a alguien con promesas o engaños a que haga cierta cosa, generalmente mala o perjudicial; particularmente, conseguir un hombre por esos medios poseer una mujer» —leyó DeAngelo de una de sus notas—. Así pues —continuó—, la seducción implica engaño; para seducir es necesario comportarse con deshonestidad y ocultar tus motivos. Y eso no es lo que enseñamos aquí. Aquí enseñamos lo que se define como atracción. Atracción es trabajar en uno mismo hasta hacerse irresistible para las mujeres.

DeAngelo no mencionó a ninguno de sus competidores durante el seminario; era demasiado inteligente para cometer ese error. Estaba intentado distanciarse de las mediocres luchas de la Comunidad, y la mejor manera de hacerlo era ignorar su existencia. Había dejado de aparecer en Internet; en su lugar, ahora pagaba a otros para que colgaran en el foro sus consejos cuando él se veía en la necesidad de hacerlo. Desde luego, DeAngelo no era un genio ni un gran innovador, como lo eran Mystery y Jeffries, pero era un magnífico vendedor.

—¿Cómo podemos conseguir que alguien desee algo? —preguntó después de hacer que sus estudiantes practicasen miradas a lo James Dean—. Dándole valor, demostrando que los demás lo quieren, haciendo que sea difícil de obtener y obligando a trabajar para conseguirlo. Durante la comida quiero que penséis en otras maneras de conseguir que alguien desee algo.

Decidí ir a comer una hamburguesa con DeAngelo y con algunos de sus alumnos para conocerlo mejor.

Harto de trabajar con poco éxito como agente inmobiliario en Eugene, Oregón, DeAngelo se había trasladado a San Diego dispuesto a volver a empezar. Pero se encontraba solo en San Diego y añoraba cruzar esa barrera invisible que separa a dos desconocidos en un bar. Así que empezó a buscar consejos en Internet y a cultivar amistades que tuvieran éxito con las mujeres. Uno de esos amigos fue Riker, un discípulo de Jeffries. Riker le enseño la manera de conocer mujeres a través de Internet. Además, a DeAngelo, la red le proporcionó la manera de practicar las tácticas de sargeo que le enseñaban sus nuevos amigos sin correr el riesgo de ser rechazado en público.

—Tenía acceso a nuevas ideas, las ponía en práctica y después observaba cómo reaccionaban a ellas las mujeres en los foros —dijo mientras algunos de sus alumnos se acercaban a escucharlo—. Fue entonces cuando descubrí que tocarle las narices a una mujer no tenía el efecto que yo creía. Así que decidí que, además de desenvolverme con chulería, debía ser todo lo gracioso que pudiera. Les robaba las palabras, me burlaba de ellas, las acusaba de intentar ligar conmigo y, desde luego, nunca las dejaba en paz.

Embargado por la euforia de sus descubrimientos, DeAngelo envió un escrito de quince páginas a Cliff’s List, uno de los foros de seducción más antiguos y consolidados de Internet. Y la Comunidad, que por aquel entonces todavía estaba en pañales, lo acogió con entusiasmo; había nacido un nuevo gurú. Cliff, el canadiense de mediana edad que dirigía el post, convenció a DeAngelo para que dedicara tres semanas a convertir sus ideas en un libro electrónico: Dobla tus citas.

Mientras hablábamos, Rick H. se unió a nosotros. Rick H. y DeAngelo compartían una casa en Hollywood Hills. Yo había oído hablar mucho de Rick H. Decían de él que era el mejor, un maestro entre los MDLS, especializado en mujeres bisexuales. Su manera llamativa de vestir, que recordaba a la de una lagartija de Las Vegas, había sido una de las fuentes de inspiración de la teoría del pavoneo de Mystery.

Bajo y con algunos kilos de más, Rick H. llevaba una camisa roja con un cuello inmenso y una chaqueta del mismo color. Lo seguían varios fieles, ansiosos por empaparse de su sabiduría. Reconocí a dos de ellos: Extramask, con los ojos tan hinchados que casi no podía abrirlos, y Grimble, que empezaba a dudar sobre la utilidad de la Seducción Acelerada, pues hipnotizar a mujeres para poder conseguir darse el lote con ellas en locales nocturnos no le había proporcionado ninguna relación estable. Así que, finalmente, Grimble había optado por el método del chulo gracioso. Su última técnica de ligue consistía en sacar el codo cuando pasaba una mujer a su lado y, al golpearla, gritar «ay», como si ella le hubiese hecho daño. Cuando la mujer se paraba junto a él, Grimble la acusaba de haber intentado tocarle el culo. En un bar, ser divertido tenía muchas más recompensas que la adulación.

Rick se sentó a nuestro lado y se reclinó cómodamente sobre su silla. Rodeado de estudiantes, que se apiñaban a su alrededor, empezó a compartir su sabiduría. Dijo que tenía dos reglas con las mujeres.

La primera: ninguna buena acción escapa sin castigo. (Una frase que, irónicamente, fue acuñada por una mujer: Clare Boothe Luce.)

La segunda: siempre has de tener una respuesta mejor que la de ella.

