A los representantes de la prensa mexicana[88]

12 de enero de 1937

«Caballeros:

»Gracias por vuestra amable atención. La agradezco tanto más cuanto que, como ex periodista, me considero un colega vuestro. Al mismo tiempo, creo que todos estamos de acuerdo en que ni vosotros ni yo tenemos razón alguna para ocupar a la opinión pública de este país con mi persona. Estoy aquí como individuo privado. Lo que más deseamos mi esposa y yo es un poco de paz y tranquilidad. Este país debe afrontar tareas imponentes, y es esto lo que debe ocupar a la opinión pública y a la prensa, que es su espejo. Si en los próximos días y semanas me niego a hacer declaraciones, estoy seguro de que no consideraréis mi actitud como una falta de respeto hacia la prensa, sino la consecuencia lógica de mi situación.

»Sin embargo, caballeros, permitidme aprovechar vuestra presencia para plantear por propia iniciativa un problema que me concierne personalmente, pero que también reviste cierta importancia pública. El gobierno y el pueblo de este país me han brindado su generosa hospitalidad. Sin embargo, vosotros y yo hemos escuchado decir a ciertas personas (espero que sean pocas) que, en mi supuesto carácter de conspirador terrorista aliado al fascismo alemán, soy indigno de esta hospitalidad. Declaro categóricamente que si hay una pizca de verdad en dichas acusaciones, mi permanencia en este país constituiría un abuso horrendo de la confianza que se me ha brindado.

»Cualquier persona seria y honesta, independientemente de su tendencia filosófica y política, reconocerá que no hay crimen mayor que el de propagar determinadas ideas y luego realizar actos diametralmente opuestos a dichas ideas. En el trascurso de toda mi vida política —cuarenta años— he combatido el terrorismo individual, la reacción en todas sus formas y, sobre todo, la reacción fascista. Quien me atribuya actos contrarios a mis convicciones, escritos y discursos, me calumnia ante la opinión pública mexicana. Estoy dispuesto a presentar las pruebas correspondientes en cualquier momento y ante cualquier comisión imparcial autorizada. Dispongo de innumerables documentos, irrefutables testimonios, que demuestran la absoluta coherencia entre mis ideas y mis actos. Por consiguiente, espero que la opinión pública me brinde su hospitalidad moral, en el sentido de no aceptar difamaciones sin las correspondientes pruebas y, si éstas existen, me permita refutarlas públicamente de una vez por todas.

—… ¿Cree usted que el resto del mundo seguirá la misma vía que el movimiento social ruso?

—Cuando Lenin y yo combatimos juntos durante la revolución, jamás creímos que el resto del mundo seguiría la vía rusa, porque Rusia posee características nacionales e históricas extremadamente pronunciadas y fuertes. Los demás países también poseen características profundamente diferentes y peculiaridades nacionales acendradas; cada país tiene que encontrar un camino diferente. Sin embargo, creímos que con la Revolución Rusa habíamos hecho algo en beneficio de toda la humanidad. Lenin decía, y vale la pena repetirlo, que no se les pueden imponer caminos rusos a los demás países. En la medicina existen charlatanes que recetan los mismos medicamentos para todas las enfermedades. Los políticos marxistas no pertenecemos a esa escuela de medicina. Es necesario estudiar, observar y luego buscar una política adecuada y justa.

Cuando algunos periodistas formulan preguntas sobre México, el antiguo comisario de guerra insiste en que no se ocupará de la política mexicana por ningún motivo. Trotsky considera que sería un error hablar sobre México a pocos días de haber arribado. Con respecto al desarrollo del movimiento social de los trabajadores mexicanos, afirma:

—Confieso con toda sinceridad que debo estudiar este movimiento; por el momento no me considero capacitado para dar una opinión. No basta leer una docena de libros para formarse una opinión concreta sobre un determinado país; es menester seguir la prensa diaria y observar la vida nacional con los propios ojos. Quizá, después de uno, dos, o tres años, uno pueda hacer observaciones sobre la vida del país, sobre todo cuando se trata de un país como México, que enfrenta problemas tan complejos.

¿Cuál fue su primera impresión sobre nuestro país?

