El veto

Incapaces de parar la carrera literaria de Camilo José Cela, los censores tramaron una venganza cruel: la de expulsar a mi padre de la Asociación de la Prensa de Madrid y prohibir que su nombre saliera en los periódicos. Se me escapa en qué medida tal persecución pudo contribuir al éxito de La colmena, pero sus consecuencias, en aquellos momentos, fueron de cierta gravedad para la familia: mi padre se había quedado de golpe sin su principal medio de vida, es decir, sin las colaboraciones en los periódicos y las revistas en una época en la que no podía vivir, ni por asomo, de lo que le daban sus novelas. Por fortuna salió muy pronto a la luz una traducción inglesa de La colmena que le ayudó a capear algo el temporal.

El veto al nombre de CJC tuvo sus más y sus menos. Algunos artículos, por lo general anónimos, siguieron una estrategia de acoso no demasiado sutil. En el comentario cultural de Arriba del 28 de marzo de 1951 se concluía, por ejemplo, que: «Los novelistas "fuertes” saben escribir, pero no lo que tienen que escribir (... ). Y La familia de Pascual Duarte [es] un ejemplo de libros que no se deben escribir.»

En la primera reseña de La colmena, también anónima y publicada en Montevideo, se le animaba a Camilo José Cela a cambiar de oficio. ABC, siempre más comedido, se limitó a publicar un suave tirón de orejas en un artículo de Pemán. Juan Aparicio, el director de Pueblo, reconocía que la novela le había gustado, pero desde sus escrúpulos «de moralista, de político, de hombre cristiano» echaba a mi padre en cara varias cosas: que fuera uno más de los autores desengañados de la postguerra, que La colmena tuviera ecos de escritores extranjeros como Joyce o Dos Passos, y que retratase un Madrid tendencioso, porque, como decía Aparicio: «Al café Europeo asistió varias veces José Antonio, y en sus reuniones se fue gestando el clima literario y la temperatura popular de la Falange, lo más opuesto al clima y la temperatura de La colmena.»

El Alcázar, por su parte, también acosaba, pero por lo menos lo hacía con cierto sentido del humor. En un pequeño suelto del 10 de abril de 1951 se publicaba, sin firma, lo siguiente: «EL PÁJARO DE PAJA incluye un “poema humilde'’ de Camilo José Cela, con una nota del autor que dice: “Este poema fue pateado entusiásticamente en el teatro Lara el día de la inauguración de Alforjas para la poesía.” Añadimos: los espectadores tenían razón». Valentín Bleye dio una versión más completa del episodio del pateo en Nueva Rioja de Logroño, Albacete y el Diario de León: «Recordemos el “pateo ruidoso” (... ). Este poema comenzaba así: “Yo, señores, soy una especie de pequeño cabrito aterido de frío, que se rasca los pliegues de su vientre con cierta lentitud, e incluso parsimonia... A partir de la voz “cabrito” el escándalo hizo imposible una sosegada audición. Cela lo recuerda con orgullo.» Sería injusto, sin embargo, afirmar que todo lo que se publicaba sobre Camilo José Cela en el año 51 era de ese talante. Algunos periódicos de provincias incluían elogiosas crónicas de las conferencias de mi padre y tanto Francisco Cossío, en Madrid, como Melchor Fernández Almagro, en La Vanguardia y ABC, se atrevieron a hablar con bastante objetividad de la novela. Más lejos todavía fueron Ignacio Aldecoa, en su espacio Crítica al Aire, de la emisora de radio del Sindicato Español Universitario, y Eduardo Haro Tecglen, en el Diario de África, al hacer unas críticas en las que no se escatimaba ningún elogio.

Es en verdad difícil entender la estrategia del Big Brother en esos años de la postguerra. Mientras se daban órdenes oficiales de boicot a Camilo José Cela, a la conferencia pronunciada por el escritor en Tetuán el día 9 de abril de 1951 acudían nada menos que el Alto Comisario, dos generales, los delegados de Economía, Educación, Cultura y Hacienda, el jefe del Gabinete Diplomático, el secretario del Protectorado de Marruecos, el interventor territorial y el director de Prensa. Si el orden del protocolo está equivocado las reclamaciones deben dirigirse al diario España de Tánger, que publicaba un suelto en el que, además de dar la lista de asistentes ilustres, se decía que Camilo José Cela fue muy aplaudido por su brillante trabajo.

A su vuelta a Madrid mi padre le dijo a un periodista en el café Gijón que se había comprado en África una esclava por setenta duros; le ofrecían ya quinientas pesetas por ella, pero no pensaba venderla porque la esclava tenía un hijo de tres años que, a la larga, podía asegurarle la vejez al escritor. No recuerdo haber visto ninguna mora en casa, ya sea madre o doncella, pero la idea era buena. Para ser justos con la fidelidad de esta crónica tengo que reconocer que El Alcázar publicó la anécdota, retractándose además de la forma como había tratado antes el pateo de El pájaro de paja, y sosteniendo, a la postre, que el público no tenía razón.

Cela, mi padre
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