Una nueva amalgama de Moscú[114]

21 de enero de 1937

El 19 de enero la agencia Tass anunció que se realizaría un juicio contra los «trotskistas». (Radek, Piatakov y otros). El proceso se iniciaría el 23, es decir, cuatro días después del anuncio. Ya se sabía desde tiempo atrás que el proceso estaba en preparación, pero no existía la certeza de que se atreverían a realizarlo en vista de la impresión tan desfavorable que creó el juicio de los dieciséis (Zinoviev y demás). El gobierno de Moscú repite la maniobra del juicio de los dieciséis. Las organizaciones obreras internacionales no pueden intervenir en cuatro días; los testigos peligrosos no tienen tiempo de responder y los extranjeros indeseables ni siquiera pueden tratar de llegar a Moscú. En cambio, los «amigos» probados del tipo del valiente D. N. Pritt (¡abogado del rey, miembro del parlamento!) han sido invitados a la capital soviética con toda la anticipación necesaria, para que luego canten sus ditirambos a la justicia de Stalin-Vishinski.

Es probable que cuando estas líneas lleguen a la prensa el juicio haya finalizado. Las sentencias habrán sido pronunciadas, quizá inclusive cumplidas. Los planes de los directores ocultos son absolutamente claros: tomar desprevenida a la opinión pública y violarla. Por eso es tan importante analizar por adelantado el significado político, la composición personal, los métodos y los objetivos de este fraude nefasto. Por eso el autor solicita al lector que recuerde constantemente que el articulo fue escrito el día 21 de enero, dos días antes de la iniciación del proceso, en momentos en que el texto de la acusación y la lista completa de los acusados todavía no había llegado a México.

El juicio de los dieciséis tuvo lugar en la segunda quincena de agosto. A fines de noviembre; en la lejana Siberia, hubo un segundo proceso a los «trotskistas» este juicio inesperado seria el complemento del caso Zinoviev-Kamenev y la preparación del de Radek-Piatakov. El punto más débil del juicio de los dieciséis —que en general, y exceptuando el Mauser del verdugo, no tuvo puntos fuertes— fue la monstruosa acusación de los vínculos con la Gestapo. Ni Zinoviev, ni Kamenev, ni, por lo general, ningún acusado que tuviera cierta estatura política, aceptó esta acusación, a pesar de que en realidad no fueron mezquinos en sus confesiones. ¡Evidentemente, hay cosas que un viejo revolucionario no puede aceptar, aunque se encuentre en el límite de la postración moral! Esta acusación, la mas dura de todas, sólo fue aceptada por individuos dudosos, como Olberg, Berman, David y otros que, por otra parte, no tenían trayectoria que los sustentara.

Sin embargo, Stalin es consciente de que, faltando el «vinculo con la Gestapo», el fraude jurídico se convierte en un arma de doble filo. Sectores obreros atrasados y descontentos podrían pensar: «¿Terrorismo? Pues bien, es posible que la única manera de liquidar esta burocracia opresora sea mediante la pistola y la bomba». Sólo el vínculo con el fascismo podría liquidar moralmente a la Oposición. Pero ¿cómo imponerle este baldón? Se hacía necesario apuntalar el primer juicio con uno nuevo. Pero antes de montar el segundo gran espectáculo en Moscú se realizó un ensayo general en las provincias. Esta vez, el monstruoso tribunal se trasladó a Novosibirsk, la ciudad más alejada de Europa, de la prensa y de los ojos indeseables.

El proceso de Novosibirsk tuvo su importancia porque destacó la figura de un ingeniero alemán, agente real o ficticio de la Gestapo; mediante las «confesiones» de rigor se logró establecer sus vínculos con «trotskistas» siberianos que, reales o ficticios, me resultan desconocidos. Esta vez la acusación principal no fue terrorismo, sino «sabotaje industrial».

¿Quiénes son estos ingenieros y técnicos alemanes, arrestados en distintas partes del país y usados para personificar el vinculo entre los trotskistas y la Gestapo? Sólo puedo formular hipótesis. Los alemanes que, en vista del estado de las relaciones germano-soviéticas, tienen la audacia de permanecer al servicio del gobierno soviético, pueden dividirse a priori en dos grupos: agentes de la Gestapo y agentes de la GPU. No puede ser de otra manera. Un ciudadano de la Alemania hitlerista no puede ponerse al servicio de los soviets sin caer en las garras de la policía política de Alemania o de la URSS. Probablemente, algunos de los arrestados sirven a ambas, Los agentes de la Gestapo se hacen pasar por comunistas y penetran en la GPU: los comunistas al servicio de la GPU se hacen pasar por fascistas para penetrar en los secretos de la Gestapo. Estos agentes se encuentran en el filo de una navaja entre dos abismos. ¿Podría encontrarse material humano más adecuado para todo tipo de maniobras y fraudes? Bajo esta luz, nada hay de misterioso en el proceso de Novosibirsk, ni en el posterior arresto de los alemanes.

