El principio del fin[272]

12 de junio de 1937

La burocracia se ha convertido en la herramienta para minar, desmoralizar y degradar al país en todas las esferas de la vida social y política. Esto es más cierto aun en la esfera económica. Las acusaciones de sabotaje arrojadas a diestra y siniestra han provocado el caos en el aparato admirativo. Toda dificultad objetiva es interpretada como fracaso de algún individuo. Cada provincia y región descubre a su Piatakov y lo fusila. Los ingenieros de las instituciones de planificación, los directores de trusts y fábricas, los obreros calificados han caído presas del pánico. Nadie quiere asumir una responsabilidad. Todos temen mostrar iniciativa. Al mismo tiempo, todos corren el riesgo de terminar ante el pelotón de fusilamiento por falta de iniciativa.

La intensificación del despotismo conduce a la anarquía. Para la economía soviética, el régimen democrático es tan indispensable como la buena calidad de las materias primas y lubricantes. La administración stalinista no es otra cosa que el sabotaje universal de la economía.

En el terreno de la cultura la situación es aun peor, si cabe. La dictadura de la ignorancia y de la mentira ahoga y envenena la vida espiritual de ciento setenta millones de personas. Gracias a los últimos juicios y a la purga en su conjunto, completamente deshonestas tanto por sus medios como por sus fines, se ha consolidado la hegemonía de la calumnia, la vileza, la alcahuetería y la cobardía. La escuela soviética castra al niño en forma no menos completa que el seminario católico, con la diferencia de que aquélla es menos estable. Los estudiosos, pedagogos, escritores y artistas que demuestran el menor signo de independencia son intimidades, perseguidos, arrestados, exiliados, inclusive fusilados. El canalla incompetente triunfa en todos los terrenos. Es él quien prescribe el itinerario de la investigación científica y las leyes de la creación artística. La prensa soviética despide un hedor de putrefacción.

¿Existe algo más vergonzoso que la indiferencia que siente la burocracia por el prestigio internacional del país? Los representantes de la gran burguesía internacional y los estados mayores de todos los países hacen balances mucho más lúcidos de los fraudes de Moscú y del lado desfavorable de la purga que muchas organizaciones obreras, engañadas por sus dirigentes. ¿Qué actitud tendrán los augures del capitalismo ante un gobierno «socialista» que se rebaja a actos tan denigrantes? En todo caso, Berlín y Tokio no pueden desconocer que la acusación lanzada contra los trotskistas y los generales rojos —traicionar al estado en aras de los intereses del militarismo alemán y japonés— son mera cháchara.

Naturalmente, no abrigamos ilusiones respecto de la moral del gobierno alemán, o japonés, o de ningún otro gobierno. Después de todo, no se trata de una competencia para ver quién cumple mejor los diez mandamientos, sino de una evaluación de la estabilidad del régimen soviético. Los procesos de Moscú desacreditaron enormemente al gobierno. Después de la última purga, su fuerza y autoridad decrecieron a los ojos tanto de sus enemigos como de sus posibles aliados. Esta evaluación se convierte, a su vez, en un factor de gran importancia para las realineaciones internacionales.

Mientras tanto, el gobierno de la URSS viene retrocediendo paso a paso ante el Japón, su adversario más débil. Los artículos y discursos jactanciosos que acompañan a cada capitulación no engañan a nadie. La guerra interna le impide a la oligarquía de Moscú ejercer la resistencia externa. La entrega del archipiélago de Amur le dejó las manos libres a Japón para llevar a cabo sus planes en China. Es probable que Litvinov tuviera instrucciones de decirles a los diplomáticos japoneses: «Pueden ustedes hacer lo que quieran con China, mientras no nos toquen a nosotros. No interferiremos». Lo único que le preocupa a la camarilla dominante es su propia supervivencia.

El trabajo diplomático que se realiza a través del aparato de la Comintern es igualmente desastroso. Inglaterra y Francia por sí solas jamás hubieran podido imponerle a la España revolucionaria un gobierno contrarrevolucionario como el de Negrín[273]. La autotitulada Internacional Comunista se ha convertido en la correa de transmisión indispensable de los diplomáticos de Londres y París. En la lucha por ganarse la confianza de la burguesía francesa y británica, Stalin se ha ocupado constantemente en impedir que los obreros españoles tomen la senda de la revolución.

