Los vecinos: Manuel Viola

Vecinos hay muchos en una casa doble de ocho plantas y cuatro viviendas en cada una de ellas. Médicos, periodistas, arquitectos, notarios y hasta un hermano de mi abuelo, Pío Cela, ingeniero de Caminos Canales y Puertos. Pero al otro vecino que recuerdo muy bien, aparte de César González Ruano, es el pintor Manuel Viola. Los Viola y mis padres eran también muy amigos y se veían a menudo, aunque de haberse tratado de un extraño creo que me habría resultado imposible no acordarme de él.

Viola nunca fue un pintor de escuela pese a que, después de muerto, se reconoció que había tenido un papel importante dentro del informalismo. Sus cuadros eran fogonazos vitales de un color que se derramaba a ráfagas fuera del lienzo y quedaban muy lejos de todo lo que se hacía entonces. Creo que sí alguna vez hubo un artista que entendió lo que pudo ser el primer segundo de la vida del universo fue él en persona, y cuando pintaba un cuadro se limitaba a trasladar a la tela su misma forma de ser.

Para mí Viola era un señor mayor, con el pelo blanco y alborotado y la voz ronquísima, apagada por el tabaco, el vino y el cante jondo. Vivía con su mujer, Laurence, que era pequeñita y francesa y tenía un genio endemoniado. Quizá para olvidar tantos males, Manolo Viola estaba rodeado de continuo de gitanos, en una juerga flamenca que se sucedía noche tras noche para desesperación de quienes intentaban dormir.

Los Viola tenían en su casa tres realquilados con derecho a cocina que ni se inmutaban cuando aquello se llenaba de visitas. Yo subía poco a casa de los Viola, pero oía los comentarios de mis padres y rara vez dejaban de aparecer en ellos los realquilados. En primer lugar, un ex combatiente, empleado del Museo del Trabajo que, quizá a título de compensación, era muy vago y se pasaba el día tirado en la cama. El ex combatiente había inventado un aparato para cocer boniatos, lleno de válvulas y tornillos, al que Laurence llamaba «Le boniatófero» haciendo grandes esfuerzos para mantener el esdrújulo.

Estaba también de inquilina una señora extranjera, finísima, que despreciaba al resto de la tribu con gesto altivo y lo encontraba siempre todo mal, pero sus aires de superioridad se acabaron cuando Manolo Viola descubrió que la señora bacía trampas con el contador del gas. La otra realquilada era madre de un sargento de Infantería, hacía encaje de bolillos en la acera, delante del Pon Café, y pagaba su estancia con un chusco diario de los de reglamento. Como en la casa no quedaban ya cuartos libres, la madre del militar dormía en un jergón arrinconado en el estudio de Viola, un cuarto que servía un poco para todo. Durante las juergas de fandangos y soleares y las tertulias que se organizaban casi cada noche para hablar de arte y literatura, la anciana se quedaba calladita y acurrucada en su rincón, indiferente a todo lo que sucedía a su alrededor, esperando a que pasase la tormenta. Para mí que debía ser discípula de algún filósofo estoico y a lo mejor hasta llegó a publicar algún importante tratado sobre el ascetismo, pero la verdad es que no hay forma de saberlo a ciencia cierta porque no recuerdo su nombre.

Viola le regaló a mi padre algunos cuadros falsos muy hermosos (puede que se los comprase CJC, que eso nunca quedó muy claro). Manuel Viola era capaz de pintar Chagalls, Kandinskys y Modiglianis tan bellos como los originales. No copiaba jamás ningún cuadro; se limitaba a pintar «a la manera de» y los resultados eran sorprendentes. Me sé bien la historia de por lo menos dos de esos cuadros falsos, que fueron mostrados más tarde a sus supuestos autores. El primero de ellos, un Chagall en tonos azules, con un hombre-cabra danzando en el aíre, provocó las iras del pintor cuando se envió a París para que lo examinase. El anciano y malhumorado genio tomó un pincel y escribió, con grandes trazos, C’est un faux, firmando luego, también a lo largo del cuadro, Marc Chagall y añadiendo, por si cupiera todavía la duda, la signature est fausse. El cuadro falso, con su rechazo verdadero, está colgado ahora en la casa de mi madre de Son Buit.

El Miró tuvo una historia parecida. Era un óleo grande y hermoso, aunque la verdad es que Manolo Viola no prestó gran cuidado en esta ocasión a los colores que, en unos tonos ocres y naranjas, resultaban lo que se dice muy poco mironianos. No he visto jamás una gama así en ninguna de las obras de Miró, si exceptuamos algún que otro grabado, en verdad falsos, que se venden en el Fisherman's Wharf de San Francisco. Fue todo un poema cuando Joan Miró, tan tímido y delicado como siempre, se acercó por primera vez a la casa de mis padres de la calle de José Villalonga 87, en Palma de Mallorca. Cuando CJC le enseñó el óleo, el pintor no sabía qué decir. SÍ la tela hubiera quedado un poco más dentro de su estilo, Miró habría podido despachar el asunto con una amable sonrisa, concediendo sin decir nada, pero la gaffe era tan notoria que no había manera de mostrarse indiferente. Tragó saliva y, haciendo de tripas corazón, pronunció las palabras fatídicas.

—Es falso. Yo no he pintado nunca ese cuadro.

Camilo José Cela, al oírlo, se levantó de golpe y agarró un cuchillo de encima de la mesa. Miró se sobresaltó muchísimo, quizá temiendo por su vida, y casi ni se atrevió a abrir los ojos mientras el escritor, con gesto decidido y a grandes pasos, se iba hasta el cuadro y lo hendía de arriba abajo, de forma lenta y dramática, hasta dejarlo del todo mutilado. Joan Miró se quedó de piedra.

—¡Pero qué hace usted! ¡Podría haberlo vendido!

La historia tiene un feliz final. Charo, mi madre, remendó el cuadro con infinito cuidado, cosiendo el costurón con puntas sólidas y firmes, y el pintor se lo llevó luego a su estudio. Al cabo de mucho tiempo, cuando mis padres vivían ya en La Bonanova, lo trajo de nuevo. Sobre la misma tela, en la que asomaban todavía algunos de los trazos primitivos, Joan Miró había pintado un óleo de colores, ahora sí, muy suyos; un cuadro de una fuerza enorme a la que prestaba empaque, desde luego, la cicatriz. Miró escribió por la parte de detrás, de su puño y letra, la historia de la falsa tela apuñalada que había dado lugar a una obra auténtica. Creo que ese cuadro es ahora uno de los mejores óleos que conozco del pintor, aunque puede también que mi opinión no sea la más imparcial de todas las posibles.

La historia final del cuadro pertenece a los años oscuros. Se me permitirá, aunque sólo sea invocando la piedad, olvidarme de ella.

Cela, mi padre
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