—Mi primera impresión, y no exagero, es que México es un país extraordinario. Mi esposa y yo vivimos en un país nórdico, donde el suelo está cubierto de nieve y el medio de transporte es el esquí. Jamás viví en las zonas tropicales. Ahora veo que este país, cuyas zonas rurales son hermosas, es absolutamente diferente de todo lo que conocí hasta el momento; creo que esta diferencia puede afectar al temperamento nacional. Espero que no se interprete esto como un despropósito hacia el pueblo noruego, por el cual siento gran afecto.

»Estoy seguro de que mi estadía en México me brindará la oportunidad de descubrir muchas cosas, sobre todo acerca del temperamento del pueblo mexicano. Y me satisface, me da gran placer convertirme en estudiante a los sesenta años de edad.

León Trotsky se negó a hablar sobre España; explicó que desde hacía cuatro meses no tenía acceso a la información, dado que durante su estadía en Noruega no se le permitió recibir periódicos, ni menos aún las cartas y mensajes de sus amigos. Por primera vez en su larga peregrinación a través de muchos países, el antiguo comisario de guerra vivió aislado en momentos en que se libraba una gran batalla ideológica.

Cuando el gobierno del presidente Cárdenas dio asilo a León Trotsky, ciertas agencias periodísticas extranjeras enviaron cables desde Noruega para informarle al mundo que León Trotsky, al aceptar el asilo en México, impuso como condición indispensable que se le concediera libertad de acción política. Le preguntamos a Trotsky si es cierto y él, con verdadera irritación, responde:

—Es una mentira, y conozco sus orígenes. Cuando mis amigos norteamericanos me telegrafiaron para informar que el gobierno mexicano me había concedido la visa, me puse en contacto con el gobierno noruego para informar que estaba dispuesto a partir al día siguiente, pero que debía arreglar ciertos asuntos —que no dependían del gobierno noruego— relativos a mi viaje y al de la Sra. Trotsky, a mis papeles y archivo, etcétera. Éste fue el tema de mi discusión con el gobierno noruego, al cual exigí ciertas garantías. En cuanto al cónsul mexicano en el país escandinavo, puedo afirmar que me trató con magnífica cortesía y se ocupó a fondo de mis papeles y de todo lo concerniente al viaje.

»Lo repito, señores periodistas: esa supuesta condición que, según se dice, impuse al gobierno de México, es una mentira maliciosa. La recepción que me brindó el gobierno mexicano en Tampico y la forma en que garantizó mi seguridad personal y la de mi esposa, así como la de mis papeles, supera todos mis sueños.

»No cabe duda de que la fuente de la mentira es Moscú. Acabo de escribir un libro acerca del futuro de Rusia que será publicado próximamente en Nueva York: quien quiera conocer mis opiniones sobre la Rusia contemporánea puede encontrarla en las páginas de ese libro [La revolución traicionada]”.

Los periodistas pidieron a Trotsky su definición del comunismo. Sonrió maliciosamente para indicar que comprendía perfectamente el sentido de la pregunta, formulada por intermedio de Diego Rivera.

—Existe gran confusión al respecto y no quisiera aumentarla hablando del comunismo en una entrevista. Es necesario profundizar más. Sea como fuere, quiero aclarar que no he alterado ninguna de mis opiniones desde la época en que marché hombro a hombro junto a Lenin.

Requerida su opinión acerca del sistema fascista, Trotsky respondió:

—Es absolutamente evidente que soy un enemigo implacable del fascismo. Considero que no existe un solo hombre inteligente en el mundo que dé crédito a la declaración de Moscú acerca de que yo trabajo en la red de inteligencia fascista. Por el contrario, creo que la política nefasta de la Comintern, dirigida por Moscú, garantiza la victoria de Hitler.

Se le formularon otras preguntas, pero Trotsky repitió que no diría nada concerniente a la política interna de México, o que pudiera deteriorar las relaciones que mantiene este país con otras naciones.

Nos despedimos de León Trotsky, quien nos trató con cortesía y amistad. Y así, esta persona, que ha despertado tan intensa curiosidad en México, se refugia en su vida privada y se oculta a los ojos del público…

Escritos , Tomo V
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