«Visitante: observe usted el malévolo pingüino.»
Un buen día el pingüino desapareció. Nunca supimos quién se lo había llevado, pero debió de ser un alma muy liberal y tolerante en cuestiones de estética. El letrero permaneció todavía algún tiempo en la pared con su mensaje, ahora surrealista en ausencia del pingüino. Cuando acabó por caerse, utilicé la chincheta para hacerme una caña, pero me parece que no logré pescar gran cosa con ella.
A partir de la mitad del pasillo, mirando hacia el norte, se entraba en la zona noble, demasiado cerca, por cierto, de la habitación en la que se me permitía jugar. Venía primero un cuarto de armarios que estaba siempre lleno de libros, a falta de estanterías; después el dormitorio de mis padres, alfombrado suntuosamente con una moqueta gris algo apolillada; el comedor y el cuarto de estar que daba a él, por último, estaban dominados por una enorme cabeza de ciervo sobre la chimenea. En realidad toda esa parte de la casa me quedaba vedada porque mi padre tenía que trabajar, o leer, o dormir y mi presencia no contribuía al éxito de ninguno de esos tres propósitos. Pero en la mañana del día de reyes los juguetes aparecían depositados en la alfombra de la sala, bajo la mirada vigilante del ciervo, y eso bastaba por sí solo para que durante todo el año, a la menor ocasión, aprovechase para explorar a fondo un territorio tan prometedor. De esa manera descubrí los libros (las paredes estaban cubiertas de librerías altas hasta el techo), la comodidad de los sillones de orejas que ahora, Dios sabrá por qué, no existen ni en los museos, los alfileres que se escondían en el polvo prensado que queda dentro de las rayas de la madera del parquet y el terror. Me espantaban en especial tres cosas: la cabeza disecada del ciervo, una jarra alta de cristal en tonos azules y verdes, con el vientre en forma de cara de pez, y un cuadro gótico, imagino que falso, con un ángel jorobado y retorcido que sonreía, bien a su pesar, con resignación.
Supongo que me hubiera debido aterrorizar también mi padre, pero lo cierto es que casi no le veía. Del Arriba volvía muy tarde y, ya en casa, dormía y trabajaba a unas horas un tanto imprevisibles. Como mi idea de lo que es el silencio no coincidía con la suya, pasaban días enteros sin que nos cruzásemos. Una vez, como se verá más adelante, estuvo cinco meses seguidos en Venezuela reuniendo el material necesario para escribir La catira. Cuando llevaba diez o doce semanas fuera le pregunté a Charo si mi padre no iba a venir hoy a comer.