Capítulo XLVIII

Era una fría, lluviosa y ventosa noche de febrero. Buckingham, con una peluca negra y con los bigotes y las rubias cejas teñidas del mismo color, estaba sentado ante la mesa del doctor Heydon y contemplaba el semblante del astrólogo. Mientras éste consultaba sus cartas, llenas de jeroglíficos, cruces y estrellas, trazando líneas y dibujos geométricos.

La habitación estaba escasamente iluminada por dos bujías que humeaban y olían a grasa quemada. De rato en rato una furiosa ráfaga de viento entraba por la chimenea, llenando de polvo y cenizas el cuarto y tornando el aire irrespirable. Los dos hombres restregaban sus ojos y tosían a menudo.

—¡Tiempo condenado éste! —masculló el duque coléricamente, al mismo tiempo que tosía, protegiéndose con el embozo de su gran capa negra. Como Heydon levantara con estudiada calma su enjuto rostro, se inclinó nerviosamente sobre la mesa—. ¿Qué ocurre? ¿Qué habéis encontrado?

—No me atrevo a comunicarlo a Vuestra Gracia.

—¡Bah! ¡Dejaos de remilgos! ¿Para qué creéis vos que os he pagado? ¡Vamos, despachaos!

Con el aire de la persona que se ve obligada a hablar por la fuerza, Heydon hizo como el duque le pedía.

—Bien, si Vuestra Gracia insiste… Encontré que él morirá, repentinamente, el quince de febrero, dentro de dos años… —hizo una dramática pausa y luego, inclinándose hacia delante agregó, pesando bien sus palabras mientras sus azules ojos se clavaban en los del duque—. Y entonces, a petición del pueblo, ante el clamor popular, Vuestra Gracia, duque de Buckingham, lo sucederá en el trono por largo y glorioso período. ¡La casa de los Villiers está llamada a ser la más preclara casa real en los anales de nuestra nación!

Buckingham se le quedó mirando, anonadado, completamente transfigurado.

—¡Por Cristo!… es increíble… y sin embargo… ¿Qué más habéis encontrado? —preguntó a continuación, ansioso de saberlo todo.

Era como si estuviera en una colina, desde donde oteara un luminoso horizonte perdido en el tiempo y el espacio, vislumbrando claramente las cosas por venir. El rey Carlos despreciaba tales trapacerías, afirmando que, aun cuando fuera posible adivinar el porvenir, no convenía conocer con anticipación el propio destino, ya fuese bueno o malo. Mas… afortunadamente había otros hombres más inteligentes que sabían cómo predeterminar el curso de sus fines, y él, duque de Buckingham, era uno de ellos.

—¿Cómo sucederá?… —Villiers se retractó, temeroso de su propia fraseología—. ¿Cuál será la causa de esa gran tragedia?

Heydon observó de nuevo sus cartas, como si deseara asegurarse y susurró:

—Desgraciadamente… las estrellas dicen que Su Majestad morirá envenenado…

—¡Envenenado!

El duque se echó para atrás en su asiento, con la vista clavada en las brasas de la chimenea, golpeando la mesa con los nudillos y con las cejas arqueadas reflexivamente. Carlos Estuardo moriría a causa de un veneno secretamente administrado y él, George Villiers, accediendo al clamor público, se sentaría en el trono de Inglaterra. Cuanto más pensaba en eso, más increíble le parecía.

Lo sacó de su ensimismamiento una impaciente llamada en la puerta, que se repitió casi en seguida.

—¿Qué es eso? ¿Esperáis a alguien?

—Había olvidado deciros, señor duque —respondió Heydon en un murmullo— que lady Castlemaine tenía cita conmigo a esta hora.

—¿Bárbara? ¿Ha estado aquí alguna vez?

—Solamente dos veces, Su Gracia. La última vez hace tres años.

La llamada se repitió, esta vez con más fuerza e insistencia.

Buckingham se levantó con presteza y se dirigió a la puerta que comunicaba con una pequeña pieza contigua.

—Esperaré aquí hasta que se vaya. Despachadla cuanto antes… y si apreciáis en algo vuestro pellejo, no le hagáis saber de ningún modo que yo me encuentro aquí.

Heydon asintió con la cabeza y, recogiendo en un cerrar y abrir de ojos los papeles concernientes al trágico destino de Carlos II, los metió en un cajón de la mesa. En cuanto el duque cerró la puerta, voló a abrir la otra. Bárbara Palmer entró en el aposento como un aletazo de viento. Llevaba el rostro completamente cubierto por un velo negro y sobre su rojizo cabello se había puesto una peluca de color rubio plateado.

—¡Por los ojos de Cristo! ¿Por qué habéis tardado tanto? ¿Tenéis metida aquí a alguna moza?

