Alarma por Kronstadt[558]

15 de enero de 1938

Un «Frente Popular» de delatores

La campaña sobre Kronstadt continúa con un vigor constante en ciertos círculos. Se podría pensar que la revuelta de Kronstadt no ocurrió hace 17 años sino ayer. Participan en la campaña con igual celo, bajo el mismo lema, anarquistas, mencheviques rusos, socialdemócratas de izquierda del Buró de Londres, individuos desatinados, el periódico de Miliukov[559] y, ocasionalmente, la gran prensa capitalista. ¡Un «frente popular» de su misma calaña!

Ayer me tropecé con las siguientes líneas en un semanario mejicano que es a la vez católico, reaccionario y «democrático»: «Trotsky ordenó disparar sobre 1500 (?) marineros de Kronstadt, los más puros entre todos. Su política cuando estaba en el poder no se diferenciaba en absoluto de la actual política de Stalin». Como es sabido los anarquistas de izquierda deducen la misma conclusión. Cuando por primera vez respondí en la prensa brevemente las preguntas de Wendelin Thomas, miembro de la Comisión de investigación de Nueva York, el periódico menchevique ruso defendió inmediatamente a los marineros de Kronstadt y… a Wendelin Thomas[560]… El periódico de Miliukov se manifestó en la misma tónica. Los anarquistas me atacaron con mayor vigor aun. Todas estas autoridades alegan que mi respuesta era completamente inútil. Esta unanimidad es todavía más notable puesto que los anarquistas defienden, en el símbolo de Kronstadt, un genuino comunismo antiestatal; los mencheviques, en la época del levantamiento de Kronstadt defendieron abiertamente la restauración del capitalismo y Miliukov lo defiende aún ahora.

¿Cómo puede el levantamiento de Kronstadt causar tal disgusto en anarquistas, mencheviques, y contrarrevolucionarios «liberales» al mismo tiempo? La respuesta es simple: todos estos grupos están interesados en comprometer la única corriente genuinamente revolucionaria, que nunca ha repudiado su bandera, nunca ha transigido con sus enemigos y representa sola el futuro. Por eso entre los delatores tardíos de mi «crimen» de Kronstadt hay tantos ex revolucionarios o semirrevolucionarios, gentes que perdieron su programa y sus principios y que consideran necesario desviar la atención de la degradación de la Segunda Internacional o la perfidia de los anarquistas españoles. Los stalinistas todavía no se pueden unir abiertamente a esta campaña sobre Kronstadt pero, por supuesto, se frotan las manos con placer porque los golpes están dirigidos contra el «trotskismo», el marxismo revolucionario y la Cuarta Internacional.

¿Por qué esta fraternidad tan diversa se valió precisamente de Kronstadt? Durante los años de la revolución chocamos más de una vez con los cosacos, los campesinos, aun con ciertas capas de trabajadores (ciertos grupos de los Urales organizaron un regimiento de voluntarios en el ejército de Kolchak). El antagonismo entre los trabajadores como consumidores y los campesinos como productores y vendedores de pan es la raíz principal de estos conflictos. Bajo la presión de la necesidad y la privación, los trabajadores se dividieron esporádicamente en campos hostiles de acuerdo a sus vínculos más o menos fuertes o débiles con la aldea. El Ejército Rojo se encontró también bajo la influencia del campo. Durante los años de la Guerra Civil fue necesario, más de una vez, desarmar regimientos descontentos. La introducción de la «Nueva Política Económica». (NEP) atenuó la fricción pero no la eliminó[561]. Por el contrario, preparó el camino para el renacimiento de los kulakis [campesinos ricos] y llevó, a comienzos de esta década, a la renovación de la Guerra Civil en la aldea. El levantamiento de Kronstadt fue solamente un episodio en la historia de las relaciones entre la ciudad proletaria y la aldea pequeñoburguesa. Sólo es posible comprender este episodio en relación con el curso general del desarrollo de la lucha de clases durante la revolución.