A primera vista, el caso de Piatakov, Radek, Sokolnikov y Serebriakov resulta mucho más difícil de entender. Desde hace ocho o nueve años los cuatro, y especialmente los dos primeros, sirven a la burocracia fiel y honestamente: persiguen a la Oposición: cantan ditirambos a los lideres; en fin, más que sirvientes, son adornos del régimen. ¿Para qué quiere Stalin sus cabezas?

Piatakov es hijo de un gran magnate ucraniano del azúcar Recibió excelente educación, inclusive en música, conocía varios idiomas, era un estudioso de la economía teórica y conocía bien el negocio bancario. A diferencia de Zinoviev y Kamenev, Piatakov pertenece a la generación joven; actualmente tiene unos cuarenta y seis años de edad. Ocupó un lugar destacado en varias oposiciones. Durante la guerra mundial se alió a la política ultraizquierdista de Bujarin, contra el programa leninista de la autodeterminación nacional. En la época de la paz de Brest-Litovsk, Piatakov, Bujarin Radek, Iaroslavski, Kuibishev (fallecido) y otros formaron la fracción de los «comunistas de izquierda». En la primera etapa de la guerra civil, desde Ucrania, se opuso violentamente a mi política militar.

En 1923 se unió a los «trotskistas» e integró nuestra dirección. Piatakov es uno de los seis que menciona Lenin en su testamento: Trotsky, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, Piatakov. Pero, aun cuando destacó su extraordinaria capacidad, Lenin agregó que no era digno de confianza desde el punto de vista político porque su método de razonamiento, al igual que el de Bujarin es formal, carente de flexibilidad dialéctica. Sin embargo, a diferencia de Bujarin, Piatakov es un administrador excepcional, y en la época del régimen soviético sus cualidades resultaron muy valiosas.

Para 1925 Piatakov se había cansado de la Oposición y de la política en general. El trabajo administrativo le proporcionaba amplia satisfacción. Por tradición y por contactos personales siguió con los «trotskistas» hasta 1927, pero ante la primera oleada represiva rompió totalmente con el pasado, entregó su espada de opositor, y se hundió en la burocracia. Mientras Zinoviev y Kamenev, a pesar de su arrepentimiento, siguieron en desgracia, Piatakov pasó inmediatamente a integrar el Comité Ejecutivo Central y conservó su elevado puesto de vicecomisario del pueblo de la industria pesada. Por su educación, su capacidad para pensar en forma sistemática y sus dotes de administrador, Piatakov supera al jefe oficial de la industria pesada, Orjonikije, cuya autoridad deriva únicamente de su carácter de miembro del Buró Político y de sus métodos tiránicos y bravucones.

Y ahora, en 1937, se descubre que el hombre que durante doce años administró, la industria pesada a plena vista del gobierno, resulta ser un «terrorista» y, por añadidura, saboteador y agente de la Gestapo.

Radek —cincuenta y cuatro años de edad— no es más que un periodista. Posee los rasgos más brillantes de esta categoría, pero también sus defectos. El término que mejor define su educación es el de erudito. Su profundo conocimiento del movimiento polaco, su prolongada militancia en la socialdemocracia alemana, su atento estudio de la prensa mundial, principalmente la inglesa y la norteamericana, ampliaron su horizonte intelectual, otorgaron a su mente una gran agilidad y armaron a su memoria con una inmensa cantidad de ejemplos, analogías y, en última instancia, anécdotas. Sin embargo, Radek carece de esa cualidad que Ferdinand Lassalle llamó la «fuerza física de la mente».

