Nuevo ataque al derecho de asilo[601]

24 de febrero de 1938

El señor Lombardo Toledano y su camarilla, después de largos y cuidadosos preparativos, han intentado maliciosamente engañar a la opinión pública de este país. El «material» sobre el cual se basaron en la convención de febrero de la Confederación de Trabajadores Mejicanos (CTM): no presenta nada nuevo: es el material de Iagoda[602], Iezov y Vishinski, y el mismo de Stalin. En base a éste han sido fusiladas miles de personas. Su única culpa fue detestar a la camarilla del Kremlin y despreciar a sus abogados y lacayos.

El «material» que utiliza Lombardo Toledano para engañar a la opinión pública mejicana recibió una suficiente evaluación en las conclusiones de la Comisión Internacional de Investigación, en Nueva York. En altura moral, pasado, reputación irreprochable y desinterés personal, cada miembro de la Comisión, comenzando por su presidente, el doctor John Dewey, está muy por encima de Lombardo Toledano y los de su estilo.

La comisión refutó, punto por punto, todas las acusaciones de Iagoda, Iezov, Vishinski, Stalin y sus lacayos internacionales. El vigésimo sexto párrafo del fallo declara: «Descubrimos que el fiscal falsificó fantásticamente el papel de Trotsky antes, durante y después de la Revolución de Octubre». Es precisamente esta «falsificación fantástica» la que se encuentra en la raíz de las calumnias del señor Toledano y sus ayudantes.

Mi verdadera política es accesible a todos. Está expuesta en mis libros y artículos. Como en octubre de 1917, defiendo los intereses y derechos de los obreros y campesinos de la Unión Soviética contra la nueva, insaciable y tiránica aristocracia. En España, defiendo los métodos de lucha contra el fascismo que aseguraron la victoria de los soviets en la Guerra Civil (1917-20) y me opongo a los métodos desastrosos de la Comintern, que garantizaron la victoria del fascismo en Alemania, Austria y otros países, y que sientan las bases del triunfo del general Franco. En todo el mundo defiendo los métodos irreconciliables de lucha contra el imperialismo, que Lenin, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht[603], mis viejos amigos y compañeros de armas, aplicaron; me opongo a los métodos de la totalmente podrida Comintern, que se arrastra en cuatro patas, ante el imperialismo «democrático», traicionando los intereses de los pueblos coloniales y semicoloniales, en aras de los privilegios de casta de la burocracia soviética. Tales son mis puntos de vista. No pienso cambiarlos. Asumo completa responsabilidad por ellos.

Después de la decisión de la Comisión Internacional de Investigación, no tengo ningún motivo para entrar en altercados políticos o jurídicos con el señor Lombardo Toledano. Pero explicaré la verdad a la gente que ha sido engañada por él. Esto es lo que temen el señor Toledano y su camarilla. Su intriga en la convención, como lo han revelado sus mismos autores, tiene un solo objetivo: amordazarme.

No actúan, por supuesto, por propia iniciativa. Su inspirador vive en Moscú. El fallo de la Comisión Internacional, el informe estenográfico publicado de la investigación en Coyoacán, las revelaciones de los antiguos agentes del Kremlin (Reiss, Barmin y Walter Krivitski), así como muchos otros hechos del año último, asestaron un golpe irreparable a la camarilla del Kremlin. Mi reciente libro, Los crímenes de Stalin, apareció ya en varias lenguas. Espero que también se editará en español. La opinión pública progresiva de todo el mundo se está alejando de Stalin con la mayor repugnancia. Esto explica el furioso intento de la GPU de forzarme al silencio.

Sin embargo, el señor Lombardo Toledano y su camarilla están equivocados, si creen que van a tener éxito en la misión que se les confió. Muchos, y más fuertes, han tratado de llevar a cabo esta tarea sin ningún éxito. El zar me enseño el silencio por cuatro años en prisión y dos veces me desterró a Siberia. El káiser Guillermo me sentenció a la cárcel porque no quería callarme en Suiza durante la guerra. Los aliados franceses del zar me expulsaron de Francia en 1916 por el mismo crimen. El rey Alfonso XIII me arrojó a una cárcel de Madrid con el fin de silenciarme. Con el mismo objetivo, los imperialistas británicos me internaron en un campo de concentración en Canadá. El abogado Kerenski, quien durante cierto tiempo se las arregló para engañar a parte considerable de la opinión pública, trató de sellar mi boca en la prisión Kresty de Petrogrado. Pero está escrito en las páginas de la historia que no he aprendido a callarme por la fuerza. Por otro lado, durante cuarenta años de lucha revolucionaria, he visto en las filas del movimiento obrero a no pocos oportunistas que no sólo se callan por mandato, sino que también calumnian por la misma causa.

