Capítulo II

En sus pintorescos carromatos pintados de azul y rojo, a pie o a caballo, todos los granjeros y labriegos de veinte millas a la redonda convergían sobre Heathstone. Cada uno de ellos con su mujer y sus hijos, llevando cereales y provisiones para vender y telas tejidas durante las largas noches invernales. Pero también iban a comprar zapatos, vajillas, cacerolas y utensilios agrícolas para sus granjas, así como muchos otros objetos que, si bien no les urgían, les agradaba poseer: juguetes para los niños, cintas para el cabello de las mujeres, cuadros para las paredes, y hasta sombreros de castor para ellos mismos.

Las botas eran colocadas sobre el césped al lado de las cruces de Sajonia, formando senderos por los que transitaban los concurrentes ataviados con sus ropas festivas —amplios calzones, gorgueras almidonadas y vestidos de mangas largas—, trajes pasados de moda desde hacía muchos años y que, sin embargo, se conservaban en buen estado, gracias a que permanecían guardados en los arcones para ser usados sólo en las grandes solemnidades. Los tambores batían y los acróbatas efectuaban sus demostraciones. Los propietarios de las botas pregonaban a todo pulmón sus mercancías, con voces que ya se habían transformado en roncos bramidos. Multitudes curiosas se detenían delante de los puestos, contemplando con simpatía compasiva la sudorosa cara de un hombre que se hacía sacar una muela abogando sus gritos, mientras el dentista proclamaba que la extracción era absolutamente sin dolor. Había también hombres que comían fuego y otros que caminaba sobre zancos; se veían pulgas amaestradas y no faltaban tampoco los payasos, juglares y monos sabios, ni la consabida función de títeres. Sobre una gran tienda flameaba una bandera anunciando que la comedia había comenzado… pero la influencia puritana era tan fuerte todavía, que había un solo espectador.

Ámbar, de pie entre Bob Starling y Jack Clarke, tenía el entrecejo fruncido con displicencia y recorría rápida e inquisitivamente la multitud con los ojos, mientras golpeaba el suelo con impaciencia.

«¿Dónde está?» Estaba allí desde las siete de la mañana; ya eran las nueve y media y todavía no había visto aparecer a Lord Carlton ni a sus amigos. Su estómago se contraía a causa de los nervios, tenía las manos sudorosas y la boca seca. «¡Oh, estoy segura; si hubiera querido venir, ya estaría aquí! Se ha ido. Se ha olvidado de mí y ha partido…» Jack Clarke, un muchacho fornido y de torpe aspecto, le dio un codazo.

—Dime, Ámbar. ¿Te gusta esto?

—¿Qué? ¡Oh…! ¡Oh, sí, es muy bonito!

Volvió ella la cabeza y buscó entre el alegre y bullicioso grupo que festejaba las ocurrencias de un payaso encaramado en un tosco escenario. Estaba cubierto de pies a cabeza por una masa de engrudo que otro de los cómicos acababa de arrojarle.

«¡Oh, por qué no viene!»

—Ámbar, ¿te gusta esta cinta?

Sonrió a cada uno de ellos tratando de apartar su mente de él, pero en vano. Había estado en su corazón y en sus pensamiento en todo momento y, si no lo volvía a ver, sabía que no sobreviviría al desengaño. Hasta entonces, por suerte, no había tenido que afrontar muchas crisis, pero pensaba que en lo sucesivo tendría que pasar por muchas.

Se había vestido y acicalado con esmero y tenía la seguridad de que jamás había estado tan bonita.

Su falda, que no llegaba hasta el tobillo, estaba hecha en linseywollsey de color verde brillante; abrochada atrás y, ligeramente suspendida, dejaba entrever unas enaguas a rayas blancas y rojas. Había anudado el lazo tan fuertemente como le fue posible para acentuar su fina cintura; después que dejó a Sara, había desabrochado la blusa para mostrar el turgente cuello. Adornaba su cabeza una guirnalda de blancas margaritas cuyos tallos habían sido atados en haz, y en la mano balanceaba una capellina.

¿Estaría, acaso, condenada a tener que sufrir a aquel par de sandios que mariposeaban a su alrededor, haciendo sonar las monedas de sus bolsillos, mirándose recelosamente durante todo el tiempo?

—Me parece que me gusta ésta…

Hablaba negligentemente, señalando una cinta de raso rojo entre muchas otras que había sobre la mesa. Mostrando otra vez ceño, tornó a curiosear,… Allí estaba él.

—¡Oh!

Por un instante se quedó sin movimiento y luego, levantando prestamente sus faldas, partió a la carrera, dejando atónitos a sus compañeros. Lord Carlton, con Almsbury y otro de los jóvenes caballeros, acababa de llegar a la feria y se había detenido un instante para que una arrugada vieja arrodillada le limpiara las botas, conforme a tradiciones inmemoriales. Ámbar llegó hasta ellos casi sin respiración, pero sonriente. Hizo una inclinación, que los otros contestaron destocándose ceremoniosamente.

—¡Que me condenen, querida! —exclamó Almsbury con entusiasmo—. ¡Sois la más linda pelleja que he visto en todos los días de mi vida!

