José Villalonga, 87
En José Villalonga 87, se alzaba (y se alza todavía) un caserón enorme y destartalado, de altos techos y estilo más bien mallorquín, compuesto por semisótano, dos plantas y azotea. Parte de la casa estaba ya ocupada; nosotros nos fuimos distribuyendo como pudimos por el resto. La familia arriba, en el piso más alto; la redacción de Papeles abajo, en el semisótano cuyas ventanas quedaban a la altura de la acera; los perros, en el jardín. Porque el contrato de alquiler incluía también un jardín separado al que se accedía sólo con salir a la calle, abrir un portal semejante al de una vivienda situado en la acera, donde acababa la casa, y cruzar un largo pasillo lleno de cucarachas y telarañas. Todo el que se atreviera a emprender el viaje acababa encontrando un pequeño trozo de tierra ocupado casi en su mayoría por una soberbia palmera, un lavadero en ruinas y más tarde, cuando a Camilo José Cela le entraron las ansias ganaderas, un corral con media docena de pavos. Huelga decir que, salvo a la hora de dar de comer a los perros y los pavos, era yo el único que se aventuraba por el jardín en busca de dátiles, arañas, salamanquesas y demás tesoros que la estupidez de los adultos les impedía apreciar.
La redacción de Papeles de Son Armadans ocupaba sólo la mitad del sótano, pero su presencia se hacía notar enseguida. Fornés hizo un gran fresco en la pared del rellano de la escalera para alegrar un poco la nueva y más bien oscura sede de la revista, pintándolo a la manera de la Capilla Sixtina: techo y paredes con escenas a las que se incorporaron personajes sacados de la realidad. A falta de pontífices y cardenales, en él quedaron inmortalizados los dos perros de CJC, Pichi y Chispa, pero esa canina gloria no duró mucho tiempo. Nada más irnos de la casa de José Villalonga 87 se le dio una mano de cal al descansillo y ahí se acabaron las huellas de Papeles. Puede que al dueño del caserón le gustasen más los gatos o que le tuviera rabia a Fornés.
Al otro lado del sótano vivía la familia de un maestro republicano, el señor Martínez, al que las represalias de la Guerra Civil le habían hecho perder la carrera; se ganaba la vida trabajando en uno de los barcos correo que iban a Barcelona. Su hijo Juanito, algo mayor que yo, era un pozo de ciencia, pero a pesar de ello me dejaba a veces jugar con él. En la primera planta de la casa, emparedados entre los Papeles de Son Armadans y nuestro piso, estaban los Dodero, Fernando y Dorotea y sus hijos. Fernando Dodero fue un juez muy amigo de mis padres que, gracias a su larga experiencia profesional, era capaz de poner el más hierático rostro de servidor de la justicia cuando el vecino de arriba (es decir, yo) hacía los experimentos propios de su edad: fabricar pólvora, dejar erizos y estrellas de mar al sol para que los vaciasen las hormigas, disparar perdigones a las pinzas de tender la ropa de la terraza de los vecinos, tender un funicular desde la ventana del cuarto al lejano jardín, por encima de sus balcones... El que los Dodero y mis padres no riñesen es algo que debe atribuirse a los misteriosos designios del destino y al hecho de que las quejas acabaran siempre en María, nuestra cocinera, de la que luego habrá que hablar. A María, que era analfabeta, los magistrados no le impresionaban ni lo más mínimo y, gracias a sus mañas, me libré de una buena muy a menudo. La peor ocasión de todas fue cuando me dio por comprobar la potencia de unos petardos de feria (muy eficaces, por cierto) tirándolos a los pies del juez una tarde, cuando volvía a casa con ánimo de descansar. Mabel Dodero, hija de Fernando y Doríta, fue la secretaría de mi padre durante largos y provechosos años. Me llama todavía «Camilito» y es lógico. La venganza es un plato que gana mucho cuando se deja enfriar.