Capítulo XXVI

Dangerfield House estaba situada en el aristocrático y viejo barrio de Blackfriars, y había sido construida veinte años antes, de acuerdo con el estilo de las grandes mansiones del siglo XIV. Tenía la forma de una H extendida, con patios delanteros y traseros, con cuatro pisos idénticos y un quinto reducido. La planta baja y el sótano servían de oficinas y depósitos. Construida íntegramente de ladrillos, tenía una perfecta simetría y una generosa cantidad de amplios ventanales. Varios faldones interrumpían la línea de la techumbre, amén de muchísimas chimeneas que se alzaban al cielo con su tope ennegrecido por el humo. Estaba situada en la esquina de Shoemaker Row y Greed-Lane, rodeada por una alta verja de hierro de grandes puertas, custodiada día y noche por hombres exclusivamente dedicados a ese menester.

Al bajar del coche ante la puerta principal, a la cual se llegaba por una escalera de mármol, Ámbar se quedó mirando con asombrados ojos.

La casa era grande, descomunalmente grande, imponente, más, mucho más formidable que cuanto ella había esperado ver. Doscientas mil libras eran, en verdad, una suma tan enorme como para permitir eso y algo más. Desde luego, ella no había esperado tanto. Tenía, más o menos, una idea de lo que podían ser doscientas mil libras, pero no la había apreciado en su verdadero volumen. Hasta ahora había creído que míster Dangerfield era simplemente un anciano caballero a quien ella hizo todo lo posible por engañar, pero a sus ojos crecía ahora casi hasta la misma altura de su casa. Comenzó a sentirse nerviosa ante la perspectiva de tener que enfrentarse con su familia. Deseaba con toda su alma que la recibieran con los brazos abiertos, prendada de ella, como él le dijera.

Se detuvieron unos instantes en plena calle, sintiendo penetrarles el frío estremecedor del mes de febrero, y él dio instrucciones a sus lacayos sobre los baúles y el resto de la impedimenta de viaje. Una de las ventanas del tercer piso se abrió y apareció una mujer.

—¡Papá!… ¡Por fin habéis vuelto!… Nos sentíamos preocupadas… ¡Tardasteis tanto! Pero ¿os hizo bien el viaje? ¿Cómo os sentís? —No se dio cuenta, o lo fingió, de que había una mujer al lado de su padre.

La flamante mistress Dangerfield la miraba con curiosidad. Debía de ser Lettice.

Habíale oído hablar mucho de ella —así como le oyera hablar también del resto de sus hijos—, pero más, tal vez, de Lettice que de los otros. Lettice estaba casada desde hacía algunos años, pero desde el fallecimiento de su madre había vuelto a Dangerfield House con su esposo y su familia, haciéndose cargo de la dirección de la casa. Quizá sin quererlo, Samuel Dangerfield la había descrito como una mujer voluntariosa y dominante; no era de extrañar que su esposa estuviese ya resignada a disgustarla. Y ahora Lettice hacía caso omiso de ella, como si se tratara de una mujer de cuya existencia era mejor no darse por enterada.

—Me siento bien —dijo Samuel, evidentemente fastidiado por la mala educación de su hija—. ¿Cómo está mi nuevo nieto?

—¡Cumplió quince días ayer y está magnífico! Es el vivo retrato de John.

—Baja a la sala de enfrente, Lettice —dijo con aspereza míster Dangerfield—. Quiero verte… inmediatamente.

Lettice, luego de arrojar una mirada llena de sospechas a la desconocida, cerró la ventana y desapareció. Míster Dangerfield y Ámbar, seguidos de Nan y Tansy, subieron la escalinata de mármol que conducía a la puerta principal, directamente sobre el segundo piso de la mansión. La puerta les fue abierta por un gigantesco negro enfundado en una librea azul y penetraron en un extenso hall, al cual daban innúmeras habitaciones. De los dos extremos partían otras escaleras que conducían a los pisos superiores.

Todo lo que allí se veía llevaba estampado el inconfundible sello de la comodidad y de la riqueza: los suelos brillantes y limpios; los muebles de encina, tallados artísticamente; los tapices de los muros. La impresión creada era, empero, de sobriedad, no de frivolidad. Una casi tangible moderación marcaba cada taburete o mueble tallado. Se conocía que en la casa vivían gentes acomodadas, hidalgas, pero sobrias.

Salieron del hall y entraron en una sala de aproximadamente quince metros de largo. Míster Dangerfield se fijó involuntariamente, y para su pesar, en su gran retrato que colgaba sobre la chimenea, el cual le hizo notar que había cometido una gran equivocación. Era el retrato de su primera esposa, pintado unos veinte años antes. Permanecía allí desde hacía tanto tiempo, que lo había olvidado. Ámbar, al contemplar aquel rostro enjuto y de líneas severas, comprendió inmediatamente por qué había sido posible convencer a míster Dangerfield para que se casara con ella… Aunque dudaba de que su familia lo comprendiera así.