Kronstadt se diferenció de una larga serie de otras insurrecciones y levantamientos pequeñoburgueses solamente por su mayor efecto externo. El problema aquí implicaba una fortaleza marítima de Petrogrado. Durante el levantamiento se publicaron proclamas y se trasmitieron programas de radio. Los social-revolucionarios[562] y los anarquistas, huyendo de Petrogrado, adornaron el levantamiento con frases y gestos «nobles». Todo esto dejó huellas impresas. Con la ayuda de estos materiales «documentales» (es decir, falsos rótulos), no es difícil construir una leyenda sobre Kronstadt mucho más exaltada puesto que en 1917 el nombre de Kronstadt estaba rodeado de un halo revolucionario. No en vano la revista mejicana antes citada llama irónicamente a los marineros de Kronstadt «los más puros entre los puros».

Jugar con la autoridad revolucionaria de Kronstadt es una de las características distintivas de esta campaña verdaderamente charlatana. Los anarquistas, mencheviques, liberales y reaccionarios tratan de presentar el asunto como si al comenzar 1921 los bolcheviques hubieran dirigido sus armas contra los mismos marineros de Kronstadt que garantizaron la victoria de la Insurrección de Octubre. Éste es el punto de partida para todas las falsedades posteriores. Quien desee aclarar estas mentiras debe primero que todo leer el artículo del camarada J. G. Wright en la New International (febrero de 1938)[563]. Mi problema es otro, yo quiero describir el carácter del levantamiento de Kronstadt desde un punto de vista más general.

Agrupaciones sociales y políticas en Kronstadt.

Una revolución es «hecha» directamente por una minoría. El éxito de una revolución es posible, sin embargo, solamente cuando esta minoría encuentra, más o menos apoyo, o por lo menos una neutralidad amistosa de parte de la mayoría. El cambio en las diferentes etapas de la revolución, como la transición de la revolución a la contrarrevolución, está determinado directamente por relaciones políticas variables entre la minoría y la mayoría, entre la vanguardia y la clase.

Entre los marineros de Kronstadt había tres capas políticas: los revolucionarios proletarios, algunos de ellos con un pasado y un entrenamiento serios; la mayoría intermedia, principalmente de origen campesino; y finalmente, los reaccionarios, hijos de kulakis, tenderos y curas. En la época zarista en los acorazados y fortalezas el orden podía mantenerse sólo en la medida en que los oficiales actuando a través de las secciones reaccionarias de suboficiales y marineros, sometieran a la capa intermedia a su influencia o terror, aislando de esta manera a los revolucionarios, principalmente a los maquinistas, cañoneros y electricistas, es decir, sobre todo a los trabajadores urbanos.

El curso del levantamiento del acorazado Potemkin en 1905 se basó completamente en las relaciones entre estas tres capas, es decir, en la lucha entre la pequeña burguesía reaccionaria y el proletariado por la influencia sobre la capa media más numerosa del campesinado. Quien no haya entendido este problema que se extiende a través de todo el movimiento revolucionario de la flota, debe callarse sobre los problemas de la Revolución Rusa en general. Porque fue totalmente, y hasta cierto grado aún lo es, una lucha entre el proletariado y la burguesía por influir sobre el campesinado. Durante el período soviético la burguesía apareció principalmente como kulakis (es decir, el estrato más alto de la pequeña burguesía), intelectuales «socialistas» y ahora bajo la forma de la burocracia «comunista». Tal es el mecanismo básico de la revolución en todas sus etapas. En la flota asumió una expresión más centralizada, y por lo tanto más dramática.