Si hubiera deseado callar los crímenes de la burocracia stalinista contra los obreros y campesinos, aquélla me habría elevado y los Lombardo Toledano de todo el mundo se hubiesen arrastrado ante mí como los hacen ante la camarilla del Kremlin. Los socialdemócratas noruegos, hermanos mayores en espíritu de Toledano, sólo descubrieron un medio de acallar lo que pienso de la GPU: meterme a la cárcel. Pero mi hijo, a quien sólo la muerte pudo silenciar, respondió con un libro por mí. Stalin, quien comprende esto mejor que sus agentes, sabe que Toledano no logrará forzarme al silencio con viejas calumnias recalentadas. Es precisamente por eso que Stalin prepara otras medidas, muchísimo más realistas. Para estos planes, de los que hablaremos a su debido tiempo, Stalin necesita primero envenenar a la opinión pública. Para este trabajo requiere a Lombardo Toledano.

Hace algunos meses este hombre aseguró, en una reunión pública, que en favor del fascismo yo preparaba una huelga general contra el gobierno mejicano. A su vez, el señor Laborde, en parte ayudante de Toledano en la calumnia, en parte su amo, aseguró en una demostración pública que yo conspiraba con «generales fascistas». La respuesta a esta acusación fue una carcajada despectiva general. Pero es imposible turbar a estos caballeros. Ellos descartan estas acusaciones sólo para presentar otras más inmediatamente. ¡Cómo dice el proverbio, si se arroja suficiente lodo, algo queda!

Los señores calumniadores continúan construyendo su juego sobre la acusación de que estoy rompiendo mi obligación de «no interferir en la política interna de México». La importación desde Moscú de odiosas calumnias, y su traducción al español, estos caballeros la identifican con la política interna de México. Declaro: nadie me ha exigido, y en ningún momento he prometido a nadie, renunciar al derecho de defender mi honor político de los calumniadores y mis ideas de sus adversarios. Prometí al gobierno del general Cárdenas no interferir en la política interna de este país, de acuerdo a la comprensión general de la palabra «política»[604]. Esta promesa la estoy cumpliendo escrupulosamente. Pero si en las calles de la capital alguien me metiera la mano en el bolsillo para robar mis documentos y cartas, me consideraría con el completo derecho de agarrar la mano del criminal. ¡Y de no permitir al dueño de la mano gritar que estoy interfiriendo con la política interna de México! Lombardo Toledano trata de robarme algo más valioso: mi honor político; y exige —¡oh demócrata!, ¡oh revolucionario!— que me impidan por la fuerza calificar sus acciones con los nombres que merecen.

Nunca me he preocupado del programa político y de las acciones públicas del señor Toledano, ni de sus referencias a Lenin, que pertenecen a la esfera del humor involuntario. También dejo a un lado la cuestión del tipo de intriga que hizo posible a Toledano engañar a la convención de sindicatos acerca de un problema sobre el cual la mayoría de la gente no tenía la menor noción. Pero es completamente claro que cuando el señor Toledano, con ayuda de material falsificado, moviliza a toda la convención contra mí, un individuo privado, un exiliado político que no tiene relación alguna con los sindicatos mejicanos —con el fin de silenciarle o privarme del derecho de asilo— el señor Toledano actúa, no como representante de la política interna de México, sino como un agente de la política exterior de la GPU. ¡Dejémosle hacerse responsable de esta función indigna!

Los lectores de estas líneas comprenderán sin dificultad que ni las circunstancias actuales de mi vida personal, ni el carácter general de mi trabajo, me permiten ocuparme del señor Toledano. Pero aquí se da un problema completamente distinto. Es algo que tiene que ver con la opinión pública de un país que ha demostrado hospitalidad a mi esposa y a mí y que en el último año he aprendido a amar y valorar. Es por eso, y sólo por eso, que me considero obligado a responder con esta declaración a la calumnia cuidadosamente preparada por los agentes mejicanos de Stalin.

Escritos , Tomo V
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