Radek fue siempre un huésped más que un participante activo en los distintos agrupamientos políticos donde militó. Su intelecto es demasiado impulsivo y ágil como para permitirle un trabajo sistemático. Sus artículos contienen gran cantidad de información; sus paradojas suelen iluminar un problema desde ángulos insospechados; pero Radek jamás fue un político independiente. La teoría de que en ciertos periodos Radek fue el amo del comisariado de Relaciones Exteriores y determinó la política exterior del gobierno soviético, carece de fundamentos. El Buró Político apreciaba el talento de Radek, pero jamás lo tomo en seno. En el Séptimo Congreso del partido (1918), donde se discutió la paz de Brest-Litovsk, Lenin repitió dos veces la frase cruel: «Hoy, por casualidad, Radek expresó una idea seria». Aquí se nos revela, en forma exageradamente polémica, lo que pensaban Lenin y sus colaboradores sobre Radek.

En los años 1923-26, Radek osciló entre la Oposición de Izquierda rusa y la Oposición Comunista de Derecha alemana (Brandler, Thalheimer, etcétera). Cuando se produjo la escisión entre Zinoviev y Stalin en 1926, Radek trató de arrastrar a la Oposición de Izquierda a un bloque con Stalin. (Fue precisamente entonces cuando el infortunado Mrachkovski, luego víctima del juicio de los dieciséis, pronunció su profética frase: «Ni con Stalin, ni con Zinoviev. Stalin nos engañará, Zinoviev huirá»). El propio Radek militó durante dos o tres años en la Oposición de Izquierda y, por lo tanto, en el bloque de oposición Trotsky-Zinoviev. Dentro de la Oposición oscilaba de izquierda a derecha. En 1929, Radek capituló, pero no con designios ocultos —¡de ninguna manera!— sino de todo corazón quemó sus naves y se convirtió en el principal vocero de la burocracia. Durante los años siguientes no hubo calumnia que no arrojara contra la Oposición, no hubo alabanza que no le cantara a Stalin. No podía sabotear la industria, con la cual no tenía nada que ver. Sabotear… ¿la prensa? Sus artículos hablan por sí solos. ¿Atentados terroristas? Es ridículo, tratándose de Radek. En el juicio de los dieciséis, tanto Radek como Piatakov, haciéndose eco de Vishinski, arrojaron montañas de basura sobre los acusados. A pesar de todo esto, ahora Radek se encuentra en el banquillo de los acusados. ¿Cómo es posible?

Otros dos acusados prominentes —Serebriakov y Sokolnikov— pertenecen a la generación de Piatakov. Serebriakov es un destacado obrero bolchevique. Pertenece al círculo estrecho de los que construyeron el Partido Bolchevique en los años duros, entre las dos revoluciones. Fue miembro del Comité Central leninista —llegó a ser su secretario—; gracias a su percepción sicológica y a su tacto desempeñó el papel de conciliador en toda clase de conflictos intrapartidarios. Hombre ecuánime, sereno, desprovisto de vanidad, Serebriakov gozaba de gran popularidad en el partido. En los años 1923 a 1927 ocupó un lugar destacado en la dirección de la Oposición de Izquierda, junto con I. N. Smirnov, fusilado en el caso de los dieciséis. Es indudable que Serebriakov jugó el papel principal en la formación del bloque con el grupo Zinoviev («la Oposición de 1926»), facilitando el acercamiento y mitigando las fricciones internas. La atmósfera termidoreana lo quebró, igual que a muchos otros. Liquidadas para siempre sus aspiraciones políticas, Serebriakov capituló ante los jefes; su capitulación fue más digna, pero no menos absoluta, que las de los demás. Volvió del exilio a Moscú, realizó una misión importante en Estados Unidos y se dedicó a trabajar pacíficamente en el Departamento Ferroviario. Al igual que tantos capituladores, casi llegó a olvidar su pasado de militante de la Oposición. Pero los acusados del juicio de los dieciséis, actuando bajo órdenes de la GPU, lo incluyeron en la banda «terrorista» con la cual ellos mismos nada tenían, que ver. Fue el precio que pagaron para tratar de salvar sus vidas.

El cuarto acusado, Sokolnikov, llegó a Rusia en 1917; venía de Suiza, acompañando a Lenin en el célebre «tren sellado»; no tardó en destacarse en el Partido Bolchevique. En los meses decisivos del año revolucionario, Sokolnikov, junto con Stalin, constituyeron el consejo de dirección del periódico central del partido. Pero mientras Stalin contemporizó o vaciló durante todos los momentos críticos (digan lo que digan las leyendas fabricadas a posteriori), actitud que se refleja de manera tan notable en las actas del Comité Central, Sokolnikov impulsó enérgicamente esa línea que en las discusiones partidarias de la época se llamaba la «línea Lenin-Trotsky». Durante la guerra civil Sokolnikov ocupó puestos de gran responsabilidad, inclusive llegó a comandar el Octavo Ejército en el frente del sur. Durante la NEP fue comisario del pueblo de finanzas y logró estabilizar el chervonets [divisa oro]. Posteriormente fue embajador soviético en Londres.

