Gavilla de fábulas sin amor
Mi padre volvió a casa de Picasso otras veces, acompañado de amigos como Cesáreo Rodríguez Aguilera, Tomeu Buadas y Jaume Pía. En el mes de junio de 1960, en ocasión de su segundo viaje a La Californie, Camilo José Cela se presentó con los pliegos del número extraordinario de Papeles dedicado a Picasso, bajo el brazo. Le acompañaba Anthony Kerrigan, quien publicó al mes siguiente una hermosa crónica de la visita en la misma revista. Mi padre, cargado de razón, pretendió que yo fuese también a ver a Picasso pero, cuando se tienen catorce años, la escala de los valores está algo alterada y preferí quedarme en Palma tomando el sol. Mi padre, siempre respetuoso con mis opiniones por idiotas que éstas fueran, no insistió. Y así fue cómo me quedé sin conocer al mayor genio de la pintura de nuestro siglo; todavía lo lamento porque, además, nunca me gustó gran cosa el ir a la playa.
Pablo Picasso, al ver el número de Papeles dedicado a él, quiso hacer un dibujo diferente en cada uno los ejemplares destinados a los colaboradores del homenaje. La Californie enmudeció mientras de su lápiz salían mágicas líneas de colores que se iban convirtiendo en árboles, flores, pájaros y trasgos. A medida que avanzaba el trabajo, mi padre se animó a hablarle a Picasso de un proyecto que le rondaba ya por la cabeza. Si el pintor estaba de acuerdo, el próximo libro de Camilo José Cela sería una historia alrededor de esos dibujos que nacían en las páginas de Papeles, Pero Picasso no estuvo de acuerdo.
—Mejor al revés. Yo haré un poema y tú lo ilustras.
Pablo Picasso tenía un montón de cuadernos en los que había dibujado todo tipo de poemas. Comenzó a leerlos en voz alta, con su voz ronca y su acento entre malagueño y catalán en el que se colaba, de vez en vez, un cierto aire del Midi. Durante toda una hora el aire de La Californie se llenó de un agrio sabor de nostalgia.
Camilo José Cela copió de su puño y letra un curioso y bellísimo párrafo de los que había leído el pintor y hasta se atrevió y todo a dibujar las viñetas para los versos de Pablo Picasso. Así nació Trozo de piel, el primer poema de Picasso que se publicaría en lengua española. De Trozo de piel se hizo también otra segunda edición ilustrada en la que Jacqueline, y no CJC, se encargó de dibujar una flor para el poema de Pablo.
No tardó mucho tiempo Picasso en dar su visto bueno al proyecto de un libro que reuniese sus dibujos de Papeles y los textos de Camilo José Cela; ¡era urgente darle un nombre! Como iba a tratarse de una gavilla de cuentos, la primera parte estaba ya resuelta. Quedaba el resto, pero pronto surgió un título feliz; Gavilla de fábulas sin amor, por lo desgarrado de los dibujos y lo tremendo de las palabras. CJC quiso estar a la altura de los trazos, torturados y sencillos a la vez, de las ilustraciones y compuso unos cuentos muy celianos que si no se han divulgado mucho debe ser por el carácter de libro de lujo de la edición. Gavilla de fábulas sin amor incluyó no sólo todos los dibujos que hizo Picasso para su número extraordinario de Papeles; figura en ella, además, una punta seca que el pintor le prometió a CJC como especial homenaje al libro de ambos. Como era de esperar, CJC no quiso dejar ningún cabo suelto y volvió a casa de los Picasso, acompañado de Jaume Pía, a cuidar los detalles del grabado y de la edición en general. La punta seca corrió cierto peligro porque Picasso, aprovechando un descuido, la grabó sobre un trozo de canalón de cinc en vez de usar las exquisitas planchas de cobre, tratadas aposta, que le habían llevado y había perdido. La habilidad artesanal de Jaume Pía pudo salvar más tarde, no sin apuros, la situación.
Pero Gavilla debía pasar aún por una inesperada prueba; quedaba todavía pendiente un aspecto en el que nadie había acertado a pensar. Un libro compuesto al alimón por dos personajes tan iconoclastas como Picasso y Camilo José Cela no era algo que la censura estuviese dispuesta a dejar salir adelante sin gritar su última y desagradable palabra.
No es fácil que ningún lector actual de Gavilla de fábulas sin amor entienda cuáles podían ser los pleitos del libro con la censura. Hay que situarse en la España de los primeros años sesenta para comprender el tamaño del escándalo y el alcance de la provocación. El ministro encargado de la censura en aquella época, Gabriel Arias Salgado, era un personaje que creía no sólo en la existencia del diablo sino también en su capacidad de tomar cuerpo mortal en la persona de notorios escritores y artistas. Arias Salgado fue con toda probabilidad uno de los ministros más consecuentes del franquismo: se veía obligado en persona a lograr la salvación de las almas de los españoles, así que no iba a cometer la torpeza de comprometer su causa aprobando un libro semejante. Porque Gavilla era algo que caía fuera de lo tolerable para la administración del general Franco. El texto se consideraba blasfemo y, de los autores, ¿qué cabe añadir? Picasso era considerado como el gran enemigo del régimen: ateo, comunista, librepensador, posible masón y, lo que es peor de todo, célebre. Los particulares apuros de CJC con la censura en ocasión de La familia de Pascual Duarte y La colmena ya se han narrado; más pintoresco todavía fue el episodio de El Gallego y su cuadrilla, publicado en el año 1951. Se trataba de una colección de «apuntes carpetovetónicos», de cuentos escritos en los veranos de Cebreros, que tomaba el nombre de uno de ellos. Hubiera podido llamarse La romería, o El café de la Luisita, o Pregón de feria, pero CJC le puso el nombre del cuento en el que narra la trágica novillada de un torero, El Gallego, que hace su faena en camiseta en un pueblo de la provincia de Toledo. Una autoridad demasiado sutil vio en el título del libro una clara alusión al general Franco y su gobierno, con lo que la denuncia llegó hasta el Consejo de Ministros. Parece ser que Franco le preguntó a su picajoso subordinado si había leído el libro y allí acabó todo, porque resultaba que no, que no había llegado nunca a leérselo.
