Entrevista concedida al Jewish Daily Forward[98]
18 de enero de 1937
Para responder a las preguntas relacionadas con la Unión Soviética se requeriría todo un libro. Escribí ese libro en Noruega. Apareció con el título de La revolución traicionada en Francia hace dos semanas. Hoy me avisaron desde Nueva York que las pruebas ya están corregidas y que el libro aparecerá próximamente en inglés. A quienes se interesen por mis opiniones con respecto a la actual situación económica, social, política y cultural de la Unión Soviética los remito a este libro. Una parte del mismo trata la cuestión de la nueva constitución soviética, con la siguiente conclusión: todos los elementos históricamente progresivos ya estaban incluidos en la vieja constitución, elaborada bajo la dirección de Lenin. La nueva constitución se diferencia de la anterior por tratar de fortalecer y perpetuar los inmensos privilegios económicos y la dictadura absoluta de la burocracia soviética.
Con respecto al juicio de los dieciséis, estoy terminando un folleto en el cual trato de demostrar a cualquier persona honesta y dotada de espíritu crítico que el proceso de Moscú es el fraude judicial más grande de toda la historia política mundial. Otros juicios que han pasado a la historia, tales como el de Beilis en Rusia zarista, el de Dreyfus en Francia y el del incendio del Reichstag en Alemania son un juego de niños al lado del proceso de los dieciséis[99]. Y se avecinan nuevos juicios… A medida que aumentan los privilegios de la casta dominante soviética, más dura será la represión contra los sectores críticos y de oposición. Sin embargo, la casta dominante no puede castigar a los opositores ante los ojos del pueblo por exigir mayor libertad e igualdad. Ya en 1927 comprendí que la burocracia atribuiría crímenes horribles a la Oposición y que eliminaría la independencia de las masas populares, para que la verdad no saliera a la luz. Desarrollé esta idea en un articulo publicado el 4 de marzo de 1929: «A Stalin sólo le queda un camino: tratar de trazar una demarcatoria de sangre entre el partido oficial y la Oposición. Para él es absolutamente necesario vincular a la Oposición con crímenes terroristas, preparación de insurrecciones armadas, etcétera» [véase Escritos 1929-30].
Estas líneas aparecieron en el Biulleten Oppozitsii N.º 1-2, casi seis años antes del asesinato de Kirov. En el trascurso de esos años escribí decenas de artículos y centenares de cartas para advertirles a mis amigos y simpatizantes que se cuidaran de los provocadores de la GPU. En ese sentido, el proceso de Moscú no es un acontecimiento inesperado para mí. Durante los meses pasados aparecieron una serie de folletos donde se explica cómo se montaron los procesos y cómo se arrancaron las «confesiones» a los desgraciados sentados en el banquillo. Cito los siguientes: Livre rouge sur le proces de Moscou, de León Sedov (mi hijo); [Dieciséis ejecutados en Moscú], de Victor Serge (famoso revolucionario y destacado escritor francés)[100]; The Moscow Trial - The Geatest Frame-up in History, escrito por M. Schachtman y publicado en Nueva York. Este último ha tenido gran éxito y puedo recomendarlo a toda persona serie y honesta que desee familiarizarse con el proceso de Moscú.
Federico Adler, secretario de la Segunda Internacional y adversario político mío, comparó el proceso de Moscú en los juicios por brujería de la Edad Media[101], Adler recuerda, muy pertinentemente, que el Santo Oficio siempre lograba el «arrepentimiento puro y sincero» de las acusadas de brujería. En manos de los inquisidores la bruja relataba en detalle cómo había pasado la noche con el diablo en el monte más cercano.
La GPU emplea métodos más refinados, acordes con la época del avión y la radiocomunicación pero, en esencia, arranca las confesiones mediante la tortura mental, prolongada a lo largo de varios años. Mi nuevo libro desarrolla este aspecto en detalle.