Hombre de gran inteligencia, educación y visión internacional, Sokolnikov, al igual que Radek, era vacilante en sus posiciones políticas. En las cuestiones económicas importantes coincidía con el ala derecha del partido, más que con la izquierda. Jamás ingresó al centro de la Oposición Unificada 1926-27, sino que mantuvo su libertad de acción. En el Decimoquinto Congreso del partido (fines de 1927), el mismo que decreto la expulsión de la Oposición, anunció su apoyo a la política oficial, lo cual le valió los aplausos de los delegados y la reelección inmediata al Comité Central. A partir de entonces, al igual que los demás capituladores, perdió toda importancia política. Pero a diferencia de Zinoviev y Kamenev, quienes por su importancia seguían siendo elementos temibles para Stalin a pesar de su degradación, Sokolnikov, junto con Radek y Piatakov, fue asimilado inmediatamente por la burocracia soviética y pasó a ocupar un puesto de funcionario. ¿No es asombroso que, después de diez años de trabajo político pacífico, se acuse a este hombre de cometer gravísimos crímenes contra el estado?

(Los últimos cables mencionan a otros acusados: Muralov, héroe de la revolución de 1905, constructor del Ejército Rojo y posteriormente vicecomisario del pueblo de agricultura; Boguslavski, ex presidente del soviet de Voronej y luego presidente del «Pequeño Consejo de Comisarios del Pueblo», la comisión más importante del Consejo de Comisarios del pueblo en Moscú; Drobnis, presidente del soviet de Poltava, a quien los blancos llevaron al paredón, pero sin herirlo mortalmente porque se apresuraron[115]. Los soviets pudieron mantenerse en el poder entre 1918 y 1921 gracias, en gran medida, a gente de este calibre).

¿Cómo es posible que estos bolcheviques de la Vieja Guardia, que conocieron la cárcel y el exilio bajo el zarismo, que fueron héroes de la guerra civil, dirigentes de la industria, constructores del partido, diplomáticos, se convirtieran en el preciso momento de lograrse «la victoria total del socialismo» en saboteadores, aliados del fascismo, organizadores del espionaje, agentes de la restauración capitalista? ¿Quién puede dar crédito a semejantes acusaciones? ¿Cómo obligar a la gente a creerlas? Por último: ¿qué es lo que obliga a Stalin a jugarse la suerte de su dominación personal en estos monstruosos, inconcebibles juicios de pesadilla?

En primer lugar, debo reafirmar la siguiente conclusión: la máxima dirección se siente cada vez más endeble. El grado de represión es siempre proporcional a la magnitud del peligro. La burocracia soviética no posee una tradición, una ideología, una norma legal que proteja su omnipotencia, privilegios y estilo de vida principesco. La burocracia soviética es una casta de arribistas que tiemblan por su poder y sus ingresos, temen a las masas y están dispuestos a aplastar a sangre y fuego todo atentado contra sus derechos y la más mínima duda respecto de su infalibilidad. Stalin es la encarnación de estos sentimientos y de este espíritu de la casta dominante: ésta es su fuerza y su debilidad. Perpetuar la dominación de la burocracia encubriéndola con fraseología democrática: he ahí la tarea de la nueva constitución, cuyo significado aparece mucho más claramente en los discursos de Vishinski, el fiscal, el arribista menchevique, que en la aburrida retórica del discurso de Stalin ante el congreso de los soviets. Ésa es la base política del nuevo proceso.

Sin embargo, la casta dominante es incapaz de castigar a la Oposición por los verdaderos pensamientos y acciones que sustenta y realiza. El objetivo de la represión implacable es precisamente impedir que las masas conozcan el verdadero programa del «trotskismo», que exige en primer término mayor igualdad y mayor libertad para las masas. En el país de la Revolución de Octubre, la lucha de la casta bonapartista contra la Oposición de Izquierda resulta inconcebible sin mentiras, acusaciones falsas y fraudes judiciales. En las denuncias al «trotskismo» no hay una sola cita honesta, así como en los juicios jamás aparece una prueba material. Los artículos se basan en combinaciones fraudulentas y abusos (la prensa extranjera de la Comintern no es sino un pálido reflejo de la prensa moscovita). Los juicios se basan pura y exclusivamente en las «confesiones voluntarias» de los acusados.