Se quitó el manguito y lo puso sobre una silla; desanudó luego el capuchón y la capa y los colocó sobre aquél. Se aproximó al fuego, frotándose las manos. El hosco y esmirriado perro, que dormía allí, levantó la cabeza amenazadoramente.

—¡Dios de los cielos! —exclamó la Palmer, sin dejar de frotarse las manos—. ¡Esta noche es la más fría de las que guardo memoria! ¡Sopla un viento que cala hasta los huesos!

—¿Puedo ofreceros un vaso de cerveza?

—Os lo agradeceré.

Heydon fue a un armario y sacó una botella. Llenó un vaso y al mismo tiempo dijo, mostrándola de costado:

—Siento no poder ofrecer a Vuestra Señoría otra bebida más delicada, clarete o champaña, pero tengo la desgracia de que la mayoría de mis clientes son reacios a pagar sus deudas —se encogió de hombros—. ¡Qué le vamos a hacer! Dicen que es la consecuencia de servir a los ricos.

—¿Siempre pulsando la misma cuerda? —tomó el vaso que le alcanzaba y apuró su contenido de un trago, sintiendo que le invadía el cuerpo un confortable calorcillo—. Tengo un asunto de mucha importancia que deseo me resolváis. ¡Es imperativo que no cometáis ninguna equivocación!

—¿No fue correcta mi última predicción, señora?

Estaba parado delante de ella, con los pies juntos y las manos unidas, en actitud de obsequiosidad y untuosa súplica, esperando una alabanza.

Bárbara se concretó a mirarlo impacientemente, al mismo tiempo que le devolvía el vaso. Entonces la reina había sido su enemiga. Ahora, sin reconocerlo abiertamente, era la única aliada que le quedaba. Lo que menos quería saber era que alguna otra mujer joven y hermosa estuviese destinada a casarse con Carlos II. Si algo sucedía a Catalina, sus días en palacio estaban contados, lo sabía perfectamente.

—¡No os molestéis en recordar aquello! —le dijo con aspereza—. En vuestra profesión, recordar a menudo es un mal hábito. Pasemos a otra cosa. Tengo entendido que habéis estado prestando algunos servicios de importancia a mi primo.

—¿Decís a vuestro primo, madame? —Heydon parecía completamente ajeno a la pregunta.

—¡No seáis necio! ¡Bien sabéis lo que quiero decir! Buckingham, por supuesto.

Heydon levantó las manos en señal de protesta.

—¡Oh, madame…! Tened la certeza de que os han informado mal. La única relación que he tenido con él fue aquella vez que me prestó un marcado servicio al sacarme de la cárcel de Newgate, donde llegué agobiado por las deudas… lo que sucedió debido a la morosidad e insolvencia de mis clientes. Pero después no he tenido el honor de volver a verle.

—¡Disparates! Buckingham nunca arroja un hueso a un perro sin esperar algo en retribución. Yo sé que viene aquí, pero no debéis sentiros tentado a decirle que yo también vengo de vez en cuando. Tengo tanta confianza en él, como la que puede tener en mí.

Heydon se puso más firme por el hecho de saber que el caballero objeto de la conversación estaba detrás de la puerta, escuchando, y se resistió a darse por vencido.

—Protesto con energía, señora… Alguien ha querido burlarse de Vuestra Señoría. Juro que mis ojos no han visto a Su Gracia desde aquella ocasión.

—¡Mentís como un hijo de perra!… Pero… dejemos eso ahora… Espero que por interés personal conservéis mis secretos como los vuestros propios. Vine a lo siguiente: tengo fundadas razones para creer que de nuevo voy a ser madre… y quiero que vos me digáis a quién puedo achacar la culpa. Es de todo punto necesario que lo sepa.

A Heydon se le salieron los ojos de las órbitas. Hizo un esfuerzo por tragar saliva, mientras su manzana de Adán se movía convulsivamente en el nudoso cuello. ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Eso sí que iba más allá de lo admisible! Si una madre no podía identificar al padre de su hijo, ¿cómo podía hacerlo un extraño?

Pero el doctor Heydon, astrólogo reputado, gozaba fama de no haber rechazado jamás una pregunta, de cualquier índole que fuere. Caló, pues, sobre el puente de la nariz sus gafas verdes —con las que imaginaba tener un aire más estudioso— y tanto él como Bárbara tomaron asiento. Heydon estudió detenidamente las cartas, trazando en los intervalos intrincados jeroglíficos a base de un latín harto dudoso y de grandes líneas oblicuas.

De tiempo en tiempo aclaraba su garganta y emitía dubitativos «¡hum!» Bárbara lo miraba hacer, el busto inclinado hacia adelante, y mientras el astrólogo trabajaba, ella hacía girar nerviosamente un anillo con un grande y hermoso diamante que llevaba en la mano izquierda reemplazando el anillo de boda, porque ella y Roger Palmer habían convenido, desde mucho tiempo atrás, no tener nada en común el uno con el otro.