—¡Oh, por Dios, Milord! No es para tanto… —respondió ella, agradeciéndole. Pero sus ojos buscaron inmediatamente a Lord Carlton, quien estaba mirándola a su vez, lo que hizo que comenzara a sentir cosquilleos en los brazos y en la espalda.

—Temía… temía que hubierais partido, señor.

Bruce Carlton sonrió.

—El herrero había venido a la feria y nos vimos obligados a herrar los caballos nosotros mismos. —Echó una mirada alrededor—. Bien, ¿qué os parece que veamos primero?

En sus ojos y en el rictus de su boca había un asomo de suave burla. Esto la desconcertó todavía más; se sintió desvalida y con la lengua trabada, y enojada consigo misma también. Porque, ¿cómo lo iba a impresionar si no lograba coordinar sus pensamientos para decir algo, si cuando lo miraba palidecía o se arrebolaba como un estúpido pavo real?

La temblorosa vieja había concluido su trabajo y cada uno de ellos le dio una moneda en pago. La vieja se retiró, pero antes miró por encima del hombro a Ámbar. Ésta empezaba a envanecerse, porque todos observaban a los caballeros; sin duda se preguntarían qué tenía que hacer con ellos una aldeana de la comarca. Gozaba con la curiosidad de que era objeto, pero temía que la viera cualquiera de sus parientes… Sabía lo que eso hubiera significado. Era necesario buscar un sitio libre de riesgos.

—Ya sé lo que quiero ver primero —dijo Almsbury—. Está en el quiosco del vino blanco generoso.

Nos encontraremos en el punto en que se unen los caminos, Bruce, del otro lado de la población, cuando el sol esté allí… —y señaló hacia el cénit; y luego, con un nuevo saludo, él y el otro hombre se alejaron.

Ella se quedó dudando unos instantes, esperando que Carlton sugiriera lo que iban a hacer. Como no lo hizo, se volvió y se puso a contemplar los pequeños pabellones donde se exhibía toda suerte de artículos y la rudimentaria tienda en que tenía lugar la representación del juguete escénico. La multitud todavía era compacta, pero se había desplazado un tanto del centro de la feria. Carlton caminó a su lado, sin pronunciar palabra durante varios minutos. Ámbar se sentía contenta de que hubiera demasiado ruido para hablar, pues hubieran tenido necesidad de gritar, y esperaba que él se diera cuenta de que era ése el motivo de su silencio.

Se sentía deprimida por las diferencias que entre ellos mediaban. Temía que cualquier cosa que dijera o hiciera hubiera de parecerle a él fútil o necia. La última noche, mientras estaba tendida en el lecho, todo lo había visto muy sencillo y fácil, con el pensamiento de que se le impondría como se había impuesto a Tom Andrews, Bob Starling y muchos otros. Pero, ahora, de nuevo frente a la realidad, tenía conciencia de la gran distancia que los separaba y no veía el modo de cubrirla. Era terrible. Cada sensación había llegado a adquirir en ella una dolorosa intensidad. Todo cuanto veía irradiaba un inusitado resplandor.

Para ocultar su confusión y cortedad, Ámbar aparentaba gran interés por cada una de las tiendas por donde pasaban. Finalmente, llegaron a una donde vina joven ofrecía en venta una cantidad de joyas de toda clase y valor, y Lord Carlton inquirió:

—¿Te gustaría tener alguna de esas joyas?

Ámbar lo miró, deliciosamente sorprendida. Todo lo que allí veía le parecía estupendo, pero estaba claro que aquellas joyas debían ser muy caras. Nunca había usado semejantes adornos, aunque los lóbulos de sus orejas habían sido horadados, ya que Sara había dicho que le entregaría un par de pendientes pertenecientes a su madre. Por supuesto, si ella regresaba a su casa llevando alhajas tales, el tío Matthew se pondría furioso y tía Sara le hablaría nuevamente de matrimonio. Pero el destello de las joyas, y el solo pensamiento de tener un obsequio de Su Señoría, eran algo más de cuanto ella podía resistir.

Respondió, pues, sin ninguna vacilación.

—Me gustaría tener un par de aros, Milord. Ya la joven del mostrador, viendo que se detenían, había empezado a elogiar su mercadería, al mismo tiempo que mostraba collares, peines, brazaletes y otras baratijas para que ella los viera. Al oír que Ámbar decía aros, descolgó un par de ellos.

—¡Contemplad éstos, querida! ¡Lo suficientemente hermosos para que los lleve incluso una condesa, os lo juro! Acercaos, os los probaré en seguida. Un poco más… ¡Ved! ¡Caramba, fijaos, Milord! ¡Por Dios que la hacen completamente otra persona, una dama de rango, os lo aseguro! Vamos, querida, miraos al espejo… ¡Oh! Repito que jamás he visto que unas joyas transformaran tanto a una persona como a vos, Madame…

Y, con prisa febril, se apresuró a sostener el espejo para que Ámbar comprobara por sí misma el notable cambio. La joven se inclinó hacia delante, apartando sus cabellos para que le fuese posible ver sus orejas, mientras sus ojos brillaban gozosos. La modesta joya la hacía sentirse agigantada; pero, al mismo tiempo, débil. Sonrió a Lord Carlton. ¿Qué pensaría de ella? Deseaba tenerla, pero tenía miedo de que él pensara mal debido al afán que demostraba. Él le hizo un gesto de aprobación y luego preguntó a la vendedora:

—¿Cuánto cuestan?

