83.
Una brisa yodada envolvía Mahingan Falls con sus innumerables brazos. Una suave presencia que rozaba las construcciones, alzaba tímidamente la bandera estadounidense ante el edificio del ayuntamiento y se deslizaba por su azotea, vacía salvo por unas prendas de ropa abandonadas y un inhibidor portátil descargado.
En Main Street, esa pizca de viento encontró una gorra de los Red Sox que yacía boca arriba junto al bordillo de la acera, jugó con ella unos instantes bajo los primeros rayos del amanecer y volvió a dejarla en su sitio con delicadeza.
Acariciaba las ventanas que seguían intactas, restregándose contra ellas como un gato que llama a sus dueños.
Al otro lado aparecían rostros desconcertados, asustados. Pero pocos se atrevían a asomarse fuera.
En el puerto deportivo, hacía vibrar las jarcias en los mástiles de los veleros.
En algunas calles, apartaba un poco bruscamente los montones de residuos escapados de coches con las puertas abiertas, de cobertizos y garajes o de las mismas casas, cuyos desguarnecidos vanos le franqueaban el paso al interior. La mayoría permanecían en silencio, y la brisa silbaba en sus paredes, indiferente a los restos humanos que salpicaban el suelo, las alfombras y el papel pintado.
En Salem Avenue, se distrajo zigzagueando entre los robles que jalonaban la perspectiva hasta la entrada del pueblo, y al llegar allí se entretuvo un instante enrollando una de sus trenzas alrededor de una alborotada cabellera rubia, y pegó el oído a una blusa para escuchar la desgarradora nana de un corazón. Un corazón de mujer que repetía un canto triste.
Pero vivo.
Olivia llevaba a Chad y a Corey de la mano, y a Zoey, dormida, a la espalda. Adam caminaba detrás de ellos, aturdido, conmocionado.
Regresaron a los Tres Callejones muy lentamente, sin decir palabra.
Al acercarse a la Granja, Olivia vio los pies de Roy asomando por detrás del viejo todoterreno y les dijo a los tres chicos que rodearan el vehículo. No se hacía ilusiones respecto al estado del anciano, a la vista de su tobillo despedazado.
Ethan Cobb estaba sentado en el porche trasero, recostado en la pared, con un vendaje empapado de sangre alrededor del abdomen. Estaba lívido.
Owen salió del salón, corrió hacia Olivia y se abrazó a ella con todas sus fuerzas, como si quisiera fundirse con su cuerpo.
Olivia no necesitó que le contaran nada.
Comprendió.
Cerró los ojos y lloró por dentro, sin hacer ruido.