En ese momento se oyeron pasos y, al volverse, Ámbar vio recortada contra la puerta la silueta de una mujer que los observaba. Era Lettice. Sus ojos chocaron como dos floretes esgrimidos por acérrimos antagonistas. Ámbar permanecía a la defensiva y la otra atacaba. La mirada de Lettice era cortante y condenadora. Ámbar se limitó a echarle una ojeada general. En seguida comprendió que no sabía nada de modas, que era demasiado alta y que su cutis se veía más marchito que el de una mujer de treinta y dos años. El vestido que llevaba era el mismo que Killigrew solía imponer a sus actrices cuando quería que representaran papeles de puritanas, y contra el cual ellas habían protestado airadamente. Era completamente liso y de color negro, ni demasiado holgado ni demasiado estrecho, alto hasta el cuello y con delgado borde de lino blanco por todo adorno; los puños eran de la misma tela. Sus cabellos, castaños claros, estaban aprisionados en una cofia cuyas caídas le llegaban hasta los hombros; no llevaba joya alguna, excepto su anillo de bodas. Al ver esa simplicidad en el vestir, Ámbar, que se creía ataviada con excesiva sencillez, se sintió extravagante.

—Querida —dijo míster Dangerfield a Ámbar, tomándola de un brazo— ¿me permites presentarte a mi hija mayor, Letticce? Lettice, ésta es mi esposa.

La cara de Lettice tomó el color de su albo cuello de lino.

Ámbar —una vez que se realizó la ceremonia— había sugerido a míster Dangerfield que enviara un mensajero adelante para que informara a su familia. Pero él había insistido en que si no decía nada, daría una grata sorpresa a sus hijos.

Lettice se quedó rígida, mirando a su padre con ojos desorbitados, su semblante contraído por el horror. Parecía tener plena conciencia de su estado, pero era algo más fuerte que ella, algo que no podía evitar. Semejante reacción hizo que míster Dangerfield montara en cólera. Ámbar, preparada de antemano, se limitó a sonreír tibiamente, saludando con la cabeza.

Por último Lettice pudo decir algo.

—¿Vuestra esposa? Pero, papá… —enloquecida, se llevó las manos a la cabeza—. ¿Os habéis casado?… Nunca en vuestras cartas dijisteis nada… Nosotros… Yo… yo lo siento… yo…

Parecía tan verdadera y penosamente asombrada, que desapareció algo del engolamiento de míster Dangerfield. Colocó un brazo sobre su hombro, atrayéndola afectuosamente.

—Vamos, querida, sé que esto es una sorpresa para ti. Pero contaba contigo para que me ayudaras a decirlo a los otros. Mírame… Y, por favor, sonríe… Me siento muy feliz y quiero que mi familia comparta mi dicha.

Por unos minutos Lettice apoyó la cabeza en el pecho de su padre, mientras Ámbar miraba con aire de fastidio, como quien se ve obligada a ser espectadora de raptos histéricos. Mas, por último, Lettice se puso derecha y besó a su padre en la mejilla, sonriendo forzadamente.

—Estoy contenta de que seáis feliz, padre. —Se volvió—. Haré que preparen el almuerzo —y salió corriendo de la habitación.

Ámbar miró a míster Dangerfield y vio que contemplaba a su hija con una extraña y pensativa expresión. Se acercó a él y puso sus manos en las suyas.

—¡Oh, Samuel…, no me quiere! No le gusta que te hayas casado.

—Puede ser que no le guste —convino, aunque antes no había querido admitir esa posibilidad—. Pero ocurre que a Lettice no le gusta nunca una recién llegada… quienquiera que sea. Mas espera a que te conozca. Entonces te querrá. Nadie podrá evitarlo.

—¡Oh, Samuel, espero que sea así! Espero que todos me quieran. Por mi parte, haré todo lo posible para que así sea.

Subieron escalera arriba en dirección a las habitaciones de míster Dangerfield, situadas en el ala sudeste del edificio, frente al jardín y al patio del fondo. El departamento consistía en una hilera de habitaciones comunicadas entre sí, y amuebladas todas en la misma forma y estilo. En todas partes se encontraban vestigios y recuerdos de la permanencia de su primera esposa: un retrato que colgaba sobre la chimenea, un ropero donde seguramente colgaba sus vestidos y que a lo mejor todavía guardaba algunos. En todas partes estaba impresa la marca de su personalidad, en cada mueble, en cada adorno. Ámbar tenía la impresión de caminar sobre las huellas de una mujer muerta hacía muy poco y cuyos efectos personales no se habían recogido aún. Decidió inmediatamente efectuar algunos cambios.

