13.

—Olivia, sabes perfectamente que no creo en la inspiración —repitió Tom—. La inspiración es al escritor lo que la religión a la humanidad. Y no necesito consolarme con mitos. Yo creo en el trabajo.

—Esa canción ya me la sé —respondió Olivia mientras dejaba la ensaladera en la mesa después de haberse servido—: rigor, concentración y sudor espiritual —recitó—. Solo decía que el cambio de aires podría proporcionarte… Vale, quizá no la inspiración como tal, pero sí el estímulo de una nueva perspectiva.

Tom comprendió que estaba a la defensiva y se reconvino. El fracaso de su última obra lo había vuelto muy susceptible; todo lo relacionado con la creación lo irritaba, como si la simple mención del tema pusiera en entredicho su capacidad y su talento.

—Perdona, tienes razón —reconoció poniendo una mano encima de la de su mujer—. También vinimos aquí por eso. De momento no he escrito una sola línea. Ordeno el escritorio, hago limpieza… y busco. Funciona como siempre; para los demás es muy abstracto, pero tú sabes bien que cuando doy vueltas, cuando observo el paisaje y a la gente, cuando no digo nada, en realidad estoy trabajando. Mis silencios son el testimonio de mi creatividad.

Olivia le enseñó los blancos dientes y luego le rozó la mejilla con la yema de los dedos.

—Yo confío en ti. Descubrirás el modo de renovarte. No importa el tiempo que tardes. Lo tuyo es escribir, el teatro es tu vida. Tu próxima obra será buena. Lo presiento.

—¡Bum! —exclamó Zoey dejando caer la cuchara desde su trona.

—¡Como vuelvas a tirarla, te comes el peluche! —la amenazó Olivia.

—¡Peúche no, peúche puaj!

Tom regaló a su mujer una mirada amorosa. Olivia siempre estaba ahí, en los momentos buenos y en los malos. No eran meras palabras dichas a la ligera el día de la boda. No, seguiría a su lado aunque él se hundiera, Tom lo sabía. Se sentía afortunado por tenerla.

Viendo que Zoey estaba en plan provocador, Tom se acercó para encargarse de darle la comida.

—Zoey, papá tiene mucha menos paciencia que mamá, así que te aconsejo que abras bien la boca y te dejes de tonterías.

—Bueno, chicos, ¿qué tal el día? —les preguntó Olivia a los dos primos—. ¿Os habéis aburrido sin Gemma para pasearos?

—No —murmuró Owen sin convicción.

Chad se limitó a hacer un gesto con la barbilla.

—¿Qué os pasa? —quiso saber Tom—. ¿Os habéis aburrido mucho? —Owen meneó la cabeza y Chad se puso aún más serio—. Os habéis enfadado, ¿no? —comprendió Tom, cayendo en la cuenta de que no habían rechistado en toda la cena.

Esta vez Chad explotó.

—¡Ha sido él! —gritó señalando a su primo—. ¡Me ha mordido!

—¡No es verdad!

—¡Claro que sí! ¡Tengo la marca!

—¡No, yo no he hecho nada!

—¡No modido! —exclamó Zoey, autoritaria.

Olivia extendió las manos por encima de la mesa para hacer callar a todo el mundo.

—Owen, ¿qué ha pasado? —preguntó al fin.

—No he sido yo —se apresuró a responder el chico, agobiado.

—¡Me has mordido hasta hacerme sangre! —repitió Chad con rencor.

Tom le indicó por señas que se lo enseñara, y Chad apoyó la pierna en el banco y se subió la pernera del pantalón para dejar al descubierto la pantorrilla izquierda, en la que se veía la ancha aureola en carne viva típica de una mordedura. A ambos lados del gemelo, los dientes se habían hundido en la piel hasta imprimir unas marcas moradas y rojas. Un poco más de presión y el tejido se habría desgarrado y habría dejado escapar la sangre.

Olivia, que no podía verlo desde la otra punta de la mesa, hizo un gesto interrogativo con la cabeza. Tom fulminó a Owen con la mirada.

—¿Qué os habéis dicho para llegar a esto? —quiso saber.

—¡Nada, estábamos jugando! —farfulló Chad—. ¡Y se ha lanzado sobre mí para morderme como una fiera!

Owen soltó los cubiertos, se hundió en su asiento y cruzó los brazos, herido en lo más hondo.

—Chicos, esto no me gusta nada —terció Olivia—. Ya sabéis lo que Tom y yo pensamos de la violencia. Sea física o verbal —insistió mirando fijamente tanto a Owen como a Chad, que parecía indignado ante la insinuación de que hubiera provocado la agresión—. Esta noche no habrá castigo, pero si no arregláis las cosas entre vosotros tomaremos medidas para que recapacitéis. Somos una familia. Un clan. Tenemos que apoyarnos, no atacarnos. Bastantes desgracias hay ahí fuera para que nosotros añadamos más. ¿Está claro?

En vista del silencio despechado de los dos chicos, Tom insistió:

—¿Lo habéis comprendido?

Pese a su cólera y su frustración, Chad asintió. Owen hizo otro tanto.

—Dejadlo estar esta noche, y mañana lo habláis —añadió Olivia—. En la próxima cena no quiero seguir viéndoos enfadados. Hablad, soltad lo que lleváis dentro, primero uno y luego otro, haced el esfuerzo de escucharos y luego daos la mano. Si mañana por la noche tengo la sensación de que no está solucionado, intervendré yo.

La cena continuó en silencio y nadie se entretuvo en los postres. Owen y Chad subieron a acostarse de inmediato, mientras Tom se encargaba de Zoey, que se caía de sueño. Más tarde, ya en la cama, Olivia y él hablaron del asunto. Ella temía que el trauma de Owen fuera más grave de lo que habían supuesto: el chico hablaba poco y apenas mencionaba el accidente o a sus difuntos padres. A Olivia le preocupaba que todo resurgiera de una forma u otra. El mordisco parecía una manifestación incontrolada de sentimientos que lo superaban.

—O una pelea entre dos chavales de trece años —replicó Tom cogiendo su libro.

Zoey llevaba dos noches sin llorar, y su padre confiaba en que eso significara que la pequeña se había acostumbrado al fin a la nueva casa y que los terrores nocturnos tocaban a su fin. Se sentía agotado; necesitaba unas cuantas noches en calma para recuperarse. Sin embargo, tardó un buen rato en desconectar, algo se agitaba dentro de él sin que consiguiera identificarlo. Por una vez, no era el rostro aterrorizado de aquella anciana antes de correr hacia la muerte en Atlantic Drive. Era otra cosa. Incluso tras hundir la cabeza en el almohadón, le llevó más de una hora conciliar el sueño y se despertó en repetidas ocasiones antes de cogerlo del todo.

Hacia la una, volvió a abrir los ojos de golpe.

Sin los enmarañados restos de un sueño clavados en la mente. Estaba totalmente lúcido. Y solo veía una cosa en el techo, blancuzco en la penumbra. Una sucesión de manchas oscuras de forma redonda. Flotaban en el aire. Y eso lo perturbaba.

En ese momento supo por qué no podría dormir.

Y el corazón se le aceleró hasta casi dolerle.