Por último, Heydon carraspeó y miró escrutadoramente la cara pálida sobre la cual jugueteaba la luz de las bujías.

Madame…, me veo en la necesidad de pediros me honréis con vuestra más absoluta confianza… de otro modo no podré seguir adelante.

—Muy bien. ¿Qué deseáis saber?

—Antes suplico a Vuestra Señoría no tome por ofensa lo que voy a decirle pero tengo que conocer los nombres de los caballeros de quienes se puede sospechar que tengan alguna participación en esta desgracia que la aflige.

Bárbara se puso grave, frunciendo ligeramente el entrecejo.

—¿Seréis discreto?

—Naturalmente, señora. La discreción es parte de mi negocio.

—Bien… entonces os diré… Primero está el rey, a quien espero que vos responsabilicéis, porque así podré convencerle de que él es el causante de todos mis disgustos. Y luego… —se detuvo, vacilante.

—¿Y luego? —exigió Heydon.

—¡Malhaya con vos! Dejadme pensar un poco. Luego están James Hamilton, Charles Hart… pero no toméis en cuenta a este último, porque no es un hombre de recursos, apenas si es un mero actor, y…

En ese momento se oyó un sonido extraño medio carcajada, medio acceso de tos ahogada. Bárbara se enderezó con sobresalto.

—¿Qué es eso?

Heydon había saltado sobre su asiento.

—No os preocupéis, madame. Es mi perro, que seguramente está soñando. —Los dos miraron al perro, estirado junto al fuego, que se sacudía nerviosamente en su sueño.

Bárbara echó al doctor una mirada de sospecha, pero finalmente se sentó y prosiguió:

—Luego está mi nuevo lacayo, pero no es un hombre de categoría, de modo que tampoco vale la pena tomarlo en cuenta… y luego un paje de lady Southesk, pero éste es demasiado joven para…

En aquel momento se oyó claramente la explosión de una risa largo tiempo contenida. Antes de que Heydon pudiera levantarse, ya Bárbara lo había hecho, corriendo hacia la puerta de comunicación con la otra pieza, de donde procedía el ruido. La abrió violentamente y al tiempo de hacerlo dio al duque un fuerte golpe en el estómago.

Buckingham se doblaba bajo los efectos de la risa, pero en cuanto se vio objeto de un ataque, se incorporó prestamente y, asiendo a la Castlemaine por la garganta, dio un salto de costado para huir de las aguzadas uñas que querían clavarse en su cara, sin conseguir desasirse por completo. Continuaron luchando algunos momentos pero cesaron al verse despojados de sus respectivas pelucas. Bárbara retrocedió unos pasos, ahogando un rugido, con la peluca del duque entre sus manos, mientras él se apartaba con la suya, esgrimiéndola como un trofeo de guerra.

—¡Buckingham!

—A vuestros pies, madame.

Hizo una burlona reverencia y, al incorporarse, arrojó la peluca sobre la mesa, donde Heydon, con el espanto reflejado en los ojos ante la celeridad con que se habían desarrollado los acontecimientos que probablemente causarían su ruina, se había apoyado desvalidamente. Bárbara levantó su peluca y se la puso al sesgo con gesto airado.

—¡So piojoso bastardo! —barbotó al fin—. ¿Por qué me estabais espiando de ese modo?

—No es estaba espiando, querida prima —replicó Buckingham con frialdad—. Estaba aquí cuando vos llegasteis, y lo único que hice fue meterme en la habitación contigua esperando que os fuerais pronto para continuar mi consulta con el doctor.

—¿Qué consulta?

—¡Vaya! Sólo quería saber cuál de las mujeres que conozco me daría un hijo —replicó el duque, francamente divertido—. Lo único que siento es haberme reído tan pronto. Era tan interesante el cuento que le estabais refiriendo a Heydon… Pero ya que no lo he oído por completo, os ruego satisfagáis esta curiosidad mía: ¿os habéis entretenido también con vuestro esclavo negro y con el Canciller?

—¡Valiente carroña! ¡Odio a ese viejo!

—Es el único punto en que coincidimos.

Bárbara comenzó a juntar sus cosas: el velo, el abanico, el manguito, la capa, y luego procedió a anudar el capuchón sobre la peluca.

—Bien… Entonces os dejaré para que finiquitéis vuestros asuntos con el doctor.

—¡Oh! Pero, al menos, permitid que os acompañe hasta vuestras habitaciones —protestó el duque, sospechando que ella tenía intenciones de acudir inmediatamente al rey, y esperando disuadirla de un modo u otro—. Es muy peligroso andar por las ruinas, incluso de día. Justo ayer supe de una dama que fue asaltada en su coche, golpeada, robada y finalmente dejada por muerta —era cierto; en la derruida City pululaban ladrones y asesinos que salían de sus madrigueras al llegar la noche. Tampoco era posible conseguir un coche de alquiler—. ¿Cómo habéis venido?

