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E
n cuanto Daggart y los
dos inspectores salieron de la cabaña (Daggart con las
manos sujetas a la espalda con esposas de plástico), media docena
de policías entraron en ella armados con cámaras y diversos
utensilios. Daggart sabía que posiblemente era la última persona
que había visto a Lyman Tingley con vida. Y el cuerpo de la víctima
había sido descubierto detrás de su casa.
Hasta él habría de reconocer que aquello no tenía buena pinta.
Mientras avanzaban a toda velocidad por la carretera federal 307 y miraba por la ventanilla trasera del coche sin distintivos, a Daggart le sorprendió que hubiera tanto tráfico. Eran casi las tres de la madrugada y la autopista estaba atestada de autobuses que volvían a los hoteles cargados de turistas tras una noche de fiesta y excesos alcohólicos.
En los quince años que llevaba yendo a la península de Yucatán (aquel llamado pulgar verde que se adentraba en el mar), Daggart había sido testigo de un enorme cambio en la región. Playa del Carmen, un soñoliento pueblo de pescadores con poco más que un par de edificios de bloques de hormigón y un muelle de madera carcomida, cambió para siempre en 1974, con la construcción de dos hoteles en Cancún, un pequeño trecho de playa a sesenta y cinco kilómetros de allí. Una vez los adoradores del sol comenzaron a llegar en tropel al nordeste de México, era lógico que algunos de ellos siguieran camino hacia el sur, huyendo de sus congéneres.
Playa del Carmen era ideal para tal propósito, y aunque al principio logró mantener su encanto de pueblecito, todo eso cambió irremediablemente cuando la Junta de Turismo de México decidió poner nombre a los ciento sesenta kilómetros de playas de arena blanca que se extendían entre Cancún y Tulum. El apelativo que eligieron fue «la Riviera Maya». De la noche a la mañana, Yucatán se convirtió en el lugar de moda de México. Hasta Daggart tenía que admitir que, desde el punto de vista publicitario, fue un golpe brillante. La selva costera, las playas como polvo de talco, las ruinas mayas: todo aquello seguía siendo como desde hacía siglos, pero con un título tan atrayente el turismo vivió una explosión.
Ahora, toda la línea del litoral estaba salpicada de complejos turísticos, y lo que antaño habían sido costas yermas y playas vírgenes era de pronto una hilera de hoteles caros provistos de piscina con bar, casitas de techo de paja, bufé libre y todo lo necesario para engatusar al turista. Playa del Carmen creció hasta alcanzar los doscientos mil habitantes y se convirtió en la ciudad con mayor índice de crecimiento de todo México. Según las previsiones ministeriales, su población llegaría pronto al medio millón.
Daggart temía que se convirtiera en breve en lo que no era: un parque temático, remedo hortera de lo que se suponía debía ser una típica ciudad mexicana. Para él, que había llegado a amar México como si fuera su país natal, era triste ver tanto exceso urbanístico, aquel paisaje abarrotado de bloques de pisos y parques acuáticos. En algunos folletos recientes se hablaba incluso de las ruinas mayas como de «tierras de aventura». ¿Qué sería lo siguiente?, se preguntaba. ¿Transformar Playa del Carmen en el Orlando de México?
El coche silbaba por la autopista y los insectos zumbaban. El paisaje pasaba velozmente y, mientras miraba por la ventanilla, Daggart comprendió que aquella posibilidad no quedaba tan lejana como algunos podían pensar. Lo bueno de ello (lo único bueno) era que hacía aún más apremiante su trabajo. Cuanto más rápidamente se desarrollaba la Riviera Maya, más aprisa tenían que trabajar él y otros como él para mantenerse un paso por delante de los bulldozers. De lo contrario, las ruinas de los antiguos mayas corrían el riesgo de quedar sepultadas para siempre.
El coche viró bruscamente hacia el interior y cuando, un momento después, volvió a cambiar de dirección, sus faros barrieron un edificio verde de una sola planta, fabricado con bloques de cemento y embutido entre la selva desparramada. A excepción de un pequeño letrero con la leyenda «Policía», nada indicaba que aquello fuera una comisaría. La fachada estaba desconchada. El aparcamiento, invadido por las malas hierbas. La pared, manchada de barro y de motas marrones allí donde la lluvia había salpicado el zócalo de poco menos de un metro de alto. Daggart dedujo de su destartalada apariencia que el local había sido algo muy distinto antes de que lo comprara la policía del estado. Un mercado de pequeñas dimensiones, quizás. O un almacén. O un matadero.
La grava crujió bajo las ruedas hasta que el coche se detuvo. En el reducido aparcamiento había un único vehículo. Daggart se preguntó si todos los agentes de guardia estarían en su casa, hurgando entre sus efectos personales.
Los dos inspectores le condujeron al interior de la comisaría; papeleras a rebosar y persianas venecianas medio abiertas se tambaleaban bajo una gruesa capa de polvo. En un rincón, un único agente trabajaba sentado a una mesa iluminada por el pálido brillo de su ordenador. Levantó la vista un momento y volvió luego a enfrascarse en los papeles sobre los que estaba encorvado. Aunque la lógica le decía a Daggart que la comisaría disponía de aire acondicionado, en el interior reinaba un ambiente húmedo, denso y pastoso, muy alejado de la gélida temperatura y el aire helado que uno podía encontrar en las tiendas de regalos.
