Viaje a Mallorca
A la vista de cómo acababan los actos sociales en la capital, mis padres decidieron irse lejos de Madrid. Por vez primera se podían tomar unas vacaciones de verdad, unas jornadas de descanso lejos de los trenes de cercanías con bota de vino y bocadillo de tortilla de patatas, de las fondas de pueblo, del botijo y del pay-pay. Decidieron aprovecharlas a fondo pero, ¿dónde ir? Mi padre sugirió Mallorca, pero a Charo le daba cierto reparo irse a un sitio tan cursi y tópico, propio de las parejas de recién casados que se anunciaba en la prensa con unos dibujos en los que salían dos palomas enlazadas por el pico. Pero al fin se animaron a pasar allí una semana, así que, aprovechando la circunstancia favorable de que yo estaba en un colegio del que no me habían echado en todo un trimestre, Charo y CJC, a finales de aquel invierno del año 1954, se subieron al avión de Palma de Mallorca para huir del ajetreo madrileño. Nunca volverían a él. La escapada a Mallorca terminó, como es sabido, en un voluntario y gozoso exilio.
Iría Flavia fue, en la vida de CJC, el nostálgico recuerdo de una infancia añorada; Madrid, el violento y gozoso tumulto de una barojiana lucha por la vida. Pero el escritor eligió un lugar del todo diferente a esos dos mundos que tanto influyeron en su forma de ser, para encerrarse a escribir una parte esencial de su larga obra: la isla de Mallorca. El motivo de la marcha de Madrid fue, desde luego, más pragmático que visceral: entre el café Gijón, los amigos y la abundancia de dinero a CJC le hubiera sido imposible hacerse, en la ciudad, con la paz necesaria para redactar sus novelas.