Poetas en Formentor
Reunir a medio centenar de poetas en un sitio remoto es tarea difícil y compleja donde las haya. Pero Camilo José Cela la abordó con una planificación tan digna y rigurosa, al menos, como la de un congreso de expertos en Inteligencia Artificial, Las Conversaciones Poéticas de Formentor tuvieron lugar entre el día dieciocho y el veinticinco del mes de mayo de 1959, cuando Camilo José Cela había fundado ya sus Papeles de Son Armadans, estaba a punto de publicar su Primer viaje andaluz y se había incorporado a la nómina de los miembros de la Real Academia Española. Pero los trabajos de preparación y organización comenzaron desde mucho tiempo antes. El primer paso de todos consistió en hacerse con el lugar indicado para que poetas de seis diferentes lenguas y muy diversas procedencias pudieran hablar de su obra con la comodidad imprescindible y el sosiego pertinente. Formentor era, sin duda, la mejor de todas las posibles alternativas. Aislado en medio del enorme pinar que llena toda la península del mismo nombre, el lujoso hotel, con su inequívoca vocación novecentista, su extensa nómina de huéspedes ilustres y su merecida fama, era un escenario capaz de mover a cualquier poeta no sólo a llegarse hasta Mallorca sino a compartir su gloria, además, con ánimo incluso tolerante. Teniendo en cuenta la larga lista de celebridades a la que se dirigía la invitación, era imprescindible lograr que se suavizase la barrera que existe siempre entre dos genios cualesquiera de la talla de los previstos. Formentor podía contribuir no poco al milagro. Pero el hotel nunca había tenido que vérselas con una tropa poética de tanto relieve.
Por fortuna, el director del hotel Formentor (y uno de sus principales accionistas) era Tomeu Buadas, el mismo que se encontró Camilo José Cela al frente del hotel Maricel a su llegada a la isla, Tomeu Buadas fue el personaje de más talla humana y cultural que iba a encontrarse en Mallorca CJC; la trágica muerte de Tomeu en un accidente de aviación privó a la isla de forma prematura y aciaga, sin duda, de uno de sus más capacitados valedores. Al enterarse del proyecto de CJC, Tomeu se volcó entusiasmado en la idea y, de tal suerte, las conversaciones poéticas encontraron, a la vez, el lugar idóneo y el anfitrión capaz de asegurar su éxito.
Para no dejar ningún cabo suelto, CJC montó una secretaría permanente, atendida por Mabel Dodero, la que luego sería su más asidua y fiel secretaria. En un papel impreso para la ocasión, en el que un ángel de la colección Guasp de grabados antiguos vigilaba con mucho tiento todo lo que se decía bajo el membrete, CJC fue surtiendo a los conversadores primero, y a los asistentes después, de hasta catorce circulares en las que se les informaba de todo detalle cuanto cabía imaginar: desde los horarios del almuerzo y la comida del hotel Formentor hasta la ropa que era razonable llevar a Mallorca en el mes de mayo (traje y corbata obligatorios por la noche y la sugerencia, un tanto anómala tratándose de poetas, de meter en la maleta el esmoquin); el remate final lo ponía la decimocuarta circular, aquella que en el epígrafe de «Asunto» contenía una única palabra: Adiós.
Algunas de las circulares se apartaban de los detalles protocolarios para entrar en materia de mayor enjundia. La novena, por ejemplo, indicaba que José María Llompart iba a encargarse de la Secretaría Literaria de las Conversaciones (así, con mayúsculas), y la que lucía el número trece llamaba la atención de los autores remolones encareciéndoles, con gran amabilidad, que entregasen las cuartillas que debían incorporarse al Poemario de Formentor. La quinta circular daba fe de la creación, en una dependencia pequeña situada a cien pasos del hotel, del Club de los Poetas con una biblioteca destinada a recoger las obras de todo cuanto vate pasase por Formentor; otra iniciativa que había que agradecer a Tomeu Buadas. Pero las dos circulares que más interés tienen, desde mi punto de vista, son las que reciben los números cuatro y diez.
La cuarta circular es todo un monumento al tono reglamentista que dio Camilo José Cela a una reunión de poetas que, en principio, cabía imaginar como algo bien distinto del ordenado cónclave de accionistas de un establecimiento banca— rio. Reproduzco con fidelidad su contenido. Bajo el encabezamiento de «Asunto: Presidencia», figura lo que sigue:
Mi distinguido amigo:
Aunque nuestras Conversaciones tienen, efectiva y deliberadamente, carácter de tales y de ellas intentamos apartar todo lo que pudiera restarles espontaneidad y sencillez, no por eso debemos permitir que pudieran convertírsenos en una tertulia sin pies ni cabeza y a lo que saltare. Para evitarlo, C.J.C. ha arbitrado la solución de proponer a los poetas una Presidencia Colegiada, compuesta por seis de nuestros compañeros que velarían, un día cada uno, por el buen y amistoso orden del diálogo.
Seguía a continuación la candidatura «que C.J.C, se toma la libertad de someter a su consideración con el ruego de que se sirva votarla en la junta previa del día 18», candidatura que, en un alarde de diplomacia y compromiso, iba haciendo suceder como presidentes a poetas castellanos, catalanes y gallegos y dejaba fuera de la norma sólo dos días porque:
El día de la llegada y el de la salida los consideramos inhábiles a nuestros efectos y tan sólo en el primero —y muy brevemente— se celebrará la junta previa de la que más arriba le hablo y que será presidida (concepto que él enriende excesivo) por C.J.C.