—Veinte chelines, Milord.

Su Señoría sacó del bolsillo dos monedas de oro y las arrojó sobre el mostrador.

—Estoy seguro de que valen lo que cuestan.

Prosiguieron su camino; la muchacha sentíase dichosa con su regalo, convencida de que era de oro, diamantes y rubíes legítimos.

—¡Los conservaré siempre, Milord! Nunca usaré otras joyas.

—Me alegro mucho de que te agraden querida. ¿Qué haremos ahora? ¿Te gustaría ir a ver la representación?

Con un leve movimiento de cabeza, indicó él la tienda a la cual se acercaban. Ámbar, que siempre había deseado ver una —tales representaciones habían sido prohibidas desde que ella tuvo uso de razón—, arrojó una ávida mirada hacia el tinglado. Pero ahora dudaba, especialmente por temor de encontrar dentro a alguien que la conociera… pero más porque quería estar a solas con él, lejos, en un lugar donde no hubiera nadie más.

—Oh… este… A decir verdad, Sir, no creo que guste a mi tío Matthew que yo entre ahí…

Y, mientras se detenían indecisos, ella al lado de él, deseando que tomara una decisión, Ámbar vio, a menos de diez metros de distancia, a Agnes, Lisbeth Morton y Gertrude Shakerly. Las tres la observaban boquiabiertas, indignadas y furiosas. Los ojos de Ámbar encontraron por unos instantes los de su prima e, involuntariamente, lanzó una ahogado grito de terror. Ladeó la cabeza con rapidez y trató de hacerse la desentendida. Nerviosamente, sus dedos retorcían el ala de la capellina.

—¡Algo terrible, Señoría! —murmuró con voz estrangulada—. ¡Allí está mi prima! ¡Estoy segura de que correrá a decírselo a mi tía! Vámonos por ese otro lado…

Una sonrisa comprensiva vagó por el semblante de Bruce Carlton. Dio media vuelta y la condujo por entre la multitud, sin volverse a mirar a las tres muchachas. Cuando hubieron caminado un trecho, Ámbar se detuvo para ver si su prima la había seguido. Una vez segura, brindó a su acompañante la mejor de sus sonrisas. Pero íntimamente se sentía intranquila. La envidiosa Agnes iría a contarlo a tía Sara o a tío Matthew. Después de eso sería buscada por algún miembro de la familia, y luego la encerrarían en la granja. Debían irse, perderse de vista… Estaba decidida a disfrutar de la compañía de él una hora o dos. ¡Al diablo las molestias y recriminaciones que luego caerían sobre ella!

Dijo casi jadeante:

—Aquél es el cementerio de la parroquia…, vayamos a formular un deseo en los pozos.

Carlton se paró y ella lo hizo también, mirándolo con una especie de aprensivo desafío.

—Querida —dijo él—, creo que por tu propia voluntad estás yendo en busca de un disgusto. Evidentemente, tu tío es un caballero de moral acendrada y estoy seguro de que no desea que su sobrina ande sola con un hombre. Tal vez seas muy joven para saberlo, pero los puritanos y los nobles no confían los unos en los otros… particularmente cuando hay una mujer de por medio.

La misma entonación descuidada en la voz, la misma mirada divertida en los ojos que tan extrañamente la sedujeron la noche anterior. Tenía la impresión de que aquella descuidada frialdad ocultaba un temperamento inexorable, fiero y, tal vez, cruel. Sin tener exacta conciencia de sus deseos, ella, vagamente, ansiaba quebrantar esa apariencia de urbanidad, conocer algo de la tormentosa fuerza escondida bajo esa capa de indiferencia, no dormida sino cuidadosamente atraillada.

Ámbar respondió despreocupadamente. Comenzaba a sentirse más segura de sí misma.

—No me importa lo que pueda decir mi tía… Mi tía siempre creerá cuanto yo le diga… No os preocupéis por ello, Milord. Por favor, Sir, quiero formular un voto.

Él se encogió de hombros y siguieron caminando. Cruzaron el camino y entraron por una puerta enteramente cubierta por la madreselva y otras enredaderas. Unos pasos más allá tropezaron con dos pequeños pozos, situados a un metro de distancia, más o menos, el uno del otro. Ámbar se dejó caer de rodillas y metió una mano en cada uno de ellos hasta que el agua fría las cubrió. Entonces, cerrando los ojos, pidió.

Deseó que él se enamorara de ella.

Por unos instantes permaneció allí, quieta, concentrándose intensamente; en cada una de las manos ahuecadas sacó un poco de agua, que bebió con deleitosa lentitud. Carlton le alcanzó una mano y la levantó.

