Limpia, fija y da esplendor

Mientras vivíamos en José Villalonga 87 tuvo lugar el otro acontecimiento de importancia que hemos dejado de lado al entrar antes de tiempo en las conversaciones de los poetas en Formentor. Fue en esa casa del barrio de El Terreno donde mi padre se convirtió en un inmortal en el sentido estricto de la palabra. Camilo José Cela fue elegido miembro de la Real Academia por antonomasia, la de la lengua española, el día veintiuno de febrero de 1957. El escritor tenía entonces cuarenta años de edad.

¿CJC en la Academia? ¿Qué es eso? ¿Un escándalo más en su carrera de épateur de bourgeois.? ¿Una provocación? Camilo José Cela fue a lo largo de su vida alguien dispuesto a romper con todas las tradiciones. Hasta con aquellas que formaban parte de su carrera como autor. Cada vez que, en una novela, dio con una fórmula que parecía infalible, se apresuró a buscar por otro lado. El tremendismo murió con La familia de Pascual Duarte y si la técnica del collage propia de La colmena apareció de nuevo más tarde, lo hizo mediando sorpresas como la de Oficio de tinieblas y Cristo versus Atizona. Pocos se refieren ahora a las novelas «clásicas» (es decir, hechas a la manera clásica) de CJC, pero las hay; Pabellón de reposo es una buena referencia. Pues bien, muy cerca de ella en el tiempo está Mrs. Caldwell habla con su hijo, que ni siquiera parece de Cela.

Si unimos esa obsesión por derribar las fórmulas establecidas a la imagen que CJC había ido construyendo de su propia persona nos saldrá, desde luego, todo lo contrario a un aspirante a la Academia. Pero no hay que confundirse. MÍ padre fue, en cierto sentido, el escritor más académico de toda la literatura española contemporánea. Porque ya en los remotos años de su más tierna juventud el CJC iconoclasta y tremendo se había convertido en un clásico precoz.

Desde que se publicó La familia de Pascual Duarte, es decir, desde el primer momento en que saltó a la fama como novelista, Camilo José Cela estaba predestinado a formar parte de la Real Academia Española, del grupo de inmortales que, al menos en teoría, se ocupan de limpiar, fijar y pulir la lengua castellana. Pocas veces ha suicido en la historia de la literatura española un fenómeno parecido, pero si trascendemos los límites de nuestras fronteras es más fácil hallar similitudes. I.S. Eliot se sabía ya un clásico al componer su Rhapsody on a Wíndy Night. Lawrence Durrell miraba decidido hacia la Historia mientras escribía The Black Book en su exilio de Corfú, García Márquez no tuvo que salir de Macondo para conquistar Europa. Se trata de unos hechos excepcionales, pero el paso de los años, con la rutina de encontrar una vez y otra la marca del genio, convierte en algo lógico lo que, en un principio, parecería sorprendente. Cualquier lector que abra ahora las páginas de la primera novela de CJC hallará en ellas la misma mano maestra que se adivina luego en La colmena, o en San Camilo, 1936, o en Mazurca para dos muertos. Nadie se detiene a pensar que esa obra inicial y durísima la escribió un muchachito apenas salido de la adolescencia.

Fue La familia de Pascual Duarte la novela que comenzó a llevar a Camilo José Cela a la Academia de la Lengua. Pero judíos, moros y cristianos es el libro que acabó por meterlo en el caserón de la calle de Felipe IV CJC lo sabía, y así lo reconoció en el prólogo de la edición definitiva de ese libro de viajes. Lo que allí no dijo es a qué venía tanta seguridad a la hora de afirmarlo. ¿Por qué no intentamos hacernos con alguna pista?

Cela, mi padre
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