A la una, Samuel Dangerfield y su nueva esposa entraron en el comedor. Estaba allí todo miembro de la familia Dangerfield que se encontrase en la casa y fuere lo suficientemente crecido como para ser presentado. Casi treinta personas estaban de pie alrededor de la inmensa mesa, algunas de las cuales hasta hacía poco comían en la habitación de los niños. Familias tan numerosas eran corrientes entre la clase media adinerada. Sus hijos no morían en gran proporción, como ocurría entre los pobres, y sus mujeres no hacían esfuerzos para impedir el embarazo, como sucedía con las elegantes damas de Whitehall y el Covent Garden.

Al cruzar ellos el umbral, un pequeño mocoso inquirió en voz alta:

—Madre, ¿es ésa la mujer? —Su madre le administró un pescozón, seguido de una enérgica sacudida para que dejara de lloriquear.

Samuel Dangerfield no hizo caso de este incidente y empezó a hacer las presentaciones. Cada una de las personas nombradas avanzaba y hacía un saludo si era hombre, y la besaba ligeramente en la mejilla si era mujer. Los niños, abriendo los inquietos ojos, hicieron lo mismo que los mayores, saludos y besos. De su extrañeza e interés se podía inferir lo mucho que se había hablado de la nueva mistress Dangerfield.

Pero, en general, se trataba de buenas personas; el sencillo rostro de Lettice estaba casi radiante. Allí estaba Samuel, el hijo mayor, con su esposa y sus seis hijos; Robert, el segundo, cuya esposa había fallecido, con dos hijos; el marido de Lettice, John Beckford, y sus ocho hijos; John, el tercero de los varones, que vivía también en la casa con su esposa y sus cinco hijos y que, en unión del hijo mayor, estaba a cargo de los negocios de su padre; una hija que llegara desde su casa por tal motivo; James, con su esposa y dos hijos, y tres de los hijos menores, dos muchachas de quince y trece años, respectivamente, y un muchacho de doce años. Había otros, pero no estaban allí: uno que viajaba por el extranjero, uno que estudiaba en el Grey’s Inn, otro en Oxford, una muchacha que vivía en la campiña y otra que esperaba a la cigüeña y que no había podido asistir a tan gran acontecimiento.

«¡Dios mío! —pensaba Ámbar—. ¡Tanta gente para dividir una fortuna! ¡Ahora hay uno más!» A todos les dieron instrucciones para llamarla madame (el mismo Samuel no se habituaba a llamarla por su primer nombre). Después de las presentaciones, todo un ejército de lacayos entró con fuentes de plata llenas de riquísimos manjares humeantes y fragantes; además, se dispuso un barril lleno de exquisita cerveza. El comedor era una habitación amplia e impresionante como el resto de la casa. Los taburetes estaban tapizados; un gran armario-aparador se veía cargado de vajilla de plata que provocó la admiración de Ámbar; bebían en vasos de finísimo cristal y comían en platos de plata. En medio de todo este esplendor, los comensales vestían trajes sencillos, entre los cuales no había otros colores que el negro, el gris o el verde oscuro, con cuellos y puños de lino blanco. Las cintas y los lazos de brillantes colores, los falsos rizos, el polvo y el colorete no se veían allí. Ámbar, con su vestido de terciopelo negro ribeteado de blanco, se sentía extrañamente llamativa… Y lo estaba.

Había esperado que todas aquellas gentes le fueran hostiles, y lo eran. Las leyes de la ciudad de Londres prescribían que una tercera parte de la fortuna de un hombre debía ir a parar a manos de su viuda y, si tenía un niño —como ella esperaba—, podía obtener incluso más.

Pero no era la única razón por la cual la detestaban. No la querían, en primer lugar, porque su padre se había casado con ella. Todo lo demás nacía de eso, aunque era probable que no hubieran formado mejor opinión de haberla conocido en otras circunstancias. Era, aunque hacía lo posible por evitarlo, una extraña, un ser diametralmente diferente.

Su belleza, incluso sin los afeites, era demasiado vivida para ser decente a sus ojos. Las mujeres estaban convencidas de que no era tan gentil, amable e inocente como parecía; reconocían, aunque no discutían, su preponderante atractivo sexual. Los ojos de una mujer decente no miraban de ese modo sesgado, ni su cuerpo tenía un aire de estar desnudo aunque estuviese completamente cubierto. Cuando supieron cuál era su primer nombre, se impresionaron más aún. Los nombres de ellos eran corrientes y sencillos: Katherine, Lettice, Philadelphia, Susan.