—Supongo que habrás pedido todo el mundo —dijo él—. ¿Cuánto tiempo debe pasar hasta que uno pueda ver satisfecho su deseo?

—Un año. Sí, creo que es un año… o nunca, si no se satisface en ese término.

—Alguna vez te habrá dado resultado, ¿eh?

—Todos mis deseos se hicieron realidad. ¿Queréis probar vos mismo?

—Un año no es suficiente para la mayoría de mis deseos.

—¿No es suficiente? ¡Géminis! ¡Yo creía que un año era mucho tiempo para cualquiera!

—Lo es, cuando se tienen diecisiete años.

Ella empezó a mirar alrededor. No podía resistir por más tiempo la serena mirada de sus verdes ojos y estaba buscando un lugar donde pudieran ir. El cementerio de la parroquia era un lugar demasiado público. Otras personas podrían llegar en cualquier momento. Cada hombre o mujer o niño que veía, era una amenaza para su felicidad. Le parecía que todos se habían confabulado para destruirla, para hacer que él la dejara y se viera obligada a sumergirse de nuevo en la seca y ávida protección que le deparaban sus tíos.

A un lado de la iglesia había un jardín. Más allá de éste, se extendía la pradera que separaba Heathstone de Bluebell Wood. ¡Claro que ése era el lugar! Allí el bosque era fresco y frondoso; allí abundaban los escondrijos donde nadie podría encontrarlos… Ella conocía muchos, recuerdo de las ferias de los últimos tres o cuatro años. Enderezó sus pasos en esa dirección, esperando que él creyera que lo hacía casualmente.

Cruzaron el jardín, treparon los escalones del portillo, y luego prosiguieron a lo largo de la pradera.

El césped era espeso y en algunos lugares se veían ranúnculos, margaritas del campo y lirios amarillos. Bajo la presión de los pies, el césped se hundía dejando correr el agua. Ésta borraba luego las huellas de los pasos. Más lejos, hacia delante, cerca del río, había un campo naranja, inundado de caléndulas. A medida que avanzaban podían ver los grandes tallos que sobresalían del agua. Sobre las orillas se inclinaban copudos sauces y al otro lado, a la entrada del bosque, se veía una alameda cuyas hojas brillaban como cequíes al sol.

—Ya casi había olvidado —dijo él— cuán hermosa es Inglaterra en primavera.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis lejos?

—Casi dieciséis años. Mi madre y yo partimos al extranjero después que murió mi padre en Marston Moor.

—¡Dieciséis años en el extranjero! —exclamó ella con incredulidad—. ¿Y cuál fue el motivo de la partida?

Él la miró, sonriéndole casi con ternura.

—Fue algo que ninguno de nosotros hubiera escogido. Pero no teníamos opción. Por mi parte, no tengo quejas que oponer.

—¿No os cansasteis de estar lejos? —preguntó ella, conmovida y casi indignada por semejante blasfemia.

Cruzaban ahora la tersa y rápida corriente del río sobre un colgante crujiente y temblón hecho de maderas. Debajo, los peces se precipitaban como flechas, y libélulas de alas fulgurantes se deslizaban a flor de agua, tropezando contra las grandes hojas de los lirios que crecían en una apacible alberca. Al otro lado del puentecillo estaba el bosque; siguiendo una senda se internaron en él a través de árboles y jacintos en floración. El lugar era fresco, embalsamado por el olor de las flores. Nada turbaba el silencio.

—Supongo que para un inglés es una pequeña traición admitir que le gusta otro país. A mí me gustan mucho otros: Italia, Francia y España. Y, sobre todo, América.

—¡América! ¡Caramba, eso está al otro lado del océano! —Esto era lo único que sabía ella acerca de América.

—Una travesía verdaderamente larga, por cierto.

—¿Estaba el rey allí?

—No. Pero una vez viajamos de incógnito con el primo de Su Majestad, el príncipe Ruperto; en otra oportunidad viajé solo en un barco mercante.

Ámbar le oía extasiada. ¡Haber vista tales tierras, tan lejanas y llenas de encanto…! ¡Haber cruzado el inmenso océano! Creía escuchar un verdadero cuento de hadas. Heathstone era el lugar más alejado de su casa que ella visitara, y hacía el viaje sólo dos veces por año; para las ferias de primavera y otoño. La única persona conocida que había estado en Londres, veinticinco millas al sudeste de Marygreen, era el zapatero remendón.

—¡Qué hermoso debe de ser ver mundo! —Exhaló un suspiro—. ¿Habéis estado también en Londres?

—Dos veces, desde que he sido lo bastante mayor como para recordarlo. Estuve hace diez años y luego un par de meses después de la muerte de Cromwell. Pero no me quedé allí mucho tiempo.

Se habían detenido; él miraba hacia el cielo, a través de los árboles, como si quisiera saber cuánto tiempo le quedaba. Ámbar, que no dejaba de mirarlo, se sintió de pronto presa de pánico. Él tendría que irse… partir nuevamente hacia aquel excitante mundo lleno de animación y de vida, mientras que ella quedaría. Ahora experimentaba una nueva y terrible sensación de soledad, como si hasta entonces hubiera vivido en algún remoto rincón donde hubiera sido la única extranjera. Aquellos lugares que él había visto, no lo vería ella jamás; las bellas acciones que él había llevado a cabo, ella no las haría nunca. Pero lo peor de todo era que no volvería a verlo.

