Teoría de la novela

En el otoño de 1954 mis padres volvieron a Madrid. Tuvieron que hacerlo un poco porque querían organizar su traslado definitivo a Palma, otro poco por el remordimiento (de Charo) ante sus deberes maternales algo descuidados durante el anterior invierno y, sobré todo, porque La catira estaba ya lista para ser enviada al editor. La publicó Noguer con el antetítulo de Historias de Venezuela y salió a la calle en el mes de mayo del año siguiente. Con el manuscrito terminado, CJC volvió a Venezuela en busca del jugoso resto de sus derechos de autor. Le costó menos, un mes y pico esta vez, hacerse con los duros. Se conoce que se había vuelto ya un experto en la lidia de funcionarios codiciosos. Pero aun así tuvo sus problemas; las críticas locales, que censuraban por sistema la elección de un escritor extranjero para promover el nombre de Venezuela, habían creado un ambiente un tanto hostil. Se añadía además el hecho de que no pocos de los interesados esperaban otra cosa del libro, algo así como un florilegio acerca de las virtudes caribeñas apto para ser utilizado sin necesidad de adaptación alguna como propaganda en las agencias de turismo. La catira era, desde luego, otra cosa. La catira es la novela más novela en el sentido clásico de la palabra de todas las que había escrito hasta el momento Camilo José Cela. Cuenta una historia más bien ortodoxa, con personajes definidos y un esqueleto nada innovador. No era la primera vez que CJC hacía algo así (recuérdese, por ejemplo, Pabellón de reposo e, incluso, La familia de Pascual Duarte), pero tras el enorme éxito de La colmena, se le echaba en cara que sus novelas no eran en realidad novelas. Tampoco eran cuentos largos, ni, claro está, obras de teatro. No se sabía qué eran y eso ponía muy nerviosos a los críticos.

CJC tenía razones sólidas para rebelarse contra las normas establecidas. Años atrás un prócer madrileño, director de una editorial y muy amigo suyo, le había encargado una novela corta dándole severas instrucciones al respecto. Estaba de acuerdo en correr el riesgo de sacar algo de mi padre, pero no a cualquier precio.

—¡Tú déjate de coñas y de modernismos! ¿Está claro? Planteamiento, nudo y desenlace: eso es lo que tiene que tener una novela. Planteamiento, nudo y desenlace; lo demás son modernismos y ganas de marear.

El mensaje quedaba clarísimo, y mi padre escribió Café de artistas sin olvidarse de ninguno de esos imprescindibles elementos de la acción. Luego, como cruel venganza, publicó un cuento que se llamaba así, Planteamiento, nudo y desenlace y que contaba con fidelidad la historia de los consejos acerca de cómo escribir un libro. El prócer, aun así, no sólo no le retiró el saludo sino que siguió apreciándole mucho. Puede que no leyese el cuento. No doy más datos para evitar conflictos diplomáticos tardíos y porque se trata de un amigo de los que lo fueron de verdad.

Aun cuando de manera oficial Camilo José Cela desdeñaba las críticas, lo cierto es que dedicó no pocos prólogos a explicar que una novela es cualquier colección de folios un poco abultada en donde debajo del título ponga la palabra «Novela». Para no perder la costumbre, la edición de La catira en La Obra Completa de Camilo José Cela incluye un prólogo, escrito en Palma y fechado en el Día de Difuntos de 1968, en el que se hacen extensas consideraciones acerca del argumento como base del género novelesco. Pero la fórmula no le debió convencer demasiado: ninguna de sus obras posteriores sigue los derroteros clásicos de La catira, los caminos que mi padre remite en sus prólogos a los grandes novelistas clásicos como Baroja o Pérez Galdós.

Quizá para descansar de tan complejos pensamientos, en el mes de junio del año 1955 la familia se trasladó de nuevo a Villa Clorinda, de veraneo, pero con la firme intención de no volver nunca a Madrid. Comenzaba entonces una nueva etapa, la de la residencia oficial del escritor en la isla de Mallorca, inaugurada con el año sabático que Camilo José Cela se había concedido para patearse los dólares venezolanos.

Cela, mi padre
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