Nace la revista

Cada vez que se enfrentaba a cualquier proyecto imaginable (escribir una novela, fundar una revista, comprar un perro, descubrir un valle recóndito, apadrinar un infiel, organizar una editorial, inventar un negocio, establecer un imperio) Camilo José Cela dedicaba sus primeros y más importantes esfuerzos a bautizarlo. Su pasión por los nombres, que hubiera puesto nervioso hasta a Guillermo de Ockham, es otro de los rasgos que marcaron el obsesivo discurrir de las jerarquías por la cabeza del escritor. Lo primero es lo primero, y lo primero de todo, nos lo recuerdan hasta los libros sagrados, fue la palabra en la mente de Dios. El Camilo José Cela aquel del recuerdo comienza todas sus aventuras de idéntica manera: toma una cuartilla en blanco y dibuja con su minúscula letra y un gran orden, subrayándolo después, el nombre. Así nació La familia de Pascual Duarte, Tobogán de hambrientos o La rosa. Así quedaban bautizados todos los proyectos que el escritor conservaba en una vieja carpeta azul, de las que se cierran con gomas, que escondía en lo más hondo del cajón de su mesa de trabajo. A veces no había nada bajo el nombre de la nueva empresa, pero éste se sobraba para justificar su existencia.

La tradición familiar le permitió al hijo de Camilo José Cela el librarse de quedar censado en lo alto de una cuartilla vacía al poco de tenerse por cierta la preñez pero, de no haber sido por el reglamentario Camilo, el embrión hubiera figurado ya como Juan Carlos, Jorge, José Luis o Rafael, por limitar su posible gracia a la de los hermanos del escritor. Los demás rasgos quizá se hubieran dejado a merced de la naturaleza, pero el del nombre es un patrimonio al que CJC no hubiese estado dispuesto a renunciar.

Así nació también Papeles de Son Armadans. A nadie ha de extrañarle, pues, que el artículo editorial con el que comienza el primer número de la revista se dedique, sobre todo, a explicar su nombre.

Papeles de Son Armadans. El porqué de Papeles, está bastante claro y no merece mayores comentarios. Son Armadans, también: así se llama el barrio en el que estaba la casa de Bosque I donde la revista se fundó. Pero el acomodado vecindario que ocupaba los chalés y las casas de la barriada tendía a escribir su nombre de una forma equivocada: Son Armadams, con dos emes. CJC no podía tolerar semejante error; mucho menos todavía iba a conformarse con que la perezosa costumbre lo diera por bueno. Así que el primer artículo de Papeles de Son Armadans rompe una lanza en favor del purismo: «Armadans», con eme y ene, era el apellido de la familia señorial dueña del predio y no había motivo alguno para cambiarlo; así iba a figurar en la cabecera de la revista. La palabra Son, que contrae la antigua frase «lo de» (Son Armadans, lo de los Armadans), también se llevó su dosis de eruditas acotaciones. Algunos la escriben con un apostrofe (S’on); CJC rompió una lanza en favor de la versión desnuda. Una de las disputas en las que más fervor y pasión ponen los vecinos en la isla de Mallorca es justo la de la ortografía de los lugares. Valldemossa con más o menos eles y eses, o Andratx con una i o no delante de la te, son ejemplos de la enconada lucha. Pero en la actualidad Son Armadans se utiliza siempre así, como dijo Camilo José Cela que debía ser. Más les valía hacer caso.

El primer número de Papeles de Son Armadans vio la luz en el mes de abril de 1956. Constaba de catorce pliegos de ocho páginas cada uno de ellos a los que se sumaba un cuadernillo de papel de color, puesto al final del volumen, con los anuncios. Se tiraron 1.500 ejemplares, a un precio de venta al público de veinticinco pesetas cada uno, si bien la edición de hilo, en papel ver jurado Guarro, costaba hasta cinco veces esa cifra.

Después del editorial componían el índice del primer número muy sabios artículos de Gregorio Marañón, Alonso Zamora Vicente, José María Castellet, José María Moreno Galván y Ricardo Gullón. Los versos corrían por cuenta de Dámaso Alonso y Caries Riba (cuyo Cor delatat se publicó en catalán). Un relato breve de Rafael Sánchez Ferlosio y las secciones de chismes literarios y noticias de libros concluían la nómina.

La presentación de Papeles era exquisita, con la portada alternando siempre dos colores (el negro y otro —granate, verde, azul, anaranjado— que cambiaba con una pauta regular), las xilografías de la colección Guasp como único y discretísimo adorno, el aíre vetusto y los hermosos nombres de las secciones: «El taller de los razonamientos» para los ensayos; «El hondero» para los versos; «Plazuela del conde Lucanor» para los relatos en prosa; «Tribunal del viento» para la miscelánea literaria, las réplicas y las puntualizaciones. Esas eran las habituales, pero de vez en vez se añadían otras como «La atalaya y el mapa» (que incluía notas del extranjero), o «Corral de comediantes» (de obvio contenido), o «Yunque de tinta fresca» (dedicada a las críticas o noticias de los libros más o menos recientes), o «El reloj de las epístolas», y tantas otras que no me vienen ahora a la memoria.

Cela, mi padre
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