—¿No es hora ya de que volvamos? —inquirió él.

—No. Tengo bastante tiempo disponible.

Se dejó caer sobre el césped, mullido y acogedor, con la boca fruncida en un mohín encantador y los ojos rutilantes por el resentimiento. Tras una pausa de algunos segundos, se sentó también él. Con la mirada perdida en una lejanía, sentíase Ámbar enfurruñada y confundida. Pensaba en su triste futuro. Carlton la observaba, silencioso y expectante. Ella devolvió la mirada, mientras su corazón latía sordamente; poco a poco la fueron invadiendo una debilidad y una languidez tales, que hasta sentía que los ojos se le cerraban. Todas y cada una de las partes de su ser sufrían el tormento de una desconocida vehemencia. Se encontraba a medias espantada, poseída por un sentimiento de temor casi tan grande como su deseo.

Por último, Bruce la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí; Ámbar echó hacia atrás la cabeza, brindando su boca, a tiempo que le echaba los brazos al cuello.

La reserva que él había demostrado hasta ese momento se desvaneció rápidamente para dar lugar a un estallido salvaje de pasión. Ámbar, inexperta pero no inocente, devolvió sus besos ávidamente. Hubo un momento en que le pareció oír en algún rincón de su mente la llamada de Sara, previniéndole lo que iba a acontecer, pero el sonido y la imagen se fueron desdibujando, hasta desvanecerse por completo.

Sin embargo, cuando él la obligó a echarse de espaldas sobre la tierra, hizo un rápido movimiento de protesta y lanzó un breve grito… Fue lo único que atinó a hacer. Algo misterioso, casi terrible, debía de estar más allá de todo eso. Con las manos trató de distanciarse, apartando la cara. Ahora su temor era irracional, histérico.

—¡No! —exclamó—. ¡Dejadme que me vaya!

Vio el rostro de Bruce encima del suyo, un rostro donde fulguraban unos ojos verdes. Gimiendo y medio loca por la pasión y el pavor se abandonó.

Con cierta renuencia, Ámbar volvió a tener conciencia del mundo que la rodeaba y de los dos como individuos separados. Arrojó un profundo y voluptuoso suspiro, con los ojos todavía cerrados… Le parecía que no hubiera podido mover ni un solo dedo.

Después de un largo rato, Carlton se apartó de ella y se sentó con los codos sobre las rodillas y una brizna de hierba entre los dientes, mirando hacia la lejanía. Su rostro, tostado por el sol, estaba mojado por el sudor, que él limpiaba con la manga de un jubón. Ámbar yacía inmóvil a su lado, con los ojos cerrados y un brazo doblado sobre la frente. Se sentía arrebatada y adormecida, flotando en medio de una maravillosa paz. Cada una de las fibras de su ser se conmovía de alegría por lo que había sucedido.

Tenía la impresión de que hasta ese momento sólo había vivido a medias.

Abrió los ojos y le sonrió con desmayo. Quería decirle cuánto lo amaba, pero no se atrevía. Deseaba también que él le dijera que la amaba, pero Bruce sólo se inclinó para besarla gentilmente.

—Siento mucho lo que ha pasado —dijo bajito.

¿Era eso lo único que le diría? Seguía esperando, mirándolo, y comenzaba a sentirse inquieta y temerosa. Él la miró de nuevo, como si fuese la primera vez que la veía… Por su expresión y maneras, nadie habría podido decir en ese momento cuán estrechamente habían estado ligados. Ámbar se sentía herida. Lo sucedido —pensaba— debía haberlo cambiado como la había cambiado a ella. Nada sería en adelante lo mismo para ninguno de los dos.

Al fin él se levantó, estudiando la posición del sol.

—Mis amigos deben de estar esperándome. Debemos llegar a Londres antes que se haga de noche. —Estiró la mano para ayudarla a incorporarse. Ámbar se levantó de un salto, sacudiéndose los cabellos y limpiándose la blusa, después de lo cual se tocó las orejas para cerciorarse de que no había perdido los aros.

—¡Caramba! ¡Si no hemos tardado nada!

Mientras quitaba la tierra de su sombrero, Bruce le echó una mirada llena de sorpresa. Frunció el entrecejo como si, por el contrario, se hubieran retrasado más de lo convenido.

Ante semejante mirada, la satisfacción de Ámbar murió instantáneamente.

—¿Acaso queréis partir ya? —Estaba a punto de llorar.

—Querida, tus tíos no lo aprobarían jamás.

—¡Qué me importa! ¡Yo quiero ir con vos! ¡Odio a Marygreen! ¡No quiero verlo nunca más! ¡Oh! Por favor, Milord. Dejadme ir con vos.