Acerca de sí existe algún vinculo entre el proceso de Moscú y el antisemitismo: ¡categóricamente sí! Franz Pfemfert, escritor alemán refugiado del nazismo lo demostró claramente a través de la prensa[102]. Quien estudia atentamente la vida interna de la Unión Soviética, quien lee la prensa soviética línea por línea y entre líneas, sabe desde hace tiempo que tanto en lo relativo a la cuestión judía como a otras cuestiones los burócratas soviéticos practican un doble juego. Desde luego que, en palabras, se pronuncian contra el antisemitismo: procesan e inclusive fusilan a los pogromistas empedernidos. Sin embargo, al mismo tiempo, explotan sistemáticamente los prejuicios antisemitas para comprometer a los grupos de oposición. En todos los comentarios sobre los juicios, los gustos artísticos de los acusados, su posición social, siempre se surgiere veladamente que la Oposición es un subproducto de la intelectualidad judía. Es necesario decir abiertamente: en este plano la burocracia stalinista revive las tradiciones de la burocracia zarista en forma más moderada. También el desarrollo económico y cultural de las demás nacionalidades sufre la dictadura de la burocracia bonapartista.
Es absurdo y deshonesto presentarnos a mí y a mis amigos como enemigos de la Unión Soviética. La Unión Soviética y la casta burocrática son para mí cosas distintas. Creo en el futuro de la Unión Soviética, que se liberará de la burocracia y retomará el camino iniciado por la Revolución de Octubre.
La burocracia no está constituida por algunos centenares de personas que dominan a la Unión Soviética, sino por varios millones de ciudadanos, quienes representan a la aristocracia obrera. En mi libro reciente. La revolución traicionada, calculo que del 12 al 15 por ciento de la población, vale decir, unos cinco millones de personas, constituyen la aristocracia privilegiada. Pero en la burocracia no hay un solo nivel económico. El nivel de vida medio del estrato más bajo de la burocracia es inferior al del obrero medio europeo o norteamericano. La estructura social está dividida, y eso da origen al descontento. Por ejemplo, existen millones de personas agrupadas bajo el rótulo de «empleados». Algunos gozan de dos vacaciones anuales en una dacha y tienen una vida cómoda: distinto es el caso de la mayoría —funcionarios de baja categoría u obreros—, cuyo nivel económico está muy por debajo de lo que se necesita para llevar una vida sencilla. Por último, los grandes aristócratas, el estrato superior de la burocracia, viven como millonarios norteamericanos aunque no posean capital.
Para evitar todo malentendido quiero explicar mi posición respecto de si existe antisemitismo en la Unión Soviética. Los intelectuales judíos desempeñan un papel importante en muchas esferas de la vida soviética. La vieja pequeña burguesía judía posee capacidades específicas que le han dado acceso a las filas de la burocracia, de la cual conforman un buen porcentaje. Ingresaron a este servicio en virtud de su nivel educativo, pero, dado que se destacan dentro de la burocracia, la insatisfacción está dirigida contra ellos. Subsiste un gran sentimiento antijudío y las masas tienden a caer en esa provocación. Su chovinismo se dirige contra los judíos debido a su aspecto y acento particulares. De modo que, por ejemplo, se puede remover a los judíos de los estratos superiores sin conmocionar a las masas —como en el caso reciente del judío polaco Iagoda, jefe del comisariado del Interior, remplazado por Iejov—[103], pero no puede hacerse lo mismo con los del estrato inferior, debido a la carencia de personal capacitado, debe aceptarse a los judíos en los puestos de funcionarios. Y dado que la insatisfacción es un hecho real, los poderosos de la cúpula prefieren que las culpas recaigan sobre los funcionarios judíos y no sobre la burocracia en su conjunto, de la cual aquéllos son, por cierto, parte integrante.
Veamos, por ejemplo, los juicios contra la Oposición: allí se destacó constantemente el papel de los judíos, a pesar de que no son mejores ni peores que el resto de la población en este terreno. Con esto quiero decir que el tema de los judíos ha sido explotado durante años en la lucha contra la Oposición. En 1927 cuando se creó el bloque de Oposición, el único judío en el equipo de dirección era yo. Entre los demás —Smirhov, Preobrajenski, Mrachkovski, etcétera—[104] no había uno solo. En la llamada Oposición Zinovievísta el único judío era Zinoviev. Los demás, grandes dirigentes revolucionarios leningradenses como Bakaev. Ievdokimov, Kuldin, etcétera[105], no lo eran.