La composición política del Soviet de Kronstadt reflejaba la composición de la guarnición y las tripulaciones. La dirección de los soviets en el verano de 1917 pertenecía al partido bolchevique, que se apoyaba en las mejores secciones de los marineros e incluía en sus filas muchos revolucionarios del movimiento clandestino, quienes habían sido liberados de los campos de trabajos forzados. Pero me parece recordar que aún en los días de la Insurrección de Octubre los bolcheviques constituían menos de la mitad del Soviet de Kronstadt. La mayoría se componía de social-revolucionarios y anarquistas. No había mencheviques en Kronstadt, pues este partido lo odiaba. Los social-revolucionarios oficiales, incidentalmente, no tenían una mejor actitud hacia él. Éstos se pasaron a la oposición con Kerenski y formaron una de las brigadas de los llamados social-revolucionarios de «izquierda». Se basaron en la parte campesina de la flota y en la guarnición de tierra. En cuanto a los anarquistas eran el grupo más variado. Entre ellos había verdaderos revolucionarios, como Shuk y Shelezniakov, pero eran los elementos más íntimamente vinculados con los bolcheviques. La mayor parte de los «anarquistas» de Kronstadt representaban a la pequeña burguesía urbana y pertenecían a un nivel revolucionario más bajo que los social-revolucionarios. El presidente del soviet era un hombre apartidista, «con simpatías hacia los anarquistas» y esencialmente un oficinista pacífico que había estado antes subordinado a las autoridades zaristas y ahora lo estaba… a la revolución. La ausencia total de mencheviques, de social-revolucionarios de «izquierda» y el tinte anarquista del pequeño burgués, se debían a lo agudo de la lucha revolucionaria en la flota y a la influencia dominante de las secciones proletarias de los marineros.

Cambios durante los años de la Guerra Civil

La caracterización social y política de Kronstadt, que se puede fundamentar e ilustrar con muchos hechos y documentos, es suficiente para iluminar los trastornos que ocurrieron en Kronstadt durante los años de la Guerra Civil y como resultado de los cuales cambió su fisonomía hasta hacerse irreconocible. Precisamente sobre este importante aspecto del problema los acusadores tardíos no dicen una sola palabra, en parte por ignorancia, en parte por malevolencia.

Sí, Kronstadt escribió una página heroica en la historia de la revolución. Pero la Guerra Civil inició una despoblación sistemática de Kronstadt y de toda la flota del Báltico. Desde los días del levantamiento de Octubre, destacamentos de marineros de esta base se enviaban para ayudar a Moscú. Otros se enviaban al Don, a Ucrania, para buscar pan y organizar el poder local. Al principio parecía que Kronstadt fuera inagotable. Desde distintos frentes envié docenas de telegramas sobre la movilización de los nuevos destacamentos «de confianza» compuestos de trabajadores de Petrogrado y marineros del Báltico. Pero desde 1918, y en todo caso antes de 1919, los frentes empezaron a quejarse de que los nuevos contingentes de Kronstadt eran insatisfactorios, exigentes, indisciplinados, irresponsables en el combate y que hacían más mal que bien. Después de la liquidación de Iudenich (en el invierno de 1919)[564], la flota del Báltico y la guarnición de Kronstadt fueron despojadas de todas las fuerzas revolucionarias. Todos los elementos que eran de alguna utilidad fueron llevados a luchar contra Denikin, en el sur[565]. Si en el período de 1917 a 1918 el marinero de Kronstadt pertenecía a un nivel más alto que el promedio del Ejército Rojo y formaba la armazón de sus primeros destacamentos, tanto como la del régimen soviético en muchos distritos, los marineros que permanecieron en el Kronstadt «pacífico» hasta comienzos de 1921, sin ajustarse a ninguno de los frentes de la Guerra Civil, pertenecían, en esta época, a un nivel considerablemente más bajo, en general, que el nivel medio del Ejército Rojo e incluían un gran porcentaje de elementos completamente desmoralizados que lucían vistosos pantalones de bota campana y cortes de pelo deportivos.

La desmoralización, basada en el hambre y en la especulación, había aumentado en gran medida a fines de la Guerra Civil. Los llamados «portadores de sacos» (especuladores mezquinos) se habían vuelto una plaga social que amenazaba con sofocar la revolución. Precisamente en Kronstadt, donde la guarnición no hacía nada y tenía todo lo necesario, la desmoralización adquirió grandes dimensiones. Cuando las condiciones llegaron a ser muy críticas en el hambriento Petrogrado, el Politburó discutió más de una vez la posibilidad de conseguir un «préstamo interno» de Kronstadt, donde todavía existía una cantidad de viejas provisiones. Pero los delegados de los trabajadores de Petrogrado contestaron: «No conseguirán nada de ellos por bondad. Ellos especulan con ropa, carbón y pan. En este momento en Kronstadt, todo tipo de gentuza ha levantado la cabeza». Ésa era la verdadera situación y no como la pintan las almibaradas idealizaciones posteriores al suceso.

