San Camilo, 1936

La obra iba a ser una especie de primera parte de La colmena, un retrato del Madrid durante los primeros días del levantamiento franquista. Pero no se trataba en absoluto de una novela más sobre la Guerra Civil. Aun cuando los acontecimientos políticos constituían el telón de fondo del libro, la fórmula era mucho más sutil. Todos aquellos episodios dramáticos que ahora señalamos sin vacilación, los asesinatos del teniente Castillo y Calvo Sotelo, el alzamiento militar, la rebelión popular, el asalto al cuartel de La Montaña, tenían que figurar como un confuso eco en el que los rumores, las noticias y los bulos fueran mezclándose con los acontecimientos mucho más próximos y, por ende, más importantes, de la vida doméstica. Los personajes de San Camilo, 1936 debían vivir sus personales angustias en medio de un Madrid que estaba a punto de hundirse en una de las mayores tragedias imaginables, sin que ellos acertasen a darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

CJC redactó bastante deprisa un buen número de páginas de su nueva novela y, cosa insólita, me las dejó a leer para que le diera mi opinión. Nunca lo hubiera hecho. A lo largo de mi vida ha habido muy pocas veces en las que mi padre y yo hayamos tenido una pelea de verdad; aquella fue una de ellas y, a ciencia cierta, la de más alcance hasta que llegó la última y definitiva. Le di mi más sincera opinión sobre las páginas primeras de San Camilo, 1936 y, desde entonces, jamás volvió a dejarme ningún borrador de sus libros. Pero el enfado tuvo su parte positiva. Al ambiente y las anécdotas de los burdeles y las casas de citas de los últimos meses de la república, CJC añadió la densa atmósfera del drama y la quiebra individual del protagonista, siempre oculto, de la novela. Lo habría hecho de todos modos. Lo que más le molestó, en realidad, fue que fuera yo quien le dijese lo que él ya sospechaba, el que San Camilo 1936 no podía acabar siendo una especie de Tobogán de hambrientos.

Su venganza fue refinada y cruel. Me obligó a poner en orden el manuscrito de la novela, incluyendo todas sus diferentes versiones mecanografiadas y el maremágnum de notas, apuntes y esbozos. Para entender lo que significaba aquello hay que decir algo más acerca de la manera de escribir de CJC. Para redactar San Camilo, 1936, mi padre se encerró a cal y canto en su despacho más grande de la casa de La Bonanova rodeado de periódicos, revistas, catálogos, prospectos y anuncios de la época en que iba a transcurrir la acción de su novela. Apenas salía de allí; nada más que a comer y cenar, y ni siquiera siempre. Su cabeza estaba metida en el Madrid del comienzo de la Guerra Civil y toleraba muy mal que se le sacara de aquellos días tremendos a los que tenía que volver en un doble y difícil sentido: de manera tanto histórica como emocional. Pero algunos compromisos que había tomado de antemano (editoriales, casi todos) le obligaron a viajar alguna que otra vez, apenas protegido por la barrera de su mal humor. En esas ocasiones, o cuando se despertaba en medio de la noche, CJC cogía el primer papel que le quedara al alcance de la mano para anotar en él una frase, o una idea, o quizá sólo una palabra o dos de las que se le ocurrían en el momento. Así podía luego meterlas en la novela.

Ordenar todo ese material después, una vez publicado el libro, para reconstruir con fidelidad el manuscrito, fue una tarea digna de un semidiós griego. Me encontré con varias cajas de cartón repletas hasta los bordes de todo tipo de papeles abarrotados de notas: horarios de Iberia, trozos de periódicos, cajas de cerillas, tarjetas de visita de gente que jamás habría creído pasar así a la inmortalidad, etiquetas, invitaciones, pañuelos, saludos oficiales, besamanos, sobres con y sin sello, recibos, circulares... A veces, con suerte, el texto anotado era largo y fácil de identificar si uno se había leído varias veces la novela, como era mi caso. Pero en muchas ocasiones la cita era breve y no contenía clave alguna que permitiera sospechar en qué sitio habría terminado por colocarla mi padre. Teniendo en cuenta que existían varias versiones mecanografiadas, y que no todo el texto escrito acabó incorporándose a la definitiva, es fácil comprender que en más de una ocasión suspiré al evocar la vida fácil y sin complicaciones de un ingeniero de caminos, canales y puertos.

San Camilo, 1936 fue una novela que le costó un gran esfuerzo a CJC, pero tampoco mucho más que cualquiera de las otras. Un escritor como mi padre, que buscaba una vez y otra la palabra justa para cada frase e iba desgranando el libro como si se tratara de un largo poema, podía perder toda una jornada de trabajo en el remate de una solitaria página.

En cuanto superó la barrera psicológica de haberse metido, por fin, dentro de la novela ansiada y siempre pospuesta, el ritmo de San Camilo, 1936 fue similar al de otras obras anteriores. Tampoco resultó excepcional el hacer sucesivas y diferentes versiones; con La colmena ya había pasado algo parecido. Las mayores dificultades aparecieron cuando CJC decidió renunciar a la fórmula fácil de sus cuentos costumbristas (Los viejos amigos, Tobogán de hambrientos'), a esa retahíla de nombres y disparates que nadie como él ha sabido enhebrar. Con San Camilo, 1936 CJC hacía equilibrios sin una red protectora. Debió gustarle. Las siguientes novelas, Oficio de tinieblas, Mazurca para dos muertos y Cristo versus Atizona fueron todas ellas unos saltos mortales en los que el escritor renunciaba, cada vez, a las ventajas de lo conocido. De las posteriores no puedo ya levantar acta porque se escribieron durante los años oscuros.

Cela, mi padre
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