Una de las posibles interpretaciones de la segunda regla de Rick es que nunca debes darle una respuesta directa a una mujer. Si una mujer te pregunta en qué trabajas, mantenla con la duda, dile que reparas mecheros o que eres un tratante de esclavos o un jugador profesional de tres en raya. La primera vez que lo intenté, no funcionó muy bien. Una noche, mientras trabajaba un set de cinco en el vestíbulo de un hotel, una mujer me preguntó por mi trabajo. Yo le ofrecí la respuesta que había preparado para esa noche: tratante de esclavos. En cuanto terminé de pronunciar las palabras, me di cuenta de que no debería haberlo hecho, pues la chica era negra.

Una de las cosas que advertí oyendo hablar a Rick fue que la gente a la que le gusta oír el sonido de su propia voz tiende a tener más éxito con las mujeres; en Cliff’s List lo llamaban la teoría del bocazas.

—¿Por qué nos gustará tanto hablar de esas cosas? —le preguntó Rick H. a DeAngelo.

—Porque somos hombres —le contestó DeAngelo, como si fuese lo más evidente del mundo.

—Claro —asintió Rick—. Eso es lo que hacen los tíos.

Al marcharse los gurús, fui a sentarme con Extramask, que estaba dándole pequeños sorbos a una lata de zumo de manzana. Llevaba un piercing con la forma de unas pesas de halterofilia en la parte posterior del cuello y, de no ser por los ojos hinchados, hubiera sido el tío con el aspecto más guay de todo el seminario.

—¿Qué te ha pasado? —le pregunté.

—Me acosté con la chica de la cara de pan —me dijo—. Lo hicimos tres veces, pero esta vez tampoco conseguí correrme. No sé si son los condones o si es que tengo demasiada ansiedad y necesito tranquilizarme… O puede que tenga razón Mystery y que sea gay.

—¿Y qué tiene que ver eso con tus ojos? ¿Es que te pegó?

—No. Pero tenía una almohada de plumas o no sé qué mierda y, con mis alergias, se me han hinchado los ojos.

Extramask me contó que habían quedado para tomar un café. Él le había enseñado un juego psicológico que se llama el cubo y había continuado con otras demostraciones de valía. Me dijo que supo que las cosas iban a salir bien cuando ella empezó a reírse con todos sus chistes; incluso con los que no tenían gracia. Alquilaron la película Insomnio, fueron a casa de ella y se acurrucaron juntos en el sofá.

—Yo estaba superempalmado —me dijo Extramask—. La tenía durísima.

—Sí, sí —lo animé yo—. ¿Y qué pasó?

—Ella tenía una pierna apretada contra mi polla. Y te aseguro que era imposible no notar lo dura que la tenía. Me quité la camisa y ella empezó a besarme y a acariciarme el pecho. Yo estaba a punto de explotar. —Guardó silencio unos instantes mientras bebía un poco más de zumo de manzana—. Entonces le quité la camisa y ella se quedó en sujetador. Comencé a tocarle las tetas… Pero, cuando fuimos a su habitación, empezaron los problemas.

—¿Se te bajó?

—No, no. Lo que pasó es que ella todavía llevaba puesto el sujetador.

—¿Y? Habérselo quitado.

—Ahí está el problema. No sé cómo se quita un sujetador.

—Bueno, supongo que es una de esas cosas que se aprenden con la práctica —dije yo.

—Se me ha ocurrido una idea. ¿Quieres oírla?

—Sí, dime.

—Voy a coger uno de los sujetadores de mi madre y lo voy a atar alrededor de un palo, o algo así. Después voy a vendarme los ojos y voy a intentar desabrochar el sujetador a ciegas.

Lo miré con la cabeza ladeada. No sabía si hablaba en serio o si me estaba tomando el pelo.

—Lo digo en serio —aseguró él—. Es una manera de aprender tan buena como cualquier otra.

—Pero ¿qué tal te fue en la cama con Cara de Pan?

—Igual que la otra vez. Follamos sin parar. Debimos de estar media hora dale que te pego. Y yo seguía con la polla dura como una piedra. Pero no había manera de correrse. Creo que me hizo mi primera mamada. Aunque no estoy seguro, porque con el condón no notaba nada. Pero ella tenía la cabeza en mi entrepierna. Y me chupó los huevos. Eso sí que lo noté. De verdad, es una mierda. Quiero poder correrme con una tía.

—Te estás obsesionando. No sé; puede que no te gusten las mujeres.

—O puede que nadie sepa cómo darme placer mejor que mi mano —declaró, frotándose los ojos.

Grimble se acercó a nosotros y me dio una palmada en el hombro.

—El seminario va a continuar —me dijo—. Les toca a Steve P. y a Rasputín; te recomiendo que no te lo pierdas.

Me levanté y dejé a Extramask con su zumo de manzana.

—¿Sabes lo que hice? —gritó cuando empezaba a alejarme—. ¡Le metí los dedos!

Me volví hacia él. Extramask me hacía reír. Aunque actuaba como si estuviera confuso e indefenso, yo a veces pensaba que, en el fondo, era más listo que todos nosotros.

—Y la sensación no fue para nada como lo había imaginado —siguió gritando—. Al contrario, me pareció como que todo estaba en su sitio, muy bien organizado.

Quién sabe.

El método
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