La ayuda de Moscú al gobierno del «Frente Popular» está condicionada a que se tomen medidas cada vez más severas contra los revolucionarios. Como era de esperar, la lucha contra los obreros y los campesinos en la retaguardia provocó inevitables derrotas en el frente. La camarilla de Moscú es igualmente impotente frente a Franco y al Mikado. Y así como Stalin necesita chivos emisarios para sus pecados en política interna, las derrotas que su política reaccionaria provoca en España le obligan a buscar la salvación en la destrucción de la vanguardia revolucionaria.

Los métodos de la amalgama y el fraude judicial, tras madurar en Moscú, son trasplantados a la tierra de Barcelona y Madrid. De repente se acusé a los dirigentes del POUM, a los cuales sólo se les podía reprochar su oportunismo y su falta de firmeza frente a la reacción stalinista, de «trotskistas», y, por lo tanto, aliados del fascismo. Los agentes de la GPU en España «descubrieron» cartas escritas en tinta simpática —escritas por ellos mismos— donde se demostraba la alianza de los revolucionarios de Barcelona con Franco, de acuerdo con las mejores normas del fraude moscovita. Nunca falta un canalla que ponga en práctica una directiva sangrienta. El ex revolucionario Antonov-Ovseenko, que se retractó de sus pecados trotskistas en 1927 y que en 1936 estaba aterrorizado ante la posibilidad de terminar en el banquillo de los acusados, declaró a través de Pravda que estaba dispuesto a estrangular «trotskistas» con sus propias manos[274]. Este sujeto fue enviado inmediatamente a Barcelona, con disfraz de cónsul e instrucciones precisas sobre a quién debía estrangular. El arresto de Nin sobre la base de acusaciones evidentemente falsas, su secuestro y su asesinato son obra de Antonov-Ovseenko. Por supuesto que la iniciativa no es suya. Jamás se llevan a cabo misiones importantes de este tipo sin instrucciones directas del propio «secretario general».

Stalin necesita las amalgamas en Europa no sólo para distraer la atención de su totalmente reaccionaria política internacional, sino también para apuntalar las groseras amalgamas de la URSS. El cadáver mutilado de Nin servirá para demostrar… el vuelo de Piatakov a Oslo. Y estas cosas no se hacen únicamente en España. Los preparativos se vienen realizando desde tiempo atrás en muchos países. En Checoslovaquia, Anton Grylewicz, exiliado alemán, antiguo e intachable revolucionario, fue arrestado por… mantener vínculos con la Gestapo[275]. Es indudable que la GPU fabricó la acusación y la entregó a la complaciente policía checa. Los trotskistas, auténticos y supuestos, son perseguidos principalmente en los países que han tenido la desgracia de caer bajo la tutela de Moscú: España y Checoslovaquia. Pero éste es sólo el comienzo. Valiéndose de las complicaciones internacionales de los lacayos de la Comintern, dispuestos a todo, y por último, aunque no es lo menos importante, de los recursos proporcionados por una industria aurífera en expansión, Stalin espera poder aplicar los mismos métodos en otros países. La reacción nunca se opone al exterminio de los revolucionarios, sobre todo cuando los fraudes judiciales y los asesinatos son llevados a cabo bajo cuerda por un gobierno «revolucionario» extranjero, que opera por intermedio de «amigos» locales cuyos sueldos provienen del mismo presupuesto extranjero.

El stalinismo se ha convertido en el azote de la Unión Soviética y en la lepra del movimiento obrero mundial. En el terreno de las ideas, el stalinismo es una nulidad. Pero, por compensación, dispone de un aparato colosal que explota la dinámica de la revolución más grande de la historia, sus tradiciones heroicas y su espíritu de triunfo. Del rol creador de la violencia revolucionaria en un periodo histórico determinado, Stalin deduce, con la estrechez empírica que le es propia, la omnipotencia de la violencia en general. Ha pasado, imperceptible e inconscientemente, de la violencia revolucionaria de los trabajadores contra los explotadores a la violencia contrarrevolucionaria contra los trabajadores. Bajo los viejos nombres y rótulos se consume así la liquidación de la Revolución de Octubre.

Nadie, sin excluir a Hitler, le ha dado golpes más duros al socialismo que Stalin. No es de sorprenderse, puesto que Hitler ataca a la clase obrera desde afuera, Stalin desde adentro. Hitler ataca el marxismo. Stalin, además de atacarlo, lo prostituye. No ha quedado un solo principio sin enlodar, una sola idea sin manchar. Los nombres mismos del socialismo y del comunismo quedan comprometidos a partir del día en que una policía desenfrenada, que se gana la vida con el pasaporte «comunista», llama socialista a su régimen policíaco. ¡Profanación repugnante! Las cárceles de la GPU no constituyen el ideal por el cual lucha la clase obrera.

