La feria

Las fiestas del pueblo tenían lugar poco después de la vendimia. Cebreros se llenaba entonces de tenderetes repletos de maravillas a cada cual más tentadora y, junto a la iglesia, al socaire de un muro alto que los mayores utilizaban para jugar al frontón, se instalaba la feria. La feria no era gran cosa: algunos billares, un tiovivo, una caseta de monstruos del todo ortodoxos (la Mujer Barbuda, el Enano más Pequeño del Mundo, el Hombre Lobo) y una batería de columpios en forma de barca a los que, a fuerza de vaivenes, siempre había algún mozo capaz de hacerles dar la vuelta de campana. Al secretario de mi padre, Antonio Ribera, los columpios le parecían muy peligrosos y no me dejaba ni siquiera acercarme a mirar, por mucho que le insultase y le llamara cobarde y gallina. Mi padre se ganó un sitio definitivo en mi corazón una noche en la que no sólo me permitió subir con él a una de esas barcas reservadas para mayores, sino que empeñó su prestigio en hacerla volar hasta lo más alto. Animado por mis gritos de aliento llegó a ponerla casi horizontal, elevándose por encima que las que estaban a los lados, más y más cerca del muro en cada envite. He asistido a lo largo de mi vida a no pocos momentos de triunfo de Camilo José Cela (su discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua, la entrega del Premio Nacional de Literatura, la concesión de un coche en la época de los Seat seiscientos, el pateo de María Sabina en el teatro de la Zarzuela, el Nobel) pero aquel tuvo un mérito especial, porque mi padre pudo presumir en muy raras ocasiones de ser un atleta.

Cela, mi padre
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