—En un carricoche desvencijado.

—No importa. Por fortuna no sólo tengo mi coche esperando abajo, sino también una docena de lacayos. Cometéis un desatino al salir sin protección, madame…, y es una suerte que esta noche yo pueda acompañaros.

Buckingham tomó su peluca y se la acomodó en la cabeza, tocándose luego con el sombrero de anchas alas. Hizo un guiño al doctor, a espaldas de Bárbara, al tiempo que arrollaba la amplia capa sobre los hombros. Heydon tenía una cómica expresión de fastidio, que se acentuó cuando el duque ofreció su brazo a la condesa y se dispusieron ambos a salir. Finalmente consiguió reponerse y, tomando una bujía, los precedió por la angosta escalera.

Y recordad —le gritó Bárbara cuando hubieron llegado al final—: no digáis de esto una palabra, o recibiréis una sorpresa.

—Sí, milady. Podéis confiar en mí, milady.

Afuera, el frío era punzante. Por la estrecha callejuela soplaba además un fuerte viento, haciendo que la lluvia hiriera sus rostros como agujas. Gruesos nubarrones ocultaban la luna; la noche era oscura como boca de lobo. Buckingham se llevó los dedos a la boca y emitió un agudo silbido. Como por arte de magia salieron de su escondite media docena de hombres, como amenazantes trasgos, y dos o tres minutos más tarde hizo su aparición un soberbio coche negro arrastrado por ocho caballos, avanzando ruidosamente por el silencioso callejón hasta llegar junto a ellos. De la parte posterior del carruaje saltaron otros seis hombres, que permanecieron respetuosamente a alguna distancia de su amo. El duque dio instrucciones al cochero e hizo subir primero a la condesa; inmediatamente el coche partió dando barquinazos, con algunos de los lacayos encaramados sobre él, y los restantes corrieron detrás como galgos. Dos se habían acomodado a los lados, llevando cada uno una antorcha encendida.

Dieron la vuelta por Tower Street, luego de bajar por Creat Tower Hill; la calle estaba todavía cubierta de escombros a ambos lados, en tanto que el centro de la calzada había sido limpiado ligeramente para hacer posible el tránsito de vehículos. Fue un lento viaje de dos millas y cuarto; pasaron por Eastcheap y Watling Street, por entre los retorcidos hierros y los escombros que marcaban el lugar donde había estado erguida la vieja catedral de San Pablo, y luego por Fleet Street y el Strand hasta Whitehall.

Bárbara Palmer, acurrucada y envuelta en su capa, se sacudía aterida, mientras los dientes le castañeteaban ruidosamente. Buckingham extendió sobre su falda, galantemente, una manta de pieles.

—Pronto estaréis abrigada y no tendréis frío —le dijo, tratando de reanimarla—. Si pasamos por una taberna, enviaré a buscar un par de buenos picheles de vino caliente.

Pero Bárbara no estaba de humor para corresponder a tales galanterías.

—¿Qué creéis que pensará Su Majestad de vuestras visitas a un astrólogo? —preguntó ella.

—¿Se lo contaréis?

—Tal vez lo haga, tal vez no.

—Yo, en vuestro lugar, no lo haría.

—¿Por qué no? Últimamente os habéis estado comportando muy extrañamente conmigo, George Villiers, y yo sé más de lo que vos imagináis.

Buckingham la miró con ceño, y tratando de adivinar los pensamientos que se debatían detrás de su frente.

—Estáis equivocada, querida; no hay nada digno de saberse.

Bárbara soltó su risa sardónica y afectada. Al duque le dio mala espina.

—¡Oh!… ¿De modo que es eso lo que vos imagináis? Entonces os diré algo: estabais averiguando lo que dice cierto horóscopo, que no es precisamente el vuestro…

—¿Quién os dijo eso? —Buckingham no pudo contenerse, y le oprimió un brazo con tal fuerza, que le hizo lanzar un quejido. Bárbara luchó por zafarse de la presión—. ¡Respondedme! ¿Quién os dijo eso?

—¡Dejadme, so borrachín! ¡No quiero decíroslo y no lo diré! ¡Dejadme, os digo! —prorrumpió ella, y antes de que el duque pudiera impedirlo, con la mano libre le propinó un sonoro bofetón.

Lanzando una blasfemia, Buckingham la dejó en libertad y se llevó una mano a la cara. «¡Maldita mujerzuela! —pensó furioso—. ¡Si no fuera quien es, le daría una tunda por esto!» Consiguió empero dominar su cólera, y con voz reposada continuó como si nada hubiera ocurrido.

—¡Vamos, Bárbara, querida mía! Sabemos demasiado el uno del otro y no podemos ser enemigos. Sería peligroso para ambos. Estoy seguro de que al presente estaréis convencida de que si yo me propusiera decir al rey cuál ha sido el destino de las cartas que él os envió, a partir de ese mismo instante vos estaríais como una rata con una paja en el trasero.