Y Ámbar, a pesar de sus protestas a míster Dangerfield de que no deseaba otra cosa en la tierra que el cariño de su familia, comenzó a hacer muchas cosas que sólo podían acarrearle el resentimiento y la crítica.

Poseía ya un respetable guardarropa; sin embargo, ordenaba nuevos vestidos y hacía nuevas compras: capas con adornos de pieles, docenas de pares de medias de seda, zapatos, abanicos, manguitos y guantes por veintenas. Durante semanas no se ponía el mismo vestido dos veces y lucía ostentosamente sus joyas —esmeraldas, diamantes, topacios— tan descuidadamente como si fueran vulgares cuentas de vidrio. Su retrato, en el que se la veía sonriendo desmayadamente y tocada con un vestido de encaje ocre, reemplazó al de mistress Dangerfield y su esposo, colgado hasta poco antes en la sala. El dormitorio donde habían nacido casi todos los hijos, fue amueblado de nuevo; colgaduras amarillas floreadas pusieron su nota de color en las ventanas y en el lecho; la antigua chimenea fue demolida y en su lugar se levantó otra de estilo francés, de mármol negro de Génova; lunas venecianas, cómodas y otros muebles modernos y de colores claros reemplazaron a los venerables muebles de encina inglesa.

Pero hasta eso le hubieran perdonado, de no haber mediado la vergonzosa forma con que se imponía a la consideración del anciano. Porque, una vez casada con él, Ámbar estaba en condiciones de extremar su pasión mediante recursos que no se habría atrevido a emplear durante el tiempo en que procuró tenderle sus redes. Sabía perfectamente que su juventud y su belleza eran suficientes para mantener su ardor y su deseo… A pesar de ello, empleó recursos que su primera esposa no tenía, y que habrían correspondido más a una libertina que a la esposa legal de un hombre serio. Y, debido a que deseaba tener un hijo suyo para atraérselo aún más, provocaba de todos modos su concupiscencia. Míster Dangerfield descuidaba su trabajo para estar con ella, perdía peso y —aunque trataba de comportarse decorosamente delante de su familia— sus ojos atestiguaban sus sentimientos más recónditos.

Sus hijos se daban cuenta de ello, se daban cuenta mucho más de lo que ninguno se atrevía a decir, y su odio crecía.

Haberse desposado a esa edad, no solamente les parecía una desatino, sino una traición, una profanación al recuerdo de su madre. Y era incomprensible, tanto para los hombres como para las mujeres, que hubiera hecho eso, pues él siempre había demostrado una gran continencia; había trabajado mucho y jamás se había interesado por una mujer bonita o por cualquier otra clase de diversiones. No podían comprender cómo era posible que en forma tan repentina y radical trocara por otros sus antiguos y saludables métodos de vida.

Lettice la aborrecía más que ninguno. Juzgaba que la presencia de Ámbar en la casa era una vergüenza para todos; se resistía a considerar esposa a una mujer de veinte años que vivía con un hombre de sesenta. No podía ser sino una amante, tomada en los años de la inevitable decadencia y del consiguiente reblandecimiento.

—¡Esa mujer! —barbotó fieramente un día. Ella, Bob y Sam estaban al pie de la escalera, viendo subir a Ámbar despreocupadamente, los rizos movedizos, las faldas levantadas exhibiendo sus medias de seda verde—. ¡Pongo mi mano en el fuego a que no es una buena mujer! ¡Estoy segura de que sé pinta!

Siempre la criticaban en voz alta por las cosas que se podían decir sin avergonzarse; lo demás, si lo comprendían, lo guardaban bien callado.

Henry, uno de los hijos, estudiante en Grey’s Inn, de veinte años de edad, se había aproximado a ellos y también había quedado contemplando a Ámbar. Era mucho más joven que los otros y la parte que le correspondía de la fortuna era tan exigua que casi no resultaba perjudicado. Por lo demás, experimentaba hacia su madrastra una admiración sin límites que a veces degeneraba en sueños enervantes.

—No sería tan mala si no hubiera esa impresionante belleza por añadidura. ¿No es cierto, Lettice? —dijo de pronto.

Lettice echó a su hermano una mirada de desprecio.

—¡Belleza impresionante! ¿Quién no sería hermosa si se pintara, se rizara y se emperifollara con cintas y toda clase de adornos?

Henry se encogió de hombros, volviéndose a su hermana. Ámbar había desaparecido por el corredor.

—Es una lástima que todas las mujeres no hagan eso, ya que dices que es tan fácil.

—¿Cómo puedes hablar así, Henry? ¡Estás sacando todas esas ideas de las casas de juego!