Debo añadir además que antiguos marineros de Latvia y Estonia, que temían ser enviados al frente y que se preparaban a volver a sus nuevas patrias burguesas, se unieron a la flota del Báltico como «voluntarios». Estos elementos eran esencialmente hostiles a la autoridad soviética y lo demostraron totalmente en los días del levantamiento de Kronstadt… Además de éstos había muchos miles de trabajadores latvios, principalmente antiguos campesinos, que demostraron un heroísmo inigualable en todos los frentes de la Guerra Civil. No debemos por lo tanto pintar a los trabajadores latvios y a los de Kronstadt con el mismo pincel. Debemos reconocer las diferencias políticas y sociales.

Las raíces sociales del levantamiento

El problema de un estudiante serio consiste en definir, sobre la base de las circunstancias objetivas, el carácter social y político del motín de Kronstadt y su ubicación en el desarrollo de la revolución. Sin esto, la «critica» se reduce a un lamento sentimental de tipo pacifista a la manera de Alexander Berkman, Emma Goldman y sus últimos imitadores[566]. Estas buenas gentes no tienen la más mínima comprensión del criterio y los métodos de la investigación científica. Citan las proclamas de los insurgentes como predicadores píos citando las Sagradas Escrituras. Se quejan además de que no tomo en consideración los «documentos», es decir, el evangelio de Majno y los otros apóstoles[567]. «Considerar» documentos no significa tomarlos al pie de la letra. Marx dijo que es imposible juzgar partidos o pueblos por lo que ellos dicen de sí mismos. Las características de un partido se determinan considerablemente más por su composición social, su pasado, su relación con las diferentes clases y estamentos que por sus declaraciones orales y escritas, especialmente durante un momento crítico de guerra civil. Si por ejemplo, empezáramos a tomar como oro puro las innumerables proclamas de Negrín, Companys, García Oliver, y Compañía[568], tendríamos que reconocer a estos caballeros como amigos fervientes del socialismo. Pero en realidad son sus pérfidos enemigos.

Entre 1917 y 1918 los obreros revolucionarios dirigieron a las masas campesinas, no solamente de la flota sino de todo el país. Los campesinos tomaron y dividieron la tierra, la mayor parte de las veces bajo la dirección de los soldados y marineros que llegaban a sus propios distritos. Las requisas de pan solamente habían comenzado y eran principalmente contra los terratenientes y kulakis. Los campesinos se reconciliaron con las requisas como un mal temporal pero la Guerra Civil continuó por tres años. La ciudad no dio prácticamente nada a la aldea y tomó casi todo de ésta, principalmente para las necesidades de la guerra. Los campesinos aprobaron a los «bolcheviques» pero se volvieron más y más hostiles hacia los «comunistas». Si en el período precedente los obreros habían llevado hacia adelante al campesino, ahora los campesinos arrastraban a los obreros hacia atrás. Solamente por este cambio de estado de ánimo los blancos pudieron atraer parcialmente a los campesinos y hasta los semiproletarios de los Urales. Este estado de ánimo, es decir esta hostilidad a la ciudad, alimentó al movimiento de Majno que asaltó y saqueó trenes destinados a fábricas, plantas y al Ejército Rojo, destruyó carrileras, fusiló comunistas, etcétera. Por supuesto, Majno llamó a esto la lucha anarquista con el «estado». En realidad ésta fue la lucha del pequeño propietario furioso contra la dictadura del proletariado. Un movimiento similar se presentó en muchos otros distritos, especialmente en Tambovski, bajo la bandera de «social-revolucionarios». Finalmente, en diferentes partes del país los destacamentos campesinos llamados «verdes» estaban activos. No querían reconocer ni a los rojos ni a los blancos y rechazaban los partidos de la ciudad. Algunas veces los «verdes» se encontraban a los blancos y recibían golpes severos de éstos, pero por supuesto no recibieron ninguna piedad de los rojos. De la misma manera que a la pequeña burguesía la muelen económicamente las piedras de molino del gran capital y del proletariado, así los destacamentos campesinos fueron pulverizados por los Ejércitos Rojo y Blanco.