Recuerde el lector que la Oposición de Izquierda lleva ya catorce años de existencia. Por sus filas han pasado cientos de miles de militantes del partido. Decenas de miles fueron encarcelados, exiliados, asesinados en la cárcel y en el exilio, fusilados. Si es verdad que la Oposición es hostil a la Unión Soviética y al socialismo, está aliada a estados enemigos y recurre al terrorismo, etcétera, entonces, en los innumerables allanamientos, arrestos, intercepciones de correspondencia, etcétera, llevados a cabo en estos catorce años, la GPU debería haber acumulado un archivo colosal de pruebas materiales. Sin embargo, en ninguno de los procesos apareció una carta auténtica, un documento, una prueba irrefutable. Lo que sucede a puertas cerradas es materia de especulación. Pero los procedimientos en los espectáculos públicos giran exclusivamente en torno a las confesiones de los acusados. Quizá para los juristas de la calaña de D. N. Pritt, el defensor idealista de la GPU, y de su colega francés Rosenmark, semejante procedimiento judicial sea normal, inclusive ideal. Para el común de los mortales es una burla al sentido común y a la naturaleza humana.

En agosto, dieciséis acusados compitieron entre sí y con el fiscal Vishinski para exigir la pena de muerte. Los temibles terroristas se transformaron repentinamente en flagelantes, deseosos de obtener la corona de mártir. En esos días Pravda publicó artículos rabiosos de Piatakov y Radek, donde se exigía varias muertes para cada acusado. Es de suponer que cuando estas líneas aparezcan en la prensa, la (agencia noticiosa). Tass ya habrá informado al mundo que Radek y Piatakov se arrepienten de todo corazón de sus crímenes imposibles y exigen para sí la pena de muerte.

Digan lo que digan los Pritt y los Rosenmark, yo digo con Federico Adler, secretario de la Segunda Internacional, que estamos ante un típico proceso de la Inquisición, en el que las brujas se arrepienten sinceramente de sus relaciones pecaminosas con el diablo.

La GPU no puede obligar a los auténticos revolucionarios intransigentes a declararse culpables de crímenes despreciables, aun cuando ello signifique la muerte. Por eso, en los procesos contra los «trotskistas» tiene que recurrir a los capituladores, mis enemigos mortales, que se arrepienten periódicamente desde hace diez años y a quienes se les puede arrancar confesiones en cualquier momento. Es por eso que hasta el momento se ha observado un hecho tan increíble como inevitable: ¡en el banquillo no ha aparecido un solo «trotskista» auténtico!

Para dar siquiera una sombra de verosimilitud a los procesos, Stalin necesita el concurso de viejos bolcheviques conocidos y prestigiosos. «No puede ser que un viejo revolucionario arroje sobre sí mismo calumnias tan monstruosas» —dirá el hombre inexperto o ingenuo—. «Es imposible que Stalin fusile a sus viejos camaradas si éstos no son culpables de ningún crimen». El principal organizador de los procesos de Moscú, el César Borgia de nuestro tiempo, basa sus cálculos precisamente en la falta de información, la ingenuidad y la credulidad del ciudadano común.