Marygreen y su vida pasada se le habían hecho de pronto insoportables. Él podría satisfacer la sed de una vida más grande y brillante, que le había atraído desde la primera vez que hablara con el zapatero, hacía ya muchos años.

—Londres no es un lugar para una muchacha soltera, sin dinero o amistades —dijo él en tono despreocupado. Ámbar se dio cuenta de que él no quería tener contratiempos por su causa. Bruce agregó, tal vez debido a que lamentaba agraviarla—: Además, no estaré allí mucho tiempo. ¿Y qué harías tú entonces? No te resultará fácil volver aquí… Yo sé bien lo que en las aldeas inglesas piensan de tales escapadas. Y en Londres no hay muchos medios de subsistencia para una mujer. No, querida; yo creo que es mejor que te quedes aquí.

De pronto, y para sorpresa de los dos, Ámbar estalló en sollozos.

—¡No quiero quedarme aquí! ¡No quiero! ¡Ahora no puedo quedarme aquí! ¿Cómo podría explicar a mi tío Matthew dónde he estado estas dos horas, cuando más de cien personas nos vieron salir de la feria?

Una expresión de fastidio cruzó por la cara de Carlton, pero ella no lo advirtió.

—Yo te previne sobre lo que podía suceder —le recordó él—. Pero aun cuando tú tío esté enojado, es mejor que te vayas a casa y…

Ella lo interrumpió abruptamente:

—No, no y no. ¡No regreso más! No quiero vivir aquí más tiempo. ¿Habéis oído? Si no accedéis a llevarme con vos… ¡me iré sola! —Se detuvo y se quedó mirándolo, airada y, a la vez, implorante—. ¡Oh, por favor…, Milord! Llevadme con vos.

Se quedaron mirándose unos instantes. Por último desapareció el mal humor de él, y sonrió cordialmente.

—Bueno, so descarada, te llevaré. Pero te advierto que una vez allí, no podremos casarnos… y no te olvides, suceda lo que suceda, que te he preparado.

Ámbar oyó solamente la primera parte de lo que él le dijo. Lo otro carecía de importancia inmediata.

—¡Oh, Milord! ¡Gracias! ¡Jamás seré una molestia, lo juro!

—No estoy tan seguro de eso —dijo él con voz queda—. Creo que sí lo serás, y mucho.

Era ya bien avanzada la tarde cuando entraron en Londres por la Whitechapel Road, tras de pasar por muchas aldeas diseminadas en las afueras de la ciudad y que, a pesar de su proximidad de la capital, no diferían en mucho, por su aspecto exterior, de Heathstone o Marygreen. Había muchos campos abiertos donde pastaba el ganado y donde las aldeanas ponían a secar las ropas recién lavadas. En el curso del viaje fueron reconocidos como realistas que regresaban, siendo saludados estruendosamente. Niños y muchachas corrían un trecho detrás de ellos, tratando de tocarles las botas. Las mujeres se asomaban a las ventanas y los hombres se detenían en las calles, quitándose el sombrero y gritando:

—¡Bien venidos!

—¡Viva el rey!

—¡Un saludo para Su Majestad!

Las murallas de la ciudad constituían una mezcla heteróclita de muchas centurias. Viejas y de aspecto estrafalario, eran hediondas y estaban llenas de podredumbre. Pero también ostentaban pintoresco colorido y hasta una cierta marchita belleza. Las rodeaba una cintura de establos cubiertos por carretadas de residuos de estiércol. Las calles eran estrechas, algunas de ellas pavimentadas con guijarros. La mayoría no lo estaba, y por el centro o los costados corrían acequias. De trecho en trecho se veían postes señaladores del camino que debían seguir los vehículos y los peatones. Y a la vera de esas calles se levantaban casas de variado aspecto y heterogénea construcción. Sus pisos sobrepuestos impedían la entrada de la luz y el aire en muchos de los callejones laterales.

Las torres de las iglesias dominaban la altura; había más de ciento dentro de las murallas, y el tañido de sus campanas hilvanaba la incesante, sentimental y hermosa melodía de Londres. En el frente de algunas casas balanceábanse letreros que lucían abigarradas figuras, desde los corderos de oro, los verracos azules y los leones rojos hasta los hombres de pelo negro y fiero aspecto que llevaban las armas de los Estuardo coronados. En la campiña había sol y hasta hacía calor, pero allí la niebla se imponía pesadamente, espesada por el humo de las chimeneas de las fábricas de jabón y de las calderas; también hacía frío en aquellas calles.

Las llenaba una espesa multitud. Los vendedores ambulantes recorrían la ciudad ofreciendo sus mercaderías a voz en cuello, de modo que una ama de casa podía hacer todas sus compras sin moverse de su puerta: tal era el número de aquéllos y la variedad de las mercancías que vendían. Los cargadores llevaban cargas impresionantes sobre sus espaldas, y llenaban de denuestos y maldiciones a quienquiera que interrumpía su paso. Los aprendices, ante las puertas de las tiendas, no vacilaban en tomar a los clientes del brazo, instándolos a que pasaran al interior.