Solamente una persona completamente superficial puede ver en las bandas de Majno o en la revuelta de Kronstadt una lucha entre los principios abstractos del anarquismo y el «socialismo de estado». En realidad, estos movimientos eran convulsiones de la pequeña burguesía campesina que deseaba, por supuesto, liberarse del capital, pero que, al mismo tiempo, no aceptaba subordinarse a la dictadura del proletariado. La pequeña burguesía no sabe concretamente lo que quiere y en virtud de su posición no puede saberlo. Ésa es la razón por la cual cubrió tan fácilmente sus peticiones y esperanzas, ya con la bandera anarquista, ya con la populista, ya simplemente con la «verde». Oponiéndose al proletariado, trató, bajo todas estas banderas, de retroceder la rueda de la revolución.

El carácter contrarrevolucionario del motín del Kronstadt

No había, por supuesto, barreras insuperables que dividieran las diferentes capas sociales y políticas de Kronstadt. Aún existía cierto número de trabajadores y técnicos calificados para encargarse de la maquinaria pero aun ellos se identificaban por un método de selección negativa, políticamente nocivo y de poca utilidad para la Guerra Civil. Algunos «líderes» del levantamiento procedían de estos elementos. Sin embargo, esta circunstancia completamente natural e inevitable que algunos acusadores señalan triunfalmente, no cambia ni un ápice el carácter antiproletario de la revuelta. A menos que nos engañemos con consignas pretenciosas, falsos rótulos, etcétera, veremos que la insurrección de Kronstadt no fue más que una reacción armada de la pequeña burguesía contra las penalidades de la revolución social y la severidad de la dictadura del proletariado.

Ése fue exactamente el significado de la consigna de Kronstadt, «soviets sin comunistas», de la cual se apoderaron inmediatamente no sólo los social-revolucionarios sino también la burguesía liberal. Como representante sagaz del capital, el profesor Miliukov comprendió inmediatamente que liberar a los soviets de la dirección bolchevique significaría, en poco tiempo, la destrucción misma de los soviets. La experiencia de los soviets rusos durante el período de dominación menchevique y social-revolucionaria, y aun más claramente, la experiencia de los soviets alemán y austríaco, bajo la dominación de los socialdemócratas, comprobaron este hecho. Los soviets social-revolucionarios y anarquistas podían servir solamente como un puente entre la dictadura proletaria y la restauración capitalista. No podían jugar otro papel a pesar de las «ideas» de sus integrantes. La rebelión de Kronstadt, por lo tanto, tenía un carácter contrarrevolucionario

Desde un punto de viste clasista, que —con el perdón de los honorables eclécticos— continúa siendo el criterio básico no solamente para la política sino para la historia, es extremadamente importante contrastar la conducta de Kronstadt con la de Petrogrado en esos días críticos. Toda la capa dirigente de los trabajadores había salido de Petrogrado. El hambre y el frío reinaban en la capital desierta, tal vez aun más furiosamente que en Moscú. ¡Un período heroico y trágico! Todos estaban hambrientos e irritables. Todos estaban descontentos. En las fábricas había una sorda inconformidad. Organizaciones clandestinas enviadas por los social-revolucionarios y los oficiales blancos trataron de vincular el levantamiento militar con el de los trabajadores descontentos. El periódico de Kronstadt escribió sobre las barricadas de Petrogrado y sus miles de muertos. Lo mismo proclamó la prensa mundial. En realidad ocurría exactamente lo contrario. La sublevación de Kronstadt no atrajo a los trabajadores de Petrogrado, los repelía. La estratificación se adelantó a lo largo de líneas clasistas. Los trabajadores sintieron inmediatamente que los amotinados de Kronstadt estaban colocados al lado opuesto de las barricadas… y apoyaron al poder soviético. El aislamiento político de Kronstadt fue la causa de su incertidumbre interna y su derrota militar.

