Historia de un mural
El resto del espacio de la casa de mis padres en La Bonanova más allá de la bodega se distribuyó entre el enorme estudio de CJC, las oficinas de Charo y de Papeles, las habitaciones y las demás dependencias propias de una casa que debía servir, a tiempo parcial, de hogar. Aunque ninguno de los muchos visitantes que han admirado la casa ha sacado de ella nunca la impresión de existir allí una vivienda familiar. Parece y era, cierto es, un museo; un museo vivo y lleno de calor.
La casa de CJC de La Bonanova fue, en muchos sentidos, una obra de arte. Pero si se tuviera que elegir entre sus numerosos detalles en busca de un símbolo capaz de resumir todo su ser, yo optaría por el mural de Picasso. Se trataba de una pieza de unos veinte metros cuadrados, situada en la pared de la casa que daba al jardín, con un tema picassiano donde los haya: el de un centauro que persigue a una ninfa. La historia de ese grabado es digna de recordar.
En uno de los viajes de CJC a La Californie, a la hora de darle fuego a Picasso el escritor sacó un suntuoso mechero de oro y laca negra que le había regalado, según creo recordar, Barreiros, el constructor de camiones y automóviles. Al ver el mechero, Picasso se quedó muy admirado.
—¡Qué tío, vaya mechero tienes! Siempre ha habido pobres y ricos!
Tanta lata le dio Picasso a CJC con el mechero que el escritor se lo regaló. Al día siguiente, al llegar a La Californie, Jacqueline le entregó al escritor un paquetito pequeño, de parte de Pablo. CJC se encontró, al abrirlo, con un mechero negro e irregular, de una marca bastante ordinaria. Pero en él Picasso había grabado con un punzón el hermosísimo dibujo del centauro y la ninfa. Mi padre se quedó boquiabierto. El pintor, cerrando los ojillos con la sonrisa pícara del malagueño que llevaba siempre dentro, le dijo:
—No pierdas la garantía. Si no funciona, te lo cambian.
CJC hizo pasar ese grabado al mural de su casa de La Bonanova. Como resulta evidente, no fue el propio Pablo Picasso quien se ocupó de dar forma con martillo y cincel los trazos; la operación la planeó Ramón Molezun y la llevó a la práctica el pintor John Ulbrícht, siguiendo con infinito tiento las líneas del grabado. Creo que es una buena muestra de la valía del arte de Picasso el que un cambio tan drástico de las proporciones, desde el pequeño mechero al enorme mural, no afectase en absoluto la fuerza y la composición de la escena: permanecieron intactas.