Festejo en Casablanca
La primera celebración del contrato venezolano estuvo a punto de convertirse en la última. Mis padres se decidieron por un festejo de lo más clásico; una paella en Riscal rematada, al caer la tarde, por un baile en Casablanca, la sala de fiestas de moda. Rosa y Mariano Moreno y José Manuel Caballero Bonald, como amistades más íntimas, formaban con Charo y Camilo José un grupo en el que la alegría, ayudada por las botellas de vino tinto que habían acompañado a la paella, era todo lo grande que cabía esperar en semejante ocasión.
Casablanca era una boite enorme, escalonada como el aula magna de una facultad universitaria, pero con menos pendiente. El grupo de CJC y sus amigos estaba instalado en una de las largas mesas, brindando a la salud del continente americano, cuando el destino se cruzó personificado en uno de los artistas que, vestido de legionario y con grandes contoneos y afeminados gestos, pretendía hacerse con el distinguido público desde el escenario. A Camilo José Cela le dio la vena guerrera; se puso de píe y le gritó con todas sus fuerzas:
—jMaricóóón!
—¡Tu padre! —contestó un voluntarioso admirador del arte, desde un poco más arriba de la sala.
No está nada claro lo que sucedió luego; por lo menos no consta quién lanzó la primera piedra. Pero lo cierto es que entre los que optaban por dar un escarmiento a los artistas demasiado atrevidos, sus adversarios y los camareros, se armó una batalla campal de las que hacen época. Mesas, lámparas, vasos, ceniceros y botellas volaban de arriba abajo y de un lado a otro, entre gritos e insultos, igual que si se tratase de la escena de la pelea en el salón de un western. Rosa Moreno, armada con un zapato, le daba golpes al primero que se acercase, ya fuera amigo o enemigo, y animaba a mi madre a sumarse a la campaña, pero Charo, que no siempre parece vasca, se resistió. Llevaba medías nuevas, de las de cristal, y no era cosa de estropeárselas. Aunque incluso sin su ayuda, Casablanca acabó convertida en una premonición del apocalipsis. Puede dar una idea de la magnitud épica del tumulto el hecho de que la cuantía de los daños que se reclamó luego en el juzgado ascendía a veinte mil pesetas de las del año 1953. El mobiliario y la decoración del local, todo junto, no podía andar muy lejos de esa cifra.
Cuando llegó la policía a poner paz (la Guerra Civil estaba aún demasiado cerca para permitir según qué desmanes) y comenzaron a serenarse los ánimos, mi padre le pidió un pañuelo a Charo.
—Me he mojado completamente los pantalones. Debo haberme sentado en algún charco.
Era algo peor. Alguien, durante la pelea, le había metido un enorme navajazo en la nalga izquierda y CJC, con la excitación del momento, ni siquiera se había dado cuenta. Ese navajazo fue el comienzo de una larga serie de problemas para las castigadas posaderas de un escritor que permanecía sentado durante la mayor parte de la jornada. Desde entonces Camilo José Cela sufrió, en sus cada vez más nutridas carnes, hasta un total de veinte operaciones, más o menos cruentas y profundas, con las que se intentaba limpiar, drenar, remendar y componer los furúnculos y diviesos que con regularidad le iban saliendo, siempre en el lugar de la cicatriz. Hasta en el curso de sus viajes (en La Coruña, en Londres) tuvo que ponerse en manos del cirujano. Con el paso de los años y la pérdida de la paciencia, mi padre fue asimilando peor eso de volver al quirófano tan a menudo. Hay que reconocer que todo el montaje de las camillas, los sueros y los bisturíes es una ordinariez.
CJC procuraba combatir la inevitable depresión de todo paciente, adornando sus idas y venidas del quirófano con algún que otro recurso capaz de mantener alta la dignidad. Pondremos un ejemplo. Mi padre, internado en el hospital de la Cruz Roja de Palma de Mallorca con motivo de la cuarta o quinta apertura del furúnculo de la nalga, se negó a que le bajaran a la sala de operaciones si no se ponían a aplaudirle todos los de la planta. Enfermeras, personal subalterno, monjas, pacientes, familiares y médicos tuvieron que alinearse a lo largo del corredor y vitorear el paso de CJC, que iba metido en la camilla y saludaba con la mano a un lado y otro. A nadie le puede extrañar que la siguiente operación se la hiciera su amigo Eduardo Jordá en la misma casa de La Bonanova de CJC. El escritor se tumbó encima de la mesa del comedor que, gracias a Dios, era bastante grande y allí, rodeado de trinchantes, jarras, libros y cuadros, como debe ser, rindió tributo a sus locuras juveniles. Como las operaciones nunca son definitivas, CJC tuvo a su alcance, a partir de entonces, una cámara de neumático de esas que utilizan como flotador los que no saben nadar y quieren bañarse; cada vez que el culo desfallecía se aposentaba en ella, dejando la nalga dolorida al aire. Alguna que otra vez le regalaron un flotador de los de verdad, de esos que llevan la cabeza de un pato como adorno, pero CJC amaba demasiado las tradiciones como para deshacerse del viejo y baqueteado neumático. No sé si en su etapa última lo adornaría con los blasones nobiliarios.
El médico Agustín Sixto Seco le abrió las carnes a CJC en 1998, en Santiago de Compostela, asegurando que ésa sí era la última vez. Como premio a su ciencia (o a su optimismo), mi padre hizo al doctor Sixto Seco patrono de la fundación Camilo José Cela.
La pelea de Casablanca terminó con la llegada de las fuerzas del orden (la Policía Armada y la Guardia Civil, al alimón) y el traslado de los alborotadores al juzgado de guardia. El escritor y sus amigos llegaron allí hacia las siete o las ocho de la tarde, pero no salieron hasta bien vencida la noche. CJC, una vez metido en jaleo, no estaba dispuesto a bajar la guardia. A los guardias civiles que le llevaban ante el juez les advirtió que no estaba dispuesto a ir a pie y, menos todavía, con un navajazo en el culo. El iría en taxi.
— ¿Y nosotros?
—Ah, eso es un asunto de ustedes. Vengan corriendo detrás del taxi, si quieren.
Con una disposición así no es raro que el juez se pusiera duro con los camorristas pero, a la postre, no hubo juicio ninguno. Los dueños de Casablanca perdieron todo su interés por las indemnizaciones cuando Baldomero Isorna que, además de procurador de los tribunales, era gallego y muy amigo de mi padre, les hizo saber que CJC había vuelto de la Guerra Civil con dos cosas en el bolsillo: una pistola del calibre treinta y ocho y un papel del médico en el que se podía leer: «el portador lleva metralla en la cabeza y no es responsable de sus actos».