El inmortal
Quiere el tópico que los escritores sean inmortales en la medida en que se eternizan por medio de sus páginas. Apostemos, pues, por ese signo esperanzador de un futuro cierto. ¿Cuáles son los libros de Camilo José Cela que no habrán de morir nunca? ¿Los del vagabundo o los amparados bajo el escudo nobiliario? ¿Los que se escribieron en las épocas de estrecheces o los que derivaron del premio Nobel? ¿Los que salían de los caminos y los bosques o los que fueron goteando desde las entrañas de la jaula de oro, cerrada a cal y canto con unos barrotes que dejaban fuera a sus amigos de antaño? Se admiten apuestas, aunque ni el mayor tahúr del mundo se atrevería a aceptarlas sin que se le cayera la cara de vergüenza. Apostar es, en ese terreno, como dispararle a un pajarillo detenido en el suelo porque se ha quebrado un ala.
El vagabundo parece triunfar a la postre, pues, saliendo de sus propias cenizas, como si el calvario de la muerte fuese un cedazo en el que queda atrapada la morralla que tanto fascina a los recién llegados, a los miembros del coro de las honras vanas. De ser así, Camilo José Cela será recordado para siempre como el viajero aquel que descansaba la cabeza sobre el cayado en un alto del camino sólo momentáneo. No cabe detenerse, dijo Kavafis y, antes que él, Machado. No se debe dar albergue al adormecedor cansancio porque los sepultureros borrachos de ginebra ensayan ya el desfile turbio y miserable. No hay tregua en la huida de los carroñeros que acechan. No te detengas ni por un instante.
¿Y ahora?
Pasó la turba de los enterradores con su desfile bien ensayado y, a la postre, hundido en el fracaso. ¿Conviene añadir más resplandor al resplandor, turbiedad a la turbiedad? Pienso que no, que la historia no empieza a una señal, como las carreras de caballos. Esta historia en concreto, la del vagabundo oculto, comenzó hace demasiado tiempo y no habrá de terminar en tanto que exista un amigo de los que le conoció de veras, mientras se sostenga su memoria al margen —en contra, incluso— de las versiones oficiales. Pero se trata de una labor callada, íntima, amorosamente delicada porque el vagabundo, bajo la apariencia de tosca seguridad, era un sentimental capaz de llorar durante años a la madre muerta. Respetemos su memoria negándonos a jalearle desde el escenario, vacío ya, que lo ha perdido todo excepto los oropeles. Yo, al menos, me niego. Porque, ¿saben ustedes?, el vagabundo aquel era mi padre.