Había también muchos jacareros, mendigos y tullidos, pisaverdes vestidos de raso y damas linajudas arropadas en capas de terciopelo negro; comerciantes de aspecto grave, desharrapados granujas y algún lacayo sin librea que iba por la calle abriendo paso para la litera de una baronesa o una condesa. La mayor parte del tránsito se realizaba a pie, pero algunos viajaban en coches de alquiler puestos al servicio del público, en literas o a caballo. Cuando se interrumpía el tránsito, como ocurría a menudo, todos ellos quedaban detenidos varios minutos.

Aun a simple vista se observaba que el londinense era diferente del inglés de la campiña. Se mostraba arrogante con el conocimiento de su fuerza, porque él era el Reino, y eso lo sabía. Era ruidoso y turbulento, dispuesto a batirse a muerte con cualquier hombre que le ganara la acera. Durante dieciocho años había soportado el Parlamento, pero ahora se estaba preparando alegremente para el regreso de su legítimo soberano, bebiendo a su salud en las calles y jurando que siempre había sido leal a los Estuardo. El londinense odiaba al francés por su lenguaje y sus maneras, su modo de vestir y su religión, y habría rechazado, golpeado o echado un vaso de cerveza en la cara a quien le propusiera un brindis por él. Pero del mismo modo odiaba al holandés o a cualquier otro extranjero, porque para él Londres era el mundo, y un hombre que no vivía allí no era digno de llamarse ciudadano. Así Londres, maloliente, ruidoso, sucio y alborotado, era el corazón de Inglaterra, y sus ciudadanos gobernaban la nación.

A Ámbar le pareció que había llegado a su ciudad nativa, e inmediatamente se enamoró de ella, como le había ocurrido con Lord Carlton. Su vocinglera energía encontró eco en sus fuentes más profundas. La ciudad toda era una provocación; todo amenazaba… pero prometía mucho más. Instintivamente se sintió como se habría sentido un londinense, ahora que había visto todo lo que había que ver. Ningún otro lugar de la tierra le parecía comparable.

Los viajeros se separaron en Bishopsgate. Cada nuevo grupo tomó distinto camino, y Bruce y la joven quedaron solos, con dos de los sirvientes. Bajaron por Gracious Street, hasta encontrar la hostería del «Real Sarraceno», por cuyo gran portón de entrada llegaron hasta el patio. El edificio estaba rodeado de paredes por los cuatro costados, y sus cuatro pisos, a cuyos frentes había otros tantos corredores, daban al patio principal. Bruce la ayudó a desmontar, y juntos entraron en el salón. El hostelero no estaba allí y, pasado un momento, Bruce rogó a Ámbar que lo esperara mientras él iba a buscarlo.

La joven lo miró mientras se alejaba, los ojos rebosantes de júbilo. «¡Estoy en Londres! Parece que no es cierto, pero lo es. ¡Estoy en Londres!» Parecía prodigioso que su vida pudiera haber cambiado tan repentina como irrevocablemente en menos de veinticuatro horas. Porque estaba dispuesta, no importaba lo que sucediera, a no regresar jamás a Marygreen. Nunca, mientras viviera.

Con la capa de Bruce en el brazo, se acercó a la chimenea, estirando los brazos para calentarse las manos. Mientras lo hacía, advirtió que tres o cuatro hombres, sentados junto a la puertaventana, bebían su cerveza y la miraban con detenimiento. Se sintió agradablemente sorprendida, porque los hombres eran londinenses. Se colocó entonces de perfil a fin de que apreciaran su delicada y ligeramente respingada nariz, sus gruesos labios y su pequeña y redonda barbilla.

En aquel momento regresó Bruce conversando con un hombre rechoncho y de breve estatura, que caminaba a su lado y apenas le llegaba al hombro. Evidentemente se trataba del huésped, y parecía muy excitado.

—¡Por Cristo, Milord! —gritaba—. ¡Juro que os creía muerto! Esos malditos decapitadores llegaron menos de media hora después de vuestra partida y, en su afán por encontraros, destrozaron mi casa. ¡Al ver frustrado su empeño se apoderó de ellos una terrible furia, me llevaron al patio y me arrojaron a la carbonera! —Hizo un ruido peculiar y escupió—. ¡Bah! ¡Ojalá los haya destruido una plaga! ¡De lo contrario, espero verlos algún día ensartados a todos como jamones en Tyburn Hill!

Bruce soltó una carcajada.

—No dudo de que se cumplirán tus deseos.

Entretanto, habían llegado hasta el lugar donde Ámbar se encontraba, y el hostelero se confundió sin saber de quién se trataba, mas Carlton lo tocó con el codo.

—Señora St. Clare —dije Bruce— ¿me permitís presentaros al señor Gumble, nuestro posadero?

Ámbar se sintió halagada al oír llamarse «señora», porque solamente a las muy jovencitas y a las rameras de profesión se las llamaba señoritas.

La joven asintió con la cabeza al mismo tiempo que sonreía afablemente. Creía haber entrado lo bastante en el gran mundo como para honrar con una reverencia a un simple posadero. Pero experimentó cierta desazón preguntándose si la mirada escudriñadora que éste le echó significaba que desaprobaba el viaje de Su Señoría con una mujer que no era su esposa. Bruce, sin embargo, demostraba tanta confianza como si se hubiera tratado de su hermana, y Mr. Gumble reinició la conversación en el mismo punto en que la había dejado.

