Lo colmena
Cuando la gente habla de Camilo José Cela suele identificarle, ante todo, con La familia de Pascual Duarte. Es una novela sorprendente, desde luego, y más aún si se tiene en cuenta que fue la opera prima de un escritor de veinticinco años; a esa edad CJC había adquirido ya una madurez literaria envidiable. Pero no es el libro que más me gusta de los de mi padre. Hay tres novelas dentro de la obra de Camilo José Cela que forman una especie de ciclo y que yo destacaría sobre el resto: La colmena, San Camilo, /1936 y Mazurca para dos muertos. Todas ellas retratan el mundo que da vueltas alrededor de la Guerra Civil, las gentes que protagonizaron, de grado o por fuerza, esa orgía extraña y cruel y se instalaron para siempre jamás en la memoria del escritor, parasitando su conciencia.
Camilo José Cela escribió cinco versiones distintas de La colmena, muchas de ellas a salto de mata y en lugares imposibles de señalar. Pero la última tiene una localización precisa: fue redactada en Cebreros, durante el segundo verano de nuestra estancia allí y en la peor de las casas que llegamos a ocupar en el pueblo. Estaba en el barrio del Azoguejo y tenía dos plantas. Mi padre escribía en la cocina del piso de arriba, un cuarto al que había que entrar acurrucado para no dar con la cabeza en el techo. En medio de la cocina estaba la mesa que le había prestado el Cartujo y, sobre ella, las cuartillas, la pluma y el frasco de tinta. Los útiles para escribir de Cebreros eran idénticos a los que yo había visto antes en Madrid y a los que vería después en Pollença, o en Palma, o en cualquier parte del mundo en la que Camilo José Cela estuviese escribiendo.
Porque CJC escribía siempre a mano, mojando la pluma estilográfica en el tintero para no tener que cargarla y poniéndose pringados, de paso, todos los dedos. Observémosle bien. Traza las palabras con extrema lentitud, como dibujándolas, y corrige muchísimo, dando vueltas y más vueltas a los originales, A la hora de enmendar, es implacable; tacha con infinito cuidado lo que no sirve, emborronándolo a conciencia para que no pueda leerse nunca más ni aun haciendo un gran esfuerzo, e intercala luego las nuevas frases y los párrafos añadidos, una y otra vez, colocándolos, con letra diminuta, allí donde queda sirio. Los remiendos ocupan márgenes, espacios entre renglones y esquinas, con las líneas que los sitúan en su lugar cruzando por encima del texto hasta que la página, a fuerza de enmiendas, tachaduras, referencias y borrones, acaba convertida en una tela de araña casi imposible de descifrar. Tan sólo Charo, con una paciencia infinita y todo el amor del mundo, es capaz de traducir el manuscrito y pasarlo a unas cuartillas susceptibles de ser enviadas a la imprenta; muchas veces ha tenido que utilizar la ayuda de una lupa para conseguirlo.
En Cebreros CJC escribía, como ya se dijo, por las noches, cuando el calor dejaba de apretar y los grillos sustituían al chirrido de las cigarras en el coro del pueblo. La luz de la cocina quedaba encendida hasta muy tarde en medio de la calma del Azoguejo y atraía al principio la curiosidad de los vecinos de Cebreros, pero pronto dejaron de prestarle atención. Eran cosas del señorito de Madrid.