Bárbara Palmer echó atrás la cabeza y desató su risa cruel.

—¡Pobre necio! Ni siquiera se lo imagina ¿no es cierto? ¡Algunas veces me digo que es más estúpido que una perdiz! ¡Ni siquiera las ha buscado!

—Ahí es donde os equivocáis, madame. Ha inspeccionado el palacio desde los tejados hasta el sótano. Pero sólo hay dos personas en el mundo que podrían decirle dónde se encuentran: vos, Bárbara…, y yo.

—Vos venís a resultar algo así como la mosca en mi ungüento, George Villiers. Algunas veces sueño con envenenaros… Si vos estuvierais fuera de mi camino, no tendría yo por qué preocuparme.

—No olvidéis que yo también conozco uno o dos preparados de salsas italianas… Vamos, comportémonos seriamente por un momento. Decidme de dónde habéis obtenido esa información, y decidme la verdad. Tengo un olfato especial para percibir las mentiras. En seguida me huelen a pólvora.

—Y si os digo todo lo que sé, ¿me diréis vos algo de lo que yo quiero saber.

—¿Qué?

—Él horóscopo, ¡so bobalicón!

—Quiere decir, entonces, que no lo sabéis…

—Preguntad y lo sabréis… Sé lo suficiente como para haceros colgar.

—Muy bien. Entonces no tendré más remedio que haceros participar en el secreto —dijo el duque, suave e indolentemente, como si todas las mañanas antes del desayuno le fueran proporcionadas semejantes informaciones—. La verdad es, querida, que tengo una incurable aversión a la cuerda de cáñamo y a los lazos corredizos.

—Eso no sería nada. El horóscopo que estáis tratando de conocer es el de una persona colocada tan alto, que si llegara a sus oídos lo que vos estáis haciendo, vuestra vida no valdría un ápice. Vamos, no me preguntéis ahora cómo lo sé —agregó rápidamente la condesa, levantando un dedo—, porque no lo diré.

—¡Sangre de Cristo! —barbotó el duque—. ¿Cómo diablos os habéis enterado? ¿Qué más sabéis?

—¿No es suficiente?… Vamos, decid. ¿De quién es el horóscopo? ¿Cuál es el resultado?

El duque se dejó caer en su asiento, aliviado.

—¡Caramba, me tenéis en un puño! No tendré más remedio que decirlo. Pero si alguien más se entera de esto… creedme, le diré al rey lo de las cartas.

—Sí, sí. Vamos, ¡decidlo! ¡Pronto!

—Cediendo a una petición de Su Majestad, vine a consultar el horóscopo del duque de York, para saber si será o no rey algún día… ¡Oh, Bárbara! Ahora somos tres los que conocemos este secreto… Su Majestad, vos y yo…

Bárbara se tragó la mentira, pues ésta tenía visos de verosimilitud. Había prometido que nunca diría una palabra, pero pronto descubrió que el conocimiento de tal hecho le quemaba la lengua por una parte y que, por otra, los beneficios que podría obtener en el porvenir, en oro contante y sonante, eran incalculables. Un secreto de tal magnitud era una poderosísima arma en sus manos. Ya no importaba que se sucedieran una tras otra las mujeres bonitas y jóvenes que la suplantaran en los variables afectos del rey.

Una noche, pidió doce mil libras al monarca, en el preciso instante en que éste empezaba a vestirse.

—Si yo tuviera doce mil libras —replicó el rey—, emplearía parte de ellas en comprarme una camisa. En los últimos tiempos, los lacayos han estado vaciando mi ropero para cubrir sus desnudeces. ¡Pobres diablos!… No les censuro su proceder. Algunos no han recibido ni un penique siquiera desde mi regreso.

Bárbara le echó una mirada de enojo y se cubrió con su salto de cama.

—Dios me perdone, Sire, si imagino que estáis tan pobre como un judío prestamista.

—¡Ya quisiera yo estarlo! —replicó el rey, terminando de vestirse frente al espejo, y encaminándose luego hacia la puerta. Bárbara se apresuró a interponerse.

—¡Os digo que tengo necesidad de ese dinero!

—¿Os lo ha pedido Henry Jermyn? —le preguntó el rey, aludiendo a las historias que últimamente circulaban, según las cuales la condesa regalaba gruesas sumas a sus amantes.

El monarca se arregló de nuevo el corbatín y trató de pasar, pero Bárbara corrió hacia la puerta y asió el picaporte con sus manos.

—Creo que Vuestra Majestad haría mejor en considerarlo. —Hizo una significativa pausa, enarcó las cejas y luego agregó—: De otro modo, diré a Su Alteza algunas cosas que sé.

Carlos Estuardo arrugó el entrecejo, pero su boca se alargó en una mueca de divertida sorpresa.

—¿Qué diablos estáis diciendo?