La circular estaba firmada por José María Llompart, el Secretario Literario de las conversaciones, pero no hace falta ser un crítico muy sagaz para adivinar la mano del propio CJC en su redacción. Basta el paréntesis del «concepto que él entiende excesivo» para confirmarlo. Gracias a ese secreto a voces podemos detenernos en algunos de los giros de la circular, verdaderas perlas que pueden llevarnos, á la Freud, a intuir el talante con el que mi padre había organizado sus conversaciones. Hasta el más breve y presuroso análisis nos servirá para confirmar, sin lugar a dudas, su pasión por el despotismo ilustrado. El énfasis en la espontaneidad y la sencillez y el uso del condicional («velarían») en esa cuarta circular no pueden ocultar, desde luego, que se estaba proponiendo una candidatura única. La idea de que semejante cardumen de poetas iba a conducir a una tertulia anárquica, sin pies ni cabeza, era quizá la que obligaba a añadir la fórmula ritual de «con el ruego de que se sirva votarla». En la administración pública, como es sabido, las órdenes se dan así. Los verdaderos ruegos utilizan la expresión «se digne» y no «se sirva». A un perfeccionista como CJC no se le podían escapar esos detalles.
Creo que si Camilo José Cela hubiera repetido más tarde su reunión de poetas locuaces habría utilizado unos giros idénticos, o al menos muy parecidos, aunque lo más probable es que hubiese eliminado lo de «nuestros compañeros». Es ésa una fórmula ritual muy degradada en los últimos tiempos.
La segunda de las circulares a las que aludía antes, la que lleva el número diez, también merece ser transcrita sin quitar ni añadir una sola coma. El asunto se refiere, esta vez, a la «Invitación a los Sres. Guillen y Ridruejo», y dice así:
Distinguido señor:
La lógica situación de incomodidad creada entre los poetas invitados por las dudas surgidas en torno a la presencia o ausencia de los Sres. D. Jorge Guillén y D. Dionisio Ridruejo, ha podido ser disipada. Don Jorge Guillen, en la actualidad fuera de España, a donde, por ahora, no ha de regresar, nos enviará un mensaje que será leído, durante las Conversaciones, por C.J.C. La tan deseable presencia del Sr. Ridruejo entre nosotros, ha sido conseguida durante el último viaje de C.J.C. a Madrid, a través de los contactos entablados con el citado señor y con las autoridades, con lo que han desaparecido, por fortuna, las nubes que oscurecían nuestro horizonte.
Firmaba, en esta ocasión, Mabel Dodero, pero imagino que tampoco es demasiado difícil otorgarle al propio CJC el mérito de la redacción. Aun así, quizá necesite traducirse algo, a beneficio de los lectores que no hayan conocido la España de 1959. La circular dejaba patente, por un lado, que Jorge Guillén no quería volver a España tan pronto desde su exilio y, por otro, que a Dionisio Ridruejo, tan vigilado como siempre por «las autoridades», se le permitía a la postre acudir a Formentor pese a que allí se encontraría con rojos tan notables como Blas de Otero, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo o Gabriel Celaya. Puede que el burócrata de turno, al ver en la convocatoria eso de «Conversaciones Poéticas», no siguiera adelante con su lectura.
La reunión de los más notables poetas españoles del momento transcurrió con paz y felicidad, sin mayores sobresaltos ni más desdichas que las preceptivas. Las manías particulares de los poetas ocasionaron ciertos quebraderos de cabeza en el hotel Formentor, pero Tomeu Buadas había aleccionado con severidad a sus empleados y nadie se extrañó, por ejemplo, de que Dámaso Alonso se presentase con unas cortinas negras en el equipaje porque no toleraba que le entrase luz en el cuarto. Mabel Dodero se vio asediada y requerida de amores por algún que otro poeta demasiado inspirado por el ambiente bucólico de la playa y el pinar pero, en general, las historias de celos y pasiones fueron las habituales de ese tipo de reunión. La prudente orden de que la barra del bar no abriese hasta el atardecer, cuando el coloquio del día había terminado, ahorró, por lo visto, no pocas dificultades.
El mayor conflicto se desató en ocasión de un improvisado homenaje a Costa y Llobera, autor de un hermoso poema dedicado a un pino de Formentor. Por iniciativa de algún alma bienintencionada pero, sin duda, cándida, dos poetas, uno catalán y otro castellano, le ofrendaron una corona en la cala Murta, cerca del hotel. Los poetas gallegos tomaron muy a mal su marginación, aunque era del todo involuntaria, y se armó un conato de motín. Fue una suerte que ni los poetas franceses, ni los ingleses, ni los alemanes, se enterasen de qué iba el pleito. Hubiera sido muy complicado repetir el acto con una nueva corona transportada, esta vez, por seis poetas. Las necesidades de simetría habrían conducido a dar vueltas, monte abajo, para alternar la cabecera, con seguro riesgo de algún que otro esguince de tobillo.
Las «Conversaciones de Formentor» no tuvieron secuela. Pero otro acontecimiento organizado por Carlos Barral que nació un poco a su sombra, el Coloquio Internacional sobre Novela, alcanzó a través del Premio Formentor larga vida y prestigio internacional. Tanto Tomeu Buadas como su hotel se lo merecían, bien es cierto.