El socialismo es un sistema social puro y claro, adaptado al autogobierno de los trabajadores. El régimen de Stalin se basa en una conjura de gobernantes contra gobernados. El socialismo entraña el crecimiento ininterrumpido de la igualdad universal. Stalin ha erigido un sistema de privilegios repugnantes.

La meta del socialismo es el florecimiento global de la personalidad individual. ¿Cuándo y en qué lugar la personalidad del hombre se ha degradado tanto como en la URSS?

El socialismo no tiene valor sin relaciones abnegadas, honestas y desinteresadas entre seres humanos. Bajo el régimen de Stalin, las relaciones sociales y personales están imbuidas del espíritu de la mentira, del arribismo y de la traición. Evidentemente, no es Stalin quien determina el rumbo de la historia. Conocemos las causas objetivas que prepararon el rumbo reaccionario que sigue la URSS. Pero no es casual que Stalin se encarame sobre la cresta de la ola termidoreana. Pudo darle a los apetitos ávidos de la nueva casta su expresión más perversa. Stalin no es responsable de la historia. Pero sí es responsable de sí mismo y de su papel en la historia. Es un papel criminal. Tan criminal, que el horror supera a la repugnancia.

Los códigos criminales más severos de la humanidad no prevén castigos que estén a la altura de la camarilla dominante de Moscú y, sobre todo, del hombre que la encabeza. Si, a pesar de ello, advertimos más de una vez a la juventud soviética sobre los peligros del terrorismo individual —que encontraría un extraordinario caldo de cultivo en la tierra rusa, tan empapada de arbitrariedad y violencia— no fue por razones morales, sino políticas. Los actos desesperados no cambian el sistema: sólo facilitan las sangrientas represalias de los usurpadores contra sus adversarios. Los golpes terroristas tampoco ofrecen satisfacción desde el punto de vista de la «venganza». En efecto: ¿qué significa la muerte de una docena de altos burócratas en comparación con el número y la envergadura de los crímenes de la burocracia? Se trata de desnudar a los criminales ante la conciencia de la humanidad Y arrojarlos al estercolero de la historia. No se puede pedir menos.

Es cierto que la burocracia stalinista, al igual que la nazi, espera vivir mil años. Están convencidos de que los regímenes que caen son los que no fueron lo suficientemente resueltos en la represión. El secreto es sencillo: si se cortan oportunamente las cabezas críticas, el régimen se perpetúa. En un periodo en que la burocracia soviética cumplía un papel relativamente progresivo —en gran medida cumplido en su momento por la burocracia capitalista de Europa occidental— Stalin obtuvo éxitos espectaculares. Pero ese periodo resultó muy breve. En el momento en que Stalin se convenció de que su «método» era garantía de victoria contra todos los obstáculos, la burocracia soviética agotó su misión, y su primera generación empezó a pudrirse. Éste es, precisamente, el origen de las acusaciones y procesos más recientes que, para el común de los filisteos, parecen caídos del cielo.

La purga sangrienta, ¿fortaleció o debilitó la dominación de Stalin? La prensa mundial respondió en forma inequívoca y por partida doble. La reacción inmediata ante los fraudes judiciales de Moscú sugirió a casi todo el mundo la conclusión de que un régimen obligado a recurrir a semejantes artimañas no puede sobrevivir mucho tiempo. Pero gradualmente la prensa conservadora, que siempre simpatizará con la casta dominante soviética en su lucha contra la revolución, empezó a virar. Stalin había aplastado a la Oposición, reflotado a la GPU, exterminado a los generales refractarios y, durante todo este proceso, el pueblo se mantuvo en calma. Por lo tanto, evidentemente, su régimen se había consolidado. A primera vista, las dos evaluaciones parecen igualmente convincentes. Pero sólo a primera vista.

El significado social y político de la purga es claro: el estrato dominante rechaza de su seno a los elementos que le recuerdan su pasado revolucionario, los principios de libertad, igualdad y fraternidad y las tareas aún no resueltas de la revolución mundial. La brutalidad de la represión es fiel reflejo del odio que siente la casta privilegiada por los revolucionarios. En este sentido, la purga da mayor homogeneidad al estrato dominante y aparentemente, fortalece la posición de Stalin.