—¡Dejad esos aires de suficiencia!… ¡Bien, quizás os sorprenda saber que yo he descubierto lo que vos estabais tratando de averiguar! —«¡Ya está! ¡Se lo dije!», pensó ella, aunque no había tenido intenciones de hacerlo, pero su incorregible lengua, como le ocurría algunas veces, habría obrado por su cuenta.

El monarca movió la cabeza, sin demostrar el menor interés por lo que decía.

—No tengo la menor idea de qué me estáis hablando. —Hizo girar el picaporte y abrió la puerta unas pulgadas, pero se detuvo repentinamente al oír las palabras que siguieron.

—¿No sabéis que Buckingham y yo nos hemos hecho amigos nuevamente?

—¿Qué tiene que hacer Buckingham en esto? —interrogó el rey, cerrando de nuevo la puerta.

—¡Vamos, no disimuléis por más tiempo! ¡Lo sé todo! Vos hicisteis sacar el horóscopo del duque de York para saber si será rey.

«¡Míralo! —pensaba—. ¡Pobre necio, tratando de hacerse el despreocupado! ¡Qué tonta soy! ¡En vez de doce mil libras, debí pedirle veinte o treinta mil!»

—¿Villiers os dijo eso?

—¿Qué otro podía haberlo hecho?

—¡Condenado bribón! Le pedí que guardara el secreto. Bien… será mejor no hacerle saber que me lo habéis dicho, o se pondrá furioso.

—Quedad tranquilo. De esto no sabe nadie nada. Tampoco dejaré que él se entere de que os lo he contado. Veamos… ¿Cuál es la respuesta acerca de las doce mil libras?

—Aguardad unos días. Veré de dónde las puedo obtener.

Posteriormente, Carlos Estuardo habló en privado con Henry Bennet, barón de Arlington, quien con anterioridad había sido amigo de Buckingham pero que luego lo odiaba violentamente. En efecto, el duque contaba con muy pocos amigos en la Corte, no era hombre de los que se avienen al contacto diario con otras personas. El rey dio cuenta en detalle a su secretario de Estado de la conversación mantenida con la Castlemaine, sin mencionar el nombre de la dama.

—En mi opinión —dijo el rey— a la persona que me lo dijo la han informado mal deliberadamente. Me inclino más bien a creer que era mi horóscopo el que Villiers consultaba.

Arlington no se habría sentido más satisfecho si se le hubiera servido la cabeza del duque. Sus azules ojos centellearon y sus labios se cerraron con fuerza. Golpeó violentamente la mesa con el puño.

—¡Por Cristo, Majestad! ¡Eso es traición!

—No todavía, Henry —corrigió el monarca—. No, hasta que tengamos la evidencia.

—La tendremos, Sire, antes de que termine la semana. Dejadme actuar solo.

Tres días más tarde, Arlington entregó al rey las pruebas. Se había puesto en el acto en comunicación con los espías de palacio y, en cuanto encontró a Heydon, lo arrestó, secuestrándole todos sus papeles, entre los cuales se encontraron copias de las cartas que el astrólogo envió al duque, y una de éste. Carlos II, completamente anonadado ante la incontrovertible traición del hombre que era su hermano de leche, firmó una orden de arresto. Pero el duque, que a la sazón se encontraba en Yorkshire, prevenido a tiempo por su esposa, escapó del castillo antes que llegaran los enviados del rey.

Durante cuatro meses, el duque de Buckingham jugó al gato y al ratón con la justicia y, aunque en ocasiones corrió el rumor de que Su Gracia había sido localizado y estaba por fin a punto de ser encarcelado, siempre ocurría que el que caía en la trampa resultaba ser un inocente, pues el duque eludía diestramente a los corchetes. El pueblo comenzó a burlarse y a comentar con ironía la organización de la real red de espionaje y policía, desde todo punto de vista inferior a la de Cromwell. En el fondo, a nadie sorprendía que el duque pudiera rehuir tan fácilmente a sus perseguidores.

Quince años antes, el rey en persona había huido a través de media Inglaterra con su cabeza a precio y con bandos esparcidos por aldeas y caminos, estipulando y enumerando sus señas particulares. En el curso de esas correrías, incluso había llegado a departir con los soldados enviados para prenderle, consiguiendo al final arribar indemne a Francia. Los más conocidos nobles, perseguidos por la policía de Cromwell, entraban libremente en las tabernas y burdeles de toda la Isla, y salían sin ser identificados. Cualquier caballero o dama se despojaba de sus lujosas ropas y joyas y se disfrazaba de manera que nadie hubiera podido reconocerlo. Llegado el caso extremo de la detención, ¿qué hubiera podido establecer en forma fidedigna la identidad del preso? Buckingham era un experto en disfraces y transformándose en otra persona completamente diferente, cosa de niños para él, a tal punto que ni sus íntimos o parientes habrían podido reconocerlo.