En el juicio de los dieciséis Stalin echó mano a sus dos cartas de triunfo: Zinoviev y Kamenev. Con esa estrechez sicológica que subyace tras su astucia primitiva, calculó que el arrepentimiento de Zinoviev y Kamenev, sellado con la ejecución, convencería al mundo entero. No fue así. El mundo no quedó convencido. Los más perspicaces se negaron a creer. La desconfianza, fortalecida por la crítica, se difunde cada vez más. La cúpula soviética no lo puede tolerar. Su reputación nacional y mundial se sustenta en el juicio de Moscú o cae con él. El 15 de septiembre del año pasado, dos semanas después de mi arresto, escribí una declaración para la prensa: «En el espejo de la opinión mundial, el proceso de Moscú aparece como un fracaso estrepitoso… Los ‘jefes’ no pueden permitir que termine así. Así como el miserable fracaso del primer juicio por el asesinato de Kirov (enero de 1935) obligó a la GPU a preparar el segundo juicio (agosto de 1936)… ahora no les queda otra alternativa que descubrir nuevos ‘atentados’, nuevas ‘conspiraciones’, etcétera». [«Carta al señor Puntervold», Escritos 35-36]. Esta declaración, confiscada por el gobierno noruego, mantiene toda su vigencia. Se necesita un nuevo juicio para apuntalar el anterior, rellenar sus grietas, enmascarar las contradicciones expuestas por la crítica. Es de esperar que en esta ocasión el fiscal trate de vincular las confesiones «voluntarias» de los acusados con algún tipo de documentos. Fue por eso que la GPU robó una parte de mis archivos en París en noviembre del año pasado. Este hecho, que puede adquirir gran, importancia para la mecánica del juicio que está por iniciarse, merece que se le preste gran atención. El 10 de octubre le envié una carta a mi hijo en París: «La GPU hará todo lo posible por adueñarse de mis archivos. Lo mejor sería entregar los a alguna institución científica. En lo posible debería ser una institución norteamericana. Como medida preliminar, puedes escribirles a nuestros amigos norteamericanos. El problema puede volverse muy apremiante». [«La seguridad de los archivos», Escritos 35-36]. Esta carta, al igual que las demás, pasó por la censura noruega y por las manos de mi abogado: su autenticidad no puede ser puesta en duda. Inmediatamente, mi hijo tomó las medidas necesarias para entregar el archivo a la oficina parisina del Instituto Holandés de Historia Social, dirigida por el profesor Posthumus.

Pero apenas mi hijo hubo entregado la primera parte del archivo, el Instituto fue asaltado. En la mañana del día siguiente se descubrió que la puerta había sido violada mediante un soplete y que faltaban ochenta y cinco kilos de papeles. Los ladrones sólo se llevaron papeles míos: ni siquiera tocaron el dinero que había en el lugar. La policía parisina debió reconocer que ningún criminal francés poseía técnicas tan sofisticadas. Todos los periódicos excepto los órganos de la Comintern, afirmaron abierta o veladamente que el robo era obra de la GPU. La investigación prosigue. ¿Producirá algún resultado? ¡Lo dudo! El exceso de celo provocaría problemas diplomáticos.

La mayor parte del material robado son periódicos viejos. Los agentes de la GPU actuaron con excesiva premura. Sin embargo, una pequeña parte de la correspondencia cayó en sus manos. De más está decir que no existe allí una sola línea que pudiera comprometer, directa o indirectamente, a mí o a mis amigos. Pero eso no es todo. En primer lugar, un hombre que está en posesión de documentos comprometedores no los entrega a una institución científica envueltos en papel común. En segundo lugar —esto es lo más importante—, mis archivos son valiosos porque allí está toda mi correspondencia, sin solución de continuidad, y ésta puede ser mi mejor defensa ante un tribunal abierto y honrado.

Pero es indudable que la GPU utilizará mi correspondencia robada para fabricar el telón de fondo fáctico y cronológico de las acusaciones. No olvidemos que, en el juicio de los dieciséis, la GPU obligó al principal testigo de cargo, el acusado Goltsman, a reunirse en Copenhague con mi hijo —quien, como puedo demostrar de manera irrefutable, jamás estuvo en esa ciudad—, reunión que supuestamente tuvo lugar en el Hotel Bristol… demolido en 1917. Esta vez Vishinski puede utilizar el archivo robado para evitar errores embarazosos de este tipo. Pero la GPU puede echar mano de otro recurso: trasformar mis documentos en una especie de pantalla, superponiendo su propia versión corregida y mejorada de los mismos. Por eso, el día 20 de enero advertí al mundo a través de la prensa que poseo copias de todos los documentos robados.

Si dejamos de lado a Rakovski[116], a quien hasta el momento no han utilizado, de todos los capituladores que quedan aun con vida, Radek, Piatakov, Serebriakov y Sokolnikov son los más prestigiosos. Es evidente que Stalin ha resuelto «echarles mano» para encubrir los tropiezos del juicio anterior. Pero eso no es todo. En el caso de los dieciséis hubo una sola acusación, el terrorismo, y el único resultado práctico de la prolongada actividad terrorista fue el asesinato de Kirov personaje político secundario, a manos del desconocido Nikolaev (hecho que, como demostré en 1934, contó con la activa participación de la GPU). El asesinato de Kirov ha provocado —con varios procesos y falta de procesos de por medio— ¡la ejecución de no menos de doscientas personas!