Pero este fortalecimiento es esencialmente espúreo. Pase lo que pase. Stalin es un producto de la revolución. La camarilla de sus colaboradores más íntimos, el llamado Buró Político, está integrado por individuos que, por insignificantes que sean, en su mayoría están atados al pasado bolchevique. La aristocracia soviética, que con tanto éxito empleó a Stalin y a su camarilla para exterminar a los revolucionarios, no siente la menor simpatía ni respeto por los gobernantes. Quiere liberarse totalmente de todas las ataduras del bolchevismo, inclusive bajo la forma prostituida que Stalin aún necesita para imponer la disciplina en su camarilla. El día de mañana Stalin se convertirá en un lastre para el estrato dominante.

Pero existe un hecho infinitamente más importante: la burocracia se purga de elementos extraños a costa de una brecha que se ensancha entre sí misma y el pueblo. Podemos decir, sin temor a exagerar, que la atmósfera de la sociedad soviética está sobrecargada de odio hacia los dirigentes privilegiados. Stalin podrá convencerse día a día que la firmeza y los pelotones de fusilamiento no bastan para salvar a un régimen perimido. Las purgas en el ejército y en la GPU constituyen advertencias muy elocuentes de que el propio aparato de coerción está integrado por seres vivos, sujetos a las presiones del entorno. El odio creciente de las masas hacia la burocracia, junto con la mal disimulada hostilidad de la mayoría de la burocracia hacia Stalin, corroen inexorablemente el aparato de represión y, con ello, preparan una de las premisas de la caída del régimen.

La dominación bonapartista surgió de la contradicción fundamental entre la burocracia y el pueblo y de la contradicción suplementaria entre los elementos termidoreanos y revolucionarios de la burocracia. Stalin surgió apoyándose en la burocracia contra el pueblo y en los termidoreanos contra los revolucionarios. Pero en ciertos momentos críticos se vio obligado a buscar el apoyo de los revolucionarios y, por su intermedio, el del pueblo, para enfrentar la ofensiva precipitada y prematura de los privilegiados. Pero es imposible encontrar apoyo en una contradicción social que se trasforma en un abismo. De ahí la transición forzada hacia el «monolitismo» termidoreano mediante la destrucción de todo vestigio del espíritu revolucionario y de toda manifestación de actividad política independiente por parte de las masas. La purga sangrienta salvó transitoriamente al régimen de Stalin, pero al mismo tiempo destrozó los puntales sociales y políticos del bonapartismo.

Stalin se acerca al fin de su trágica misión. Para él, se acerca el momento en que no necesitará a nadie; en realidad, se acerca el momento en que nadie tendrá necesidad de él. Si la burocracia logra hacer surgir de su seno una nueva clase propietaria y reflotar las formas de propiedad, la nueva clase encontrará dirigentes más cultos y desvinculados del pasado revolucionario. Difícilmente agradecerá a Stalin la obra realizada. La contrarrevolución lo liquidará rápidamente, acusándolo, quizás, de… trotskista. En ese caso, Stalin será víctima de las amalgamas instituidas por él mismo. Sin embargo, este rumbo de ninguna manera es inexorable.

La humanidad entra nuevamente en la época de las guerras y de las revoluciones. Los regímenes, tanto políticos como sociales, caerán como castillos de naipes. Es probable que las convulsiones revolucionarias de Asia y Europa posterguen el derrocamiento de la camarilla stalinista a manos de la contrarrevolución capitalista y preparen su caída bajo los golpes de las masas trabajadoras. En tal caso, a Stalin le resultará aún más difícil encontrar quién le agradezca.

La memoria de la humanidad es magnánima con respecto a las medidas severas cuando éstas se aplican al servicio de grandes fines históricos. Pero la historia no perdonará una sola gota de la sangre vertida en el altar del nuevo Moloch de la arbitrariedad y del privilegio. La sensibilidad moral encuentra su mayor satisfacción en la convicción inmutable de que la venganza histórica corresponderá a la magnitud del crimen. La revolución abrirá los cuartos secretos, revisará los juicios, rehabilitará a los calumniados levantará monumentos a las víctimas de la arbitrariedad, cubrirá los nombres de los verdugos con el manto de la infamia eterna. Stalin saldrá de escena cargado con todos los crímenes que ha cometido, no sólo como sepulturero le la revolución, sino también como el personaje más siniestro de la historia de la humanidad.

Escritos , Tomo V
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