Henry se puso rojo.

—¡No es cierto, Lettice! ¡Nunca he estado en una casa de juego, y eso lo sabes bien!

Lettice lo miró escépticamente y los otros dos hermanos soltaron la carcajada. Henry, cuyo desconcierto iba en aumento, se retiró. Con un suspiro, Lettice siguió su ejemplo, dirigiéndose a las cocinas a proseguir su trabajo. Ámbar no había hecho ningún intento para que se le entregara la dirección de la casa, y aunque Lettice podía haberla obligado a asumirla, su padre le rogó que continuara en el cargo y ella no pudo negarse. No era tarea fácil organizar y dirigir un caserón donde había que atender a treinta y cinco personas de la familia y casi ciento cincuenta sirvientes.

Una vez arriba, Ámbar se puso la capa, se cubrió con la capucha y guardó un velo dentro del manguito. Sus movimientos eran rápidos y sigilosos. Sus ojos escudriñaban inquietos.

—Os digo, ama —decía Nan moviendo la cabeza—, que es una necedad hacerlo.

—¡Disparates, Nan! —empezó a ponerse los guantes—. Nadie me reconocerá así vestida.

—Pero ¡suponed que ocurra eso! Todo se destruirá… ¿y por qué?

Ámbar arrugó la nariz y le dio una palmadita en la mejilla.

—Si alguien pregunta por mí, dile que he ido al Cambio y que estaré de vuelta a las tres.

Salió por un pasillo, y por la escalerilla de servicio llegó al patio trasero, donde uno de los grandes coches aguardaba listo. Subió rápidamente y el pesado vehículo partió, doblando por Carter Lane. Ámbar tenía todavía a su servicio a Tempest y Jeremiah, con los que iba siempre adónde se le ocurriera.

Cuando llegaron a su destino, se puso el velo y bajó. Cruzó la calle y se metió por un callejón en medio del cual se veía un patio lleno de chiquillos harapientos entregados a sus juegos infantiles; por allí siguió adelante hasta que se encontró con los fondos del Teatro del Rey. Avanzó por un pasillo y un pequeño patio y, después de mirar alrededor, abrió la puerta de la guardarropía. La encontró, como siempre, llena de actrices semidesnudas y acicalados galanes. La mayoría de éstos llevaban ya las pelucas de moda.

Por un momento se paró en la puerta sin que nadie se diera cuenta. Meek Marshall la divisó.

—¿Qué deseáis, madame?

Con una risa triunfal, Ámbar se quitó el velo y se echó atrás el capuchón. Las mujeres dieron gritos de sorpresa y la Croggs avanzó para saludarla como un marinero borracho, conmovida su aguardentosa faz. Ámbar pasó un brazo alrededor de sus hombros.

—¡Por Cristo, madame! ¿Dónde habéis estado? ¡Ved! —añadió, dirigiéndose a los demás—. ¡Os dije que volvería!

—Y aquí estoy. Toma esta guinea, Croggs, para que bebas a mi salud… Tienes para hacerlo una semana entera.

La rodearon instantáneamente mujeres que la besaban, haciéndole una docena de preguntas a la vez, mientras los petimetres aventuraban invitaciones. Habían corrido rumores de que se había ido a la campiña a tener un hijo, que había muerto de fiebres intermitentes, que se había ido a América. Cuando les dijo que estaba casada con un comerciante riquísimo —cuyo nombre no reveló—, causó mucha sensación.

Algunos actores que se enteraron de su visita acudieron también a saludarla, reclamando cada uno de ellos un beso, examinando sus ropas y sus joyas, preguntándole cuánto dinero heredaría y si ya esperaba algún bebé.

Por primera vez en cuatro meses, Ámbar se sentía completamente a gusto. En Dangerfield House estaba frecuentemente preocupada por el miedo de hacer o decir algo impropio. Y se sentía tanto más incómoda cuanto que tenía impulsos de echar a rodar su dulce candor, proferir una palabrota indecente, hacer guiños a un lacayo o sacudirlos a todos.

De pronto vio una cara familiar. En un principio no la había visto, pues allí había muchos desconocidos. Estranguló un grito y prestamente se bajó el velo. Púsose la capucha y comenzó a despedirse. Porque allí, al otro lado de la habitación, conversando con una de las nuevas actrices, estaba Henry Dangerfield. En menos de un minuto estaba ya saliendo por el pasillo. No había avanzado mucho, cuando sintió que alguien venía en su seguimiento.

—Os pido disculpas, madame…

El corazón de Ámbar dio un brinco. Se detuvo y quedó inmóvil, pero sólo por un instante, pues luego siguió su camino.

—Excusadme, señor, pero no os conozco —dijo, cambiando la voz y haciéndola más aguda.

