Algo acerca de la ideología del escritor
La crítica acogió la nueva novela de Camilo José Cela con división de opiniones. Se alababa la maestría del lenguaje y, en algunos casos, el recurso literario de la mirada hacia dentro. Pero hubo no pocas reticencias acerca de la carga ideológica del libro. San Camilo, 1936 era una novela ambientada en la Guerra Civil, pero ajena al contenido político de cualquiera de los dos bandos contendientes. De una forma deliberada, el héroe no era nadie. Creo que la España de entonces, de 1969, no podía entender un planteamiento de ese tipo, porque CJC se adelantaba a su tiempo histórico vaciando de pasión ideológica la contienda. El individuo en su más extrema forma, un individuo al que jamás se nombra y que permanece ajeno a las pasiones políticas, era el protagonista del libro. Algo difícil de digerir cuando estábamos acostumbrados a mirar hacia atrás en términos de clases sociales, asignando de manera global los respectivos papeles de buenos y malos. Yo, la verdad sea dicha, he tardado en entender el sentido ideológico de la novela. En aquel entonces me cegaba el vivir bajo un régimen tan anómalo como el de Franco y consideraba del todo injusta la sentencia que mi padre me dedicó para ver si llegaba a aclararme.
—No le des más vueltas, hijo. Lo más parecido que hay a un tonto de derechas, es un tonto de izquierdas.
En el fondo siento que el tiempo se haya encargado de darle tan pronto la razón.
Pero sería un error creer que San Camilo, 1936 es un libro apolítico. El mensaje está muy claro, casi en cada una de sus páginas, y a la disposición de quien quiera entenderlo. Los críticos menos sagaces se apresuraron a identificar al protagonista anónimo de la novela con el propio CJC y, por ende, con su particular postura política. Pero ésa es sólo una verdad a medías y, como todas las medías verdades, acaba siendo una completa equivocación. En realidad la ideología de CJC es uno de los misterios que el escritor supo guardar mejor. Algunas de sus claves son tan evidentes como banales: su desprecio por la política como ejercicio profesional, su extremo individualismo, su conversión ultima a la monarquía. Con mayor o menor carga en los tintes, ése es el retrato tópico de casi cualquier español actual. Hay que hilar más fino si se quiere obtener algún resultado, buceando en sus declaraciones, en sus amores y, sobre todo, en sus peleas. Pero nos encontramos a menudo con datos que no cuadran, con apuntes que componen a la postre un cuadro difícil de interpretar. El espíritu de contradicción de CJC, desarrollado hasta los límites del nirvana, le permitió ser un fervoroso machista delante de cualquier militante feminista («se equivoca, señorita», le dijo, en una ocasión, a una reportera indignada, «yo soy machista-leninista»), un feroz reaccionario ante los líderes de los sindicatos, un peligroso ácrata en cualquier acto más o menos oficial y un rojo blasfemo y despreciable para las familias biempensantes que quedan todavía en el país. CJC estaba muy al tanto de ese caótico panorama. En una de las contadísimas ocasiones en las que asistió a algún coloquio, el escritor le paró los pies a un erudito coleccionista de sus artículos que se quejaba de encontrar en ellos posturas contrapuestas. «No querrá usted que yo sea consecuente con mis propias opiniones», protestó, cargado de su irrebatible lógica, CJC. Sería inútil, desde luego, pretenderlo.
Todo lo dicho quizá pueda parecer contradictorio con el CJC de los años oscuros, ése que sus allegados de entonces calificaban de conservador y hasta de cristiano practicante. Si hemos de hacer caso al proverbio que aconseja decir quién es cada uno sin más que mirar con quién anda, habrá que reconocer que hubo una metamorfosis capaz de acercar al CJC último a los meapilas que tantas veces despreció el CJC primero. Cosas más difíciles se han visto aunque ahora, a bote pronto, no se me ocurre cuál.