Y de ese modo se explica que pudiera llegar hasta el mismo palacio, con uniforme de centinela, mosquete, cabello recortado y gruesas cejas y bigotes negros. Calzaba altas botas que aumentaban su estatura y llevaba un jubón con relleno en los hombros. Los centinelas eran a menudo apostados en los corredores para prevenir los duelos u otros desaguisados por el estilo, y nadie se dio cuenta de su presencia allí… un par de horas. Se distrajo viendo a todos los que entraban y luego salían de los departamentos de su noble prima. Al promediar la mañana salió Bárbara en persona, seguida de la Wilson y de un par de doncellas; un pequeño negro llevaba la cola del vestido y otro su manguito, por el cual asomaba su nariz satisfecha un diminuto perro de aguas. La Palmer siguió su camino sin mirarlo siquiera, no así una de sus doncellas, que devolvió gustosa la amplia sonrisa del centinela. Posteriormente, al regresar, la doncella le sonrió de nuevo, pero esta vez Bárbara se dio cuenta. Le echó una mirada de soslayo en el preciso instante en que trasponía su puerta, admirando con gesto de aprobación su robusto torso.

A la mañana siguiente se detuvo delante del supuesto centinela, abarcándolo con una lánguida mirada a medias encubierta por sus largas y espesas pestañas.

—¿No sois el mismo mozo que estaba ayer aquí? ¿Qué pasa? ¿Se espera algún duelo?

El centinela hizo una profunda inclinación y, con voz completamente diferente de la suya, replicó:

—Dondequiera se encuentre Vuestra Señoría, hay peligro de que los hombres pierdan la cabeza.

Bárbara levantó su barbilla con visible complacencia.

—¡Oh, señor! ¡Cuidado que sois osado!

—La contemplación de Vuestra Señoría me ha hecho descarado. —Clavó los ojos en la abertura del corpiño, mientras la Palmer le golpeaba el brazo con el abanico.

—¡Mozo desvergonzado! ¡Debería hacer que os dieran una buena tunda!

Se retiró, haciéndole un guiño. A la mañana siguiente, se acercó un paje a llamarlo de parte de Su Señoría. Se le condujo por un pasadizo reservado y luego se le hizo entrar por una puerta disimulada que se abría sobre un estrecho corredor. El duque lo conocía muy bien, porque comunicaba con el abrigado y lujoso dormitorio de Bárbara. Allí se le dejó. Permaneció inmutable al ver a Bárbara jugando con el perro de aguas, envuelta en un transparente negligé, los magníficos cabellos sueltos sobre la espalda.

La condesa lo miró y le hizo un descuidado ademán.

—Buenos días.

El centinela saludó y la contempló con sus ojos más picarescos. Ella por su parte, lo analizaba admirativamente, cual si se hubiera tratado de un soberbio Apolo de mármol expuesto en la galería Smithfield.

—Buenos días, Señoría. No hay duda de que para mí es una mañana verdaderamente buena, ya que se me ha permitido que viniera a visitaros —hizo un nuevo saludo.

—Supongo que estaréis un poco sorprendido de que una dama de la aristocracia haya enviado por un plebeyo, ¿verdad?

—Estoy profundamente reconocido por ello, madame, y lo estaré más si puedo prestaros algún servicio.

—¡Hum! —musitó Bárbara, con una mano en la cadera y exhibiendo parte de una blanquísima pierna por el entreabierto negligé—. Tal vez podáis prestármelo. —De pronto lo miró con fijeza—. Decid: ¿sois hombre en quien se pueda confiar?

—Vuestra Señoría puede confiarme hasta su honor, en la seguridad de que le seré del todo fiel.

—¿Y cómo sabéis que es eso lo que quiero confiaros? —exclamó Bárbara, un tanto enfadada de que la hubiera comprendido tan fácilmente.

—Suplico a Vuestra Señoría que me perdone. No quise ofenderla, se lo aseguro.

—Bien. No me gusta que se me tome por una mujer ligera de cascos… por el solo hecho de vivir en la Corte. Whitehall goza actualmente de pésima reputación… Debéis saber, señor, que yo soy una persona irreprochable.

—De esto estoy convencido, madame.

Bárbara se echó para atrás voluptuosamente. Sus senos quedaron casi al descubierto.

—Sois un mozo extrañamente atrayente. Si yo me hiciera cargo de vos, no dudo de que muy pronto estaríais ocupando mejor posición.

—No deseo otra cosa que servir a Vuestra Señoría.

—Debéis comprender, sin embargo, que nunca me fijo en los centinelas… pero la verdad es que os encontré, como os dije, hermoso y atrayente.

El supuesto guardia hizo una nueva cortesía.

—Eso es más de lo que merezco, madame.

Esta vez Buckingham respondió con voz normal.