La N. E.P y la insurrección de Kronstadt

Victor Serge, quien al parecer está tratando de elaborar una especie de síntesis del anarquismo, poumismo y marxismo, ha intervenido desgraciadamente en la polémica sobre Kronstadt. En su opinión, la introducción de la NEP un año antes, podría haber evitado el levantamiento. Admitámoslo. Pero este tipo de consejo es muy fácil de dar después del suceso. Es verdad, como recuerda Victor Serge, que yo había propuesto la transición a la NEP desde 1920. Pero no estaba en absoluto seguro de su éxito. No era ningún secreto para mí que el remedio podía ser más peligroso que la enfermedad. Cuando encontré oposición de los dirigentes del partido, no apelé a las filas con el fin de evitar la movilización de la pequeña burguesía contra los obreros. Fue necesaria la experiencia de los doce meses siguientes para convencer al partido de la necesidad de un nuevo método. Pero lo notable es que fueron precisamente los anarquistas de todo el mundo quienes consideraron a la NEP como… una traición al comunismo. Pero ahora los abogados de los anarquistas nos denuncian por no haber introducido la NEP un año antes.

En 1921 Lenin reconoció abiertamente, más de una vez, que la defensa obstinada por el partido del comunismo de guerra se había convertido en un gran error[569]. ¿Pero cambia esto la situación? Cualquiera que sean las causas inmediatas o remotas de la rebelión de Kronstadt, fue en su esencia misma un peligro mortal para la dictadura del proletariado. ¿Simplemente porque se sentía culpable de un error político, debería haberse suicidado la revolución proletaria para castigarse?

¿O tal vez habría sido suficiente informar a los marineros de Kronstadt de los decretos de la NEP para calmarlos? ¡Ilusiones! Los insurgentes no tenían un programa consiente y no podían tenerlo por la naturaleza misma de la pequeña burguesía. Ellos mismos no entendían claramente que lo que sus padres y hermanos necesitaban primero que todo era comercio libre. Estaban descontentos y confusos pero no veían ninguna salida. Los más conscientes, es decir, los elementos de derecha que actuaban entre bastidores, querían la restauración del régimen burgués. Pero no lo decían en voz alta. El ala «izquierda» quería la liquidación de la disciplina, «soviets libres», y mejores raciones. El régimen de la NEP sólo podía calmar gradualmente al campesino, y, después de él, a las secciones descontentas del ejército y la armada. Pero para esto se necesitaba tiempo y experiencia.

El más pueril de todos los argumentos es el de que no hubo levantamiento, que los marineros no hicieron ninguna amenaza, que «solamente» se tomaron la fortaleza y los acorazados. Parecería entonces que los bolcheviques marcharon contra el fuerte, con los pechos desnudos a través del hielo, sólo por su inclinación a provocar conflictos artificialmente, por su mal carácter, su odio a los marineros de Kronstadt o a la doctrina anarquista (de la cual, podríamos decir de paso, que nadie se preocupa en absoluto). ¿No son éstos balbuceos infantiles? Sin límite de tiempo o espacio, los críticos diletantes tratan de sugerir (¡diecisiete años más tarde!) que todo hubiera terminado para satisfacción general si la revolución simplemente hubiera dejado solos a los marineros insurgentes. Desgraciadamente, la contrarrevolución mundial no los habría dejado solos en ningún caso. La lógica de la lucha habría dado predominancia a los extremistas en el fuerte, es decir, a los elementos contrarrevolucionarios. La necesidad de provisiones habría hecho a aquél directamente dependiente de la burguesía extranjera y de sus agentes, los emigrantes blancos. Todos los preparativos necesarios para este fin se estaban elaborando. Bajo circunstancias similares, solamente gente como los anarquistas españoles o los poumistas habrían esperado pasivamente un resultado feliz. Los bolcheviques afortunadamente pertenecían a una escuela diferente. Consideraban que su deber era extinguir el luego tan pronto empezara, reduciendo así, a un mínimo, el número de las víctimas.