El inspector Rosales condujo a Daggart a la sala de interrogatorios. A Daggart se le aceleró el pulso al ver las paredes desnudas, el parsimonioso ventilador de techo y la mesita de madera, con dos sillas metálicas a cada lado. No se parecía a las salas que veía en las películas; era más pequeña, más sucia y deslucida, con cuatro paredes de bloques de cemento y un sencillo reloj industrial como único ornamento. Olía a comida recalentada en un microondas.
Rosales le soltó las manos y con un ademán le indicó que tomara asiento. Daggart se sentó a un lado de la mesa y Rosales, frente a él. El inspector Careche cerró la puerta, se apoyó contra la pared del fondo, se sacó una navajita suiza del bolsillo y empezó a mondarse los dientes. Todavía no había dicho ni una palabra.
«Mantén la calma —se dijo Daggart—. Relájate».
—Bueno, ¿de qué hablaron en el Captain Bob? —preguntó Rosales sin preámbulos. Deslizó hacia delante una grabadora y pulsó el botón de encendido, cuyo chasquido metálico resonó en el cuartucho. Acto seguido, sacó una libreta y un bolígrafo de un bolsillo invisible de la chaqueta.
Daggart se irguió en la silla.
—¿Se me considera sospechoso? Si es así, me gustaría que hubiera un abogado presente.
—En primer lugar, amigo mío —dijo Rosales con mucha solemnidad—, en este momento todo el mundo es sospechoso y nadie lo es. ¿Sí? Y, en segundo lugar, esto es México. Ya no está en Kansas. ¿Ha oído usted hablar de derechos constitucionales?
—Por supuesto.
—Pues nosotros no.
Careche apartó la navaja el tiempo justo para lanzarle una sonrisa amarillenta. Daggart tuvo la impresión de que no era la primera vez que Rosales hacía aquel comentario.
—No pretendo hacerme el gracioso —añadió Rosales—, pero usted ya me entiende. —Se encogió de hombros y levantó las palmas como si dijera, «No pasa nada». Su idea de una disculpa—. Aquí hacemos las cosas a nuestra manera. Usted nos dice la verdad. Y nosotros la verificamos. Ningún problema.
La parte de atrás de la camisa de Daggart se había pegado a la silla. De pronto el cuarto parecía muy estrecho. El ventilador del techo giraba tan lentamente que Daggart se preguntaba para qué estaba encendido. ¿Sólo para mover un poco el aire caliente y pegajoso de un lado a otro?
Se inclinó hacia delante y relató su breve conversación con Lyman Tingley. La contó palabra por palabra, lo mejor que alcanzó a recordarla, sin mencionar que Tingley le había pedido que se apoderara del Quinto Códice; eso era sólo cosa suya, de nadie más. Y lo mismo podía decirse de las cinco monedas. Daggart no veía motivo para contarles aquel detalle en particular.
—Esos tres hombres, ¿qué aspecto tenían?
Daggart hizo lo que pudo por describirlos, aunque para él eran los típicos estadounidenses de veintitantos años. Uno era más gordo que los demás, de eso sí se acordaba, pero con las gorras de rigor echadas sobre los ojos costaba recordar sus facciones concretas.
—¿Sus gorras tenían alguna palabra o algún símbolo?
—NYY.
Rosales le miró desconcertado.
—New York Yankees —explicó Daggart.
Aunque de poco servía. Para bien o para mal, en todas partes había fans de los Yankees.
Rosales pasó unas hojas de su libreta como si buscara algo. Al final, sus ojos se posaron sobre una nota garabateada.
—El señor Tingley hizo un gran descubrimiento la primavera pasada, ¿sí? El Quinto Códice. ¿Sabe usted qué es?
—Por supuesto. Y supongo que usted también.
—Pongamos que no. Hábleme de él.
Daggart respiró hondo.
—Es un manuscrito maya muy antiguo. Extremadamente valioso.
—¿Era él el único que lo buscaba?
—Claro que no. Todo el mundo quería encontrarlo.
—¿Usted también? —gruñó Careche desde la pared del fondo. Sus primeras palabras. Su voz era un ladrido estrangulado: rasposa y desagradable. Incluso Rosales se volvió y pareció sorprendido por la súbita cólera de su compañero.
Daggart sintió que la sangre le afluía a la cara.
—Sí, yo también, pero no como él. Lyman estaba obsesionado. No se concentraba en otra cosa. Los demás sólo queremos dar sentido al mundo maya. Nada más.
—Pero usted lo buscaba —repitió Careche con un nuevo gruñido.
Daggart contestó con forzada paciencia.
—Activamente no, pero sí, claro.
—¿Y Tingley lo encontró? —preguntó Rosales. Su tono, a diferencia del de su compañero, era tranquilo, razonable, tranquilizador. Daggart no tuvo más remedio que admirar lo bien que representaban sus papeles.
—Sí, la primavera pasada —dijo—. Seguro que lo vieron en las noticias. No sólo en México, en todo el mundo. Salió en todas partes, desde el USA Today al Journal of International Anthropolgy. Piensen en cualquier medio que se les ocurra, que seguro que había un artículo sobre el tema.
—¿Por qué?
—Porque es medio Biblia de Gutenberg, medio piedra Rosetta.
Rosales tomó nota.
—¿Usted lo ha visto?
Daggart negó con la cabeza.
—¿Tingley le hizo anoche algún comentario al respecto?
Daggart no se inmutó. Miró a Rosales a los ojos.
—No, que yo recuerde.
—¿Está seguro?
—Creo que me acordaría.
Rosales miró a su compañero y levantó las gruesas cejas. La boca de Careche se curvó más aún hacia abajo.
Daggart se preguntó qué sabían en realidad los dos inspectores. Y si no estaría cometiendo un error fatal al no decirles la verdad.