Un gran logro[803]

30 de agosto de 1938

Cuando estas líneas aparezcan en la prensa, la conferencia de la Cuarta Internacional probablemente habrá concluido sus labores. La citación a esta conferencia es un gran logro. La tendencia irreconciliablemente revolucionaria, sujeta a persecuciones que ninguna otra tendencia política en la historia del mundo ha sufrido en forma parecida, ha dado de nuevo una prueba de su poder. Sobreponiéndose a todos los obstáculos que tuvo por los golpes de sus poderosos enemigos, convocó a su Conferencia Internacional. Este hecho constituye una evidencia irrefutable de la profunda viabilidad y de la firme perseverancia de la internacional bolchevique leninista. La posibilidad misma de una conferencia exitosa se garantizó primero por el espíritu del internacionalismo revolucionario con el cual están imbuidas todas nuestras secciones. De hecho, es necesario darle gran valor a los vínculos internacionales de la vanguardia proletaria con el objeto de reunir, en la actualidad, al equipo revolucionario internacional, cuando Europa y el mundo entero viven a la expectativa de la próxima guerra. El humo del odio nacional y de la persecución racial compone hoy la atmósfera política de nuestro planeta. El fascismo y el racismo son simplemente las expresiones más extremas de la bacanal chovinista que busca superar o ahogar las intolerables contradicciones de clase. El resurgimiento del social-patriotismo en Francia y en otros países, o bien, su nueva manifestación abierta y desvergonzada, pertenece a la misma categoría del fascismo, pero con una adaptación a la ideología democrática o a sus vestigios.

El abierto fomento al nacionalismo en la URSS, en mitines, en la prensa, en las escuelas, pertenece al mismo tipo de hechos. No se trata de ninguna manera del así llamado «patriotismo socialista», en defensa de las conquistas de la Revolución de Octubre contra el imperialismo. No, es cuestión de restablecer la preeminencia de las tradiciones patrióticas de la vieja Rusia. Aquí la tarea, asimismo, es la de crear valores por encima de lo social, por sobre las clases, para disciplinar a los trabajadores, con mayor éxito y someterlos a la voracidad de las sabandijas burocráticas. La ideología oficial del actual Kremlin apela a las hazañas del príncipe Alexander Nevski, al heroísmo del ejército de Suvorov-Rimnikski o Kutuzov-Smolenski[804], mientras cierra los ojos ante el hecho de que este «heroísmo» se basaba en la esclavitud y la ignorancia de las masas populares y que por esta razón el ejército de la vieja Rusia sólo era victorioso en las luchas contra los todavía más atrasados pueblos asiáticos o contra los estados débiles y en desintegración de la frontera occidental. Por otro lado, en los conflictos con los países avanzados de Europa, la valiente soldadesca zarista siempre fue a la bancarrota. Obviamente, la experiencia de la última guerra imperialista ya ha sido enterrada en el Kremlin, así como han olvidado el hecho, no sin importancia, de que la Revolución de Octubre surgió directamente del derrotismo. ¿Qué les importa todo esto a los termidorianos y bonapartistas? Ellos necesitan fetiches nacionalistas. Alexander Nevski debe venir en ayuda de Nikolai Iezov.

La teoría del socialismo en un solo país, que liquidó el programa de la lucha revolucionaria internacional del proletariado, no podía sino terminar en una ola de nacionalismo en la URSS y engendrar una ola correspondiente, de la misma naturaleza, en los partidos «comunistas» de otros países. Hace sólo dos o tres años se sostenía que las secciones de la Comintern estaban obligadas a apoyar a sus gobiernos, sólo en los así llamados estados «democráticos» que estuviesen dispuestos a apoyar a la URSS en su lucha contra el fascismo. Se pretendía que la tarea de defender al estado obrero sirviera como justificación para el social-patriotismo. Hoy, Browder, quien no ha sido ni más ni menos prostituido que otros «líderes» de la Stalintern, declara ante un comité investigador del congreso, que en el caso de una guerra entre Estados Unidos y la URSS, él, Browder, y su partido, estarían del lado de su propia patria democrática. Es muy probable que esta respuesta haya sido instigada por Stalin; pero esto no altera el caso. La traición tiene su propia lógica. Al entrar por el camino del social-patriotismo, la Tercera Internacional claramente se aparta ahora de la camarilla del Kremlin. Los «comunistas» se han convertido en social-imperialistas y se diferencian de sus aliados y competidores «socialdemócratas» sólo en que su cinismo es mayor.

La traición tiene su propia lógica. La Tercera Internacional siguiendo a la Segunda, ha perecido completamente como internacional. Ya no es capaz de desplegar ningún tipo de iniciativa en la esfera de la política proletaria mundial. Por supuesto, no es casual que después de quince años de desmoralización progresiva, la Comintern reveló su total podredumbre interna en el momento de acercarse la guerra mundial, precisamente en el momento en que el proletariado necesita urgentemente su unificación revolucionaria internacional.

