CAPÍTULO 1

Durante nuestros viajes, impartiendo talleres, Mystery y yo fuimos conociendo a la mayoría de los miembros de la Comunidad. Así, al cabo de un tiempo, ésta dejó de estar compuesta por una serie de nombres anónimos en la pantalla de un ordenador. De repente, Maddash, un seudónimo de siete letras, pasó a convertirse en un divertido hombre de negocios de Chicago; Stripped[1], en un editor de libros de intriga de Amsterdam con aspecto de modelo masculino, y Nightlight9 en un adorable empollón que trabajaba en Microsoft.

Con el tiempo, las preguntas y los consejos a través de los teclados fueron quedando a un lado, y Mystery y yo pasamos a convertirnos en unas superestrellas. En Miami, Los Angeles, Nueva York, Toronto, Montreal, San Francisco y Chicago. Con cada taller nos hacíamos mejores, más fuertes, más atrevidos. Ofrecíamos a la Comunidad lo que sus miembros querían, mientras que los demás gurús se aferraban a la seguridad de las salas de conferencias. Nosotros éramos los únicos que aceptábamos el desafío de demostrar nuestra valía en una ciudad tras otra, una noche tras otra, con una mujer tras otra.

Cada vez que abandonábamos una ciudad, surgía en ella una pequeña guarida que reunía a alumnos ansiosos por poner en práctica sus nuevas habilidades. Y, a través del boca a boca, el número de miembros de cada guarida no tardaba en doblarse, en triplicarse, en cuadriplicarse. Y cada uno de ellos adoraba a Mystery y a Style, pues nosotros vivíamos la vida que ellos ansiaban vivir; o al menos eso es lo que creían.

Cada taller generaba nuevos mensajes en Internet alabando mi juego. Cada parte de sargeo que yo colgaba en Internet provocaba una avalancha de correos electrónicos de alumnos deseosos de convertirse en mis compañeros de sargeo. De hecho, casi tenía más números de teléfono de miembros de la Comunidad que de chicas.

Cuando sonaba el teléfono en mi casa, casi siempre era alguien que quería pedirle algún consejo a Style y que, tras una breve presentación, preguntaba si debía ocultar su número al llamar a una chica o si seguía teniendo alguna posibilidad con el objetivo si, en un set de tres, el obstáculo se interesaba por él y le daba su número de teléfono.

La Comunidad había devorado mi antigua vida. Pero ése era un precio que merecía la pena pagar por convertirme en el tipo de hombre al que yo siempre había envidiado, el tipo de hombre al que, al entrar en un bar, te encontrabas dándose el lote en una esquina con una chica a la que acababa de conocer. Sí, ése era el precio que debía pagar por convertirme en Dustin.

Antes de encontrar la Comunidad, la única vez que me había enrollado con una chica a la que acababa de conocer había sido recién llegado a Los Angeles. Pero, tras besarnos, cuando yo le conté que acababa de llegar a la ciudad, ella se apartó de mí y me dijo: «Creía que eras un productor o algo así». Lo que quería decir es que, de no ser así, una chica como ella nunca se hubiera enrollado con alguien como yo. Tardé meses en superar aquel golpe. Mi falta de seguridad en mí mismo me impedía aceptar lo que, viéndolo ahora, no era más que un simple nega.

Ahora, cada vez que entraba en un bar o en una discoteca, sentía una maravillosa sensación de poder mientras miraba a mi alrededor preguntándome cuál de aquellas mujeres tendría la fortuna de tener mi lengua en su garganta dentro de unos minutos. Pues, a pesar de todos los libros de autoayuda que había leído, yo seguía buscando la aprobación de los demás. Todos nosotros lo hacíamos; precisamente por eso estábamos en la Comunidad. No estábamos en el juego por nuestra entrepierna, sino para sentirnos aceptados.

Mientras tanto, Mystery había experimentado su propia metamorfosis. Durante nuestros viajes había ido dándole una forma más radical a su teoría del pavoneo. Ya no le bastaba con llevar un objeto o una prenda estridente para llamar la atención del sexo opuesto. Ahora, todos esos objetos y prendas eran descomunales, y Mystery parecía la atracción de una feria itinerante. Llevaba botas con plataformas de quince centímetros y un sombrero de vaquero de un impactante rojo chillón con una banda de piel de leopardo, que, combinados, le hacían medir más de dos metros. Y a esto había que añadir los ajustados pantalones de PVC negro, la camiseta de malla, las gafas futuristas, una mochila de plástico con pinchos, la sombra de ojos blanca y hasta siete relojes entre las dos muñecas. No había cabeza que no se volviera al verlo pasar.

Mystery ya no necesitaba frases de entrada ni estrategias de aproximación. Ahora eran las mujeres las que se acercaban a él. Había chicas que, incluso, lo seguían por la calle durante manzanas. Algunas le tocaban el culo y una mujer de cierta edad incluso había llegado a morderle la entrepierna. Y, cuando él se interesaba por alguna mujer en particular, todo lo que tenía que hacer era mostrarle un par de trucos de magia, que, por otra parte, justificaban lo extravagante de su aspecto.

Además, su nueva imagen le servía para espantar al tipo de chicas que no le interesaban mientras conseguía atraer a las que sí le interesaban.

—Me visto para las chicas más despampanantes de las discotecas, para las tías más macizas y más calientes, esas chicas que antes no estaban a mi alcance —me dijo una noche cuando lo acusé de parecer un payaso—. Al comportarme así, las mujeres vienen a mí como si yo fuese una estrella del rock.

Mystery siempre me animaba a vestir tan extravagantemente como él y, aunque, por lo general, yo no seguía sus sugerencias, en una ocasión compré un chaleco de piel de color violeta en una tienda de ropa interior femenina de Montreal. Pero lo cierto es que no me gustaba ser el centro de todas las miradas. Y, además, las cosas ya me iban suficientemente bien.

Mi reputación se había disparado a raíz del taller de Miami, donde, en treinta minutos, había puesto en práctica todo lo que había aprendido durante las seis semanas anteriores. El mío había sido un ejemplo perfecto de cómo llevar a cabo una seducción; no como una lucha, sino como una danza.

Aquella noche pasaría a la historia de la Comunidad. Aquella noche me gradué, dejando de ser un TTF y convirtiéndome oficialmente en un MDLS.

El método
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