Es imposible seguir utilizando el cadáver de Kirov para destruir a la Oposición, tanto más cuanto que los viejos militantes de la Oposición que no renegaron ni capitularon están en la cárcel en el exilio desde 1928. Por eso el nuevo proceso presenta acusaciones nuevas: sabotaje económico, espionaje militar, restauración del capitalismo, inclusive el intento de «eliminación masiva de obreros» (¡uno no puede creer lo que ven sus ojos al leer esto!). Estas fórmulas pueden significar todo lo que uno quiera. Si resulta que Piatakov, director de la industria bajo dos planes quinquenales, es el principal organizador del sabotaje, ¿qué decir del común de los mortales? De paso, la burocracia tratará de echar el fardo de sus fracasos económicos, errores de calculo, contradicciones, estafas y demás abusos, sobre los hombros de los trotskistas, quienes cumplen en la URSS el mismo papel que los judíos y los comunistas en Alemania. ¡No es difícil imaginar las viles acusaciones e insinuaciones que serán dirigidas contra mi persona!

A juzgar por las insinuaciones recientes de la prensa soviética, el proceso deberá resolver un problema adicional. El juicio de los dieciséis estableció que la historia del «terrorismo trotskista» se remonta a 1932, lo cual significa que el verdugo no podrá poner sus garras sobre los trotskistas que se pudren en la cárcel desde 1928. Existen muchos elementos que le hacen pensar a uno que se obligará a los nuevos acusados a confesar crímenes o conspiraciones anteriores a la fecha de su arrepentimiento. En ese caso, cientos de viejos militantes de la Oposición se encontrarán ante la boca del fusil.

Sin embargo, ¿es concebible que Radek, Piatakov, Serebriakov y Sokolnikov sigan el camino de la auto-acusación, en vista del trágico fin de los dieciséis? Zinoviev, Kamenev y los demás tenían esperanzas. Cinco días antes de la ejecución, Stalin había promulgado un decreto especial otorgando el derecho de apelación a los sentenciados a muerte por tribunales militares. El objetivo psicológico del decreto era mantener vivas las esperanzas de los acusados hasta último momento, hasta la caída del telón. Los engañaron. Ellos aceptaron la muerte moral —la confesión— y recibieron a cambio la muerte física. ¿Acaso Radek y los demás no aprendieron la lección? Pronto lo sabremos. Pero no es justo pintar las cosas como si el nuevo grupo de acusados tuviera la menor posibilidad de elegir. Día y noche, durante meses, estos hombres han contemplado el descenso, lento e implacable, del péndulo de la muerte suspendido sobre sus cabezas. Los acusados que se niegan a confesar de acuerdo con los dictados del fiscal son fusilados sin juicio por la GPU. Tal es el mecanismo de la indagación. La GPU les da a Radek. Piatakov y demás una sombra de esperanza.

—¿Acaso ustedes no fusilaron a Zinoviev y Kamenev?

—Sí, los fusilamos por necesidad, porque eran enemigos encubiertos, porque se negaron a confesar sus vinculaciones con la Gestapo, porque… etcétera, etcétera y además… etcétera. Pero no es necesario fusilarlos a ustedes. Ayúdennos a eliminar a la Oposición v a desacreditar a Trotsky ante la opinión pública mundial. A cambio de ello quizá les respetemos la vida. Hasta es posible que, dentro de algún tiempo, vuelvan a ocupar sus antiguos puestos, etcétera, etcétera…

Por supuesto que, después de todo lo que pasó, ni Radek, ni Piatakov, ni los demás (sobre todo si, durante la indagación preliminar estaban advertidos del fusilamiento de Zinoviev y Kamenev, lo cual todavía no se sabe) pueden abrigar demasiadas esperanzas con semejantes promesas. Pero la alternativa es: muerte segura, inevitable e inmediata, o… muerte, pero con un rayo de esperanza. En esos casos, los hombres, sobre todo si han sufrido persecución, tortura, violencia y degradación, se inclinan por la postergación y la esperanza…

Tal es el trasfondo político y psicológico del nuevo fraude judicial de Moscú. El objeto de este artículo preliminar es ayudar al lector a analizar el mayor crimen político de nuestro tiempo, quizá de todos los tiempos dicho más correctamente, la serie de crímenes cuyo único objetivo es mantener la dominación de la camarilla bonapartista sobre ese pueblo ruso que llevo a cabo la Revolución de Octubre.

Escritos , Tomo V
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