La historia ha acumulado monstruosos obstáculos ante la Cuarta Internacional. La tradición moribunda está siendo dirigida contra la revolución viva. Durante siglo y medio las radiaciones de la gran Revolución Francesa le han servido a la burguesía y a su agente pequeñoburgués —la Segunda Internacional— como medios para destrozar y paralizar la voluntad revolucionaria del proletariado. La Tercera Internacional está ahora explotando las tradiciones incomparablemente más frescas y más poderosas de la Revolución de Octubre con el mismo fin. La memoria del primer levantamiento victorioso del proletariado contra la democracia burguesa le sirve a los usurpadores para salvar a la democracia burguesa del levantamiento proletario. Enfrentadas a la proximidad de una nueva guerra imperialista, las organizaciones social-patrióticas han unificado sus fuerzas con el ala izquierda de la burguesía, bajo el membrete del Frente Popular, que no representa sino el intento de la burguesía, en su agonía de muerte, de someter una vez más al proletariado a su dominio, como la burguesía revolucionaria lo sometió en el amanecer del capitalismo. Lo que una vez fue una manifestación histórica progresiva, ahora aparece ante nosotros como una repugnante farsa reaccionaria. Pero mientras los «frentes populares» son impotentes para curar un capitalismo que está podrido hasta el alma, mientras son incapaces aun de detener la agresión militar del fascismo —¡el ejemplo de España está lleno de un significado simbólico!— sin embargo, todavía comprueban que son lo suficientemente poderosos para sembrar ilusiones entre las filas de los trabajadores, para paralizar y destruir su voluntad de lucha y de ahí en adelante crear las más grandes dificultades en el camino de la Cuarta Internacional.

La clase obrera, especialmente en Europa, está todavía en repliegue, o al menos en un estado de vacilación. Las derrotas están demasiado frescas y la gente más que exhausta; han asumido su forma más aguda en España. Tales son las condiciones en que se está desarrollando la Cuarta Internacional. ¿Sorprende acaso que su crecimiento sea más lento de lo que nos podría gustar? Los diletantes, charlatanes o tercos, incapaces de entender la dialéctica de los flujos y reflujos históricos, más de una vez han traído su veredicto: «Las ideas de los bolcheviques leninistas pueden ser correctas pero son incapaces de construir una organización de masas». ¡Cómo si las organizaciones de masas pudiesen ser construidas bajo cualquier condición! ¡Cómo si un programa revolucionario no nos obligase a permanecer en minoría y nadar contra la corriente en época de reacción! El revolucionario que utiliza su propia impaciencia como medida del tiempo en una época no vale nada. Nunca antes el camino del movimiento revolucionario mundial había estado bloqueado con tan monstruosos obstáculos como hoy, en el umbral de la época de las más grandes convulsiones revolucionarias. Una correcta apreciación marxista de la situación arrojaría la conclusión de que, a pesar de todo, hemos logrado éxitos inestimables en los últimos años.

La Oposición de Izquierda rusa nació hace quince años. El trabajo correcto en el terreno internacional todavía no suma una década. La prehistoria de la Cuarta Internacional se divide propiamente en tres etapas. Durante el curso del primer período, la Oposición de izquierda todavía fundaba sus esperanzas en la posibilidad de regenerar a la Comintern, y se veía a sí misma como marxista. La repugnante capitulación de la Comintern en Alemania, tácticamente aceptada por todas sus secciones, planteó abiertamente la cuestión de la necesidad de construir la Cuarta Internacional. Sin embargo, nuestras pequeñas organizaciones, que crecieron por medio de una selección individual en el proceso de la crítica teórica, prácticamente por fuera del movimiento obrero mismo, habían probado no estar todavía preparados para una actividad independiente. El segundo período se caracteriza por los esfuerzos de encontrar un verdadero campo de acción para estos aislados grupos de propaganda, aun a costa de renunciar temporalmente a la independencia formal. La entrada a los partidos socialistas inmediatamente aumentó nuestras filas, aunque cuantitativamente los logros no fueron tan grandes como pudiesen haber sido. Pero esta entrada significó una etapa extremadamente importante en la educación política de nuestras secciones, que por primera vez se probaron a sí mismas y a sus ideas, frente a frente a las realidades de la lucha política y sus exigencias vivas. Como resultado de la experiencia adquirida, nuestros cuadros crecieron bastante. Otra conquista no menos importante fue nuestro rompimiento con los sectarios incorregibles, los tontos y tramposos que están dispuestos a unirse a cualquier movimiento nuevo en un principio, sólo para hacer todo lo que esté a su alcance para comprometerlo y paralizarlo.

Por supuesto, las etapas del desarrollo de nuestras secciones en diferentes países no coinciden cronológicamente. Sin embargo, la creación del Socialist Workers Party [SWP, Partido Socialista de los Trabajadores] norteamericano puede reconocerse como el final del segundo período. De ahí en adelante la Cuarta Internacional se enfrenta con las tareas del movimiento de masas. El programa de transición es un reflejo de este importante cambio. Su importancia reside en que, en vez de proporcionar un plan teórico a priori, realiza el balance de la experiencia ya acumulada por nuestras secciones nacionales y sobre las bases de esta experiencia abre perspectivas internacionales más amplias.

La aceptación de este programa, preparada y asegurada por una larga discusión previa —o más bien una larga serie de discusiones— representa nuestra conquista más importante. La Cuarta Internacional es ahora la única organización internacional que toma en cuenta no sólo las fuerzas conductoras de la época imperialista, sino que está armada con un sistema de consignas transicionales capaces de unificar a las masas para una lucha revolucionaria por el poder. No necesitamos autodecepciones. La discrepancia entre nuestras fuerzas de hoy y las tareas de mañana la percibimos más clara nosotros que nuestros críticos. Pero la dialéctica dura y trágica de nuestra época está trabajando en nuestro favor. Llevadas por la extrema pendiente de la desesperación y la indignación, las masas no encontrarán otra dirección que aquella que les ofrece la Cuarta Internacional.

Escritos , Tomo V
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