El vagabundo

CJC es, en esa época, un vagabundo. Así se llama él mismo, como un personaje más de los incorporados a sus libros de entonces. Vagabundo tiene, en castellano, el sentido de alguien que carece de casa y convierte el camino en su único patrimonio. Vagabundo es, también, sinónimo de indigente, de persona que vive a contrapelo en una sociedad que le repele quizá porque él escupe también de vuelta hacia los salones cargados de lámparas.

¿Lo reconocen? ¿Es ése el Camilo José Cela que les suena? Sus amigos de siempre contestarán, sin la menor duda, que sí. Los demás... cualquiera sabe.

Pero el vagabundo existió; doy fe de ello. Escribió con letra menuda y cuartillas llenas de tachones, una y mil veces enmendadas para dar fe de la complejidad de todo parto, algunos de los libros de más peso de la literatura española del siglo último. Libros a menudo incómodos, difíciles, densos, violentos. Libros que no toleran la cursilería, ni la sumisión al poder, ni la mentira, ni la avaricia. Libros que, en ocasiones, le estrujan a uno el alma.

Cuarenta años más tarde, al vagabundo lo corona el rey de Suecia con los laureles más preciados que existen en el mundo de la literatura. No lleva ya la mochila, ni la boina, ni la bota a la cintura. Ha desaparecido la bayoneta rescatada de las trincheras de la Guerra Civil y también la bolsa con el pedernal y la yesca para encender los pitillos liados a mano. Ni atisbo queda de las botas aquellas de las siete leguas que cruzaron España toda, desde los Pirineos a las costas cercanas a África.

Miremos con cuidado las fotografías, sólo aparece en ellas un leve detalle de inconformismo: la pajarita negra allí donde el protocolo impone una blanca. Pero ni siquiera eso es signo de desafío; supone sólo el testimonio del privilegio porque la Real Academia Española concede la bula de la corbata enlutada. ¿Es, pese a todo, el mismo escritor de siempre? Cuando buscas la respuesta a una pregunta así se debe mirar a los ojos. Yo, en aquel instante, lo intenté, pero no pude encontrarlos.

Los premios avanzan. El Príncipe de Asturias. El Cervantes. Incluso alguno de aquellos a los que el vagabundo de siempre no aludía si no era con el desprecio colgado de sus palabras. ¡Qué sorpresa! ¿Puede cambiar tanto un hombre? ¿Tan grandes llegan a ser sus vaivenes? ¿Tan estremecedora la vuelta del revés de sus ropajes?

La fe se agota. Intentemos con la esperanza.

Cela, mi padre
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