—Fue una suerte que no os retrasarais, Milord. Mi casa se ha visto de tal modo invadida… ¡toda Inglaterra se ha venido a Londres para dar la bienvenida a Su Majestad! ¡Para fines de semana no habrá ni una sola habitación desde aquí hasta Temple Bar!

—¿Cómo es que no has pintado a tu sarraceno una corona, en señal de que estás del lado del rey? Casi todos los letreros que hemos visto tienen cabezas de rey o, por lo menos, muestran sus armas.

—¡Ajá! Sí; hay muchos que lo hacen. ¿Sabéis lo que se está diciendo acerca de ello ahora? Que si la cabeza del rey está vacía… ¡sus armas están llenas! —al decir esto estalló en carcajadas.

Bruce hizo un gesto y hasta los hombres que bebían al otro lado de la habitación dejaron oír sus ruidosas risotadas. Pero Ámbar no conocía la reputación del rey Carlos II, de modo que no entendió el juego de palabras.

El pequeño y grueso mesonero sacó un pañuelo y se lo pasó por la sudorosa frente.

—¡Por Cristo, Milord! Nos alegraremos mucho de teneros entre nosotros, os lo garantizo. ¡Como Vuestra Señoría lo verá, esto se ha hecho insoportable! ¡No me creeríais jamás si os contara lo que ha sucedido aquí! Se prohibieron los juegos de cartas, los dados y las representaciones. Nada de bebidas ni de bailes. ¡Por Cristo! ¡Incluso quisieron hacer del amor un crimen capital!

Bruce soltó el trapo a reír.

—¡Caramba, entonces me alegro de haber estado en el extranjero!

Por su parte, Ámbar, una vez más, no entendió lo que decían. Sin embargo, sonrió apreciativamente y trató de aparentar que tales rasgos de ingenio eran corrientes para ella.

—Y bien, basta de bromas. Vuestra Señoría debe de estar hambriento y tal vez cansado. Todavía está vacante la «Flor de Luce…»

—¡Magnífico! La última vez me trajo suerte… Quizá me la traiga de nuevo.

Subieron la escalera. Mientras lo hacían, oyeron que los hombres que bebían abajo empezaron a cantar con voces rugientes y pletóricas de jovialidad, aunque desentonando.

¡El rey gusta de la botella,

Al rey le gusta el buen vaso!

¡Llenará de vino un vaso

Para cada alegre doncella

hará carneros de nosotros,

hará carneros de nosotros!

El señor Gumble se detuvo delante de una habitación del primer piso, cuya puerta abrió, haciéndose a un lado para que Milord y su acompañante entraran. El departamento era amplio y, en opinión de Ámbar, magnífico, porque ella nunca había visto una cosa parecida.

Los artesonados de las paredes eran de encina, como también el del hogar, artísticamente tallados con dibujos de fruta y flores. El suelo, de madera, carecía de alfombras, y todos los muebles habían sido construidos según el florido estilo imperante en los primeros años del siglo. Las sillas y los taburetes estaban provistos de gruesos almohadones forrados de terciopelo verde oscuro o rojo rubí, si bien habían sido ya bastante usados.

El centro del dormitorio lo ocupaba un inmenso lecho con cuatro columnas y su correspondiente baldaquín, del cual colgaban cortinas de terciopelo rojo, que se corrían por la noche para aislar a sus sofocados ocupantes. Dos grandes armarios se apoyaban contra la pared. Había muchos taburetes y un par de sillas, una pequeña cómoda con un espejo encima, y, por último, un pequeño escritorio. La habitación tenía grandes ventanales y puertas vidriadas que daban a la galería, desde la cual se podía bajar al patio.

Ámbar quedó arrobada, mirándolo todo. Mientras, Bruce decía:

—Esto me hace imaginar que estoy en mi hogar. Cenaremos aquí… Mándanos lo que creas más conveniente.

Después de asegurarles varias veces que agregaría cualquier otro mueble que necesitaran, Mr. Gumble los dejó. Ámbar se dejó llevar entonces de sus impulsos. Se quitó la capa y corrió hacia las ventanas del salón, que daban a la calle. Un grupo de muchachos habían encendido una hoguera y estaba asando trozos de carne clavados en asadores, burlándose así del Parlamento; las voces de los hombres que todavía cantaban abajo llegaban débilmente a sus oídos a través de las sólidas paredes.

—¡Oh, Londres, Londres! —exclamó apasionadamente—. ¡Cómo te quiero!

Bruce sonrió. Dejó su sombrero sobre una butaca y, acercándose a ella, la asió por la cintura.

—Te enamoras fácilmente —dijo, y cuando ella se volvió rápidamente para mirarlo, añadió—: Londres se come a las muchachas bonitas, ya lo sabes.

—¡No a mí! —le aseguró triunfalmente—. ¡No tengo miedo!