—Pero ¡si soy Henry Dangerfield y vos sois…!

—¡Mistress Anne St. Michael, señor; y me gusta ir sola!

—Os pido disculpas, madame…

Para su inmenso alivio se dio cuenta de que el joven se había quedado y, cuando llegó a la puerta de fuera y miró atrás, ya no estaba allí. Sin embargo, no tomó inmediatamente el coche, sino que ordenó a Tempest que la siguiera hasta la esquina de Maypole.

Ámbar pasó el resto de la tarde en su habitación, nerviosa y desasosegada. Iba de un lado a otro, espió por la ventana docenas de veces, se retorcía las manos y preguntaba a Nan por qué tardaría tanto míster Dangerfield. Nan no había anunciado que esto sucedería. Se había limitado a esperarlo.

Él llegó, por fin, bien avanzada la tarde; la saludó con una sonrisa y un beso, como siempre lo hacía. Ámbar, que llevaba un deshabillé nada más, apoyó la cabeza contra su pecho.

—¡Oh, Samuel! ¿Dónde has estado? Es tan tarde… ¡Me he sentido muy preocupada!

Mister Dangerfield sonrió de nuevo y, mirando alrededor para cerciorarse de que Nan no observaba, le hizo una caricia íntima.

—Lo siento mucho, querida. Un amigo mío llegó de provincias; he estado hablando con él de negocios y me he retrasado más de lo que esperaba…

Inclinó la cabeza para besarla de nuevo y Ámbar hizo señas a Nan para que los dejara solos.

Al principio creyó que podían quedarse allí toda la noche y no bajar a cenar. Finalmente se convenció de que semejante actitud era desacertada. Si Henry la había reconocido, lo diría un día u otro y, además, no podría ella permanecer siempre oculta en sus departamentos.

La cena fue lo que era todos los días y después, como era la costumbre, la familia pasó a una pequeña sala donde se conversaba una o dos horas antes de retirarse a dormir. Ámbar pensó pretextar dolor de cabeza y retirarse en compañía de míster Dangerfield, pero de nuevo reflexionó que era lo peor que podía discurrir. Si Henry sospechaba y ella se quedaba… tal vez pensara que se había equivocado.

Lettice, Susan, Philadelphia y Katherine se sentaron delante de la chimenea para conversar en voz baja mientras hacían sus labores de bordado. Los niños jugaban a la «gallina ciega». Samuel Dangerfield se puso a jugar al ajedrez con Michael, un niño de doce años, partida que llevaba ya varias noches de duración, y Henry acercó una silla para presenciar el desarrollo del juego. Los hermanos mayores fumaban, discutían sobre negocios y sobre el asunto de Holanda, y criticaban al Gobierno. Ámbar, que empezaba a sentirse más tranquila, se sentó en una butaca y se puso a conversar con Jemima, la más bonita de todas las Dangerfield.

Jemima, de quince años de edad, era la única amiga con que Ámbar contaba en aquel hogar; Jemima la admiraba de todo corazón. Era demasiado inocente para comprender más allá de lo que su razón le decía acerca del casamiento de su padre y de la presencia de una nueva mujer en la casa. Esta mujer parecía, se vestía y se comportaba exactamente como ella habría querido hacerlo. No comprendía por qué sus hermanos y hermanas mayores sentían esa animosidad por madame, a quien a menudo había contado las cosas que oyera decir de ella. Una vez le había referido que Lettice, al saber la abnegación y el afecto con que cuidó a su padre durante su enfermedad, había opinado que pronto lo haría enfermar de nuevo, tratándolo como lo trataba, y que así se le presentaría otra oportunidad para cuidarlo y hacerlo restablecer. Ámbar, desasosegada al oír esto, habíase aliviado al saber que el hermano mayor le había prevenido a Lettice que no fuera demasiado lejos con sus celos. Después de todo, le había replicado, aquella mujer podía ser dudosa, pero no tan perversa como para llegar a esos extremos.

Ámbar, que siempre se llevaba bien con muchachas muy jóvenes o no lo suficientemente agraciadas como para poder competir con ella, alentó esa amistad. Se dio cuenta de que la ingenua admiración de Jemima y su locuacidad le servirían para informarse de lo que hacían o decían los otros. Al mismo tiempo, significarían un agradable entretenimiento que la ayudaría a distraer las tediosas horas de los días en que míster Dangerfield iba a su trabajo. Además, sentía el morboso deleite de fastidiar a Lettice. Esta había prevenido muchas veces a Jemima contra esa asociación, pero ya Lettice no era la cabeza de familia y Jemima se complacía desobedeciéndola.