—¡Vaya! La bondadosa apreciación de Vuestra Señoría…

—No sé… —empezó Bárbara, pero de pronto abrió bien los ojos y lo miró con repentina alarma—. ¡Decid eso otra vez!

—¿Que diga qué cosa, madame? —inquirió el centinela.

La Castlemaine lanzó un suspiro de alivio.

—¡Oh! Por un momento me pareció reconocer el tono de una voz familiar… la de un caballero amigo mío, a quien, sin embargo, no quisiera ver en este momento.

Buckingham bajó el arma del hombro sin apresurarse, mientras con la otra mano se quitaba la peluca, y con voz natural preguntaba:

—¿No será el duque de Buckingham por casualidad?

Los ojos de Bárbara casi se le salieron de las órbitas y su cara se puso pálida. Con una mano ahogó una exclamación, mientras lo señalaba con la otra.

—¡George! ¿Sois vos?

—Sí, madame, el mismo que viste y calza. Y, por favor, no hagáis ningún ruido. Esta arma —y señaló el mosquete— está cargada y no quisiera heriros justamente ahora… Espero que todavía tendréis algún valor para mí…

—Pero… ¿qué estáis haciendo aquí… precisamente aquí? ¡Evidentemente, estáis loco! ¡Os cortarán la cabeza si os llegan a encontrar!

—No me encontrarán. Un disfraz que es suficientemente bueno como para burlar a una prima, será bueno también para burlar a los demás. ¿No os parece? —Estaba realmente divertido.

—Pero ¿qué estáis haciendo aquí?

—¿No lo recordáis? Habíais enviado por mí, señora.

—¡Oh, so perro indecente! ¡Debería haceros matar por esa burla! De cualquier modo, sólo estaba espoleándoos… quería divertirme y pasar el rato con vos.

—¡Bonita manera de pasar el tiempo una persona de calidad, debo admitirlo! Pero yo no estaba allí de centinela para ser seducido por lady Castlemaine. Os figuraréis por qué estoy aquí, presumo.

—Os aseguro que no, absolutamente. Yo no he tenido ninguna intervención en vuestros contratiempos.

—Lo único, haber informado de mi secreto a Su Majestad.

—¿Haberle informado? ¡Si vos me mentisteis! ¡Dijisteis que era el horóscopo del de York el que habíais ido a buscar!

—Y ni a pesar de ser una mentira estaba segura. ¡Mujer! ¿No sabéis vos que el rey necesita sólo una palabra para adivinar toda una conspiración? —Movió la cabeza, como si sintiera simpatía por ella—. ¿Cómo habéis podido ser tan necia, Bárbara, cuando solamente debido a mi buen corazón permanecéis todavía en Inglaterra? Sin embargo, es indudable que esa circunstancia servirá ahora para obtener mi liberación. Tengo la seguridad de que el rey perdonará una ofensa más grande que la mía si supiera que aquellas cartas fueron quemadas…

—¡George! —exclamó la condesa con desesperado acento—. ¡Oh, Dios mío! ¡No se lo iréis a decir ahora! ¡Oh, por favor, querido! ¡Haré todo cuanto me digáis! ¡Ordenadme y seré vuestra esclava… sólo si me prometéis no decírselo!

—¡Bajad la voz, o seréis vos misma quien se lo diga! Muy bien entonces… pues que me lo pedís de ese modo. ¿Qué daríais a cambio de mi silencio?

—¡Todo, George, todo! Os daré cuanto pidáis… ¡Haré todo cuanto ordenéis!

—Al presente sólo hay una cosa que deseo… y es la vindicación de mi nombre.

Bárbara se echó hacia atrás con el rostro bañado en palidez mortal.

—Pero… ¡Bien sabéis que eso es lo único que no puedo hacer! Nadie podría hacerlo… ¡ni la misma Minette! Todo el mundo dice que de este hecho perderéis la cabeza… ¡Si algunos cortesanos están pidiendo ya vuestros bienes! ¡Oh, George! ¡Por favor!… —empezó a llorar desconsoladamente, retorciendo sus manos con desesperación.

—¡Dejad de lloriquear! Detesto la mujer que se vale de las lágrimas para infundir lástima. ¡El viejo Rowley podrá dejarse convencer por ellas, pero yo no! Miradme, Bárbara; vuestra influencia con él no ha desaparecido del todo. Podréis convencerlo de que soy inocente, si os lo proponéis. Eso lo dejo sometido a vuestro criterio… Una mujer no necesita de ayuda cuando tiene que mentir.

Se acomodó de nuevo la peluca y luego se puso el mosquete al hombro.

—Haré lo posible para que podáis comunicaros conmigo. —Hizo una reverencia—. Espero que tengáis éxito en vuestro cometido, madame. Buenos días.

Y, girando sobre sus talones, dejó el dormitorio. Poco después salía de palacio. El corpulento y hermoso centinela no volvió a ser visto jamás ante la entrada de los departamentos de lady Castlemaine.