En 1927, Stalin ya escribía en los documentos oficiales —en tono sumamente discreto, pero con intenciones claras— que la mayoría de los militantes de la Oposición eran judíos. Decía: no luchamos contra Trotsky, Zinoviev, Kamenev y los demás porque son judíos sino porque militan en la Oposición. La intención es, evidentemente, señalar que los dirigentes de la Oposición son judíos. No fui el único en reconocer que nos combatían en el plano extrapolítico. También esto cabía en la lucha que libraba Stalin contra la Oposición, en la cual esta dispuesto a emplear todos los métodos. En una sesión del Buró Político intercambié unas notas con Bujarin (esas notas están en mi archivo), en las que dije: nos atacan como judíos. Bujarin respondió que no creía que semejante factor pudiera jugar un papel. Le sugerí que fuéramos juntos a una fábrica de vanguardia para determinar qué decían los obreros. Bujarin aceptó la propuesta, pero confié nuestro plan a un tercero y se le prohibió llevarlo a cabo[106].
Esta tendencia, que en 1924 se observaba aquí y allá, para 1926 se había vuelto sistemática.
Lo primero que puedo decir de la cuestión judía es que no se resolverá en el marco del capitalismo. Ni tampoco será resuelta por el sionismo. Antes, yo creía que los judíos se asimilarían a las culturas y pueblos en cuyo seno vivían. Así sucedía en Alemania y Estados Unidos, y por eso mi pronóstico resultaba lógico. Pero ahora es imposible afirmarlo. La historia reciente nos ha dado algunas lecciones al respecto. La suerte de los judíos es ahora un problema candente, sobre todo en Alemania, donde aquellos judíos que habían olvidado dado su origen tuvieron ocasión de recordarlo. Preveo una situación similar en Francia, donde ya existen los síntomas de una fuerte corriente antisemita, por no mencionar los países capitalistas de Europa oriental, donde se ha tratado el problema judío con suma violencia en los últimos años.
Sí el capitalismo sobrevive por muchos años, la cuestión judía estará planteada de la misma manera candente en todos los países donde viven judíos, inclusive en EE. UU.
No sé lo que sucederá con los judíos dentro de algunos siglos, como tampoco sé qué sucederá con los mexicanos. Si sé que, sólo la revolución socialista solucionará la cuestión judía. Hablo de la cuestión judía en términos generales, porque mis conocimientos sobre la vida interna de la comunidad judía son escasos. Sin embargo, puedo afirmar que bajo el orden socialista el pueblo judío puede y debe hacer su propia Vida en medio de su propia cultura, que últimamente se ha desarrollado muchísimo. El problema territorial también es importante, porque un pueblo puede desarrollar un plan económico y cultural cuando vive en una masa compacta. Bajo el socialismo, cuando se plantee el problema, los judíos que lo deseen podrán emigrar libremente y en masa, sin obligar a nadie a unirse a ellos, dado que en el estado socialista no existirá la dominación por la fuerza. Porque si un grupo de judíos sostiene que desea vivir bajo el socialismo en una cultura judía, que les permita mantener sus tradiciones, ¿por qué no habrían de hacerlo?
El desarrollo cultural exige la concentración, porque esto facilita la difusión de la cultura entre las amplias masas mediante una prensa fuerte, un teatro, etcétera. Si esto es lo que desean los judíos, el socialismo no tendrá derecho a negárselos. Quiero subrayar que no afirmo que los judíos deban necesariamente poseer un territorio, porque bajo el socialismo los judíos, como todos los pueblos, podrán residir donde quieran con plena libertad y seguridad.
Sólo la revolución proletaria puede resolver la cuestión judía en todas sus ramificaciones. Por ello, las masas trabajadoras judías deben trabajar y luchar hombro a hombro con los obreros de todos los países para lograr este fin.