Hábitos domésticos

La familia del escritor vivió sólo cinco años en la casa de José Villalonga 87, pero fue un quinquenio importante para todo el mundo. Para CJC, porque en ese tiempo entró en la Real Academia, tuvo su primer automóvil y se afeitó la barba. Para Charo, porque fueron unos años de relativa tranquilidad. Para Papeles porque allí cobró fama yconsolidó su tirada. Para Pichi y Chispa, los perros bóxer que apenas sobrevivirían a la siguiente mudanza, porque el barrio estaba lleno de gatos. Incluso para mí, porque en José Villalonga 87 cursé el bachillerato y sufrí todos los misteriosos y profundos cambios que le suceden a un niño en ese lapso particular de tiempo. Hora es de que dediquemos un poco de atención a esa casa.

Siguiendo una costumbre derivada del supuesto de que en Mallorca no hay invierno, el caserón de José Villalonga 87 nos condenaba a todos a helarnos desde Navidad hasta san Isidro, día más, día menos. No existía ningún sistema de calefacción salvo una chimenea, instalada en el salón que hacía las veces de despacho de mi padre, más bien ridícula y del todo inútil por culpa de un tiro que a la más mínima ráfaga de viento funcionaba al revés. La humedad, por el contrario, era todo abundancia trepando por los cimientos de piedra arenisca y esparciendo sus huellas por los muros con unas calidades dignas del más inspirado Tapies. Puede que en el norte del Canadá, cerca de la isla de Melville, las chozas sean más frías y húmedas que aquel caserón, pero por lo menos a los esquimales se les deja ir abrigados con pieles de foca dentro de sus chozas. No sé si habrá quedado lo bastante claro que en José Villalonga 87 nos helábamos. La cocina económica, de carbón, convertía esa parte de la casa en el único lugar habitable en invierno, pero mi padre jamás se acercaba por allí. Por suerte los días más fríos del año solían ser los de las calmas de enero, cuando apenas hay nubes en el horizonte ocultando el sol; quedaba entonces el recurso de salir a la terraza a secar un poco las carnes. Más tarde, con las borrascas de Semana Santa, volvían las oportunidades de mortificación.

Cada miembro de la familia combatía esas inclemencias del tiempo como mejor le daba a entender su ingenio particular. Yo hacía que los perros se subieran a mi cama un rato antes de la hora de ir a dormir, vigilando que mi madre no estuviera al tanto de la maniobra. Charo ponía en el lecho conyugal botellas de agua caliente que, de todas formas, se enfriaban pronto. Y nadie se levantaba en ninguna de las mañanas de invierno sin vestirse de inmediato como un explorador.

La solución más creativa era la del cuarto de baño. CJC quemaba alcohol en un plato sopero a la hora de meterse en la bañera; era muy divertido tirar desde lo alto una cerilla encendida sobre el líquido y ver cómo se levantaba de inmediato una llama azul y movediza que, sin ser gran cosa pero gracias a algún mecanismo físico oculto, caldeaba enseguida el ambiente. Como en el cuarto de baño había un armario lleno de libros, el sistema estuvo a punto de provocar un incendio en varias ocasiones, pero el riesgo de la pulmonía era mucho más peligroso e inmediato.

Aunque supongo que tenía más que ver con la filosofía que con el clima, mi padre había hecho rotular en la pared que daba al norte del salón de la casa de José Villalonga (que, además de ser el despacho de CJC, como dije antes, servía un poco de todo, incluso de cuarto de estar y de comedor) un gran letrero en el que podía leerse la solemne sentencia de Unamuno:

Dios te conserve fría la cabeza, caliente el corazón, la mano larga.

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que yo entendiese el sentido de una tal admonición, pero refleja bastante bien la forma de ser que mi padre había heredado de su familia inglesa. 1:1 corazón caliente y la mano larga son rasgos que Camilo José Cela enseñaba bien a las claras y no merecen mayor comentario. Por lo que hace a la cabeza fría, CJC siguió al píe de la letra las enseñanzas de una tía abuela suya londinense, hermana de su abuelo John Trulock, que, siempre que se presentaba algún momento de crisis de esos que acaban por aparecer en todas las familias, le cogía del cuello y le susurraba al oído:

—Mira, Camilo José, cuando las cosas se te pongan mal, haz lo posible para no ponerlas tú peor.

Además de las máximas unamunianas y los cuartos llenos de libros, la casa de José Villalonga contenía la fauna habitual que acompañó en vida a Camilo José Cela. De la humana ya se ha hablado, y luego se dirá más de ella. Por lo que hace a la animal, también ahí mostraba CJC su ascendencia británica. En la terraza había instalada una enorme jaula llena de canarios, jilgueros y unos pájaros pequeños muy curiosos, con pinta de tucán en miniatura, que jamás supe cómo se llamaban. En el cuarto de estar una pecera redonda aumentaba, como una lupa, el tamaño de dos espantosos peces negros, de grandes bigotes, que mi padre hacía pasar por pirañas ante cualquier invitado que no supiera gran cosa de ictiología. Con los escépticos CJC utilizaba una fórmula infalible.

—Meta usted el dedo; métalo, y verá como son pirañas.

Yo, que he adorado a los anímales desde mi más tierna infancia, les tiraba de vez en vez un trocito de carne para ver si se lo comían, pero los peces ignoraban con gesto hierático la tentación. Mi libro de Ciencias Naturales decía que las pirañas se comían vacas enteras, pero no mencionaba sus gustos acerca de las migajas de croqueta y, como el texto no traía fotos, me quedé con la duda. En algún momento llegué a meter el dedo en el agua, pero lo sacaba enseguida, en cuanto uno de los peces mostraba el más mínimo interés por él, demasiado deprisa como para obtener ninguna conclusión terminante y definitiva.

El personaje de mayor altura de la casa de José Villalonga no era, sin embargo, ningún bicho. Era una mujer, Madó María Obrador, la cocinera. Una campesina grande, gorda y analfabeta, de un genio endiablado, muy aficionada a jugar a la lotería de los ciegos, que me quería, a su manera, con verdadera pasión, María, que era de Campos, un pueblo de la comarca de levante de Mallorca, hablaba el castellano por aproximación cambiando una gran parte de las vocales, más o menos la mitad de las consonantes y todos los finales de palabra, sin dejarse jamás ni uno solo. Con el transcurrir del tiempo la familia pudo incluso mantener un diálogo con ella; al principio nunca se sabía si te quedabas sin desayunar porque no había leche, porque era demasiado tarde o porque le daba la gana, sin más. Como mi padre tenía a gala no acercarse nunca a la cocina (sobre todo en invierno, no fuera alguien a creer que buscaba el calor del fuego) y María no salía jamás de su santuario, las relaciones de ambos eran aún más difíciles al añadirse, a la lengua, la distancia. Creo que la fobia de Camilo José Cela a todo lo que huela, aun de lejos, a actividad doméstica del tipo que sea (llevar las cuentas, arreglar los plomos, cambiar una bombilla, llamar al fontanero, hacer las camas, limpiar el cuarto de baño, fregar los platos, dar de comer a los animales, poner una inyección, abrir la puerta de la calle, contestar al teléfono, echar una carta al correo, pedir un taxi, reservar un billete de aeroplano o una mesa en un restaurante, hacerse un café... ) se reforzó muy mucho gracias a María, en el caserón de la calle de José Villalonga.

Cela, mi padre
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