Sea como sea, tales precedentes no ayudaron demasiado a que Gavilla pudiera publicarse. Pero CJC no iba a cejar en su empeño así como así. Se fue hasta El Escorial a ver a Saturnino Álvarez Turienzo, un sacerdote y teólogo de gran prestigio, llevándole el libro para que emitiera su capacitada opinión. Fue favorable. Álvarez Turienzo no encontró en él nada que fuera de especial gravedad para la Iglesia católica, ni para la salvación de sus fieles; habida cuenta del año que corría, con el turismo esparciendo sus tentaciones por toda la costa, el padre Álvarez no hizo sino gala de una profunda sensatez.
Con el nihil obstat de un hombre de la Iglesia como Álvarez Turienzo, la censura, aun a regañadientes, no tuvo más remedio que dejar pasar el libro. Era el mes de febrero de 1962 y Camilo José Cela escribía, en un tono algo hiperbólico, a Jacqueline Picasso:
Acabo de regresar de Madrid, donde luché heroicamente para librar mi texto de las garras de la censura. Aunque la lidia no fue fácil, al final pude salirme con la mía y salvar mis páginas sin una sola tachadura. Una etapa más.
Pero su optimismo no estaba en modo alguno justificado. Una vez impreso el libro, el ministro Arias Salgado montó en cólera. Se confirmaban de sobra todos los malos augurios, todas las sospechas. Los textos eran blasfemos, dijeran lo que dijesen los teólogos. Y había que añadir los dibujos, pornográficos en la opinión de tan notable autoridad en materia de escándalos. Así que se cernió sobre el libro la orden de prohibición y la amenaza del secuestro. El ciclo de conferencias con el que CJC pensaba presentar su Gavilla en Madrid pudo realizarse, pero a la prensa se le ordenó silenciarlo. Es probable que no toda la culpa fuera del libro; unos intelectuales españoles acababan de hacer público por aquellas fechas un manifiesto en el que se pedía la desaparición de la censura y la puesta en marcha de ciertas libertades. El episodio terminó con la deportación de los más notorios y a CJC, que también había firmado el escrito, no se le mandó a las islas Canarias (al fin y al cabo ya estaba en las Baleares) pero se le atacó por su lado más débil: el del libro recién aparecido.
Aun así la buena suerte de los osados y los tenaces se iba a poner, una vez más, del lado de mi padre. Unos meses más tarde, en el verano del mismo año del Señor de 1962, el general Franco daba paso a una remodelación de su gabinete que estaba destinada a pasar a la historia. Dentro de esa maniobra de puesta al día, la cartera de Información se dejaba en manos de un joven y prometedor político gallego, desconocido hasta el momento, que se llamaba Manuel Fraga Iribarne. Una de las primeras iniciativas de Fraga fue la de levantar el veto que pesaba sobre las novelas de Camilo José Cela; La colmena pudo, por fin, recuperar su pie de imprenta genuino. Y Gavilla de fábulas sin amor tuvo una nueva oportunidad. El día primero de octubre de ese mismo año, 1962, CJC escribía a los Picasso:
Acabo de regresar de Madrid con la satisfacción de ver que la actitud del nuevo Ministro de Información con respecto a Pablo, a mí y a nuestro común libro Gavilla de fábulas sin amor, es exactamente contraria de la de su antecesor. A raíz del nacimiento del libro —que ya en censura había tenido sus serias dificultades— la ira del anterior Ministro, exacerbada por el hecho de haber firmado yo algunos manifiestos contra la censura, cayó sobre mis flacos lomos con todo su entusiasmo: se prohibió hablar de él, se prohibió dar cuenta de las conferencias e incluso anunciarlas, se me amenazó con la cárcel y con la retirada del libro por la policía, etc. Como veréis, todo un ilusionador programa. Me puse al pairo, ya que para algo soy marinero, y esperé a que el temporal amainase. La estúpida actitud del anterior Ministro me colocó al borde de la ruina y de la desmoralización, y preferí no deciros nada —o casi nada— hasta que las aguas volvieran a sus cauces. Esto es lo que ahora ha ocurrido. El nuevo Ministro me llamó, me hizo muy cumplidos elogios de la edición, se declaró picassiano y celiano y me dijo, claramente, que el libro no sólo podía circular con entera libertad sino que se sentía orgulloso de que se hubiera realizado en España.
La llegada de Fraga al poder supuso la desaparición de la consulta previa obligatoria y la promulgación de una novedosa Ley de Prensa. Para CJC fue, sin duda, un paso decisivo hacia una situación casi normal. Dejó de ser considerado, entre todos los escritores que permanecían en España, como el enemigo número uno del régimen. Todavía tuvo sus problemas con los censores pero se le permitió, al menos, defender sus puntos de vista. A partir de ese momento, nada iba a ser igual.