Las preguntas de Wendelin Thomas[304]

6 de julio de 1937

Estimado camarada:

No creo que las preguntas que usted formula guarden relación directa con las investigaciones del Comité de Nueva York, ni que puedan afectar sus conclusiones. Sin embargo, estoy perfectamente dispuesto a responder a todas sus preguntas, para que todos los interesados puedan familiarizarse con mis posiciones.

Para usted, como para muchos otros, el origen del mal radica en el principio de que «el fin justifica los medios». El principio en sí es muy abstracto y racionalista. Permite las más variadas interpretaciones. Pero estoy dispuesto a asumir la defensa de esta fórmula… desde el punto de vista materialista y dialéctico. En efecto, considero que no existen medios que sean buenos o malos de por sí, o en relación con algún principio suprahistórico absoluto. Los medios que conducen a acrecentar el poder del hombre sobre la naturaleza y liquidar el poder del hombre sobre el hombre son buenos. En este sentido histórico amplio, sólo el fin justifica los medios.

Sin embargo, ¿no significa esto que la mentira, la deslealtad y la traición son licitas y justificadas si conducen al «fin»? Todo depende de la naturaleza del fin. Si el fin es la liberación de la humanidad, entonces la mentira, la deslealtad y la traición no pueden ser medios apropiados. Los adversarios de los epicúreos acusaban a éstos de rebajarse a los ideales de los puercos al abogar por la «felicidad». A lo cual los epicúreos respondían, no sin razón, que sus adversarios tenían una concepción… porcina de la felicidad.

Usted menciona la frase de Lenin según la cual el partido revolucionario tiene el «derecho» de convertir a sus adversarios en seres odiosos y despreciables a los ojos de las masas. Para usted, esta fórmula constituye una defensa principista del amoralismo. Sin embargo, olvida mencionar dónde, en qué campo político se encuentran los representantes de la moral elevada. Mis observaciones me enseñan que la lucha política generalmente recurre a la diatriba, la tergiversación, la mentira y la calumnia. En todo momento los revolucionarios son el blanco preferido de la calumnia: así sucedió en su momento con Marx, Engels y sus amigos; luego con los bolcheviques, Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo; en la actualidad, con los trotskistas. El odio de los poseedores hacia la revolución; el conservadurismo torpe de la pequeña burguesía; la presunción y la arrogancia de los intelectuales; los intereses materiales de la burocracia obrera: todos se combinan para perseguir al marxista revolucionario. Al mismo tiempo, sus excelencias los calumniadores no se olvidan de indignarse ante el amoralismo de los marxistas. Esta indignación hipócrita no es sino un arma más de la lucha de clases.

El sentido de la frase que usted cita es simplemente que Lenin consideraba que los mencheviques ya no eran combatientes proletarios y, por lo tanto, asumía la tarea de convertirlos en sujetos odiados por las masas. Lenin expresa su pensamiento con la pasión que lo caracteriza y que sale al cruce de cualquier interpretación ambigua o tergiversante. Pero yo declaro, basándome en la vida y obra de Lenin, que este luchador implacable era un adversario sumamente leal, porque a pesar de las exageraciones y los extremos siempre trató de decirles a las masas la verdad. En cambio, la lucha de los reformistas contra Lenin estaba completamente imbuida de hipocresía, falsía, deslealtad y fraude, disfrazados de verdades universales.

Su apreciación de la insurrección de Kronstadt de 1921 es fundamentalmente incorrecta[305]. Los mejores marinos, los más abnegados, se fueron de Kronstadt y desempeñaron un papel importante en todos los frentes y en los soviets locales de todo el país. Quedó la masa indiferenciada, con grandes pretensiones («somos los de Kronstadt»), ninguna educación política y ningún espíritu de sacrificio revolucionario. En el país reinaba la hambruna. Los de Kronstadt exigían privilegios. La insurrección obedeció al deseo de obtener raciones alimenticias privilegiadas. Los marineros tenían cañones y acorazados. Todos los elementos reaccionarios, tanto en Rusia como en el extranjero, se apresuraron a aprovechar el alzamiento. Los emigrados blancos exigieron ayuda para los insurrectos. La victoria de esta insurrección hubiera sido un triunfo de la contrarrevolución, independientemente de lo que pensaran los marineros. Pero su pensamiento también era profundamente reaccionario. Reflejaba la hostilidad del campesino atrasado hacia el obrero, la arrogancia del soldado y del marinero en relación con los «civiles» de Petrogrado, el odio que siente el pequeñoburgués por la disciplina revolucionaria. Por eso la insurrección tenía un carácter contrarrevolucionario y, dado que los insurgentes se apoderaron de las armas de las fortalezas, sólo pudimos aplastarla por la fuerza de las armas.

Su apreciación de Majno no es menos errónea[306]. Este individuo era una mezcla de fanático y aventurero. Se convirtió en la expresión más acabada de las tendencias que provocaron el alzamiento de Kronstadt. En general, la caballería es el sector más reaccionario del ejército. El jinete desprecia al infante. Majno creó una caballería de campesinos que eran dueños de sus caballos. No eran los aldeanos pobres y pisoteados, despertados por la Revolución de Octubre; eran los campesinos ricos y bien alimentados, temerosos de perder sus posesiones. Las ideas anarquistas de Majno (ignorar el estado, desconocer el poder central) correspondía al espíritu de esta caballería kulak mejor que ninguna otra cosa. Debo agregar que el odio de los seguidores de Majno hacia la ciudad y el obrero urbano iba acompañado de un antisemitismo activo. En la misma época en que librábamos una lucha de vida o muerte contra Denikin y Wrangel[307], los majnovistas trataron de aplicar una política independiente. El pequeñoburgués (kulak), tascando el freno, creyó que podría imponer sus posiciones contradictorias a los capitalistas por un lado y a los obreros por el otro. Este kulak tenía armas; debíamos desarmarlo. Es precisamente lo que hicimos.

Su conclusión de que los fraudes de Stalin son producto del «amoralismo» de los bolcheviques es profundamente falsa. En el periodo en que combatía por la liberación de los oprimidos, la revolución llamaba a las cosas por su nombre, no necesitaba fraudes. El sistema de falsificaciones es producto de que la burocracia stalinista lucha por los privilegios de la minoría, lo cual la obliga a ocultar sus verdaderos fines. En lugar de buscar la explicación en las condiciones materiales del proceso histórico, usted crea la teoría del «pecado original», que corresponde a la iglesia, mas no a la república socialista.

Respetuosamente,

L. Trotsky

Escritos , Tomo V
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