Tenía casi la misma estatura de Ámbar, pero su figura era menos formada. Su cabello, castaño oscuro, tenía bellos reflejos de cobre. La piel era blanca y lozana, y los ojos, azules, tenían largas y arqueadas pestañas. Era una muchacha impaciente, vivaz, mimada por el padre y los hermanos mayores, independiente, obstinada, encantadora. Ahora estaba sentada en un taburete al lado de madame, con las manos puestas sobre las rodillas, oyendo fascinado con los ojos brillantes la historia que le contaba Ámbar sobre cierta vez que el rey Carlos obligó a la Castlemaine a pedirle perdón de rodillas.

Al otro extremo de la habitación, Susan les echó una mirada y enarcó las cejas significativamente.

—¡Cuánto aprecia Jemima a madame! Son inseparables. ¡Creo que debes tener cuidado, Lettice! Jemima puede aprender a pintarse…

Lettice volvió la cara hacia Susan, pero la encontró inclinada sobre su labor de bordado, haciendo primorosos recamados. Durante varios años, desde que Lettice regresara a la casa y asumiera el mando, una corriente subterránea parecía minar las relaciones entre ella y la mujer de su hermano mayor. Las otras dos mujeres sonrieron levemente, divertidas. Paladeaban el secreto placer de que Lettice hubiera encontrado alguien a quien no podía sojuzgar fácilmente. Pero no se alegraban lo mismo en cuanto se trataba de asuntos de dinero. Por eso, la nueva esposa era el enemigo común, y sus pequeñas y personales diferencias pasaban en seguida a segundo plano.

Lettice respondió prestamente.

—Voy a ser más cuidadosa en lo futuro… Eso no es lo peor que esa chiquilla puede aprender.

—Vestidos con el escote demasiado abierto y sin chalina… —opinó Susan.

—Mucho me temo que sea algo más.

—¿Qué otra cosa podría ser peor? —se burló Susan.

Pero Katherine tenía la impresión de que Lettice sabía algo más que no quería decirles; sus ojos lucieron una llamita ante la perspectiva del escándalo.

—¿Qué has sabido, Lettice? ¿Ha hecho algo? —Al oír el tono de Katherine, las otras dos se inclinaron hambrientas hacia delante.

—¿Sabes algo, Lettice?

—¿Habrá hecho algo terrible? —Ni siquiera imaginaban lo que podría ser verdaderamente terrible.

Lettice blandió la aguja.

—No puedo hablar; los niños están en la habitación.

Philadelphia se levantó.

—Entonces los mandaré a la cama.

—¡Philadelphia! —exclamó imperiosamente Lettice—. ¡Yo sé lo que debo hacer! Esperad hasta que comience a cantar.

Todas las veladas, después que los niños se habían retirado y poco antes de que los mayores hicieran lo mismo, Ámbar cantaba. Míster Dangerfield había introducido esta nueva costumbre y ya formaba parte de la casa.

Las mujeres se afanaron nerviosamente durante casi una hora, suplicando una y otra vez a Lettice para que enviara a los niños a la cama. Pero ella estaba firmemente determinada a no hacerlo hasta que no hubiera llegado la hora. Por fin salió y dejó a los niños en manos de las niñeras. Regresó en el preciso instante en que Ámbar comenzaba a pulsar la guitarra y a entonar una triste y bonita melodía.

¿Qué más da, mortales, que un día, o un mes, o un año,

Coronen los deleites

Con millares de puras y grandes satisfacciones,

Si al azar de una noche, o una hora con su daño

Ahogan los deleites

En muchas espantosas y crueles aflicciones?

Cuando hubo terminado, los oyentes aplaudieron cortésmente; todos, menos míster Dangerfield y Jemima, que se mostraban sinceramente entusiasmados.

—¡Oh, si yo pudiera cantar así! —suspiró Jemima.

Mister Dangerfield se levantó y tomó a su esposa de una mano.

—Querida, tienes la voz más maravillosa que he oído.

Ámbar besó a Jemima en la mejilla y deslizó su brazo bajo el de su marido, sonriéndole. Todavía conservaba la guitarra, obsequio de Rex Morgan, adornada con un gallardete de cintas multicolores que él mismo compró en el Cambio Real. Ahora se sentía contenta de que la velada hubiese llegado a su fin y se mostraba ansiosa de irse a sus habitaciones, donde estaría segura. Nunca más —se había prometido docenas de veces— cometería de nuevo tal desaguisado.

Lettice seguía sentada, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, las manos fuertemente crispadas; Katherine le dio un débil codazo de impaciencia. De pronto la voz de aquélla se oyó, inusitadamente aguda y clara.

—Después de todo, no es de extrañar que madame cante tan bien.

