Los juicios y los planes diplomáticos de Moscú[663]

8 de marzo de 1938

Si la memoria humana fuera más firme, los Juicios de Moscú serían absolutamente imposibles. La GPU quiebra la columna vertebral de los acusados y nos hemos acostumbrado a ello. Pero al mismo tiempo la GPU trata de romper la columna vertebral del proceso histórico; esto es más difícil.

En el juicio Zinoviev-Kamenev (agosto de 1936), los acusados se enfrentaron al cargo de haber formado un enlace de carácter puramente policíaco con la Gestapo alemana. Los principales acusados negaron dicho cargo. La opinión pública rehusó creerlos. En enero de 1937, Karl Radek y G. L. Piatakov se enfrentaron a un juicio con el fin de revitalizar los ardides demasiado primitivos del fiscal general Andrei Vishinski. De sus testimonios se dedujo que ya no se trataba de un problema de espionaje sórdido, sino de un grupo político internacional de trotskistas y fascistas alemanes y japoneses cuyo propósito era el de derrocar a la Unión Soviética y a las democracias occidentales.

Este modo de presentación coincidió, y no accidentalmente, con el florecimiento de la política del Frente Popular. Bajo la bandera de la diplomacia soviética y, en consecuencia, de la Internacional Comunista, se levantaba la consigna de un frente militar de las democracias contra los países fascistas. En este trance, los trotskistas tenían que ser inevitablemente tildados de ser agentes fascistas. El cuadro era claro y sencillo.

Pero, sorpresivamente, los trotskistas no fueron acusados de haber entrado en una alianza con la Italia fascista. La razón era que los diplomáticos soviéticos no querían obstaculizar los intentos de Inglaterra y Francia de enajenar a Italia de Alemania ya que posiblemente mañana Moscú tendría que presentar un rostro sonriente a Roma.

Las mismas consideraciones se aplicaban en gran medida respecto a Polonia; se esperaba que Francia mantendría a Polonia en su esfera de influencia. Al «revelar» sus intrigas internacionales, los acusados se ajustaron escrupulosamente a los cálculos de la diplomacia soviética. Ellos podrían tratar de matar a Stalin pero no mutilar la política del comisario de relaciones exteriores Maxim Litvinov.

Los preparativos del juicio actual coincidieron con un período de marchitamiento de las esperanzas e ilusiones en el Frente Popular y en el bloque con las potencias democráticas. La política de Inglaterra en España, la visita de Lord Halifax a Berlín, la media vuelta de Londres en dirección a Roma y finalmente la substitución de Lord Halifax por Anthony Eden[664], todo esto eran señales diplomáticas que determinaron el nuevo contenido de las confesiones «voluntarias» de los acusados. El plan del juicio Radek-Piatakov, según el cual los trotskistas eran agentes del grupo fascista (excepto Italia), se rechazó como inoportuno.

Los acusados aparecen ahora como agentes de Alemania, Japón, Polonia, e Inglaterra. La unión con Alemania pierde su matiz fascista porque ahora se dice que empezó en 1921, cuando Alemania estaba bajo la bandera de la democracia de Weimar. La colaboración con Inglaterra se dice haber comenzado en 1926, once años antes del juicio Radek-Piatakov. Pero Karl Radek, quien de acuerdo a la interpretación de Vishinski es candidato al puesto de ministro exterior de los trotskistas, no sabía nada de la alianza de Trotsky con Gran Bretaña.

A principios de 1937, Inglaterra era una «democracia». Con la partida de Eden, es una vez más el centro del imperialismo. Litvinov cambió su manera de pensar para mostrar los dientes a Londres. Y rápidamente los acusados repiten esto en sus testimonios.

Hasta hace muy poco la guerra en el Lejano Oriente significaba la marcha del fascismo japonés contra las democracias anglo-sajonas. ¡Ahora Moscú de a saber que está listo a borrar la distinción entre el Japón y Gran Bretaña; ambos conspiran con los trotskistas contra el régimen soviético! El testimonio de C. G. Rakovski según el cual tanto él como yo aparecemos como agentes del Servicio de Inteligencia Británico es, en realidad, una advertencia diplomática al primer ministro Neville Chamberlain[665]

El retardo en incluir a Polonia entre los países comprometidos en una alianza con los trotskistas tiene dos causas: una mayor y otra menor. La orientación polaca hacia Alemania se volvió más definida con la reciente media vuelta de la política británica. Se olvidan las épocas (1933) en que Stalin invitó al mariscal Pilsudski a la celebración de la Revolución de Octubre. Moscú da a entender a Varsovia que no conserva ninguna ilusión respecto a la neutralidad de Polonia y que, en caso de guerra, Polonia tendrá que estar preparada para ser el escenario de choques entre la Unión Soviética y Alemania. Por medio de los acusados, Litvinov amenaza al coronel Josef Beek[666].

La segunda razón por la cual recién se mencionó a Polonia en el juicio actual es la de que en enero de 1937 Radek, principal «diplomático» del Segundo Juicio, no podía haber incluido a Polonia, que es casi su patria, en la lista de los países «trotskistas». Fue el mismo Radek que en 1933 hizo un viaje triunfal a Varsovia, fue recibido por Pilsudski y habló vehementemente de las felices relaciones futuras entre los dos países, ambos producto de una revolución.