Los de Kronstadt sin un fuerte

Esencialmente, los venerables críticos son enemigos de la dictadura del proletariado y por lo tanto de la revolución. En esto reside todo el secreto. Es verdad que algunos de ellos reconocen la revolución y la dictadura, en palabras, pero esto no arregla nada. Desean una revolución que no conduzca a la dictadura, o bien, que instaure una dictadura sin hacer uso de la fuerza. Por supuesto sería una dictadura muy «agradable». Requiere sin embargo, unas cuantas menudencias: un desarrollo igual y, más aun, extremadamente alto de las masas trabajadoras. Pero en tales condiciones la dictadura sería innecesaria. Algunos anarquistas, que en realidad son pedagogos liberales, esperan que en cien o en mil años los trabajadores habrán obtenido un nivel de desarrollo tan alto que la coerción será innecesaria. Naturalmente si el capitalismo pudiera conducir a tal desarrollo, no habría necesidad de derrocarlo. Tampoco habría necesidad de una revolución violenta, ni de la dictadura que es una consecuencia inevitable de la victoria revolucionaria. Sin embargo, el capitalismo decadente de nuestros días nos deja poco espacio para ilusiones humanitarias y pacifistas.

La clase trabajadora, sin hablar de las masas semiproletarias, no es homogénea social ni políticamente. La lucha de clases produce una vanguardia que absorbe los mejores elementos de la clase. Una revolución es posible cuando la vanguardia es capaz de dirigir a la mayoría del proletariado; pero esto no significa en absoluto que desaparezcan las contradicciones internas entre los trabajadores. En el pico más alto de la revolución están por supuesto atenuadas, pero solamente para aparecer más tarde, en otra etapa, con toda su violencia. Tal es el curso de la revolución en su conjunto. De la misma manera lo fue en Kronstadt. Cuando radicales de salón tratan de señalar un nuevo camino a la Revolución de Octubre, después del suceso, sólo podemos pedirles respetuosamente que nos demuestren con exactitud ¿dónde y cuándo sus grandiosos principios fueron confirmados en la práctica, por lo menos parcialmente? ¿Dónde están los indicios que nos llevan a esperar el triunfo de estos principios en un futuro? Por supuesto nunca obtendremos una respuesta.

Una revolución tiene sus propias leyes. Hace mucho tiempo formulamos las «lecciones de Octubre» que son significativos, no sólo para Rusia sino a escala internacional. Nadie más ha tratado siquiera de sugerir otras «lecciones». La revolución española es una confirmación negativa de las «lecciones de Octubre» y los severos críticos son equívocos o silenciosos. El gobierno español del «Frente Popular» sofoca la revolución socialista y fusila revolucionarios. Los anarquistas participan en este gobierno o, cuando son expulsados, continúan apoyando a los verdugos. Y sus abogados y aliados extranjeros se ocupan mientras tanto de una defensa… de la Insurrección de Kronstadt contra los rudos bolcheviques. ¡Una vergonzosa aberración!

Las actuales disputas acerca de Kronstadt giran sobre el mismo eje clasista del levantamiento de Kronstadt en el cual las secciones reaccionarias de los marineros trataron de derrocar la dictadura del proletariado. Conscientes de su impotencia en la arena de la política revolucionaria de hoy, la disparatada y ecléctica pequeña burguesía, trata de utilizar el viejo episodio de Kronstadt en su lucha contra la Cuarta Internacional, es decir, contra el partido de la revolución proletaria. Estas últimas «gentes de Kronstadt», también serán aplastadas, es verdad que sin el uso de las armas, puesto que, afortunadamente, no tienen una fortaleza.

Escritos , Tomo V
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