Henry, de pie en el otro extremo de la habitación, dio un visible respingo y su rostro de adolescente se ruborizó como el de una colegiala cogida en falta. El corazón de Ámbar y toda su sangre se detuvieron por unos segundos. Pero míster Dangerfield no había oído. Le siguió sonriendo. Deseaba desesperadamente que no oyera y presionó para hacerlo salir de la habitación.

—¿Qué quieres decir, Lettice? —inquirió en voz alta Susan.

—Quiero decir que sólo una mujer que se ha ganado la vida con su voz puede cantar tan bien.

—¿De qué estás hablando, Lettice? —preguntó Jemima—. ¡Madame nunca ha tenido que ganarse la vida, y eso lo sabes bien!

Lettice se puso de pie, con las mejillas arreboladas, los puños apretados, los vuelos de la toca agitadísimos.

—Creo que harías mejor en irte a tu cama, Jemima.

La muchacha se puso instantáneamente a la defensiva, buscando protección en Ámbar.

—¿Irme a la cama? ¿Y por qué? ¿Qué he hecho?

—No has hecho nada, querida —dijo Lettice pacientemente, determinada a que no hubiera riñas en el seno de la familia—. Pero lo que tenemos que decir no es conveniente para los oídos de una niña.

Jemima hizo una mueca.

—¡Cielos, Lettice! ¿Cuántos años crees que tengo? ¡Soy lo bastante crecidita incluso para casarme con tu Joseph Cuttle y, por lo tanto, para quedarme aquí y oír lo que tengas que decir!

Mister Dangerfield no podía menos de enterarse de la discusión surgida entre sus dos hijas.

—¿Qué es lo que ocurre, Lettice? Jemima es ya una joven, creo. Si tienes algo que decir, dilo de una vez.

—Muy bien —aspiró profundamente—. Henry vio a madame en el teatro esta tarde.

Mister Dangerfield no pareció impresionarse por la noticia; las tres mujeres, paradas cerca de la chimenea, mostraron su decepción.

—¿Y qué? —dijo míster Dangerfield—. Supongamos que así sea. ¿Qué hay con ello? Entiendo que el teatro está patrocinado actualmente por las damas de la aristocracia.

—No comprendéis, padre. Quiero decir que la vio en el vestuario del teatro.

Hizo una pausa, atenta a lo que pudiera expresar el rostro de su padre. Mas lo que vio pareció horrorizarla. Deseó con toda el alma no haber sido impulsada a decírselo por el odio y los celos, no haber hecho jamás esa despreciable acusación. Ahora se daba cuenta de que sólo había conseguido lastimarle, y no en grado menor. Henry se sentía desdichadísimo y ardientemente invocaba al diablo para que se lo llevara envuelto en una nube de humo. La voz de Lettice había bajado. Pero debía terminar lo que había comenzado.

—Si estaba en el vestuario, es porque ha sido actriz.

Todos lanzaron una exclamación escandalizada. Todos, menos Ámbar. Se quedó como un poste inanimado, mirando a Lettice con fijeza. Durante unos segundos su faz se despojó de toda máscara, expresando el odio desenfrenado que le inspiraba. Pero aquella expresión duró lo que un rayo, de modo que nadie podría haber dicho si realmente existió. Dejó caer sus pestañas y adoptó una inocente actitud, la que habría tenido una niña sorprendida con un dulce en la mano.

Susan se pinchó un dedo, Katherine dejó caer su labor. Jemima tuvo un involuntario temblor. Los hermanos mayores salieron de su pasividad ante lo que creían una calumnia de mujeres. Míster Dangerfield, que durante las últimas semanas parecía haber rejuvenecido, mostrándose verdaderamente dichoso, lo cual no había ocurrido en años enteros, se encogió de pronto como un hombre viejo. Lettice se maldecía por haber sido tan lengua suelta.

Por un momento permaneció con la cabeza gacha. Luego se volvió trabajosamente a Ámbar, quien lo miró a su vez.

—¿Es cierto eso?

Respondió ella con voz que parecía un soplo. Los demás tuvieron que hacer verdaderos esfuerzos para oír lo que decía.

—Sí, Samuel, es cierto. Pero si me dejas que te explique… puedo decirte por qué tuve que hacerlo. Por favor, Samuel, ¿me dejarás decírtelo?

Quedaron mirándose a los ojos, Ámbar suplicante, míster Dangerfield inquiriendo lo que nunca había tratado de saber. Por último el anciano levantó la cabeza y del brazo de su esposa salió orgullosamente de la sala. El silencio se posó como una cosa material sobre todos los que allí quedaron. Lo rompió Lettice con un llanto desconsolado, corriendo a refugiarse en los brazos de su esposo.