La prensa mundial dio importancia a la futura alianza militar entre la Unión Soviética y Polonia. En cuanto Radek hizo su visita teatral, no como agente de Trotsky sino en calidad de enviado de Stalin, era especialmente difícil que en su confesión relacionara a Polonia con el trotskismo. Esta labor fue impuesta al actual acusado, V. F. Sharangovich.

Los nombres de Francia y Estados Unidos no han sido aún lanzados al ruedo. Estos dos países han sido retenidos como remanentes del «frente de democracias» contra el frente fascista.

Es verdad que Rakovski confesó las alianzas criminales con periodistas e industriales franceses; pero estas alianzas se hicieron con adversarios del Frente Popular. Si a través del testimonio de Rakovski, referente al servicio de inteligencia, Litvinov trata de comprometer al gobierno de Chamberlain, entonces, a través del testimonio del mismo Rakovski donde se refiere al industrial francés Nicole y al periodista Bure, Litvinov desea prestar un servicio amistoso al gobierno del Frente Popular.

En todo caso, los acusados no se traicionaron; aun en sus más «pérfidos» negocios con estados extranjeros, protegieron cuidadosamente los planes diplomáticos del Kremlin.

El silencio sobre Francia es especialmente elocuente en su absurdo. Casi hasta finales de 1933, Francia era considerada en Moscú como el principal enemigo de la Unión Soviética. El segundo lugar lo ocupaba Gran Bretaña. Alemania era considerada como un país amigo. En los juicios del «Partido Industrial» (1930) y el «Buró de la Unión Menchevique» (1931[667]) Francia era invariablemente considerada como un foco de intriga hostil. Mientras tanto, los trotskistas, que habían empezado a entablar relaciones con los enemigos de la Unión Soviética en 1921 (cuando ellos, junto con Lenin, estaban en el poder), ignoraron completamente a Francia, como si hubieran olvidado su existencia, No, no habían olvidado nada; simplemente previeron el futuro del pacto franco-soviético y fueron precavidos en cuanto a no crear la, menor dificultad para Litvinov en 1938.

¡Qué fortuna para Vishinski que la gente tenga una memoria tan corta! Después de mi exilio a Turquía la prensa soviética me llamaba nada menos que «míster Trotsky». Pravda del 8 de marzo de 1929 dedicó casi una página entera a probar que «Mister Trotsky» (¡no herr Trotsky!) mantenía una alianza con Winston Churchill y Wall Street[668] El artículo terminaba con las siguientes palabras: «¡ahora está claro por qué la burguesía le paga miles y miles de dólares!». ¡El pago era entonces en dólares, no en marcos!

El 2 de julio de 1931, Pravda publicó un facsímil falsificado para probar que yo era un aliado de Pilsudski y el defensor del Tratado de Versalles contra la Unión Soviética y Alemania. Era un momento de fricción creciente con Varsovia, ¡dos años antes de que surgieran los planes para la alianza soviético-polaca!

El 4 de marzo de 1933, cuando Hitler se afianzaba en el sillón, Izvestia, órgano oficial del gobierno, anunció que la Unión Soviética era el único país del mundo que no tenía ninguna hostilidad hacia Alemania, «y esto a pesar de la forma y composición del gobierno del Reich». El periódico semi oficial francés Le Temps publicó el 8 de abril: «En el momento de la llegada de Hitler al poder, la opinión pública europea se preocupó ávidamente del suceso y hubo comentarios animados sobre ello; los periódicos de Moscú se mantuvieron en silencio».

¡Stalin esperaba todavía la amistad de la Alemania fascista! Esto es a duras penas notable, puesto que en esa época yo era todavía un supuesto agente de la Entente.

El 24 de julio de 1933 llegué a Francia con permiso del gobierno de Daladier. Inmediatamente el periódico comunista l’Humanité, órgano de la diplomacia soviética en París proclamó: «Desde Francia, este foco antisoviético de Trotsky atacará a la Unión Soviética. Francia es el punto estratégico y ésa es la razón por la cual míster Trotsky ha venido aquí». ¡Pero en aquella época ya podía haber celebrado el duodécimo aniversario de mi servicio a Alemania!

Tales son algunos de los mojones políticos en el camino al presente juicio. La cantidad de datos y citas podría aumentarse indefinidamente. Pero aun de los datos aquí citados la conclusión que se desprende es clara. Las acciones «pérfidas» de los acusados representan solamente el complemento negativo a las combinaciones diplomáticas del gobierno.

La situación cambia; los cálculos diplomáticos del Kremlin también. De igual manera cambiaron las «traiciones» de los trotskistas, o más precisamente, el contenido de sus testimonios sobre las supuestas traiciones. Además, y esto es lo más significativo, los sucesos de hoy en Moscú hacen posible reconstruir completamente los de los últimos veinte años.

En 1937, mi vieja amistad con Winston Churchill, Pilsudski y Daladier se olvidó. Me volví un aliado de Rudolf Hess y un primo del mikado. En el proceso de 1938, mi vieja profesión de agente de Francia y Estados Unidos fue hallada completamente irrelevante; por otro lado, mi olvidada amistad con el imperialismo británico recibió una excepcional prominencia.

Puede predecirse que si en los últimos días del presente juicio se me vincula con Estados Unidos, seguramente no será como agente del presidente Roosevelt sino como el aliado de sus enemigos, los «realistas económicos». De este modo, aun en mis «traiciones», continúo desempeñando una función patriótica.

Escritos , Tomo V
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