Paréntesis madrileño
De la casa de La Bonanova guardo, como es natural, los más firmes recuerdos. De todos los numerosos hogares que ha ido teniendo la familia, ése fue el más nuestro o, mejor dicho, el único nuestro de verdad. Pero también fue, en cierto modo, la casa en la que menos llegué a vivir. Se terminó casi al mismo tiempo en que concluyeron mis estudios de bachillerato y tuve que irme de la isla, por aquello de hacer la carrera. Pero volvía a la casa de La Bonanova durante las gozosas vacaciones y la encontraba siempre distinta. Era como un hermano menor, o un hijo que va creciendo y nos llena de sorpresas.
Me fui a Madrid en el otoño de 1962, a estudiar el curso preuniversitario. Durante mi bachillerato mallorquín me había convertido casi en el paradigma del estudiante de provecho, con premios y matrículas de honor, de no ser por un par de detalles que me llevaron al borde de la expulsión y que dejaré, si me lo permiten, en la sombra. Mi padre todavía sospechaba de ese inesperado cambio y me ponía todos los veranos un profesor particular para impedir que se me oxidasen los conocimientos adquiridos de una forma tan inesperada pero, llegado el momento, ni siquiera se planteó ninguna alternativa: como todo hijo de buena familia de la clase media, iría a la universidad. Al ser miembro de un clan liberal, se me permitió escoger la profesión que quisiera, salvo las de cura o militar, pero no dudé mucho. Entre toda la gama de posibilidades elegí la que me parecía entonces más alejada de la vida de un escritor: la carrera de ingeniero.
Fue un error tremendo. En ninguna de las familias, ni la gallega (de los Cela), ni la vasca (de los Conde y los Picavea), ni la inglesa (de los Trulock), ni la italiana (de los Bertorini), había la más mínima tradición de poetas, novelistas o dramaturgos. Lo más cercano que se podía encontrar, si se exceptuaba a Jorge, hermano menor de mi padre y demasiado joven a los efectos de la Historia, era un tío de mí madre, Rafael Pica— vea, dueño y director de un periódico en San Sebastián. Pero los ingenieros abundaban: desde mi tatarabuelo, Camilo Bertorini, constructor del ferrocarril de la familia y su yerno, John Trulock, a los hermanos de mi abuelo (como Pío Cela, ingeniero de Caminos Canales y Puertos) y los de mi padre (Rafael, ingeniero de Minas; José Luis, ingeniero Industrial), la técnica asomaba por doquier. Así que mi sagaz brote de rebelde en ciernes me había metido de lleno en los brazos de la tradición. Y mi padre, fervoroso amante de todo lo que oliera a saga familiar, se puso muy contento. Me imagino que debía acordarse del célebre episodio en el que el filósofo Wittgenstein, un joven universitario aspirante al título de ingeniero aeronáutico en aquel entonces, le preguntó a Bertrand Russell, a quien tenía de profesor, si le creía tonto del todo. De haber contestado Russell que sí, Wittgenstein habría optado por seguir estudiando para ingeniero.
De esa forma me encontré de nuevo en Madrid, en casa de mi abuela Camila, y matriculado en una academia preparatoria de las oposiciones de ingreso a la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Cito el nombre de la carrera con precisión, respetando hasta las mayúsculas; al fin y al cabo es casi lo único que me llegué a aprender bien. Porque de mi padre había heredado al menos una cualidad: la de cierta alergia hacia la mecánica, el cálculo y la destreza manual. Imagino que nadie se sorprenderá si confieso que mi carrera como ingeniero no fue ni larga, ni brillante. Pero me pasé seis cursos académicos en Madrid: Preuniversitario (que aprobé gracias al examen de francés, en filosofía saqué un 3 pelado); Selectivo; Iniciación; otra vez Selectivo, debido a un cambio de plan de estudios, ya como primer curso de carrera; segundo curso; de nuevo segundo curso, porque me suspendieron, y se acabó. Una noche, mientras estaba viendo Rosemary's baby de Polanski con Paco Martínez, compañero de fatigas en Caminos y mí más íntimo amigo allí, decidí dejar la carrera de ingeniero. Puede que el ambiente diabólico de la película me abriera los ojos.
Durante mis años en Madrid hice amigos inolvidables, aprendí a conducir, leí muchísimas veces Los cantos de Maldoror, los cuentos de Poe y El cuarteto de Alejandría, me metí en algún que otro encierro histórico durante las revueltas estudiantiles, corrí delante de los grises sin que me atraparan ni una sola vez y me pasé bastantes noches jugando al póquer en una pensión de la calle de Maudes. Luego de todo eso, me volví a Palma.
Aunque, en realidad, nunca me había ido del todo. A la menor ocasión me acercaba hasta Valencia y tomaba allí el barco de la Transmediterránea. Al amanecer del día siguiente, entrando ya en la bahía de Palma, intentaba localizar desde la cubierta alta del Ciudad de Granada la casa de mis padres. Resultaba imposible. Molezún y Corrales habían hecho un excelente trabajo.