Ritmos y cadencias

La revista de Camilo José Cela salió, con ciertos altibajos en lo que se refiere a su puntualidad, casi todos los meses de su larga historia. Como he sugerido hace poco, la lucha de los secretarios de redacción con la imprenta para que Papeles estuviera en la calle en el mes pregonado por su cabecera, sin llegar a épica, fue dura y desigual. Salvo Sergio Vilar, que utilizaba métodos germánicos un tanto crueles en su trato con los artesanos de la Mossen Alcover, todos los responsables de la revista daban por buena una pequeña demora de un par de semanas, o tres, o quizá cuatro. Alguna que otra vez hubo que tirar un número doble para compensar retrasos, pero como también se sacaron números extraordinarios, y hasta dos o tres almanaques de fin de año, lo comido puede darse muy bien por lo que se llegó a servir.

La única vez en que la catástrofe asomó su amenazadora imagen fue una primavera, durante los primeros años de Papeles, en que unas vacas bravas que iban camino del matadero se metieron a curiosear en la imprenta. Parece imposible que unos anímales tan grandes y de tan prominente barriga pudieran subir los tres empinados escalones que daban acceso a la Mossen Alcover y colarse luego por la estrechísima puerta, pero lo hicieron. Los operarios, que carecían de toda vocación torera, se asustaron mucho y se subieron a las mesas y las máquinas mientras las vacas iban derribando y pisoteando pliegos de papel, bidones de tinta y originales de algún que otro candidato al Nobel de literatura. Cuando los animales descubrieron el burro en las alturas, en un gesto de solidaridad que les honra, completaron la tarea cagándose encima de todo el desaguisado. El ejemplar de Papeles de ese mes salió a la calle muy tarde, pero no se dieron explicaciones acerca del motivo de esa demora. Los suscriptores extranjeros no se merecían según qué sobresaltos.

Cela, mi padre
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