68.

El doctor Layman estaba viendo la televisión sin mucho interés cuando, de pronto, el aparato se apagó y todas las bombillas de su casa en Maple Street explotaron.

Carol, sentada a su lado, dejó escapar un grito.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Chris Layman cruzó el salón fijándose en donde pisaba, porque iba descalzo y había cristales por todas partes, y se puso a buscar la linterna en un cajón.

—Ve a ver si Dash sigue durmiendo, no sea que baje de la cama y se corte —le pidió a su mujer.

Acto seguido, se puso las Crocs verdes, que usaba para trabajar en el jardín y siempre dejaba delante del ventanal, y abrió la puerta del sótano. Por suerte, las pilas de la linterna aguantaban: el haz de luz dejó al descubierto la empinada escalera. El médico empezó a bajar con precaución —lo último que necesitaba era resbalar en un escalón—, pero a medio camino cayó en la cuenta de que ni siquiera había mirado por la ventana para comprobar si los vecinos también estaban a oscuras. «Puede que el problema no sea nuestro sino del suministro general…».

Daba igual, ya casi estaba. Al subir tendría que telefonear a su suegro para asegurarse de que todo estaba bien en su casa, al final de la calle. El anciano era cada vez menos autónomo.

Abajo olía a cerrado y a humedad. Curiosamente, a Chris siempre le había gustado aquel tufillo un poco agrio a hongos: le recordaba sus juegos infantiles en la inmensa bodega de la casa de sus abuelos, en Tennessee, entre los grandes barriles en los que envejecía el bourbon familiar.

El suyo no tenía nada de especial: un cúmulo de cajas pendientes de desembalar desde que se habían mudado allí, hacía cinco años. Una zona de bricolaje bastante desordenada. Las reservas de latas de conserva.

Y el contador eléctrico.

Había saltado el interruptor. «No es de extrañar, con la que ha caído…». Sin embargo, no había oído ningún trueno, Aunque puede que estuviera medio amodorrado. Volvió a subir el botón y esperó unos instantes para comprobar que no volvía a saltar.

A su alrededor, el sótano estaba más oscuro que la boca de un lobo.

Ni un ruido.

Casi podía sentir la densidad de las tinieblas a sus espaldas, sobre sus hombros…

En la caja de fusibles se encendió un piloto verde. Al parecer, todo estaba normal.

Paseó el haz de luz por aquel desorden mientras daba media vuelta. Los objetos proyectaban sombras sobre las paredes. Semejaban siluetas.

Chris no hizo caso. Nunca le habían dado miedo esas cosas, ni siquiera de niño. La costumbre de merodear por la cueva del bourbon, seguramente…

Dejó el sótano con su soledad, subió la escalera y regresó al salón. No estaba seguro de que hubiera bombillas de repuesto, a lo mejor había que acabar la noche a la luz de las velas…

Carol aún no había bajado. Dash debía de haberse despertado y seguramente tenía un poco de miedo. Chris se puso a barrer los fragmentos de vidrio desparramados por el suelo, y entonces oyó un ruido sordo, como si algo se hubiera caído en el piso de arriba. Algo pesado.

Se acercó al pie de la escalera y llamó a su mujer en voz baja, por si su hijo seguía durmiendo. No hubo respuesta.

Chris dejó la escoba y subió a comprobar que todo iba bien.

—¿Carol?

Estaba tan oscuro como en el sótano. Volvió a encender la linterna para orientarse.

Alguien respiraba fuerte y deprisa. Chris creyó que era su hijo y empujó la puerta de su habitación, que solo estaba entornada.

En el resquicio apareció Dashiell, sentado en la cama. Sus ojos brillaban, y al principio Chris no supo si era a causa de la linterna, pero relucían como los de un perro sorprendido por los faros de un vehículo en plena noche.

—¿Dash? ¿Por qué jadeas?

La puerta hizo tope con algo y se detuvo. Un poco inquieto por su hijo, Chris empujó más fuerte, pero el obstáculo no cedía. No obstante, consiguió pasar la cabeza y los hombros por el hueco para mirar al otro lado.

El rincón estaba envuelto en la oscuridad. Una oscuridad opaca, impenetrable.

De pronto, Chris comprendió que lo que Dash miraba con tanta fijeza era eso, ese punto detrás de la puerta.

Intentó tantear con los dedos, que encontraron una superficie gélida, inconsistente, apenas más densa que una pintura espesa. Pero cuando su mano se hundió en ella, el frío empezó a ascender por su brazo hasta hacerle temblar.

«Pero ¿qué es esto?».

Una onda recorrió aquella masa poco más que gelatinosa, y la linterna se escapó de la otra mano de Chris y cayó al pasillo. Poco a poco, la sustancia adquiría consistencia. Y entonces se movió.

Allí, en la oscuridad, había alguien. Y se desplazaba.

Chris creyó distinguir una figura alta, casi humana, que se estiraba. Ya no entendía nada. Ni lo que le decían sus sentidos ni lo que realmente veía.

Todo su ser le urgía a sacar la cabeza del resquicio de la puerta. De inmediato.

De repente una mano le sujetó el empeine, y con el rabillo del ojo vio que era Carol, tendida en el pasillo.

Había dejado tras de sí un largo rastro húmedo, como una enorme babosa.

De su boca escaparon unos gorgoteos ininteligibles.

Le habían arrancado la cara. La piel colgaba floja, como papel pintado mal encolado, dejando al descubierto la carne, los cartílagos y los tendones de la mejilla, la nariz y parte de la mandíbula.

Chris lo veía, pero su mente se negaba a entenderlo.

Tardó al menos cinco o seis segundos en aceptarlo.

El rastro sobre el parquet lo habían dejado los intestinos de su mujer.

Esta vez recuperó el contacto con la realidad, con su cuerpo, y echó todo su peso sobre la puerta para aplastar al intruso. No permitiría que aquella cosa acabara con su familia.

De pronto cayó de espaldas al interior de la habitación de Dash y aterrizó a los pies de la masa negra, que se había desplazado.

Al instante, el frío le entumeció los párpados y los labios, hasta atenazarle la garganta.

¿Qué era aquello? ¿Por qué despedía un aura tan glacial?

Chris quiso levantarse, pero una presión en la nuca le aplastó la cara contra el suelo, sin que pudiera resistirse. Fuera lo que fuese, ahora aquella sustancia había adquirido solidez y una fuerza prodigiosa. Chris no podía respirar, se ahogaba…

Su boca exhalaba vaho.

Pero lo más terrible era no comprender. ¿Qué era aquello? ¿O quién? Siguiendo con la mirada las tablas del suelo, vio a Carol, que se arrastraba lentamente hacia él. Tenía dos dedos rotos extendidos en su dirección.

Luego sintió un dolor intolerable a la altura de los riñones, seguido de un horrible crujido de huesos que se partían.

Después, nada más. Solo el espantoso sonido de su columna vertebral, que le arrancaban del cuerpo, las costillas rompiéndose una a una, y al fondo de la habitación, una risa cruel. Espectral.